Capítulo 38. Claves

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La noticia de la captura de Santiago Dajach por parte de una fuerza de tarea conjunta del gobierno colombiano y la embajada de los Estados Unidos llegó a oídos de Mariana con casi cuarenta y ocho horas de retraso.

Luego del cinematográfico o, más bien, novelesco escape de Jerôme Saint-Clair de la Fortaleza Rota y del avistamiento de la pintura en la habitación de Margarita Pérez, Mariana había intentado localizar a Santiago por todos los medios.

Intentó primero con el teléfono celular, pero luego de más de veinte intentos en que efectivamente timbraba sin respuesta, finalmente se fue a correo de voz. Se pasó por la revista, que a las seis de la tarde del domingo, todavía ebullía en la redacción. Catalina Angarita, la editora de entretenimiento, solo había aceptado recibirla cuando le comentó que tenía noticias de Juan Fernando Barrera.

-¡Esto es una locura!- Había dicho la mujer, que tenía una niña de año y medio esperándola en su casa- No está el editor jefe y no está el editor judicial. Vamos a tener que imprimir la diagramación previa ¿Me dijo usted que sabía algo de Juan Fernando?

-Pues, creo que no va a venir más por acá- le confesó Mariana.

En efecto en la álgida discusión que habían tenido María Antonia y Jerónimo, posterior al escape de su hijo menor, discusión que oyeron hasta los topos ocultos bajo la tierra del jardín, cuatro metros bajo tierra, Mariana había podido sacar en limpio que Jerôme y Juan Fernando habían tomado un avión con rumbo a Panamá a las cuatro y treinta de la tarde, y que de ahí, gracias al dato de un informante que Jerónimo tenía en el servicio de inmigración panameña, ambos habían tomado un vuelo hacía Estocolmo, con escala en Frankfurt.

María Antonia prometía viajar cuanto antes a Alemania o a Suecia a buscar a su hijo, quitarle el acceso al fideicomiso al que accedió a sus dieciocho años, llamar a la Interpol para capturar a Barreras y un sinfín de barbaridades más, hasta que Jerónimo, cansado de escuchar la cantaleta de la mujer, puso finalmente las cosas en orden.

En un tono de mando que Mariana no conocía le ordenó a María Antonia no entrometerse en los asuntos de su hijo y la responsabilizó de la situación, al haberla manejado con las tripas y no con el cerebro.

María Antonia le había a pedido a su hermana que llegara cuando antes, evidentemente para no enfrentarse sola a la racionalidad de Jerónimo, pero Liesel, contra todo pronóstico, tomó el lado de su cuñado. Mariana no dejaba de sorprenderse del enorme cambio que había sufrido Liesel Luján en los últimos días, no solamente se veía menos vulgar y menos fea, sino que parecía que había cambiado de papeles con su hermana. Fue Liesel la que llamó a la cordura y terminó convenciendo a María Antonia de que dejara a Jerôme hacer su vida como bien él quisiera.

Aquel lado inestable de María Antonia, preocupaba a Mariana y fue por eso que al no localizar a Santiago decidió ir a la revista a buscar noticias de él.

-¿Quieres decir que Juan Fernando se fue? ¿Sin renunciar ni nada?- le había preguntado Catalina.

-Sí ¿Sabes dónde está Santiago?

-No, estuvo aquí esta tarde, que tuvimos que armar la revista previa por su Juan no aparecía y mirá que no apareció, y ahora, de acuerdo a lo que me dices, se fue y no va a volver más.

Eran casi las ocho de la noche cuando Mariana llegó al edificio de apartamentos donde vivía Santiago, pero a pesar de que pudo convencer al vigilante de la dejara pasar, nadie abrió la puerta. Un vecino que tuvo la caridad de abrir la puerta al escuchar los golpes le contestó que no había escuchado nada extraño en aquel apartamento.

Si Mariana se hubiese dirigido primero al apartamento de Santiago, en lugar de ir a la revista, se hubiese encontrado con el vigilante que estaba de turno y que había sido testigo del apresamiento, pero las hormonas del embarazo le empezaba a jugar en contra y no se le ocurrió preguntarle al vigilante, si el empleado del turno anterior había anotado algo extraño en su bitácora.

Al día siguiente, el lunes, luego de pasar una noche de perros y de dejarle varios mensajes en el correo de voz, Mariana decidió que era hora de tomar los toros por los cuernos. Tenía que entrar a la habitación de Margarita Pérez y averiguar por qué la firma de Conrad Warren estaba estampada en ella.

***

Lo mantuvieron veinticuatro horas incomunicado. La habitación tenía la temperatura regulada y un sofá cama donde pudo dormir a gusto a pesar de la preocupación que le producía la gravedad de los cargos que pesaban en su contra.

Fue después del desayuno (gofres con miel, queso, jugo de naranja y café) que el tipo del cabello de corte perfecto se apareció en el recinto, con intención de empezar el interrogatorio. Se identificó como Rafael García, agente del FBI asignada al área de informática de la Embajada de los Estados Unidos. A Santiago le pareció muy extraño que hubiese un agente del FBI, experto en informática, trabajando en la embajada de los Estados Unidos, a menos que él mismo estuviese haciendo algún tipo de investigación de legalidad dudosa en tierras nacionales.

Rafael intentó empezar el interrogatorio, manifestando que era mejor que colaborara y que confesara todo. Santiago le contestó, mirándose las uñas de las manos, que a menos que estuviera en Guantanamo, o en algún barco en aguas internacionales, tenía derecho a una llamada y a un abogado. Media hora después, Joaquín Vitola llegó para hacerse cargo de la defensa.

***

A la misma hora que Santiago Dajach empezaba la primera ronda de interrogatorio a cargo del agente Rafael García, los contratistas del área de informática de la revista La Gaceta, un par de muchachos extravagantes que se hacían llamar por el dominio de su negocio: “ La Oruga”, empezaron a trabajar en la conexión de red de los computadores de la redacción. No tardaron ni cinco minutos en hallar el problema.

Catalina Angarita, que aún no se reponía del estrés del día anterior, fue la primera en enterarse. Toda la red de la revista estaba comprometida. Había sido víctimas de una infiltración ilegal. Literalmente los habían hackeado.

***

El carpintero abandonó La Fortaleza Rota pasadas las seis de la tarde. Había hecho tan buen trabajo que nadie que no hubiese sido testigo de los bochornosos hechos del día anterior, hubiese sospechado que alguien la había tirado al piso. Era el fin de un procedimiento en el que los Saint-Clair eran expertos: ocultar evidencias.

No bien, María Antonia había recuperado la cordura luego de la intervención involuntaria de Jerónimo, Juan Pablo y Liesel, se empezaron a mover los hilos que determinarían que aquella historia jamás traspasara los lujosos muros de aquella mansión.

Lo primero en la lista era Ramón Rátiva. El pobre investigador, que terminó con la nariz rota y una contusión de espanto en el hombro, fue llevado con la mayor discreción en una ambulancia disfrazada de camioneta de televisión por cable. Era lo último en guarachas entre la opulenta clase alta bogotana. Ramón fue conducido a una clínica privada, donde los “empleados” de la empresa de cable, manifestaron haberlo encontrado en un accidente por el rumbo de Chía. Mismo rumbo por el que una grúa silenciosa dejó el vehículo que había chocado contra la fuente aquella tarde. La remuneración que recibió por firmar un contrato de confidencialidad fue tan alta, que el detective estaba seguro de poder retirarse a sus anchas para más nunca tener que volver a pensar en María Antonia, en Mariana González, o en algún otro miembro de aquella familia de locos.

No fue el único contrato de confidencialidad. Cándida y todos los empleados que habían estado en la casa durante los hechos firmaron, a cambio de una nada despreciable bonificación y todos hicieron de cuenta que nada había pasado.

El único cabo suelto era Mariana. Jerónimo estaba tan seguro que la muchacha se negaría en redondo a firmar aquel documento, que ni siquiera imprimió la copia que él y su abogado habían elaborado cuidadosamente en su oficina y se limitó a sugerírselo, medio broma, medio en serio en la cena del lunes. Para su mayor sorpresa, Mariana aceptó firmar el documento.

***

Luego de revisar cuidadosamente el documento, de tal manera que no tuviera alguna clausula en la que renunciara a los beneficios de la herencia de su padre, Mariana aceptó firmar el acuerdo de confidencialidad. Según la explicación que le dio a Jerónimo durante el desayuno del martes, no quería que Jerôme, a quien ella consideraba más que un amigo personal, un hermano, saliera como un vulgar pervertido en las retorcidas revistas y portales de chismes que pululaban en Colombia. En realidad sólo estaba ejecutando su plan maestro.

Mariana tenía como objetivo entrar a como diera lugar a la habitación de Margarita Pérez y luego de que María Antonia sospechara que había sido ella la que había entrado sin permiso a la habitación, le quedaba muy difícil volver a entrar. Así que la única manera era pasando lo más desapercibida posible. Las discusiones y peleas con la familia Saint-Clair estaban descartados.

Luego que el carpintero terminó su trabajo, Mariana se dio a la tarea de seguir el rumbo de las llaves de la nueva cerradura. Cuidándose de no ser observada, Mariana se ocultó en el borde de la entrada de las escaleras al segundo piso y vio como aquel hombre, que por la calidad de su trabajo no podía considerarse menos que un artista, le entregaba las nuevas llaves a la señora de la Fortaleza Rota.

María Antonia se dirigió de inmediato a su habitación, que por puro descuido dejó entreabierta. Apenas lo justo para que Mariana lograra observar el lugar estratégico donde la señora Luján de Saint-Clair guardaba las claves de su destino.

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