Capítulo 22. Monstruo

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-Aquí es- le dijo Oscar a Senaida, cuando llegaron al punto exacto de la orilla del caño donde había sido atacado por una sombra desconocida la noche anterior.

-No hay nada raro por aquí- dijo la mujer y tenía toda la razón, salvo la vegetación sucia, el fango y el hedor pestilente proveniente de la corriente del caño, no había nada más en el lugar.

La pregunta que se hacía Oscar era por qué alguien lo había atacado y por más que lo pensaba y por más que lo meditaba, más insólito le parecía que Margarita Pérez o alguien bajo sus ordenes hubiese intentado atentar contra su vida; después de todo, él no sólo le había salvado la vida a una de las hijas de la Viuda de Luján, sino que seguía a cargo de su observación y había cooperado al cien por ciento con la discreción que le habían solicitado, a tal punto que permitió que la niña mantuviera puesto aquel velo fantasmal mientras la atendía. Entonces ¿Por qué querrían matarlo?

-A menos que… – dijo Oscar para si mismo, sin notar que Senaida lo estaba escuchando.

-¿A menos que qué docto?- preguntó la mujer con aquella inocencia pura, de las gentes del campo.

A menos que alguien no quisiera que encontrara a ese bebé que él, Ramfis y el viejo Arquímedes habían escuchado. Si había algo de lo que estaba seguro, era de que en la casona no estaba, hubiese sido imposible no escucharlo mientras lloraba, así que debía estar en algún lugar cerca de allí. Así que dio una vuelta completa en torno a su eje para ver todo lo que lo rodeaba, en algún lugar debía estar lo que estaba buscando. Y entonces lo vio.

-¿Qué es eso que se ve allá Senaida? ¿Si ves? Entre esos matorrales de allá.

-Esa es la tumba de la vieja Ana Joaquina Romero, la abuela del patrón ¿Se acuerda que le hablé de ella?

-¿Una tumba? Está muy grande para ser una tumba ¿no?-dijo Oscar tratando de enfocar el punto exacto al que estaba viendo.

-Es que la tumba está dentro de una iglesia pequeñita que le hizo el patrón cuando ella se murió, lo último que le pidió fue que la enterraran aquí, cerquita del caño.

-¿Una iglesia pequeñita? ¿Cómo un mausoleo, dices?

-¿Un mozo-qué?

-Olvídalo, Senaida… tengo que ir a ver eso allá.

Fue entonces que la mujer lo sujetó con fuerza del brazo.

-No, docto, no vaya ahí.. ¿no ve como está eso de sucio? Nadie quiere limpiar ese monte de ahí, porque dicen que el fantasma de la vieja Ana Joaquina todavía se aparece por allí.

-No seas supersticiosa, Senaida, los fantasmas no existen… y créeme que no fue la vieja Ana Joaquina la que me echó de cabeza en el caño anoche.

-Pero, docto…

-Sí quieres dejame aquí, ya tu patrona te debe estar esperando en la casa, yo sólo voy a ver y luego voy hasta el camino y le pido a alguien que me lleve al pueblo ¿esta bien?

-No, docto, ¡DOCTO!

***

El llanto había cesado, pero el Teniente José Gregorio Macias sabía exactamente el punto donde lo había escuchado. El terreno estaba lleno de maleza, arbustos, enredaderas y ramas secas de árboles extintos hacía tiempo. El Teniente dio gracias a Dios por tener sus botas de cuero en caso de que se tropezara con algún animal ponzoñoso, que dado el estado del terreno, no sería nada insólito.

Al fondo estaba el lugar donde había escuchado el llanto; una construcción de piedra coronada con una torre sencilla, en forma de crucifijo. El Teniente no había visto un lugar más tenebroso que aquel en su vida y lo peor, la puerta estaba estaba abierta.

***

El doctor Oscar caminó hasta la tumba de la vieja Ana Joaquina desde la otra dirección en la que había entrado el Teniente Macias. Margarita le había ordenado a Pedro Julián, el vigilante, que le indicara un lugar diferente al que él había visto por última vez al doctor Oscar, para intentar confundir al policía, sin saber que lo estaba llevando directamente al foco más oscuro de sus secretos.

***

El Teniente Macias quitó los pedazos de hierba reseca de la placa conmemorativa en un costado del mausoleo.

“A la memoria de Ana Joaquina Romero de Luján, Una madre, más que una abuela. De tu único nieto Laureano Luján. 11 de Enero de 1905 – 25 de Noviembre de 1987”

La puerta estaba abierta, sólo había necesidad de empujar para ver el interior. Una luz fantasmal entraba a chorros a través de las ventanas adornadas por verjas oxidadas, cubiertas de enredaderas. Había macetas de cemento, repletas de arena y de ramas raquíticas, resecas y retorcidas, como dando a entender que algún momento habían albergado las flores más hermosas del mundo. Y encima de las macetas, repisas de cementos con imágenes descoloridas de Cristo Crucificado, el Sagrado Corazón de Jesús y la Virgen María, todas intactas, como debían estarlo desde el día en que enterraron a la difunta.

Y era justo en el medio de aquel lugar tenebroso, sobre un soporte de cemento, completamente cubierta de mármol y encerrada en una jaula de hierro oxidado que se encontraba la tumba de la muerta. El Teniente Macias estaba tan perturbado ante aquella visión pavorosa que en una de las esquinas de la tumba en lugar de la maceta de cemento, había una canasta de mimbre tejido, cubierta de una manta color avellana.

Estaba tan seguro de lo que iba a encontrar y tan concentrado en medir cada uno de sus pasos, calculando su reacción ante lo inevitable, que no se dio cuenta que una sombra se había apostado detrás de él, blandiendo en la mano un cuchillo arqueado con el que las empleadas de la casona limpiaban las escamas de los pescados.

El Teniente Macias se acercó a la canasta y dentro vio a la criatura más hermosa que hubiese visto jamás. Estaba dormida y respiraba agitadamente, mientras movía los parpados a toda velocidad. La sombra se aproximó a él sin hacer ruido, calculando el momento propicio para clavarle el cuchillo en la espalda, pero justo en el momento en que se movió para tomar impulso, un buitre entró volando a través de una de las ventanas, permitiendo al Teniente Macias ver el filo del cuchillo, antes de que le cortara el borde de la cara.

***

Oscar vio como el buitre salió volando disparado, fuera del mausoleo. Había llegado desde la parte de atrás por lo que no alcanzaba a ver la puerta, pero al llegar a la primera ventana lateral vio lo que estaba sucediendo.

***

El Teniente Macias, alcanzó a sostener la mano de la sombra antes de que le atestara el segundo golpe, era una mano mucho más débil de lo que esperaba y la hizo arrojar el cuchillo lejos del lugar donde estaba la canasta.
La persona que lo había atacado llevaba puesta una túnica negra que le cubría todo el cuerpo y parte del rostro, pero de una cosa estaba seguro, no era el fantasma de la vieja Ana Joquina Romero.

***

Desde una de las ventanas del mausoleo, Oscar vio como el Teniente Macias, con una cortada de espanto en el borde derecho del rostro se enfrentaba a la sombra, la misma sombra de la que Senaida le había advertido. Era real y estaba allí. El Teniente le había hecho arrojar el cuchillo, pero la sombra no parecía darse por vencida.

-Tranquilízate, no te quiero hacer daño, ni a ti, ni al bebé- dijo el Teniente.

“¿Cuál bebé?” se preguntó Oscar sin poder ver nada más que flores muertas, santos descoloridos y una tumba enorme de mármol encerrada en una verja de hierro enroñado.

Fue entonces, que la sombra agarró una de las macetas de una de las esquinas y se la arrojó al Teniente, con tanta fuerza que si le hubiese atinado, Oscar estaba seguro que lo hubiese matado. Pero no lo hizo, y la distracción fue suficiente para que el policía se acercara de improvisto y le quitara la túnica a la sombra.

-¡Pero miren nada más a quien tenemos aquí!- dijo el Teniente, mientras se cubría la herida en el rostro con un pañuelo que había sacado de su bolsillo- La hermosa Ana Victoria, así que fuiste tú, ¿verdad? ¡eres una asesina! ¡tú mataste a mi compadre y después mataste al doctor Oscar!

-Cállate, maldito infeliz- dijo la niña que parecía poseída por el mismísimo demonio- no debiste haber puesto un pie en esta casa, nunca más.

-Estás perdida, Anita, ya encontré la tranca y el sitio donde mataron a mi compadre y estoy seguro… de que fuiste tú.

-Se lo merecía, no era más que otro desgraciado, igual que tú- dijo Ana Victoria Luján tomando del piso un pedazo de la maceta rota- ¿Cómo iba a ser capaz de matar a un bebé que no le había hecho nada a nadie? ¡Era un desgraciado! ¡Se lo merecía! ¡Se lo merecía!

-¿Y el doctor Oscar también se lo merecía? ¿Qué le hiciste? ¿También le volaste la cabeza y lo tiraste de cabeza al caño?

-No podía permitir que encontrara a la bebé… y sabía demasiado… nunca íbamos a estar tranquilas si es hombre seguía viviendo. Fue mejor así.

-Estúpida, no sabes como voy a disfrutar viéndote a ti y a tu familia hundirse hasta el mismísimo infierno… lo que le hicieron a mi compadre no se va a quedar así.

-Ya tú nos hundiste en el infierno, maldito ¿cómo te atreviste a tocarme? ¿cómo te atreviste a tocar a mis hermanitas? ¿cómo pudiste abusar de la confianza que te habían dado mi papá y mi mamá para meterte dentro de nosotras… apestando a alcohol? Hasta lo hubiese olvidado si solamente hubiese sido yo.. ¿pero de mis hermanitas? Eso no te lo voy a poder perdonar jamás.

-Ya tus hermanas están grandecitas, saben lo que hacen… son unas zorras. Se me insinuaron, igual que tú. Querían que yo las hiciera mías…

-¡Cállate! – gritó Ana Victoria con todas sus fuerzas, lanzándole el pedazo de maceta a la cara, esta vez atinando por completo. Y salió corriendo en la dirección en la que había lanzado el cuchillo.

La niña había alcanzado a tomar el mango, cuando sintió un golpe contundente en la espalda. El Teniente Macias le había propinada una patada brutal que la había lanzado contra el piso. Oscar se había quedado inmóvil con la revelación.

-¿Quién es la madre de la niña?- preguntó el Teniente Macia aproximándose al lugar donde Ana Victoria estaba tirada- No creo que seas tú, te ves demasiado fuerte para haber parido hace unas horas… ¿Quién es? ¿María Antonia? ¿Liesel? Da igual, todas son unas zorras, igual que tú. Mi compadre lo sabía por eso nunca les creyó.

-No nos creyó, por eso terminó como terminó, como un pedazo de mierda flotando en el caño.

-Que altiva eres para ser tan joven, muchachita… pero ahora mismo te voy a demostrar quien manda aquí- dijo el Teniente Macias, mientras se abría la bragueta del pantalón dejando ver su miembro viril en plena erección- ahora vamos a repetir ese jueguito que tanto les gusta jugar conmigo, a ti y a tus hermanas.

-¡Alejate de mi, perro asqueroso! ¡Aléjate!- gritó Ana Victoria, ocasionando que la criatura de la canasta de mimbre empezara a llorar.

-Relájate todo, va a ser como la última vez- dijo.

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