Capítulo 45. Evidencias

Cops keep criminals confined

Santiago terminó de leer la carta y la cerró, mientras todos los presentes en el recibidor principal de la Fortaleza Rota permanecían en silencio.

María Antonia fue la primera que reaccionó.

-Me… ¿me permites leer esa carta, por favor?- dijo la mujer que parecía haber perdido toda su altivez y en orgullo de un sólo golpe.

No bien puso los ojos sobre el documento, se llevó la mano libre a la boca. No pudo contener el llanto. Liesel tomó la carta de inmediato.

-Es la letra y la firma de mi mamá-dijo.

-¡No lo puedo creer! ¡Dios mio! ¿Qué está pasando?- dijo María Antonia llorando a lágrima viva y apoyándose en el sofá donde hasta hacía unos segundos estaba sentada.

-¿Estás segura que es la letra de mi abuela, tía?- preguntó Ariadne de pronto.

-¡Claro que es la letra de mi madre!- respondió María Antonia- Ahora ¡Dios Mio! ahora entiendo todo, todo.

-¿Qué es lo que entiende, señora?- preguntó Santiago Dajach tomando la carta de las manos de Liesel, con una rabia evidente en los ojos- ¿Qué usted echó a su propia hija de esta casa y que por SU culpa, ahora está muy grave en una clínica?

-Santi, Santi, ya… no es necesario- dijo Joaquín Vitola, agarrando a su amigo, antes de que fuera a cometer alguna estupidez.

-¡Dios Mio! ¡Mi hija estaba viva! … ¡Y estuvo aquí todo este tiempo! ¿Cómo pudo mi madre ocultar eso todo este tiempo?

-Mamá, YO soy tu hija- dijo Ariadne, que parecía estar al borde de las lágrimas también.

-Jerónimo ¿tú sabías esto? ¿tú sabías que mi hija, mi bebé, la que di a luz esa noche estaba viva? ¡¿tú lo sabías?!- preguntó María Antonia.

-Margarita me pidió que lo callara, María Antonia- dijo Jerónimo dando la cara y poniéndose de pie- El doctor Oscar aceptó callar también. Creíamos que todo era mejor así.

-Pero cuando esa muchacha puso un pie en esta casa ¡debiste habérmelo dicho todo! ¿Cómo no me dijiste nada? ¿Qué voy a hacer ahora Dios Mio? ¿Qué voy a hacer?… Santiago, ¿cómo está ella? ¿dónde está?

-¿En serio le importa, señora?-dijo Santiago evidentemente indignado.

-Por favor, señores- empezó el agente García- sé que esta información es una sorpresa para varios de ustedes, pero tenemos que completar esta diligencia. Tenemos razones y sobre todo, tenemos evidencia, para creer que esta carta fue el motivo que terminó con la vida de Carlos Daniel González.

-Creo que no hay necesidad de seguirlo llamando por ese nombre- dijo Jerónimo tratando de recobrar su compostura.

-Está bien, señor Saint-Clair, lo que creemos es que el señor Oscar Dajach pretendía revelar el contenido de esa carta la misma noche de su asesinato, aprovechando que todos los miembros de su familia estaban reunidos, alguien se lo impidió. Y creemos que la señora María Antonia tiene la respuesta ¿no? ¿A quién le prestó el teléfono esa noche? – preguntó García.

-No, no sé, no voy a decir nada- dijo María Antonia negando con la cabeza, además de la altivez, parecía haber perdido la cordura.

-¿Y usted señor Saint-Clair?

-Sí, yo sí se quien fue… fui yo. Yo asesiné al doctor Dajach.

***

-¿Por qué miente señor Saint-Clair? – preguntó la agente Wentz que se puso de pie junto al agente García.

-Yo no miento, es la verdad, yo asesiné al doctor Dajach.

-¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cómo lo colgó en el árbol?

-Yo, la verdad yo…

-No hay necesidad de mentir. El video muestra claramente que usted, además de que no entró a la casa en ningún momento esa noche, se encontraba hablando con muchas personas a la hora del asesinato ¿A quién está encubriendo?

-Yo no encubro a nadie, yo tomo la responsabilidad, si hay que llevar a alguien a la cárcel, lléveme a mi.

-No es tan sencillo, señor Saint-Clair- respondió García- Señor Dajach, la prueba número cuatro.

-La prueba número cuatro es el testimonio de los empleados de GF, un bar gay en la zona de Chapinero. Todos escucharon cuando el señor Juan Fernando Barrera y el señor Jerôme Saint-Clair afirmaron que entraron a esta casa esa noche, a sostener relaciones sexuales. En vista de la magnitud de la afirmación, y al hecho que ya habían sido vistos con anterioridad en ese lugar. No tenemos razones para creer que ellos hayan asesinado al doctor Dajach. Eso nos deja solo dos sospechosas. – dijo Santiago.

-Y tenemos una última prueba- dijo García señalando a Joaquín Vitola- y creo que es la más contundente.

-Sí, en efecto- dijo el abogado, aún bastante impactado por todo lo que acababa de escuchar- hace dos días hubo una infiltración electrónica ilegal en el computador de mi cliente y amigo, Santiago Dajach. Pudimos establecer, por nuestra cuenta con ayuda de unos técnicos, que alguien había instalado un software espía y estaba enviando la información a la embajada. Y el video de seguridad de la revista La Gaceta, muestra que la persona que instaló la USB infectada fue usted señorita Saint-Clair.

Santiago observó como los ojos de María Antonia, Liesel y Juan Pablo se posaban sobre Ariadne, pero los de Jerónimo permanecían fijos, como si no le sorprendiera en absoluto.

-¿Yo? En efecto, yo dejé una memoria, pero era un regalo para Santiago, música que le iba a regalar. ¿Acaso creen que yo tengo habilidades para infiltrar computadores a distancia?

-Mejor terminemos de escuchar al señor Vitola.

-Afortunadamente, en cooperación con el señor García y la agente Wentz, hoy en las horas de la noche, pudimos acceder no sólo al computador que recibía la información. Además conseguimos, o bueno, ellos consiguieron el acceso a un teléfono celular, conectado a la cuenta de correo del computador. Tenemos- dijo Joaquín sacando algo que parecía ser un libro- la lista de conversaciones del sujeto, cuyo número aparece registrado a nombre de un tal Marcos Alvarado. El señor Marcos sostuvo muchas conversaciones con la señorita Saint-Clair, ahí indica que él, bajo sugerencia de ella, fue quien atentó contra Mariana el día que llegó a esta casa.

-Esto, esto es una mentira, mami, papi… ¡ustedes no le pueden creer a esta gente!

-¿Cómo pudiste ser capaz de todo esto Ariadne?- dijo María Antonia con lágrimas en los ojos- ¿Cuándo te convertiste en este monstruo? Esa noche, me dijiste que necesitabas hacer una llamada y que tu celular se había quedado sin batería… tú llamaste al doctor Oscar.

-No, mami, yo…

-¡No más, Ariadne! ¡No más!- gritó Jerónimo- Yo te vi esa noche, saliste por la puerta del invernadero, llevabas el cadáver a rastras… al principio no lo podía creer, pensé que era un bulto o algo, pero luego apareció el cadáver. Hija es hora de que digas la verdad.

Fue entonces que Ariadne explotó.

-¡No me digas hija! ¿Quieres que hablemos con la verdad? ¡Hablemos con la verdad! Sí, yo maté a ese tipejo… el entró a la casa, al cuarto de mi abuela y abrió la caja fuerte, yo lo vi. Le pregunté que qué hacía ahí y me dijo que mi abuela le había dicho la clave y que ese documento era suyo. Le pedí que me lo mostrara y me leyó esa maldita carta. Yo sabía que era adoptada, sí, pero cuando me di cuenta que ese sujeto iba a decir toda la verdad, me asusté, mami, tú nunca me demostraste amor, siempre fui un experimento de como criar a la hija perfecta, y tú papi, tú dejaste que ella hiciera lo que quisiera conmigo. Antes de irme a la universidad, las escuché a mi abuela y a ti, ella te preguntó que haría si su hija estuviera viva y tú le respondiste que le darías todo el amor del mundo, el mismo que nunca… me diste …a mi. – Ariadne estaba roja y las lágrimas se le salían sin siquiera cerrar los ojos.

-Entonces eso que era solamente una posibilidad ridícula se hizo realidad esa noche. Sí, esa noche tenía tu teléfono mamá, pero no planeé nada. Ese tipo salió con esa caja como si nada, yo sólo la llamé y sí fingí tu voz, pero para poder hablar con él. Lo cité en la habitación. Y te juro que intenté convencerlo de que no revelara esa verdad, que se quedara callado, pero no quiso, me dijo que yo no era hija de María Antonia y que Mariana iba a ocupar ese lugar. Entonces no me pude controlar, lo agarré por el cuello y lo hice girar y el cayó de cabeza contra la caja fuerte, que estaba descubierta porque él había quitado el cuadro. No supe que más hacer, sólo lo saqué con cuidado y con una cuerda que estaba allí en el invernadero, le ate el cuello, me subí al fresno y pasé la cuerda por la rama y luego sólo hice el nudo y lo subí. No quería que me acusaran de asesinato.

-Muy sentida su historia, señorita Saint-Clair, pero si estaba tan arrepentida, ¿por qué contrató al señor Alvarado primero para que espiara a Santiago Dajach, y luego para que atacara a la señorita González? ¿Para que matara al señor Conrad Warren? Y lo peor es que hasta con él fue negligente, usted estuvo a punto de dejarlo morir, de la infección provocada por el balazo, él tuvo que amenazarla con revelar todo para que usted se decidiera a ayudarlo ¿Qué clase de mujer es usted?- preguntó García.

-¡Ya basta! No iba a permitir que una aparecida de mierda, me quitara todo lo que tantos años de actuar como tonta me había costado. Volvería a hacer todo lo que hice, a envenenar a la maldita vieja, sí, mami, fui yo, sólo fue necesaria una botellita de veneno y ¡zaz! A los dos días estaba muerta. Lo mismo con ese tipo, yo lo maté, porque no iba a permitir que revelara la verdad… y lo mismo al Conrad Warren, sabía que Jerôme era gay… era cuestión de tiempo para sacarlo de esta casa y después todo esto sería mio, solamente mio. Y al fin ustedes malditos- dijo señalando a María Antonia y a Jerónimo- iban a pagar toda la mierda que me hicieron pasar de niña.

-Señorita Ariadne Saint-Clair, por los cargos de homicidio en contra de la señora Margarita Luján, el señor Carlos Daniel González, conspiración de homicidio y concierto para delinquir en la persona de Conrad Warren, e intento de asesinato en contra de la señorita Mariana González, queda usted detenida.

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