Capítulo 48. Redención.

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A las ocho de la mañana del miércoles, veintitrés de octubre de dos mil catorce, Jerónimo Saint-Clair tenía toda la situación bajo control. En una extensa conversación que tuvo con el presidente de la república, vía telefónica, desde las seis de la mañana, se aseguró que ni por error se levantaran cargos en contra de él, o de María Antonia. Luego contrató a un experto, antiguo miembro del escuadrón antisecuestros de la policía que se encargara del asunto de la intercepción telefónica en su casa, en caso de que a los secuestradores se les ocurriera pedir dinero, comunicándose a cualquier teléfono de la familia Saint-Clair.

No había descartado, por supuesto, que Ariadne no estuviera secuestrada, sino que hubiese sido rescatada por algún novio o cómplice, o ambas cosas, así que se encargó de untar muy bien las manos de cierta gente en el servicio de inmigración, para que, en la circunstancia de que alguien la viera, se hiciera el de la vista gorda y la dejara salir. Fue lo único que se le ocurrió para ayudar a su hija.

A las diez de la mañana, se encontraba en la mesa del comedor, tomando su desayuno y leyendo el periódico, como si nada hubiese pasado. Los periódicos no decían absolutamente nada sobre la captura y posterior escape o secuestro de Ariadne, ni mucho menos alguna información que comprometiera en algo al grupo Saint-Clair. Estaba cerrando el periódico, cuando vio que María Antonia había entrado al salón.

Sin decir una palabra, se levantó de su silla, le dio un beso en la mejilla a su mujer y le acomodó la silla contigua para que se sentara. Tocó la campanilla y Cándida se apróximo de inmediato a tomarle la orden para el desayuno.

-Cándida- dijo María Antonia sonriendo- ¿Te acuerdas de las arepitas de arroz con queso que se hacen en la Mojana?

-Claro que sí, señora ¿quiere que le prepare unas?

-Sí, por favor, con mucho queso y un jugo de guayaba dulce.

-Con mucho gusto, ya se las preparo.

Jerónimo se quedó sorprendido al ver que la rigidez de su mujer había desaparecido y por primera vez parecía ser vulnerable, justo en el punto exacto para abrazar la felicidad.

-¡Estás más hermosa que nunca!- le dijo en un susurro mientra él le tomaba la mano.- ¿Estamos bien?

-Estamos bien- respondió María Antonia, quien luego de analizar las cosas decidió que luego de haber perdido a sus hijos, no podía perder al único hombre que ella había amado toda su vida, y por el que todavía le hervía la sangre cada vez que la besaba; además, separados no eran nada, juntos eran una fuerza que muy pocos se atrevían a desafiar.- Necesito que me lleves a un lugar, ahora que desayunemos.

-Por supuesto, mi amor, donde quieras.

***

Mariana tenía más de quince minutos despierta, cuando Santiago se dio cuenta que lo estaban observando mientras dormía.

-¡Uy, Dios Mio!- exclamó el periodista al darse cuenta que se había quedado dormido en el sofá y que el sol entraba a borbotones por las ventanas de la habitación- Me quedé dormido ¿Qué hora es?

-Van a ser las diez- dijo Mariana sonriendo.

-Veo que hoy estás mucho mejor.

-La enfermera me dijo que voy a estar bien. El doctor vio todos los análisis, creen que me pueden dar de alta mañana. ¿A que horas llegaste aquí? No me di cuenta a que horas llegaste.

-Serían las dos o tres de la madrugada. Mariana quiero que sepas, que se va hacer justicia, la muerte de tu padre no va a quedar impune, anoche supimos quien lo mató.

-¿De mi padre? ¿O de nuestro padre?

-¿Qué? ¿Cómo? ¿Tú lo sabías?

-Leí la carta del cofre, antes de salir de la casa de los Saint-Clair ¿En serio creías que iba a aguantar la curiosidad de saber lo que decía?

-Entonces sabes que… tu madre…

-Sí, lo sé… y por favor, no quiero hablar de esa mujer… a menos que ¿fue ella la que asesinó a mi padre?

-No, no fue ella.

-Entonces ¿quién fue?

-Fue Ariadne.

***

Un silencio inquietante se tomó la habitación, luego que Santiago Dajach le explicara a Mariana González, con lujo de detalles, todo lo que había pasado la noche anterior y las razones y circunstancias en las que Ariadne Saint-Clair había asesinado a su padre.

De repente Mariana empezó a llorar.

-Mariana, no, tranquila, tranquila… esa mujer a esta hora debe estar empezando a pagar por todo lo que hizo.

-No, no es eso Santi, es que… siento que yo tengo la culpa de todo ¿me entiendes?

-Claro que no, Mariana, tú no eres culpable de nada.

-Claro que sí, mi papá vino a esta ciudad, no tanto porque esa mujer se lo hubiese pedido en esa carta, sino porque sentía que yo no era feliz, porque lo rechacé tantas y tantas veces.

Santiago se acercó a Mariana y sentado junto a ella en la cama, la abrazó por detrás.

-No, mi amor, eso no es verdad, él vino aquí, porque quería rectificar sus errores. Por eso.

-Tú no te imaginas todo lo que él hizo por mi, Santi, y ahora sé que hasta sacrificó su vida contigo y con tu mamá para dedicármela a mi ¿y cómo le pagué yo? Con desprecio.

-Estoy seguro que mi papá, nunca se arrepentiría de haber dado la vida por ti. Es lo que los padres hacen, sacrificarse por sus hijos.

-Pero el no merecía morir así, no así.

-Ya, tranquila, no te alteres, recuerda que te tienes que cuidar. Tienes una lesión en el brazo y un golpe en la cabeza.

-Y perdí a mi bebé…

-No, Mariana, no pienses en eso. Te aseguro que vas a tener muchos, muchos hijos.

-Este debe ser el castigo que me envió Dios por deshacerme de esa criatura cuando era más chica.

-Mariana, por favor, todos cometemos errores. Es parte de crecer y ser adultos. No somos perfectos ¿lo sabes?

Mariana lloró otro rato recostada sobre los hombros de Santiago hasta que la enfermera le trajo el desayuno.

***

-Cuando te empezaste a comportar extraño, que no querías hablar conmigo ¿creías que yo era tu hermana?- preguntó Mariana mientras despachaba la colada, el yogur y las frutas que le había servido de desayuno.

-Sí, descubrí que Carlos Daniel González no era otro que mi papá. Ese papá que deje de ver tan pequeñito y que tanto extrañé. Pensé que tú eras hija de él.- respondió Santiago que se había quitado la chaqueta y ahora reposaba sentado en el sofá de visitas.

-¿Y cuándo supiste que no era así? ¿Cuándo supiste que yo era hija de… de esa mujer?

-No lo supe, tenía la sospecha, pero nunca tuve la certeza de nada… sólo quería amarte.

-Santi, sobre nosotros dos, yo…

-No, no tienes que decidir nada aún… vamos a esperar que te recuperes y luego hablaremos ¿sí?

Mariana asintió con la cabeza.

***

-Creo que mejor me voy a dar un buen duchazo en casa- dijo Santiago oliendo la ropa que llevaba puesta- tengo como cuarenta y ocho horas que no me baño.

-Sí, creo que es lo mejor- dijo Mariana sonriente.

-Me encanta que rías- dijo él, tocando con suavidad sus mejillas- No todo está perdido, yo estoy aquí a tu lado.

Santiago, con su cabello lacio, cubriéndole la frente en diagonal, con una camisa blanca de mangas largas y la chaqueta colgada al hombro con una mano, le lanzó un beso desde la puerta, siempre sonriendo. Mariana sintió que la opresión que tenía en el pecho se desvanecía lentamente, como decía su amigo Franz Watson en San Francisco, como una masa radiactiva intentando llegando a su vida media. Mariana vio la ciudad bañada en el sol del mediodía a través de su ventana, cuando sintió que la puerta se abrió nuevamente.

-¿Santi?- preguntó ella, pensando que había vuelto por algo que se le había quedado. Pero no era Santiago.

-Buenos días, Mariana- dijo María Antonia en la puerta, acompañada de su esposo- ¿Podemos hablar?

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