Capítulo 44. Confesión

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Bogotá, Colombia
16 de Marzo de 2014

SEÑOR:
OSCAR ARTURO DAJACH ARRIETA.

Cordial Saludo:

Primero que todo, perdóname por usar tu verdadero nombre en esta carta, pero es que ya estoy cansada de tantas y tantas mentiras.

Han pasado veinticinco años desde aquella tarde nefasta en el mausoleo de la vieja Ana Joaquina, y sólo hasta ahora que la muerte parece estar decidida a darme el golpe final, me siento con la suficiente valentía para mandar todo el orgullo y toda la vanidad a la mierda y ajustar mis cuentas con Dios, corrigiendo todos los errores que cometí en el pasado, siendo aquel en el que te involucre, el más grande y el que más me pesa sobre la conciencia.

Si estás leyendo esta carta, es porque ya estoy muerta y porque se ha cumplido mi última voluntad: te dejaré a ti una buena parte del Grupo Saint-Clair, ese emporio que se construyó gracias a la venta de La Soledad, esa tierra donde tanto sufrimiento pasaron mis hijas y donde se cometieron tantas monstruosidades, muchas casi frente a mis ojos sin que me diera cuenta. También dejé una clausula para que tengas libre acceso a esta casa, a La Fortaleza Rota, este castillo que me ha servido más como cárcel para purgar mis penitencias, que como lugar para pasar mis últimos días. Te dejé todas las indicaciones en tu correo de voz y Conrad me confirmó que lo recibiste, aunque desconoce los detalles.

Conrad, ¿Sabes Oscar? No sabes cuanto hubiese deseado quedarme con él. A estas alturas debes saber la historia que tuvimos juntos, de las miradas que nos cruzábamos cada domingo al salir de misa en Guaranda, de los mensajes escritos, de su propuesta y finalmente de mi cobardía para tomar los cuernos de mi destino y fugarme con él para siempre. En los últimos meses he hablado con él casi a diario, y casi nunca de nuestra historia de amor sin consumar, quizás es que ya estamos demasiado viejos, o quizás es que el amor es así, que necesita el instante preciso para explotar como una nova en medio del firmamento y que si lo dejamos ir, no vuelve a regresar jamás.

No quiero justificarme por lo que hice, pero al menos trata de entender las sombras que me consumían entonces y aún me persiguen ahora. Dejé al hombre de mi vida, para casarme con un déspota que prefirió condenar a sus hijas al infierno del abuso, que enfrentar la furia de la verdad. Yo tampoco lo hice, me quedé callada, incluso cuando María Antonia quedó embarazada. Intenté por todos los medios que nadie supiera la verdad, llegué al extremo de encerrarlas a las tres para que nadie sospechara. Y llegó el día del parto. No sabes lo que yo sufrí al ver a mi niñita, de trece años, dando a luz. Y mientras a Laureano sólo se le ocurrió alejar a todos los empleados para que no escucharan los gritos, a mi me tocó atender el parto sola, con la poca ayuda que mis dos hijas podían brindar.

Había empezado a llover y a Laureano sólo quiso seguir enterrando la verdad, deshaciéndose de la criatura. Y fue entonces que Ana Victoria, pérdida en las sombras por el abuso de ese maldito policía y por la visión de su hermana llena de sangre, luego de dar a luz, hizo lo que yo debí hacer.

No sabes cuanto deseé de verdad, que nunca apareciera el cadáver, que se pudriera en el fondo del Mojana y que me dejara de una vez a mi, a mis hijas, y a mi nieta, que en mi locura, escondí en el único lugar al que los empleados no iban por puro y físico terror: el mausoleo de la vieja Ana Joaquina. Te juro que nunca la descuidé. Jerónimo, el único que supo la verdad, porque era el único con la perspicacia suficiente para notarla, y yo siempre estuvimos al pendiente de la niña, le llevábamos alimentos, la cuidábamos, la cargábamos y todas las noches alguno de los dos se quedaba con ella, porque me daba terror que un animal nocturno le hiciera daño. Sabía que tenía que hacer algo pero no supe qué. Incluso Ana colaboró. Hasta el día del funeral.

Temí que su presencia en la finca para tratar la hemorragia de María Antonia develara todos mis secretos, la clase de madre que fui y Ana se dio cuenta y lo vio como una amenaza, por eso lo atacó. Por favor no la juzgue, ella ha pagado muy caro todo lo que hizo, está en un mundo de tinieblas y locura de la que no creo que salga nunca y lo peor es que sé que todos sus demonios la están atormentando.

Aún no me explico como llegaste al mausoleo, pero doy gracias a Dios de que usted haya aparecido. No sé que hubiese pasado si ese maldito policía le hubiese hecho daño a Ana y se hubiese llevado a la niña, seguro se hubiese encargado de hundirme a mi y a mis hijas por el crimen de mi marido, pero es mejor no pensar en ese hombre, que debe estar cocinándose a fuego lento en la última paila del infierno.

Entonces hice lo que mejor que pude. Te pido que me perdones por haberte quitado la posibilidad de ver crecer a tu hijo, junto a tu mujer, para que en su lugar vieras crecer a mi nieta, junto a esa pobre víctima de mis buenas intenciones como lo fue Senaida. Conrad me contó lo que le sucedió al poco tiempo de que ustedes llegaran a San Francisco y esa muerte ha quedado para siempre en mi conciencia.

Aquella tarde, frente al cadáver de Macias, te pedí que te llevaras a la bebé junto a Senaida, traté de convencerte y de convencerme que aquello era lo mejor para todos. Te pondría a salvo de cualquier problema judicial por la muerte de Macias, llevaría a Senaida a un lugar que ni en sus mejores sueños había imaginado y a mi nieta a salvo de la crueldad de su origen.

Poco después me enteré que la misma policía enterró el caso de Macias, Senaida murió y mi nieta, de acuerdo a lo que me contó Warren, pasó años muy difíciles en las drogas, sufrió una violación y se hizo practicar un aborto. Créeme que eso no era lo que yo quería. No sabes lo que me dolió enterarme de todo esto.

Pero no creas que no he sufrido mi parte del castigo. Jerónimo se casó con María Antonia, luego que ella cumpliera sus catorce años, nos vinimos a Bogotá y con el dinero de la venta de La Soledad, mi yerno construyó ese monstruo que le llaman Grupo Saint-Clair. Sin embargo, ni todo el dinero del mundo salvó a mis hijas de ellas mismas.

María Antonia pasó el primer año de matrimonio ensimismada y triste, y lo mejor que se le ocurrió a Jerónimo fue adoptar a una niña, Ariadne. Realmente no sé de donde la sacó, pero un día apareció aquí, con ella, tenía año y medio, la misma edad que mi nieta, caminaba y balbuceaba. María Antonia cambió, pero no para bien, se volvió una mujer fría y déspota y Ariadne fue la que sufrió la rigidez de su crianza. Todo lo contrario hizo con Jerôme, quien fue siempre el consentido. Al final, Ariadne se convirtió en una mujer apagada y triste, con algo siniestro en su comportamiento y Jerôme en un niñito que jugaba con muñecas a escondidas. Sé que pronto le dará una buena sorpresa a su madre.

Liesel se casó con el hombre más extraordinario del mundo, un doctor que parece príncipe de cuento, incluso más que Jerónimo. Pero los celos la están destruyendo, tanto así que se ha destruido con sus múltiples cirugías. Ella que era tan hermosa.

Y mi Ana, mi Ana Victoria, mi pobre muchachita, condenada para siempre al infierno de la locura. Lo único que me queda por hacer es remediar lo que he hecho.

Recuerdo esa noche, cuando me despedí de ustedes en la embarcación que los llevaría hasta Magangué y de ahí hasta Cartagena, donde los esperaría Conrad. Te vi tan emocionado con la niña, que te pregunté que nombre le ibas a poner. Y tú, que habías pedido como condición únicamente saber toda la verdad del origen de la niña, respondiste.

“Se va a llamar Mariana, como su mamá y su tía”.

Sé, por Conrad, que Mariana ha superado sus dificultades de adolescente y que ahora es una muy importante diseñadora. No sé si quieras contarle la verdad, pero al menos te dejo a ti y a ella protegidos. En mi testamento consta todo, y si estás leyendo esta carta es porque es así.

Te pido a ti, la persona a la que más le debo en este mundo, ese último favor, de develar la verdad luego de mi muerte. No confió en mis hijas, ni en mis yernos, ni mucho menos en mis nieto. Por favor, revela la verdad y dale a Mariana todo aquello a lo que tiene derecho y nunca le di.

Adjunto con esta carta está una confesión firmada por mi, no la incluí en el testamento porque ahora considero que esa verdad es tuya. No quiero obligarte a nada. sé que tendrás la opción de no hacer nada. De callar la verdad. Pero como amiga te pido que lo hagas, es quizás la única manera de que yo pueda descansar en paz.

Un abrazo de una vieja amiga.

Atentamente:
MARGARITA PÉREZ VIUDA DE LUJÁN.

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