Capítulo 42. Golpes

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La ciudad se había sumido en el caos. No bien había empezado a caer la noche cuando un chubasco bíblico acompañado de una ventisca sin precedentes cayó sin misericordia alguna sobre los restos urbanos que había dejado el granizo vespertino.

El agente Rafael García, del FBI, que por pura soberbia, había terminado en un bar de tragos en el norte de Bogotá, para sacarse de encima el sinsabor que le produjo el caso de Santiago Dajach, tuvo que agarrar una escoba y un cubo para sacar el agua que se estaba metiendo a chorros en el establecimiento; todo para no terminar montado encima de las mesas como las mujeres y los hombres menos resueltos.

Hasta las siete y treinta de la noche, que fue la hora exacta en la que Mariana González fue ingresada de urgencias en la Clínica la Divina Dádiva, la red de emergencias de la ciudad había reportado, al menos diecisiete árboles caídos en diferentes puntos del área metropolitana de Bogotá, al menos veinte edificios residenciales y diez barrios de extracción popular con inundaciones serias y cuatro accidentes, de los cuales el más grave había sido en el que había estado envuelto el vehículo de Mariana y que la había dejado con lesiones serias en todo el cuerpo.

El doctor Ramiro Vargas, que con veinte años de experiencia, era el médico principal de urgencias aquella noche en la clínica, y que en las últimas semanas había estado escribiendo órdenes de incapacidad a gente que sólo las necesitaba para no ir a trabajar, se preparó para lo que una noche de aquella traería y sabía que no era nada bueno. Su primera paciente de la noche fue Mariana.

La muchacha, que a pesar de todo seguía viéndose hermosa, tenía una contusión de miedo en la parte superior de la sien izquierda y un brazo agarrotado, posiblemente por causa de una fractura. Los enfermeros la sacaron con rapidez de la ambulancia, en toda la puerta de urgencias. Llevaba un sencillo traje de flores anaranjadas, completamente empapado y un bolso firmemente aferrado con el brazo que aún podía mover. Estaba consciente.

-¡Santiago! ¡Santiago!- exclamaba la muchacha.

-Tranquila, tranquila, vamos a llamar a Santiago- respondió el doctor Vargas- ¿Sabes el número?

-Está en el teléfono.

-¿El teléfono tiene clave?

Mariana negó con la cabeza.

-Por favor doctor- dijo ella al borde de las lágrimas- entréguele el contenido del bolso a Santiago Dajach y únicamente a él, por favor.

-No te preocupes, Mariana, vas a estar bien.

-¿Doctor?- dijo una de las enfermeras que ayudaba a empujar la camilla.

El doctor Vargas volteó a mirar a la enfermera, que señalaba la parte baja del vientre de la paciente. Estaba sangrando.

***

-¡No lo puedo creer! ¡No lo puedo creer! ¡No lo puedo creer! – dijo Santiago Dajach poniéndose las manos en la cabeza- Esto puede ser, esto puede ser, sólo tenemos que saber a quien corresponde esa dirección IP y tendremos al asesino.

-Eh… bueno- interrumpió Nicolás, el de los ojos blancos- no es tan sencillo como parece, la persona que ingresó a tu computadora, si bien cometió un error al instalar el software y conectarlo a su propia IP, como ya te dijimos, al parecer hizo varios espejos de su IP, este cambia aproximadamente cada quince minutos. No es ningún principiante.

-Pero me acabas de decir que pudieron entrar a su computador- dijo Santiago sin perder la calma.

-Sí, tenemos acceso a su computador, pero únicamente cuando está encendido y conectado a Internet y por lo visto lo tiene apagado hace unos minutos.

-¿Qué pudiste sacar en limpio?- preguntó Joaquín Vitola, que había pasado toda la tarde con Santiago y los muchachos de “La Oruga”, completamente ajenos al diluvio que tenía lugar por fuera del oscuro taller de informática.

-Pues tengo los pantallazos del escritorio, bastante normal… una foto del Sistema Operativo como papel tapiz, los programas normales, el único elemento extraño es el Helyx-Hydra, el que usó para tomar control de tu computadora, y pues en sus documentos personales, lo que parecen trabajos de Universidad, otros que parece informes de investigación y sus fotografías, música, de esa porquería pop que ahora está de moda, pero ninguno tiene nombre, y el nombre del usuario es apenas una “M”.

-¿Podemos hacer algo para saber de quién se trata? -preguntó Santiago.

-Bueno, podríamos esperar que se conectara nuevamente, pero incluso con eso, nos tomaría días, incluso semanas aislar la IP original del equipo.

-¡Maldita sea! ¡No podemos esperar tanto!-dijo Santiago impaciente.

-Santi, cálmate, hay dos cosas en las que no hemos pensado- dijo Joaquín Vitola con los brazos cruzados, apoyando la espalda en la pared, pintada con un logotipo de Korn.

-¿De qué hablas, Joaco?

-Tenemos la memoria USB, y sabemos que alguien la puso allí ¿No hay cámaras de seguridad en La Gaceta? Si sabemos quien puso la USB allí, tenemos una pista importante.

-¿Y cuál es la otra?- preguntó Jimmy el del tatuaje, intrigado también por el concurso de los hechos.

-Pedirle ayuda a Rafael García, estoy seguro que en los gringos pueden mil veces más rápido lo que estos muchachos nos están diciendo.

-En eso tiene razón- respondió Nicolás.

***

-Está bien- dijo Santiago luego de meditarlo un poco- pero vamos primero con la pista de la USB, no confío en esos hijueputas gringos.

El periodista sacó de inmediato su teléfono, justo cuando entraba una llamada. “Número desconocido”.

-¿Aló?

-Sí ¿Es usted el señor Santiago Dajach?

-Así es ¿Quién lo solicita?

-Mi nombre es Ramiro Vargas, soy médico en la Clínica la Divina Dádiva. Lo estoy llamando porque su amiga, la señorita Mariana González sufrió un accidente muy serio en las horas de la tarde y nos pidió que nos comunicáramos únicamente con usted.

Santiago permaneció en silencio. No dio crédito a lo que acaba de escuchar.

-Disculpe, me parece que no le escuché bien ¿me dijo que Mariana acaba de sufrir un accidente?

-Así es, y necesitamos que un familiar esté presente.

-Mariana no tiene familiares, o al menos no en este país.

-Entonces, le suplico que usted, en calidad de amigo se haga presente de inmediato ¿Sabe la dirección de la clínica?

-Sí, sí la sé, salgo de inmediato para allá.

Santiago colgó el teléfono y se percató de las diecisiete llamadas que le había hecho Mariana aquella tarde. ¿Qué diablos era lo que estaba pasando?

-Santi ¿qué te pasa? ¿te quedaste pálido? ¿qué le pasó a Mariana? -preguntó Joaquín.

-Tu… tuvo un accidente, la tienen en una clínica del norte. Joaco, mi hermano, te pido un favor enorme, ve a la redacción de La Gaceta, habla con Catalina Angarita, que soliciten la copia de la cámara de seguridad, cuando tengas algo me llamas de una vez.

-Dale, amigo no te preocupes.

-Jimmy, Nicolás ¿Cuánto les estoy debiendo por el favor?

-¿Deber? No, parce, usted no nos debe nada… esto es pura diversión para nosotros- respondió Jimmy- si ese hijueputa vuelve a prender el computador el tiempo suficiente, lo vamos a agarrar.

-Gracias, Joaco me tengo que ir, Mariana, loco…

Vamos te acompaño. Subieron las escaleras del taller de “La Oruga”. Sólo cuando llegaron a la puerta de acceso, comprendieron que aún estaba cayendo un diluvio sobre la ciudad.

***
Santiago Dajach llegó a las ocho y quince de la noche a la puerta de la Clínica la Divina Dádiva. La tempestad había disminuido hasta convertirse en una fastidiosa llovizna helada, pero el caos era evidente. Santiago tuvo que tomar dos desvíos peligroso para evitar los monumentales embotellamientos que se habían desatado por toda la ciudad y poder llegar pronto al sitio donde atendían a Mariana González.

Llegó sudado y congelándose a la recepción. Casi de inmediato llamaron al doctor Ramiro Vargas, que había dado instrucciones precisas, una vez llegara el periodista.

-¿Señor Santiago Dajach?

-Sí, ¿Doctor Vargas?

-Mucho gusto, menos mal llegó.

-¿Cómo está Mariana? ¿Está bien? Doctor, dígame ¿Está bien?

***

Santiago entró con sigilo a la habitación. Mariana tenía una venda sencilla rodeando su cabeza y uno de sus brazos en un cabestrillo. Estaba despierta.

-¿Santi?

Santiago estuvo a punto de perder el control y echarse a llorar, pero tenía que ser fuerte, Mariana lo necesitaba en aquel momento.

-¿Cómo puedes seguir así de hermosa con todos esos golpes?

-Te llamé toda la tarde.

-Lo sé, no tengo disculpa, amor- dijo él.

-¿Qué te dijeron los médicos?

-Qué vas a estar bien.

-¿Y mi hijo? No me han dicho nada de mi hijo, Santi- dijo ella en medio de las lágrimas ¿cómo está mi hijo?

Santiago se arrodilló al lado de la cama y se aferró a la mano del brazo ileso. No dijo una palabra.

-Santi, por favor ¿qué te dijeron sobre mi hijo?

Santiago negó con la cabeza y se dejó llevar por el llanto. Mariana lo siguió de inmediato.

-No, mi hijo no, Santiago ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?

-No entiendo, Mariana, no entiendo ¿cómo pueden pasar estas cosas? ¿por qué estabas conduciendo en esa tempestad? ¿qué hacías?

Mariana seguía llorando, de repente el aparato que registraba su ritmo cardíaco y su respiración empezó a emitir una alarma.

-¿Mariana que te pasa? – dijo Santiago alarmado.

-No, no puedo… respirar… el bolso Santi… el bolso, ábrelo, ahí está, Santiago.

Mariana cayó sobre la almohada intentado respirar, las enfermeras y el doctor Vargas entraron de inmediato.

-¿Pero qué fue lo que pasó?

-Ella sólo estaba llorando, doctor, luego sólo no podía respirar…

-Bolso… – dijo Mariana con una voz rasposa y cortante señalando a la silla de plástico junto a su cama.

Santiago tomó el bolso, antes que dos enfermeras la sacaran a empujones hacia el pasillo. Desesperado como estaba, buscó una silla en la sala de espera, y con el alma destrozada por el dolor, se aferró con fuerza al bolso de Mariana. Entonces lo sintió. Abrió lentamente la corredera del bolso, además del celular, el maquillaje y los documentos de Mariana, otro objeto ocupaba aquel accesorio. Santiago no dio crédito a sus ojos cuando vio de que se trataba. Era el cofre de la flor amarilla con sus cincos pétalos puntiagudos. Se veía mucho más pequeño que en el video. Tenía una cerradura, pero tenía la llave incrustada allí.

Luego giró la llave.

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