Capítulo 39. Incendio

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Las llaves que abrían todas y cada una de las puertas de La Fortaleza Rota, estaban cuidadosamente guardadas en la caseta de seguridad, desde donde un empleado de seguridad privada coordinaba quien entraba y quien salía de la propiedad. Mariana se había dado cuenta que nunca se trataba del mismo empleado, por lo que correctamente dedujo, que era una estrategia de la compañía para evitar la tentación a sus empleados de armar un robo a gran escala. Una patrulla de la misma empresa daba vueltas por la vía externa de la propiedad en caso de emergencias.

Era en aquella caseta que debía entrar para revelar por fin el secreto que guardaba la pintura. La habitación nupcial permanecía vacía la mayor parte del día, por lo que Mariana podía entrar sin que María Antonia o Jerónimo se dieran cuenta; contaba con la ventaja de no tener cámaras en el segundo piso y de que los empleados sólo subían si alguno de los patrones lo pedía. Pero había dos inconvenientes: uno, Mariana no tenía la llave y dos, Ariadne pasaba la mayor parte del día circulando en aquellos pasillo. Fue entonces que le ocurrió la segunda parte de su plan: incendiar la Fortaleza Rota.

***

La segunda sesión de interrogatorios fue programada para las tres de la tarde del martes. Santiago había respondido las preguntas de García de tal manera que su investigación sobre el caso de Carlos Daniel González fuera puramente periodístico y que sus fuentes habían sido anónimas, todo para excluir a la agente Katrina Wentz del ojo vigilante del tío Sam. Rafael García, por supuesto, no se comió el cuento.

Santiago, sabiendo que estaba a punto de hundirse le suplicó a Joaquín que se comunicara con su madre, con Mariana y con Juan Fernando, si es que ya había aparecido, para ponerlos al tanto de su situación, siempre que no les dijera que en cualquier momento podrían mandarlo a cumplir condena en una cárcel bajo las majestuosas montañas de Colorado.

***
Para evitar sospechas, Mariana salió por la mañana a sus tareas habituales. Pasó un par de horas en el orfanato donde servía de voluntaria, luego compró en un centro comercial un par de cosas que no necesitaba y cuando dieron las dos de la tarde se dirigió nuevamente a La Fortaleza Rota para llevar a cabo su plan.

***

-¿Ustedes por aquí otra vez? Si es por lo del pago, creo que Juan Fernando les pagaba mes cumplido ¿no? – preguntó Catalina a los dos individuos que tenía frente a ella. Uno tenía un tatuaje monstruoso sobre una de sus mejillas y el otro parecía un clon de Marilyn Mason, con unos lentes de contacto que solo dejaban ver el negro de la pupila.

-Revisamos el computador desde donde se propago la infección de la red- dijo Jimmy, el muchacho del tatuaje.

-¿Y?

-Encontramos esto- dijo Nicolás, el de los ojos blancos, blandiendo una memoria USB en sus manos- es aquí donde está el virus. Tenemos que hablar con la persona que maneja el equipo, creo que se llama Santiago.

-Claro que sí, Santiago Dajach, pero el no ha venido desde ayer.

-No lo dudo, alguien estaba enviando todo su disco duro a una dirección ftp del FBI. Creo que podría estar en serios problemas.

***

Mariana estaba a punto de iniciar su plan cuando recibió la llamada de Joaquín Vitola.

-¿Joaquín? Por favor dime que sabes algo de Santiago, he estado intentando localizarlo desde el domingo ¿Sabes donde está?

-Niña, pero cálmate… ya te voy a decir. Santiago está detenido en la embajada de Estados Unidos.

-¿Qué? ¿Por qué? ¿Pueden hacer eso?

-Pues, hasta ahora no hay nada ilegal en su detención. Esta requerido para un interrogatorio, el cuál no ha concluido, y la razón es que alguien le envió al FBI las copias de los videos y de los informes relacionados con la muerte de tu padre, que recuerda, que a él se la envió una fuente anónima.

Mariana entendió de inmediato que no podían salpicar a Katrina Wentz y que alguien podría estar escuchando la conversación.

-¿Crees que pueda verlo?

-Pues, si al concluir el interrogatorio, la fiscalía no encuentra sustento para mantenerlo privado de la libertad, creo que podrían liberarlo esta noche. Bueno Mariana, yo te aviso cualquier cosa, tengo que ir a la revista a avisar a Juan Fernando Barrera de la situación de Santiago.

-¿Qué no sabes?

-No sé qué.

-Juan Fernando Barrera se fue del país, y la verdad no creo que vuelva.

***
Joaquín Vitola no había terminado de salir de la sorpresa de la repentina huida del país del jefe de Santiago Dajach, cuando entró a la revista La Gaceta, pregúntandose a quien carajos tendría que reportar la situación de su amigo, ahora detenido por las autoridades estadounidenses. Pero su sorpresa fue mayor cuando Catalina Angarita, a quién él había tenido la oportunidad de tratar en un par de cumpleaños de Santiago, se acercó corriendo hacia él, con dos individuos que parecían salidos de una película de terror.

-Tú eres el amigo de Santiago ¿verdad? ¿el abogado?

-Que bien que me recuerdes, de hecho estoy aquí por…

-Los gringos tienen detenido a Santiago ¿verdad?

-¿Y usted como sabe eso?

-Nosotros se lo dijimos- dijo el tipo del tatuaje en la mejilla- y creo que podemos ayudarlo a salir. Claro, si usted no tiene ningún inconveniente.

***

El baño de los empleados quedaba justo a medio camino entre la cocina y la caseta de seguridad, que en realidad era un viejo salón de costura convertido en sala de control de toda la propiedad. Mariana no pretendía incendiar la propiedad, sólo tenía que convencer al sistema de alarma de la casa, que así era.

En San Francisco, ella había visto como estos sistemas podían ser centrales, es decir se activaban al unísono en toda la propiedad, o fraccionados, es decir se activaban únicamente en donde se originaba la alarma. Mariana no tenía ni idea cuál era el tipo de alarma de la fortaleza rota, pero estaba segura que cualquiera que fuera obligaría al encargado a salir de la caseta.

Entró al baño de los empleados, y en la división destinada para las damas, se subió al inodoro y encendió el mechero que había comprado en su salida matutina. El efecto fue inmediato, un sonido estruendoso se tomó la casa, mientras de los pequeños montículos que parecían adornar el techo empezaron a salir unos furiosos hilos de agua

Mariana salió disparada fuera del baño y se dio cuenta que todo el lugar se estaba empezando a llenar de agua. Mientras, en la cocina, Cándida, que apenas empezaba a pensar en la cena, se asustó tanto con el sonido y con el agua, que dejó caer el guante de agarrar olla sobre uno de los fogones. Una espesa humareda se tomó la planta baja de la casa y escondida en la puerta del baño, Mariana vio claramente como el vigilante abandonaba la caseta rumba hacia el exterior.

Mariana sabía que los sistemas tenía un máximo de cinco minutos si no sentían calor nuevamente, y ya había pasado al menos uno. Entró rápidamente a la caseta, vio las largas hileras de llaves y observando el croquis anexo, con los planos de la casa identificó la llave con las iniciales H.P (habitación principal). Subió corriendo la escalera auxiliar, que utilizaban los empleados para no usar la doble hélice cuando había visitas. Desde allí vio como Ariadne se dirigía alarmada al primer piso.

La habitación nupcial estaba al fondo de la casa, tenía que entrar y tomar las llaves de la habitación del cuadro cuanto antes. Tres minutos. Mariana abrió la gaveta donde vio que María Antonia guardaba el manojo y allí las encontró. Volvió a cerrar la habitación con seguro. Tomó la misma ruta de vuelta. Cuatro minutos. Volvió a entrar a la caseta y colgó las llaves H.P. en su lugar. El humo seguía espeso entre la cocina y la caseta y se había filtrado hasta la sala. Cinco minutos. El agua dejó de salir de los monticulos y Mariana volviendo a subir las escaleras auxiliares volvió a respirar.

***

Rafael García estaba seguro que Santiago Dajach le estaba mintiendo. Aunque existía la posibilidad de que alguien de la embajada hubiese sustraído la información y se la hubiese entregado de forma anónima, estaba seguro de que Santiago conocía perfectamente a esa persona. Sólo había que poner un poco de presión y el periodista seguramente se quebraría.

Estaba cavilando ideas para hacer un interrogatorio más efectivo cuando su secretaria le comunicó que Joaquín Vitola, el abogado de Santiago Dajach solicitaba verlo.

-Señor Vitola, no esperaba verlo hasta dentro de una hora, para el interrogatorio.

-Señor García, lamento mucho informarle que no habrá ningún interrogatorio.

Rafael García emitió una carcajada sincera, que despertó en Vitola las mismas ganas de reírse.

-Excelente su chiste, señor Vitola.

-Ningún chiste, señor García. Tengo pruebas de que las pruebas que usted dice consiguió en el computador de mi cliente pasaron a través de un filtro ubicado en otro servidor, a través del programa Helix-Hydra, por lo que cualquier documento que usted haya encontrado en el equipo de computo de mi cliente, quedaría en duda razonable. ¿Lo tendría él o se lo pusieron allí? No hay modo de comprobarlo. Y como ese computador es la única prueba que tiene en contra de él, le sugiero que lo ponga en libertad ahora mismo, sino quiere que llame al Miami Herald y le informe que un funcionario americano tiene secuestrado a un ciudadano colombiano.

Rafael García, que había sorteado los juicios más complicados y hasta inversímiles en su natal Tejas, quedó sin palabras ante el argumento de Vitola.

-¿Si ve, señor García? No va a haber más interrogatorios.

***

Mientras los empleados culpaban a los guantes achicharrados de la alarma de incendio en el ala de la cocina de la Fortaleza Rota y terminaban de arreglar el desastre de humo y agua que quedó tras el susto, Mariana se terminó de secar. Tenía ya más de tres meses en aquella casa y no había sacado tanta información como ella hubiese deseado, pero estaba segura que en aquella habitación estaba la clave de la muerte de su padre.

Con su teléfono, le tomó una fotofirma a los documentos firmados por Conrad Warren y por su padre, donde se le encadenaba, al menos temporalmente al Grupo Saint-Clair y por ahí derecho a María Antonia, Liesel, Ariadne y al resto de aquella familia de curiosas personalidades.

A través de los ventanales vio como Ariadne conversaba con el encargado de la caseta de vigilancia, cerca de la fuente donde Ramón Rátiva había estrellado su Sprint hacía un par de días. Tenía el camino libre.

Se dirigió con la llave a la habitación vetada por María Antonia. Fue tan sencillo introducir la llave y girarla que le pareció inconcebible que hubiese tenido que pasar por tanto para conseguirla. La puerta de la habitación se abrió y Mariana se apresuró a cerrarla. Encendió la pantalla de su teléfono móvil y comparó la firma del documento con la del cuadro en la cabecera de la cama de la difunta. Eran idénticas.

¿Qué tenían que ver la madre de María Antonia Luján con Conrad Warren? Bueno, además de que ambos estaban muertos, no parecía tener lógica alguna que él le hubiese regalado un cuadro a ella. Mariana se descalzó y se subió a la cama. Tomó el cuadro por los extremos y con mucha dificultad logró descolgarlo de la pared. Lo más inquietante no era la caja fuerte que había aparecido frente a ella, sino la horrible mancha marrón que la cruzaba de punta a punta. Estaba manchada de sangre.

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