Capítulo 47. Infame

Stoneage_Grave_Hill,_Germany,_Grabhuegel

Marcos Ramírez, ese era el nombre con que el que él se había presentado aquella tarde lluviosa ante Ariadne Saint-Clair, en el centro comercial del Portal de la 80, para entregarle los resultados de la investigación sobre Santiago Dajach, por supuesto, aquél no era su nombre verdadero.

El trabajo había sido sencillo, para él, que había tenido la capacidad y la oportunidad de irrumpir en los sistemas informáticos más seguros del mundo, en una época en la que la Interpol aún no lo había fichado. Hubiese sido otro trabajo más, dinero fácil, otro más del montón para sobrevivir en el anonimato, de no ser porque la belleza de Ariadne Saint-Clair lo cautivó.

Aquella tarde, después que él la invitara a un helado y ella aceptara mientras pasaba la lluvia, se dio cuenta que aquella mujer, al igual que él, sólo estaba interpretando un papel. Él fue el primero que puso las cartas sobre la mesa, le dijo que estaría dispuesto a todo, a todo, con tal de tener una oportunidad con ella. Y la oportunidad llegó. Luego de haberla hecho suya, en su apartamento de Quinta Paredes, Ariadne le dijo la verdad: quería matar a Mariana González y a su protector, el tal Conrad Warren.

Él, que tenía algo de experiencia en ataques frontales y armas de fuego, luego de su entrenamiento en Israel y en el País Vasco, accedió. Con un automóvil robado, al que le había alterado las placas, esperó el vehículo diplomático, el día que Ariadne le indicó. Fue un fracaso espectacular, puesto que solamente le había propinado un buen susto. Y además una de las balas del estúpido conductor le había rozado el brazo. Al principio pensó que era una tontería, Ariadne le había conseguido unas pastillas que eliminaban el dolor y le permitían mover el brazo a gusto.

Él prometió enmendar el error, y fue así como terminó acabando con Conrad Warren y su conductor, el maldito que le había metido el balazo, y terminó arrojándolos a un humedal, sin saber que la policía lo encontraría antes de encontrar refugio. Pudo salirse con la suya, pero cuando llegó a su apartamento vio que su brazo no sólo no se había curado, sino que estaba infectado. Esperaba que Ariadne se apiadara de él, que reconociera el trabajo que había hecho sólo por ella, pero la mujer sólo le envió a un médico que luego de curarle el brazo como si fuera carne de burro y atiborrarlo de medicamentos, lo dejó a su suerte. Fue en ese momento que comprendió que Ariadne sólo lo estaba utilizando.

Le siguió el juego, incluso le preparó el programa espía que transferiría la información del computador de Santiago Dajach a los expertos de la embajada gringa, pero dejando una huella muy visible que permitiera rastrear sus conversaciones de mensajes instantáneos.

Y aquella noche, luego de aquel aguacero bíblico, de aquel clima que a sus veintisiete años, aún le seguía gustando, ocurrió lo que esperaba, la captura de Ariadne. Lo que sí le sorprendió era el grueso de sus acusaciones, era en definitiva peor de lo que parecía. Pero ahora era el momento de darse una oportunidad con ella. Por eso fabricó la escena del accidente, asesinó a los dos policías que la aguardaban, para luego sacarla de la patrulla y llevársela en su motocicleta.

***

María Antonia aún estaba tirada en el sofá del recibidor, completamente devastada, cuando escuchó el timbre del teléfono. No quería pensar en nada, pero aún así, tenía la cabeza tan llena de confusión, que no había podido conciliar el sueño.

Liesel y Juan Pablo se habían marchado prometiendo volver a primera hora de la mañana. Jerónimo, había intentado pedirle perdón encarecidamente, pero ella no respondió.

Luego de veinticinco años, creyó haber superado todos sus problemas y sus traumas infantiles. Era una dama poderosa, rica e influyente, sólo con una instrucción suya podía elegir fiscales, congresistas, alcaldes y gobernadores; pero ahora, allí tendida en ese sofá se sentía como una piltrafa de mierda.

Solía vanagloriarse de su esposo y sus hijos ante la opulenta e hipócrita élite bogotana, y ahora lo había perdido todo. Había perdido a Jerôme, a Ariadne y a Jerónimo. Pero lo que más le dolía era, que por pura y física soberbia, había quemado ella misma cualquier posibilidad de reconciliación con Mariana, la niña que había nacido aquella noche de lluvia, en medio de la soledad de La Mojana.

Le daba asco la forma en que se había atrevido a sacarla de aquella casa, y peor, las consecuencias nefastas que había tenido. Pensaba en lo mucho que se parecía a ella, cuando escuchó los pasos acercándose al recibidor. Pero él no dijo nada.

-¿Qué quieres?

-Sucedió algo, creo que es importante que lo sepas.

-¿Pasó algo más esta noche? Jerónimo- dijo María Antonia, boca abajo, mirando al piso.

-Es Ariadne, parece que la secuestraron de camino al Comando de Chía. En unos momentos va a venir un grupo élite a revisar la casa y toda la propiedad. Creen que la tenemos escondida aquí.

María Antonia, se incorporó, pero por primera vez en muchos años, su alarma no se debía a la vergüenza o al temor al “que dirán”, en realidad estaba preocupada por Ariadne.

-Jerónimo ¿tú..?- le preguntó ella mirándolo a los ojos.

-No, te juro que yo no tengo nada que ver en esto, quería apoyar a Ariadne, pero no de esta manera.

-¿Qué vamos a hacer Jerónimo? ¿Qué vamos a hacer?

A pesar de la pesadilla que estaba viviendo, Jerónimo sonrió. Aquel “vamos”, en plural, era el signo de que entre ellos, no todo estaba perdido.

***

Marcos la condujo por un camino rural que Ariadne no sólo desconocía, sino que a medida que avanzaban le parecía más y más pavoroso. Una oscuridad total, apenas interrumpida por la suave iluminación de la motocicleta, se cernía sobre ellos y el frío glacial parecía atravesarla como una espada, con aquel ligero traje negro que llevaba puesto.

-Marcos ¿A dónde vamos?

-No te preocupes, ya lo verás.

Llevaban más de una hora, en medio de aquél camino, cuando de repente y sin ningún anuncio, Marcos detuvo la motocicleta.

-Es aquí- fue lo único que dijo.

Ariadne nunca confió plenamente en Marcos, sabía que había algo que él no le terminaba de contar, es decir él había aceptado atentar contra la vida de Mariana, y luego había conseguido con éxito acabar con el abogado infeliz ese de Conrad Warren. Y estaba segura que no eran sus primeros asesinatos. Por eso en la primera oportunidad que se le presentó, ella intentó deshacerse de él. Todo hubiese salido perfecto si él se hubiese muerto de la infección, pero la había amenazado, y un tipo con sus habilidades seguramente tendría muchos recursos a su disposición para denunciarla, incluso luego de su muerte. Así que lo ayudó, enviándole un médico, de esos que no preguntaban, sino que actuaban, con métodos que ella ni siquiera quería mencionar. Pensó que Marcos se ofendería de alguna manera, pero el favor de la infiltración electrónica contra Dajach y aquel rescate de ensueño que acababa de realizar le confirmaban que él no era peligroso. Lo que no le gustaba era el sitio.

-Por aquí, ven- dijo él entrando al bosque, a ella no le quedó otro camino que seguirlo.

***

El tono negruzco del cielo empezó a cambiar a un violeta intenso cuando llegaron a la tienda de campaña, que según Marcos era la mejor opción que tenían aquella noche, cuando toda la policía debía estarlos buscando. No bien se había acostado el uno junto al otro, empezaron a tocarse. Ariadne, que por lo general siempre era tierna y delicada en la cama, esta vez se dejó llevar por sus más bajos instintos. Fue ella la que le hizo el amor a Marcos, esta vez, estaba tan atribulada y tan cansada de jugar a la niña buena, que sólo pensó en reponer sus vacíos emocionales con sensaciones físicas.

Al principio fue ella la que tomó el control de la situación, pero cuando estuvo agotada, fue Marcos la que la puso a su disposición y la tomó como él quiso y como nunca lo habían hecho en los meses que se vieron a escondidas. Ella no sólo se lo permitió sino que lo aceptó complaciente. Había algo en aquella humillación sexual que la hacía sentir viva, quizás era eso lo que necesitaba en su vida, para sentirse como un ser humano y no como un fantasma a medio existir.

La despertó el fulgor del sol colándose por debajo de la tienda de campaña. Desnuda como estaba, puso sus pies fuera y contempló la magia de la Sabana de Bogotá a sus pies. Era un hermoso paraje en la falda de una montaña con una vista envidiable. Sintió esperanza, sólo tenía que convencer a Marcos de que consiguiera nuevas identificaciones y que se escapara con ella, lejos, muy lejos de todo. Se dejaría llevar por sus apetitos sexuales y se pondría a disposición de aquel hombre, al que las malas intenciones la habían unido, y sería la esposa y amante perfecta para él. Abrió los brazos, para recibir toda la calidez del sol, antes de escuchar los pasos detrás de ella…

-Hola, ¿Ya te…?

Sólo sintió el pinchazo en la frente al intentar voltear. La bala le atravesó limpiamente el cerebro cayendo de inmediato sobre la turba de hojas podridas. Marcos se enfundó el revolver, la tomó de las piernas y dejando un rastro de sangre que se borraría integramente con la próxima lluvia la arrastró hasta el hoyo que había cavado la mañana anterior.

La arrojó dentro como un despojo, un desperdicio del que tenía que deshacerse para empezar a escribir la historia del resto de su vida. Pensó en hacerla sufrir lentamente, pero luego de la forma en que le había hecho el amor, tuvo la misericordia de asesinarla rápidamente.

Viendo su cuerpo inerte, desnudo en el fondo de aquel foso, sintió lástima por un minuto, antes de empezar a tirarle encima la tierra. No era la primera vez que se deshacía de un cadáver, pero aquella vez lo hizo tan, pero tan bien, que estaba seguro que nadie, jamás encontraría el cuerpo de Ariadne Saint-Clair. A él, por su parte, tampoco lo encontraría, pero a diferencia de la mujer, él estaría vivo para recordarlo todo.

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