Capítulo 28. Escape

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Había avanzado más de un kilómetro dentro de la Avenida El Dorado cuando se dio cuenta que lo seguían. Una camioneta negra, sin placas se había aproximado desde que había entrado a la avenida, desde el camino de herradura que conducía al humedal donde había dejado a Conrad Warren y a su conductor. Sin duda alguien lo había visto, pero no gastó ni una fracción de segundo intentando averiguar el cómo y el por qué, ahora todas sus energías estaban enfocadas en una sola cosa: escapar.

No tardó treinta segundos en tener un plan concreto. Siguió a velocidad normal, sin llamar la atención. Sabía que era bastante probable que hubiese otro vehículo de la policía esperándolo en la siguiente entrada de la avenida, con lo que quedaría completamente bloqueado. Así que tenía que salir de la trampa, de inmediato. Evaluó la potencia y la altura del vehículo, así como la de la camioneta negra que lo seguía. Tenía una probabilidad más favorable de lo que esperaba.

Tomó el volante del automóvil y lo giro noventa grados hacia la derecha, el vehículo se dio de frente con el bulevar que separaba los dos sentidos de la autopista, no cruzo de inmediato, como esperaba, pero luego metió a fondo el embrague y puso la camioneta en el primer cambio. El vehículo subió en el bulevar y tomo el sentido contrario de la avenida, subiendo la velocidad por encima de lo que la camioneta esta acostumbrada.

La camioneta negra, intentó hacer lo mismo, pero se quedó frenada por la altura del separador vial. Las luces de las patrullas que iluminaron el camino unos segundos después le confirmó que había tenido razón. Ahora era hora de la segunda parte de su plan.

Tomó una calle cualquiera a velocidad mínimo, una vez estuvo seguro de que nadie lo seguía y con toda la normalidad del mundo, estacionó la camioneta en un costado del anden. Salió del vehículo y se quitó la chaqueta oscura que había llevado toda la noche, en la pesada labor de la muerte. Ahora sólo era él mismo, ya no era la sombra asesina en que se había convertido. Era sólo un muchacho, como cientos aquella noche, caminando en medio de la oscuridad, buscando un lugar para tomar un trago y quizás para encontrar el amor.

***

Mariana González no se había dado cuenta de cuanto había cambiado desde que había llegado como extranjera a aquel país de costumbres extrañas, hasta que cruzó la puerta del apartamento de Joaquín Vitola. Un par de meses atrás, ni siquiera se hubiese atrevido a cruzar el umbral de la puerta. No era que el apartamento estuviera sucio o descuidado, era que todo parecía estar fuera de lugar.

La sala de visitas, que servía también como comedor, parecía más bien la oficina de un periodista en zona de guerra. Había libros, periódicos viejos y libretas de apuntes desparramadas, en un aparente orden, en el sofá, la mesa de centro e incluso en la mesa del comedor. Un enorme televisor, con un equipo de música estaban empotrados en la cocina, haciéndole compañía a una cuerda con ropa recién lavada. Y los pisos parecían más bien piezas de un enorme rompecabezas geográfico con mapas puestos al azar. La sola sensación de caos y entropía hubiese bastado para hacerla enloquecer cuando vivía en su aparta-estudio en Bernal Heights, en San Francisco; pero en ese momento, luego de meses de duelo por su padre, de sufrir el amor no correspondido de Santiago Dajach y de vivir bajo las normas y el desprecio de gente que no pertenecía a su familia, pareció que aquellas obsesiones que siempre creyó que la definían habían pasado por completo a un segundo plano.

El asesinato de Conrad Warren era otro indicio que estaba en un peligro más inminente que el de las cosas mal puestas. Era como si una fuerza desconocida intentara hacerle daño de maneras evidentes y ciertas, así como de otras recusables y confusas. Tenía la impresión de que Ana Victoria Luján había sido provocada el día que la atacó en el invernadero de la Fortaleza Rota, al igual que Liesel aquella misma noche. Era como si alguien intentara destruirla.

Mariana se lo había comentado a Santiago de camino a la casa de Joaquín y estuvo de acuerdo. Se sintió aliviada de que aquel hombre que parecía tener el don de cambiar el sentido de la realidad para ella, se había transformado completamente, como si el episodio frente al fresno donde había muerto su padre, hubiese roto el hechizo siniestro que lo mantenía lejos de ella. Sonrió durante todo el camino y se permitió tomarle las manos con tanto cariño y tanto amor, que ella no pudo evitar sentirse tocada por el sentimiento. Lo único que lamentaba era que no se pudieran quedar por siempre en aquella burbuja mágica donde el amor era posible.

Santiago la guió a través del ecléctico apartamento de Joaquín, hasta su habitación, que a diferencia de toda la casa, parecía una especie de santuario masculino, donde únicamente se permitía una cama, una mesa de noche, una silla sencilla y un televisor con su respectivo centro de entretenimiento. Nada más, ni un cuadro, ni una planta, ni un libro… ni siquiera una ventana. La agente Katrina Wentz se veía comoda en la silla y Joaquín se había acomodado en la cama, sin zapatos como esperando a que le llovieran panes del cielo. Apenas si se dieron cuenta que habían llegado.

***

María Antonia acompañó a su hermana Ana Victoria todo el camino hasta su habitación. Liesel se había calmado y Juan Pablo la había sacado completamente avergonzada de la casa. Jerónimo se había encargado de todos los detalles de la fiesta y ya se encontraba pagando a los encargados de la cocina y a los meseros. Ana Victoria parecía sonámbula, perdida en su propio mundo. María Antonia la acostó con cuidado y la cubrió con las gruesas cobijas, que mantenían el frío a raya.

A veces, sobre todo en noches frías como aquella, extrañaba el calor de La Mojana, tibio y húmedo como el beso de un amante. Se preguntó que hubiese de su vida, si el pedófilo de José Gregorio Macias no hubiese acabado con su niñez y la de sus hermanas de un sólo tajo, condenándolas a un infierno, que aún aquel día, veinticinco años después, seguía ardiendo como nunca.

María Antonia se disponía a salir de la habitación, cuando escuchó a su hermana.

-¿Mary?- dijo ella, sentándose sobre la cama, como si hubiese despertado justo en aquel momento.

-Ana-dijo María Victoria acercándose a ella- Ya, estás en tu cuarto, estás bien.

-Tú lo viste ¿verdad?

-¿Vi a quien?

-Al doctor Oscar, el día que vino a esta casa… tú lo viste ¿verdad?

-Oscar Dajach se murió hace veinticinco años.

-El no se murió, yo lo ví… en el mausoleo de la vieja Ana Joaquina… él salvó al bebe, Mary, salvó al bebé.

-Deja de decir tonterías, Ana Victoria… El bebé murió, mi papá lo arrojó al caño y después se arrojó él ¿No lo recuerdas?

-No, no Mary… las cosas no sucedieron así.

-¿De qué hablas? Por supuesto que ocurrieron así.

-Todo fue idea de mi mamá… ella, ella lo hizo para protegerme, Mary… perdóname.

-Pero ¿Que rayos te voy a perdonar?

-Yo, yo maté a mi papá, Mary… yo lo maté.

***
Joaquín Vitola se había acomodado en su cama mirando fijamente al techo, cuando vio cruzar a través de la puerta de su habitación, a la mujer más hermosa que había visto en su vida. Tenía el cabello lacio, negro, recogido en un arreglo lateral que sobresalía en el hombro. El vestido plateado que llevaba acentuaba el color verde de sus ojos, haciéndola ver como una princesa de cuento.

-Vaya, hermano… – dijo Joaquín sin salir del embelesamiento- vienes con la mujer más hermosa del mundo.

-De eso no te quepa la menor duda- dijo Santiago, sin dejar de mirar a Mariana. A Joaquín no le costó trabajo comprender que Santiago, fuera o no hermano de Mariana, ya había tomado una decisión respecto a ella y no era precisamente dejarla ir.

-Bueno, bueno… -dijo la Agente Katrina Wentz, en su español trabajoso y enrevesado- Dejemos los piropos para más tarde, tenemos algo muy importante que discutir aquí y tenemos que hacerlo ahora.

***

Con una didáctica de maestra de jardín de niños, Katrina Wentz les expuso a sus tres interlocutores lo que se convertiría en la primera pieza del rompecabezas de la muerte de Carlos Daniel González, nombre que Santiago y Joaquín sabían que no era otra cosa sino la cubierta del doctor Oscar Dajach.

Katrina empezó por relatarles lo que se sabía hasta ahora de la muerte de Conrad Warren. Al parecer había sido asesinado en el estacionamiento del edificio de “El Chicó” donde mantenía su oficina. El perpetrador del crimen, un hombre, según dos testigos visuales que lo vieron de cerca cuando se deshacía del cadáver en un humedal cerca de la zona del aeropuerto, había logrado escapar en una maniobra cinematográfica en la Avenida El Dorado y había dejado el vehículo de Warren, abandonado en un barrio del occidente de la ciudad.

Luego empezó con lo que había descubierto, luego de adquirir las pruebas que el equipo de investigación había logrado reunir antes de que se emitiera la orden presidencial de detenerla y someterla a la justicia ordinaria colombiana. Wentz, nacida y criada en los parajes agrestes de Texas y descendiente de cuarta generación de alemanes trasplantados en América, atraídos por los bajos costos de la tierra, les confirmó que no había obtenido aquellos documentos de forma legal y que sería imposible utilizarlos para judicializar al asesino, fuera quien fuese.

En primer lugar hablaron de lo que había encontrado en el cuerpo. Según las fotografías que había tomado el equipo, que eran las mismas que había tomado Santiago, se determinó que Carlos Daniel González ya estaba muerto en el momento en que lo colgaron en el fresno de la arboleda de la Fortaleza Rota.

Un golpe contundente en la cabeza le había provocado una hemorragia interna, que le causó la muerte en segundos. La persona que lo había colgado había hecho un nudo simple para atar la cabeza y luego sencillamente dio vueltas a la cuerda, hasta donde su altura se lo permitió para que el cadáver no descendiera. No era, por supuesto, ninguna proeza de fuerza, puesto que Carlos Daniel no pesaba más de 65 kilogramos y el efecto polea, según las leyes de la física, facilitaban el proceso.

Los investigadores no encontraron huellas digitales en el traje de gala, ni en el cuerpo, ni en ninguna otra parte. Sólo encontraron sus pertenencias, mismas que le fueron entregadas a Mariana en su totalidad, a través de Conrad Warren, y el teléfono celular que quedó en cadena de custodia. En el informe preliminar, se estableció que Carlos Daniel había recibido una sola llamada aquella noche, a las once y treinta y cinco minutos, muy cerca a la hora de la muerte que se estimaba alrededor de la medianoche.

Mariana, por supuesto, preguntó quien lo había llamado, a lo que Katrina Wentz respondió inmediatamente con una sonrisa triunfal en los labios.

-El teléfono pertenece a María Antonia Luján de Saint-Clair.

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