Capítulo 34. Detonación

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Mariana llevaba suficiente tiempo en Colombia para saber que en aquel país, la llave maestra que lo abría todo, era la plata. Para lo que no llevaba suficiente tiempo en el país era para calcular la proporción exacta de los sobornos. Abrió su bolso y sacó dos billetes de cincuenta mil pesos y los sostuvo con sus dedos índice y medio en frente del atractivo vigilante. Era una tarifa muy alta, el vigilante habría hablado por menos de la mitad pero, por supuesto, ella no lo sabía y en Estados Unidos, donde los sobornos no eran exóticos de ninguna manera, no se compraba la voluntad de nadie por menos de cincuenta dólares. Jamás.

-Hace unos minutos entró un muchacho, cabello engominado, vestido de traje ¿me puedes indicar hacia dónde se fue?

Wow– dijo el vigilante quitándose la gorra de su uniforme y con los ojos fijos en los billetes- Parece que usted tiene mucho interés en ese muchacho. ¿Es su novio?

-Eso no es de su incumbencia… ¿sabe o no sabe a dónde fue?

-Claro que sé… no es la primera vez que viene por aquí- dijo el tomando suavemente los billetes de la mano de Mariana- El siempre que viene, sube a la azotea.

-¿A la azotea?

-En la azotea hay un sitio de tragos.. le dicen “yief”, aunque el nombre es una “G” y una “F… el muchacho siempre que lleva se dirige ahí.

-Gracias- dijo Mariana haciendo caso omiso a la ignorancia del vigilante en lo referente a las letras en inglés y tocando el botón para tomar el ascensor.

-Una cosa más, señorita- dijo el vigilante con una sonrisa pícara, mientras guardaba los billetes en su billetera- tómelo con calma, no es la primera vez que pasa.
***

El presidente volvió a tomar asiento, esta vez de frente al sillón donde se encontraba Jerónimo; su hijo lo imitó de inmediato.

-El primer camino que tienes es no hacer nada.

-¿Quieres decir, quedarme cruzado de brazos?

-Efectivamente… el escándalo va a estallar, de eso no tengas la menor duda, pero sabes que el fiscal es muy amigo mio, aunque los gringos presenten un video mostrando a alguien de tu familia asesinando a González, estoy seguro de que él encontrará la manera de que nadie vaya a la cárcel, como sumo una retención domiciliaria en el más terrible de los casos.

-Eso arruinaría mi reputación y la de mi empresa.

-Entonces puedes seguir el segundo camino- dijo el presidente.

-¿Y cuál es el segundo camino?

-Entregar tú mismo al asesino de Carlos Daniel González…

***

La puerta del ascensor se abrió se abrió de par en par en el décimo piso. Mariana todavía pensaba en las palabras del vigilante diez pisos más abajo, cuando se dio cuenta que debía tomar unas escaleras de madera para llegar a la azotea del edificio, eran unas escaleras sencillas, casi que improvisadas que le recordaban mucho a las del apartamento de soltero de Evan Schwarz, su ex-novio y padre del hijo que crecía a cada minuto dentro de su cuerpo.

Al final de las escaleras, una enorme puerta roja se abrió casi al instante que Mariana tocó el último peldaño. Un anciano sonriente, vestido con el típico pantalón, chaleco y corbatín de meseros, le dio la bienvenida.

Un techo sostenido por una estructura metálica en forma de tres arcos concéntricos, cubría la azotea del Edifico Residencial San Francisco y debajo del techo Mariana calculó que habían unas 25 mesas, todas cubiertas adicional e innecesariamente por un paraguas de tamaño inusitado. El borde los paraguas servía de punto de amarre para una serie de cuerdas de cuentas color violeta, igual que los paraguas, por lo que era bastante difícil distinguir el rostro de alguien que se hubiese sentado dentro.

-¿Está esperando a alguien?- le preguntó el mesero.

-En realidad… – Mariana estaba a punto de decir que estaba buscando a alguien, cuando vio al fondo, que Jerôme Saint-Clair salía del baño e ingresaba a través de las cuerdas de cuentas a una de las mesas- en realidad no, sólo quiero tomar algo, si es posible en las mesas del fondo.

-Con gusto- dijo el mesero dirigiendo a Mariana- ¿Qué desea tomar?

-Una cerveza, de preferencia alemana, si no es mucha molestia- respondió Mariana pasando a centímetros de la mesa donde estaba Jerôme; estaba de espaldas hacia ella hablando con alguien más, pero las cuerdas no la dejaron distinguir el rostro.

El mesero no tardó más de un minuto en traer la cerveza importada, que Mariana dejaría intacta y que solo había pedido para no levantar sospechas. La mesa de Jerôme estaba a menos de 5 metros, pero Mariana no podía escuchar nada. Recordó lo que le había dicho Santiago; el asesino de su padre podría tener un cómplice y aquel lugar parecía el sitio perfecto para verse con alguien a escondidas.

Mariana tomó la cerveza y manteniendo su distancia se ubicó en una mesa más cercana, desde allí sí podía escuchar lo que Jerôme y su acompañante estaban hablando.
***

Santiago se encontraba saliendo de su cubículo en las oficinas de La Gaceta cuando se encontró de frente con Ariadne Saint-Clair.

-Hola, Santiago…

-Ariadne ¡Qué sorpresa! – dijo él en un tono un tanto fingido- De verdad que lamento mucho lo de tu tía. Pensé que hoy era el funeral.

-Sí, fue esta mañana, fue muy doloroso… pensé que quizás podría invitarte a almorzar y hablar contigo. ¿Puedes?

-Oh, bueno… es que..

-¿Ya almorzaste?

-No, no es eso, es que bueno…

-Tiene que ver con Mariana ¿Verdad?

-Bueno… la verdad es que… sí, tiene que ver con ella. No quiero que tú te confundas… yo acepté tu invitación a la fiesta esa noche porque…

-No te preocupes, Santiago… de hecho de eso quería que habláramos… no quiero que haya malos entendidos.

-Oh bueno, si es así… pues con mucho gusto, pero yo te invito a ti.

-No es necesario, pero me parece bien… ¿crees que estoy presentable?

Santiago se dio cuenta que Ariadne tenía el lápiz de ojos corrido, el cabello en desorden y el rostro pálido. No le caería mal que se arreglara un poco y perdiera el aire de desamparo que lucía en aquel momento.

-Si quieres arreglarte un poco, el baño de las damas está por allá.

-Gracias, Santiago, eres un sol.

***

-Tarde o temprano nos van a descubrir- escuchó Mariana decir a Jerôme en la mesa conjunta, a pocos metros de ella.

-Te estás adelantando a los hechos, nadie tiene por qué saber nada- dijo su acompañante- hasta ahora todo ha salido bien.

-¿Y si alguien nos vio el día de la fiesta?

-Si alguien nos hubiera visto, ya lo sabríamos…

-¿Qué vamos a hacer?

-Pues seguir cómo hasta ahora… todo nos ha salido bien ¿no crees?

-En eso tienes razón.

Mariana se quedó helada al escuchar la conversación y al ver entre las cuerdas el rostro de otro de los sospechosos que había señalado Katrina Wentz, cuando les mostró el video de la fiesta en la que murió su padre. El acompañante de Jerôme era nada más y nada menos que Juan Fernando Barrera.

***

Santiago, aún preocupado por la falta de noticias de Mariana, llevó a Ariadne a un restaurante cerca de las oficinas de la revista. Se veía triste, pero al menos había recuperado la compostura y la clase de su belleza inocente.

-Te voy a ser sincera, Santiago… la verdad es que me gustas mucho.

Para el periodista, aquella revelación no era ningún secreto. Luego del encuentro breve que sostuvieron frente al fresno donde encontraron a Carlos Daniel González, o sea a su padre, colgado, Ariadne había hecho hasta lo imposible por entrar en contacto con él. Lo agregó a facebook y a instagram. Cómo Santiago no la aceptó en ninguna de las dos plataformas, optó por enviarle correos en los que le agradecía su amabilidad el día de la fiesta y le pedía disculpas por la intromisión de su madre. Santiago, que en esos días estaba conociendo a Mariana y enterándose de la verdadera identidad de Carlos Daniel González, sólo le contestó cuando se dio cuenta que Mariana necesitaría un apoyo dentro de la casa; hasta pensó en intentar algo con Ariadne, cuando estuvo seguro de la relación filial que lo unía a Mariana, pero el corazón de caballero de Santiago no le dio para aquella acción que consideraba una bajeza. Así que siguió el contacto con Ariadne, más para saber de la situación en la Fortaleza Rota, especialmente en lo referente a Mariana, que porque la chica Saint-Clair le cayera bien.

-Ariadne, entiendo lo que dices y lo respeto, de verdad… pero créeme que yo en este momento de mi vida no puedo corresponderte.

-Yo entiendo- dijo ella, volteando la mirada- tenía tantos deseos de conocerte, que cuando empezamos a hablar por correo, me ilusioné un poco…

Hasta ese momento, Santiago Dajach no se había preguntado de dónde había sacado Ariadne Saint-Clair su dirección de correo electrónico, pero lo cierto era que su rastro digital era tan grande que no dudaba que en uno o en varios rincones de Internet apareciera ligado a su nombre.

-Y bueno, cuando aceptaste ser mi pareja en el evento de mi mamá pues supuse que algo pasaría, evidentemente no fue así.

-Podemos ser muy buenos amigos- mintió Santiago. Ariadne era una mujer demasiado insípida y taciturna para considerarla una amiga, además no le pareció muy sana la forma en que lo abordó y las cosas que se imaginó sin tener ningún fundamento.

-Claro que sí- dijo ella sonriendo- Ahora, habiendo aclarado todo ¿Qué vamos a pedir?

***

-Si algo llega a pasar, lo que tendríamos que hacer es fugarnos- dijo Juan Fernando Barrera, mientras Mariana lo escuchaba al borde de las lágrimas.

-Creo que sería una buena solución, largarnos… así nadie podría acusarnos, ni juzgarnos, ni nada… – dijo Jerôme Saint-Clair casi en susurros.

Fue entonces que Mariana reaccionó. Recordó todos los momentos que pasó junto al muchacho y de sólo pensar en cómo la había engañado con su pose inocente, cuando en realidad había matado a sangre fría a su padre le hizo hervir la sangre. Se levantó de la mesa donde estaba y abrió como una fiera la cortina de cuentas que rodeaba la mesa de los asesinos. Tenía los nervios tan destrozados y las hormonas de su embarazo tan elevadas que no midió las consecuencias.

-¡¿QUÉ CLASE DE MONSTRUOS SON USTEDES?!

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