Capítulo 50. Esperanza

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-Pero… Mariana…yo- empezó a balbucear María Antonia viendo la actitud intransigente de la muchacha.

-Señora, de verdad, yo la perdono de todo corazón, a pesar de todo lo que usted me hizo, le aseguro que no tengo ningún rencor en mi corazón en contra de usted. Pero a pesar de ese vínculo de sangre del que ninguna de las dos sabía hasta hace poco, no hay nada que nos una. Me alegra muchísimo que se haya arrepentido de sus acciones y que intente recuperar a Jerôme y ayudar a Ariadne, pero no me cuente entre sus propósitos personales, porque no se lo voy a permitir. Usted no puede arrojarme a la calle como una basura y luego pretender que seamos amigas, mucho menos que empecemos una relación de madre e hija. Yo crecí sólo con mi papá, un hombre que sacrificó todo, hasta su vida por mi, y es el único que voy a reconocer como tal.

-¿No hay posibilidad de que cambies de parecer?- preguntó María Antonia con los ojos llenos de lágrimas.

-Usted dijo que respetaría la decisión que Jerôme tomara ¿no es cierto? Le pido por favor que haga lo propio conmigo. No tenemos nada más que hablar. Ahora por favor, retírese, tengo que descansar.

María Antonia se levantó lentamente. Intentaba controlar las lágrimas, pero estas salían espontáneamente. Tomó su bolso y se dirigió a la puerta.

-¡Señora!- dijo Mariana cuando María Antonia había agarrado el picaporte para salir de su habitación- ¿Me puede hacer un último favor?

-El que quieras, Mariana.

-Puede asegurarse que traigan todas mis cosas aquí, a este lugar, esta misma tarde.

-Cuenta con ello- dijo María Antonia, antes de desaparecer de su vida para siempre.

***

Las maletas estaban listas. María Antonia dio órdenes específicas de entregarlas en la habitación de la señorita Mariana González, en la Clínica La Divina Dádiva. Allí de pie, junto a la entrada de La Fortaleza Rota, vio el vehículo se llevaba los efectos personales de aquella muchacha. Ahora estaba completamente sola en aquel palacio descomunal. Cuando Liesel llegó a visitarla, la encontró llorando, sentada en las escaleras.

***

Santiago llegó pasadas las cuatro de la tarde a la clínica para visitar a Mariana, había pasado antes por la revista para verificar que era cierto lo que Joaquín le había dicho y en efecto, sólo faltaba su firma para que tomara el cargo de Editor Jefe. Estaba tan feliz que corrió como loco para contarle la noticia a Mariana, pero cuando llegó a la habitación, la encontró vacía.

***

-¿Estás segura de lo que vas a hacer?- le preguntó María Antonia a su hermana.

-Sí, nos vamos mañana mismo para Majagual- le confirmó Liesel- Juan Pablo quiere que comencemos una nueva vida y cree que allá podremos conseguirlo. Es hora de que hagamos las paces con nuestro pasado, Mary.

-Te entiendo y te deseo toda la suerte del mundo, hermanita.- dijo María Antonia abrazando a aquella hermana a la que había tenido por estúpida en los últimos treinta años.

María Antonia se despidió de ella, sabiendo que muy probablemente no la volvería a ver. A Liesel siempre le gustó el verdor húmedo y agreste de La Mojana, bañarse en las corrientes de agua, comer el pescado, los plátanos de cuatro filos, y todas las delicias que se podían hacer con el arroz y Juan Pablo la amaba tanto que estaba seguro que sería feliz a su lado, hasta en el mismísimo infierno.

Se paseó por toda la casa, escuchando el eco de sus zapatos de tacón. Se sentía tan sola y vacía en medio de aquel espacio enorme, lujoso y limpio que decidió salir y dar una vuelta por el jardín. Fue entonces que vio a lo lejos a un hombre junto al fresno, el mismo fresno donde Carlos Daniel González, o el doctor Oscar Dajach había aparecido colgado aquella noche infame. El corazón le dio un pálpito cuando vio que el hombre vestía un conjunto de camisa y pantalón blanco, con un sombrero vueltiao para protegerse del sol.

María Antonia se acercó al individuo, lo tomó del los hombros y el giró.

-Hola.

-Jerónimo ¿qué haces vestido así?

-¿Te acuerdas todo lo que te burlaste de mi cuando me viste con esta ropa, mi primer día de trabajo en La Soledad?

-Sí, parecías un tonto- dijo ella sonriendo.

-Quiero que seamos felices, que empecemos de nuevo.

-No sé, si pueda, perdí a mis hijos, y Mariana…

-Lo sé, no te preocupes. Te prometo que nunca estarás sola, yo estaré allí para ti. Además todavía estamos muy jóvenes, tú tienes treinta y nueve años, yo tengo cuarenta y cuatro, si el problema son los niños podemos tener muchos más ¿no te parece?

-Sí, me parece, sólo te pido una cosa- dijo María Antonia en una carcajada que él acompañó.

-Lo que quieras mi amor- Jerónimo.

-Vámonos de esta casa, no quiero seguir viviendo aquí.

-Sabes, lo bueno de tener tanto dinero es que no hay que pensar las cosas, sencillamente hay que hacerlas. Si te quieres ir, nos vamos. A donde tú quieras…

-¿A dónde yo quiera?

-Dónde tú quieras.

-Sabes donde está Jerôme ¿verdad?

-Claro que sí.

-Bueno empecemos por allí, creo que es hora de pedir perdón- dijo María Antonia antes de entregarse a su marido con un beso prolongado debajo de aquel fresno, que ahora además de ser testigo de la muerte y la opulencia, también sería testigo del amor.

***
A las cinco de la tarde Mariana pasó por el servicio de inmigración. Tenía aún los moretones en la cara y el brazo enyesado y le costaba un poco moverse bien, pero podía hacer el viaje. Los doctores de la clínica la hicieron firmar una forma en la que los absolvía de cualquier responsabilidad por haber salido a destiempo. Pero aquella fue la única manera que encontró de dejar aquel episodio de su vida atrás. Así que una vez recibió las maletas con sus cosas de la Fortaleza Rota, salió de la clínica y compró el primer vuelo con rumbo a San Francisco.

Le dolía, más que el cuerpo le dolía el corazón, amaba a Santiago Dajach con todas las fuerzas de su alma, pero no podría verlo sin recordar el infierno que había vivido en aquel país. Lo único que se le ocurrió hacer por él fue dejarle la dirección de la iglesia donde había dejado las cenizas de su padre, para que hiciera con ellas lo que bien le pareciera. No podía hacer nada peor que lo que ella hizo.

Se subió al avión con rumbo a la ciudad de Panamá, pensando en él, en su cabello en su barba, en su sonrisa y hasta en los kilos que tenía demás. En la carta contradictoria que le dejó en la cama de la clínica, le dejaba en claro cuanto lo amaba, al mismo tiempo que le informaba que no podría seguir en aquel país, como si nada hubiese pasado.

La espera en Panamá, por la conexión fue muy corta. Le dio tiempo únicamente de comer una manzana y una botella de agua, para acompañar con el analgésico. El siguiente vuelo fue mucho más agotador. Haría una escala en Nueva York y de allí sí llegaría hasta San Francisco, fue tal la prisa con la que compró el pasaje, que no comprobó si había otros vuelos hasta su ciudad.

Para su fortuna, el analgésico le cayó tan bien que durmió durante todo el vuelo. En el JFK, uno de los dos aeropuertos más importantes de Nueva York, llegó justo después de medianoche. Alcanzó a comprar un par de recuerdos para su apartaestudio de Bernal Heights. Aprovechó para enviarle un mensaje a Harriet Stangard, su jefa en la firma de diseño en la que había trabajado en los últimos años. Le pedía volver. Al contrario de lo que esperaba, Harriet contestó de inmediato. Se le había olvidado que en San Francisco serían apenas las nueve de la noche y que Harriet estaría despierta.

“You’re very welcome”

El mensaje la puso contenta, era todo lo que necesitaba para reiniciar su vida en San Francisco.

***

El avión aterrizó en el Área de la Bahía a las cinco y veinticinco de la mañana del jueves, veinticinco de Octubre. Había hecho una escala en Chicago, escala que Mariana ni siquiera sintió en su puesto de primera clase. Fue una atención de la aerolínea al verla con un brazo escayolado y con moretones en la cara.

Llegó al aeropuerto y de inmediato, contrató el servicio de uno de los maleteros para ayudar a conseguir un taxi. Era como si nunca se hubiese ido, allí estaba el amanecer tímido de la Bahía, en medio de la niebla, las mismas casas de fantasía que había visto desde niña y sobre todo la misma soledad. Sintió el impulso de pedirle al taxista que diera vuelta y la llevara nuevamente al aeropuerto, pero ya era muy tarde. La decisión estaba tomada.

El auto tomó la salida de la autopista I-280, al sur del condado e ingresó a Mission Street, para dar un último giro en la colina de Mirabel. Ahí estaba la casa que compartía con unos vecinos con los que apenas si había cruzado una palabra. El taxista bajó el equipaje y lo dejo frente a la puerta creyendo que ella vivía en el segundo piso. Estaba tan ensimismada, que no pensó en que ahora debía subir todas aquellas maletas con el brazo como lo tenía.

Abrió la puerta de la escalera. La ciudad apenas estaba despertando y la calle estaba llena de vehículos, pero no había nadie, ni siquiera los deportistas que solían correr en la mañana para que la ayudaran. Así que tomó aliento y se inclinó a tomar la manija de la maleta más liviana, pero encontró otros dedos posados sobre ella.

-Parece que está en un buen lío, señorita ¿me permite ayudarla?- dijo el hombre en un perfecto español. Mariana no tuvo que girar la cabeza para saber quien era porque hubiese reconocido esa voz en cualquier lugar del mundo.

De repente todos los miedos, las frustraciones y dolores que sentía empezaron a evaporarse, abandonando para siempre su corazón. Ahora, sólo tenía motivos para sonreír.

******* FIN *******

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