Capítulo 25. Víctima

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-¿Estás seguro que es aquí?- Fue lo primero que preguntó Santiago Dajach al llegar a la casa vieja y arruinada a la que lo había conducido su amigo Joaquín Vitola aquella noche.

-Carrera 98 A Número 157 A – 25, sí aquí es, mi hermanito.

-Cuando me dijiste que era en Suba, no pensé que fuera en un lugar tan feo ¿Estás seguro que es aquí?

-Claro que sí, hombre, yo esta mañana hablé con la mujer, ya nos debe estar esperando- dijo Joaquín como si no le preocupara que le fueran a desvalijar el carro, dejándolo allí, en medio de esa acera. Tocó dos veces la puerta.

Santiago se sentía doblemente incómodo. No era sólo que estuviese en un sector feo de la ciudad, al que nunca había ido, y en que en cualquier momento los podía atracar, sino también el smoking que se había puesto antes de ir allí para ahorrar tiempo y poder asistir al evento que tendría lugar en un par de horas.

-Que raro, la señora me dijo que nos iba a atender- dijo Joaquin un gesto sin sorpresa, mientras tocaba la puerta por tercera vez. Esta vez alguien le abrió.

-Buenas noches- dijo Joaquín sonriendole a la mujer de mediana edad que había aparecido en el umbral de la puerta- Mi nombre es Joaquín Vitola, yo la llame esta tarde…

-Sí, yo sé quien es… aunque si me hubiesen dicho que la reunión era tan formal, me hubiese puesto un traje de gala para la ocasión- dijo la mujer provocando inmediatamente las carcajadas de Joaquín, que miraba de reojo a Santiago.

-Bueno, pero pasen ¿O se van a quedar toda la noche en la puerta?
***

El vestido le había quedado perfecto. Era un vestido plateado, largo y sin mangas, con una transparencia entre el busto y el cuello, con una cinta alrededor de la cintura. La falda tomaba un vuelo de encaje a la altura de la rodilla sin perder la tonalidad del color, sólo como para darle frescura al conjunto. El vestido, al igual que el chal que lo acompañaba para protegerla del frío estaban cubiertos de pedrería color plata que aumentaba en densidad a medida que se acercaba al cinturón. Era el vestido más hermoso que se hubiese puesto Mariana en su vida y el espejo se lo hacía sentir así. Pero el espejo también le indicaba que el vientre empezaba a crecer tímidamente detrás de aquel traje fabuloso que la hacía ver como una princesa griega.

Había pasado dos días infernales pensando cuál sería el paso a seguir luego de escuchar la noticia de su embarazo de boca del doctor Axelsson y de lo único que estaba segura era de que iba a tener a su bebe. No estaba segura si debía llamar a Evan Shwarz, su ex-novio, en San Francisco a informarle pronto iba a ser padre. No estaba segura si debía permanecer en La Fortaleza Rota, arriesgándose a que la muerte de su padre quedara impune para siempre, sólo para proteger a la criatura que ahora crecía en su vientre. Y sobre todo no estaba segura si se lo iba a decir a Santiago. El ya estaba lo suficientemente esquivo y distante como para darle una excusa más para apartarse de ella y la sola idea de no volverlo a ver, ni siquiera para sus charlas sobre el pasado de su padre, la llenaba de una desesperación abismal.

Por lo pronto sólo tenía que salir de su habitación, bajar las escaleras y hacer presencia en el evento de caridad de María Antonia Luján, que parecía ser otra faceta más de la señora que ella no conocía. La causa de defender y apoyar a niñas y niños víctimas de abuso sexual denotaba una gran sensibilidad y tras oír en la tarde el ensayo del discurso en el jardín, desde la comodidad de la ventana de su habitación, sabía que no solo era una pantalla de señora rica y sin oficio. En realidad le apasionaba lo que estaba haciendo.

***
Eran las siete de la noche en punto, cuando el abogado Conrad Warren se despidió de su secretaria y emprendió rumbo su apartamento, en los aposentos diplomáticos de la Embajada de Estados Unidos. El parqueadero del edificio se encontraba practicamente abandonado como todos los viernes en la noche, típico de los colombianos, que pasaban de lunes a viernes soñando con los dos días de descanso al final de la semana. A Conrad Warren a veces le sorprendía que un país funcionara con aquella mentalidad, pero algo debían tener los nacionales de aquel país, que a pesar de las tragedias, los conflictos y años de represión invisible, todavía tenían ánimo de salir los viernes a celebrar.

Caminó los doscientos metros que lo separaban del ascensor de su auto blindado, mismo que en el último mes le había prestado en varias ocasiones a Mariana González para que se movilizara. Había quedado aterrado cuando su conductor le comentó del asalto que habían sufrido camino a la Fortaleza Rota antes siquiera de que ella pusiera un pie en aquella casa. Y encima de eso el ataque que había sufrido por parte de la hermana demente de María Antonia Luján. Se preguntaba lo que pensaría Margarita de aquel monstruo mitológico en el que se había convertido su familia.

Conrad la había conocido en el único viaje que había hecho a Colombia, como consultor de una compañía minera que operaba cerca de un pueblito perdido en el mapa al que llamaban Guaranda. Era seis de enero y Conrad, más curioso que piadososo había decidido acompañar a sus compañeros de la mina a celebrar la misa de la Epifanía del Señor. Fue allí, de pie, en la parte de atrás de la iglesia que la vio entrar por primera vez. Nunca había visto a una mujer más hermosa. Y lo mejor era que para ella, él no había pasado desapercibido. Eran otros tiempos por supuesto, en ese entonces no era el anciano gordo y medio calvo que era ahora, ni tampoco se doblaba para caminar para soportar el peso del cuerpo sin que le doliera cada hueso del esqueleto. Era un hombre alto, apuesto, de cabellos claros y ojos azules, fiel representante de los genes normandos que sus antepasados habían traído a América hacía más de dos siglos, huyendo del hambre y la peste en Inglaterra.

Conrad había pasado toda la misa pendiente de aquella mujer y se dio sus mañas para seguirla hasta la casa de familia donde se estaba quedando por las fiestas de la Epifanía. Fue así como se hizo ducho en las triquiñuelas de los muchachos nativos para conquistar una mujer. Aquel mismo día le envió un papelito escrito de su puño y letra donde le confesaba que nunca había visto una mujer de tan magna belleza como ella. Tal y como lo esperaba, ella contestó.

En aquel intercambio furtivo de mensajes que se prolongó durante varios meses, incluso cuando ella se regresó al pueblo vecino, habían hablado de escaparse juntos, de vivir en una ciudad primaveral donde la niebla daba paso a la vista a la más hermosa de las bahías, adornada con un puente dorado que brillaba con luz propia al atardecer. Le había dado incluso su dirección y su número de teléfono, cuando acordaron verse a escondidas en un almacén de su pueblo, cerca a la orilla del caño. Fue entonces que todo se fue al infierno.

Margarita le confesó que estaba prometida para casarse con Laureano Luján, quizás el hombre más poderoso de la región de la Mojana y que había dicho de viva voz que si ella incumplía su promesa, se encargaría enterrar vivos a cada uno de los miembros de su familia. Margarita, a pesar de todo, le había prometido mantener el contacto, a espera de que las cosas mejoraran para darse una oportunidad con él, pero la única llamada que recibió jamás de ella fue la que recibió el doce de junio de mil novecientos ochenta y nueve para suplicarle el favor de que recibiera a Carlos Daniel Gónzalez y lo ayudara a establecerse en los Estados Unidos. Luego de eso habían mantenido una comunicación esporádica, siempre a través de correspondencia, donde a pesar de que él le insinuaba que seguía soltero y con la llama de la esperanza aún ardiendo en él, ella le respondía sencillamente que ya no estaban para aquellos trotes.

Conrad, por supuesto, ayudó a Carlos Daniel en sus primeros meses en San Francisco, en los que había tenido dificultad para conseguir empleos decentes, hasta que al final pudo colocarlo en una empresa de construcción, luego de la muerte de su mujer en aquel ridículo accidente en Golden Gate Heights. Margarita le había estado enviando una suma mensual a Carlos desde que había llegado a San Francisco, pero el siempre la rechazó, por alguna razón que Conrad desconocía, así que terminó depositándola en una cuenta a nombre de Carlos, misma cuyo número le dio luego a Margarita para que depositara directamente sin intermediarios.

Hacia mucho tiempo que Conrad Warren se habia resignado a no ver más a Margarita Pérez, cuando ella misma fue a verlo a su oficina, en aquel mismo edificio en el Chicó. Se veía vieja y acabada. “El peso de la culpa” le dijo ella aquella mañana ingrata. Fue ese el único momento de amor que compartieron juntos, ella le dijo con lágrimas en los ojos que se arrepentía de no haber tomado el control de su vida y fugarse con él, como tantas veces se lo había pedido. Pero aunque la vida ya no le iba a alcanzar para disfrutar por completo las mieles del amor, aún podía rectificar todo el mal que había hecho y lo hizo dejándole a aquel hombre toda su participación en el Grupo Económico Saint-Clair que para ese entonces se elevaba al cuarenta y nueve por ciento.

Fue entonces que a Carlos Daniel se le ocurrió comprar el dos por ciento del Grupo Saint-Clair con, sumando el dinero de la cuenta y el de sus propios ahorros personales, después de una vida de trabajo. Misma que lo había conducido a la muerte.

Conrad había sentido el impulso de contarle todos aquellos detalles a Mariana, pero era un hombre demasiado estricto en cuestiones de ética como para revelar información confidencial de un cliente, además Margarita y Carlos Daniel habían muerto y ahora serían sus hijos los que decidirían el final de aquella historia.

Warren llegó a su camioneta atormentado por el fantasma del pasado, abrió la puerta del copiloto, dispuesto a tomarse un buen vaso de Bourbon y echarse a dormir, cuando se dio cuenta que todo estaba mal. El conductor estaba tirado sobre el volante mirando para el otro lado.

-Muchacho ¿Te sientes bien?

Pero no lo estaba, así como sabía que no lo estaría él, en el momento en que sintió una cuerda filosa presionando su garganta con una fuerza descomunal. Conrad intentó luchar, pero ya la suerte estaba echada. La sombra que se había apostado en la parte de atrás de su camioneta tenía toda la ventaja y no aflojó un solo segundo, hasta que el cuerpo sin vida del abogado Conrad Warren cayó de bruces contra la guantera del vehículo, aún pensando en Margarita como la había visto la primera vez.

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