Capítulo 37. Captura

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-Todo esto es culpa tuya, ¡maldita intrusa!- dijo María Antonia señalando a Mariana que intentaba darle los primeros auxilios al detective Ramon Rátiva, que hasta hacía unos minutos ella intentaba detener.

-¿De qué rayos está hablando, señora?

-Tú, tú fuiste la que le metió esas ideas retorcidas a mi hijo en la cabeza, tú que vives una vida libertina en esa ciudad donde todos son unos pervertidos. ¡Ahora convertiste a mi hijo en uno de ellos!

-¿Qué? ¿Yo?

-¿Qué, si no, hacías en ese lugar con ellos? ¿Hace cuánto estabas encubriendo esa relación?

María Antonia estuvo a punto de reclamarle a Ramón el no haberse dado cuenta de tal situación mientras seguía a Mariana, pero no podía revelar esa carta, no aún.

-Yo no estaba encubriendo a nadie, señora, estaba allí porque, porque…

Mariana también, estuvo a punto de revelarle que estaba investigando la muerte de su padre y que Jerôme y Juan Fernando habían estado en la lista de sospechosos hasta hacía un par de horas, que ella había descubierto la verdad, situación que dejaba a María Antonia como la única sospechosa. Permaneció en silencio.

-¡Claro! ¡No tienes ninguna explicación! Es porque lo que digo es cierto… tú metiste a mi hijo en toda esta porquería.

-En vez de decir estupideces, más bien llame a una ambulancia, este hombre tiene la nariz fracturada.

Pero María Antonia, que aún empapada de pies a cabeza, no perdía su clase y su porte, no le hizo el menor caso y empezó a gritar los nombres de todos los empleados de la casa. La primera en aparecer fue Cándida.

-Dígame señora.

-¿Quién rayos dejó la habitación de mi madre abierta? ¿Acaso no di orden de que permaneciera cerrada con llave?

-Sí, señora, pero no sé quien la pudo haber dejado abierta.

-Ya no importa, traeme las llaves de inmediato. ¡Pero ya!

Ramón se quejaba en el piso, mientras Mariana trataba de contener la hemorragia con la corbata del individuo.

-Jerôme ¡Abre la maldita puerta, sino quieres que la tire yo a patadas!

-¿Qué pasó mami? ¿Dónde dejaste tu decoro y tu elegancia? Ah, ya sé, seguro los dejaste en el pueblo inmundo ese de donde saliste – dijo Jerôme detrás de la puerta cerrada.

-¿Cómo te atreves? ¡Abre la maldita puerta ya! ¡Maricón!

-Sí, mami, soy un maricón, feliz, no sabes lo feliz que me hace estar con Juan, él es mio y yo soy de él, y no sabes como lo disfruto.

-¡CÁLLATE Y ABRE AL MALDITA PUERTA! ¡CÁNDIDA, LAS LLAVES!

Mariana se empezó a asustar y con justa razón, Jerôme estaba provocando a su madre y en aquella circunstancias, aquella gracia podía salirle demasiado cara, más cuando escuchó los pasos cortos y rápidos de Cándida subiendo las escaleras.

-Señora.

-¿Qué pasa? ¡Las llaves!

-Las llaves no están en la caseta de guardia, señora.

-¿Qué?

-Alguien las tuvo que haber tomado.

-¿Quieres decir que alguien en esta casa, se atrevió a tomar esas llaves?- preguntó María Antonia mirando fijamente a Mariana.

-No lo sé, señora, las llaves siempre habían estado ahí, no sé por qué no aparecen.

-Yo sí tengo una muy buena idea, todo en esta casa iba bien, hasta que le abrimos la puerta a los intrusos… Cándida llama a cualquiera de los empleados, que traigan un mazo, un martillo o lo que sea, vamos a tumbar esta puerta.

Cándida estaba a punto de dar la vuelta, cuando Ramón Rátiva, de repente apartó con suavidad la mano con que Mariana presionaba su corbata contra su nariz. Se sentía fatal, pero no tanto por el golpe contra la puerta, como por la sensación de inutilidad que caía sobre él.

-Permítame yo lo hago, señora.

-¿Está loco? ¡Usted está herido! ¡Se va a hacer daño! – dijo Mariana alarmada al ver el hilo de sangre que le corría por los labios a aquel hombre, otrora atemorizante.

-¡Cállate y deja que haga lo que tenga que hacer! – María Antonia hizo una pausa y se dirigió a la puerta- Jerôme, si sabes lo que te conviene, abre la puerta de inmediato, te lo ordeno  ¡Jerôme!

Pero Jerôme no contestó, Ramón hizo a María Antonia a un lado y con la nariz aún sangrante, golpeó con su hombro la puerta. Cedió en el segundo intento cuando una lluvia de astillas, sangre y polvo cayó sobre los pies de Mariana. María Antonia introdujo su mano por el orificio recién hecho y abrió la puerta.

Mariana esperaba que la sordidez de los gritos y los golpes asaltara sus timpanos, pero sólo reinó el silencio. Más preocupada que curiosa, siguió a Ramón dentro de la habitación y vio que una de las ventanas estaba completamente abierta. Una cuerda hecha con finísimas sábanas italianas estaba atada a una de las patas de la enorme cama doble que dominaba el recinto. La cuerda atravesaba la ventana, donde en ese momento María Antonia observaba el horizonte, perdiendo las esperanzas de rescatar a su hijo de la perdición.

Pero no fue eso lo que llamó la atención de Mariana. Sobre la cabecera de la cama, se alzaba una particular obra de arte. Una flor amarilla con cinco pétalos puntiagudos con un bosque de secoyas al fondo. Era la misma flora amarilla que se veía en el cofre que llevaba su padre el día de su muerte y la misma que había visto hacía unas horas en la tumba de Margarita Pérez de Luján. Pero el detalle más impactante y el que terminó de abrirle los ojos era la firma del pintor. Una firma que ella conocía muy bien.

***

Por décima vez aquella tarde volvió a marcar el número de Mariana y por décima vez, el teléfono se fue de inmediato al servicio de correo de voz. Santiago había pasado una tarde de perros. No sólo le había tocado soportar la conversación ridícula de Ariadne Saint-Clair intentado ser “su amiga”, sino que luego de haberla despachado con todo y su cara de tonta niña bien, lo llamaron de urgencia de la revista, puesto que Juan Fernando Barrera, el editor jefe de la revista no aparecía por ninguna parte y había que tomar decisiones inmediatas sobre el próximo número.

Era exactamente el tipo de situaciones que sacaban al periodista de quicio. En su potestad de editor de la revista, Juan Fernando acopiaba todo el material, lo organizaba, lo clasificaba y lo ordenaba según el orden de importancia. Muchos de los textos y fotografías quedaban por fuera, por lo que terminaban de inmediato en la versión web de la revista, pero aquella tarde había ocurrido un problema con el servidor de la revista, por lo que tuvieron que desconectar toda la red y llevar los discos de respaldo al servidor alterno, que la revista había contratado con unos muchachos de vestimenta estrafalaria, pero, eso sí, muy inteligentes, llamados “La Oruga”.

Los muchachos de “La Oruga”, uno de ellos con un tatuaje pavoroso sobre la mejilla izquierda y otro con lentes de contacto de color blanco, actualizaron de inmediato la página de la revista y dieron un correo electrónico para que les enviaran todo el material adicional y dijeron que se pasarían al día siguiente por la revista para revisar que había pasado con el servidor principal.

Santiago y el resto de editores de segmento pasaron el resto de la tarde debatiendo la jerarquía de los textos del próximo número, labor que Santiago pensó sería completamente inútil en el momento en que Juan Fernando regresara y tomara control de la edición, pero justo de camino a su apartamento vio que quizás aquello no pasaría nunca.

El mensaje llegó al teléfono, justo cuando Santiago estaba atravesando el embotellamiento monumental de la Avenida Caracas.

“Como dijo el Sabio Catalán: ‘Ahí les dejo esa mierda’ ”

A partir de ese momento, Santiago intentó localizar a su jefe por todos los medios de los que dispuso, incluso dejando un recado con el vigilante del edificio donde vivía, que juraba que no lo había visto en todo el día. Luego de haberlo buscado personalmente en su edificio y en todos los sitios que frecuentaba, no pudo encontrarlo.

De regreso a su apartamento, tomó un baño rápido y vestido apenas con unos calzoncillos ligeros, a pesar del frío; abrió su computador portatil para repasar las notas en las que trabajaba y para mirar, si por casualidad, Mariana o Juan Fernando le habían dejado algún mensaje en su bandeja de correo, pero al presionar la primera tecla para activar el aparato, no lo recibió el colorido pantallazo de entrada, sólo un fondo negro con una extraño escrito en ella.

>Ya vienen.

Santiago no daba crédito a lo que veía. Intentó presionar las teclas de encendido para reiniciar el computador, pero no respondían. Luego vio como se escribía en tiempo real otra linea en la pantalla.

>¿No los escuchas? Ya están aquí.

Fue entonces que entraron. La puerta retumbó, desprendiéndose limpiamente de las bisagras y cayendo sobre el piso de madera del apartamento. Cinco hombres fuertemente armados entraron controlando el cien por ciento de la superficie del apartamento. Uno más, con cabello perfectamente peinado y vestido de traje entró por último y viéndolo con las manos arriba con todas las armas apuntándolo a él, sonrió.

-¿Señor Santiago Dajach?

-Sí ¿se puede saber a cuenta de qué vienen a tumbar mi casa?

-Está usted detenido por espionaje e infiltración electrónica ilegal, señor Dajach- dijo el tipo de cabello pulcro- Señores agentes, déjenlo que se ponga algo decente, léanle sus derechos, antes de que empecemos con el proceso de extradición.

Luego se lo llevaron.

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