Capítulo 32. Persecución

let__s_waste_time__chasing_cars_by_ayazahmad-d4f6izj

Justo después de la medianoche comprendió que estaba completamente desamparado. El cuarto en el que lo había dejado estaba oscuro y frío. El techo daba vueltas encima de él, como si estuviera amarrado a un eje giratorio infinito. No sentía el brazo en el que lo habían herido, pero tampoco podía sentir el otro, ni tampoco las piernas. Fue entonces que cayó en cuenta que el reloj despertador que estaba arrojado sobre el piso, a pocos metros de él, seguía marcando las 00:00 por lo que concluyó no sólo que el reloj estaba dañado, sino que había perdido por completo el sentido del tiempo y de la realidad.

No percibía la linea de luz que sobresalía de las cortinas negras, como la noche, ni tampoco el sonido estruendoso de la Avenida Caracas por fuera de ellas. Tenía los sentidos embotados, pero podía sentir el frío, colándose a través de su piel, llegando hasta el mero centro de sus huesos. Pensó que si había un infierno debía ser como aquello: frío y helado.

El doctor que lo había atendido lo había llenado de antibióticos, analgésicos y energizantes, suficientes como para dopar a media unidad militar; intentando una recuperación rápida o (quizás) una muerte segura. Cuarenta y ocho horas después seguía vivo, no podía moverse, pero seguía ahí, respirando. Fue allí en medio de aquel estado de postración, sin dignidad, encerrado y secuestrado en su propio cuerpo, que empezó a cuestionarse seriamente sus lealtades y a sembrar en su corazón la semilla de la venganza, que pronto sólo se traduciría en muerte.

***

-¡Qué hijueputa sol!- gritó Azucena, la secretaria general de la revista La Gaceta, cerrando con violencia las cortinas de los enorme ventanales del séptimo piso del edificio de esquina de la trece con noventa y tres, que se levantaban desde el piso y llegaban hasta el techo- ¡Y yo que me vine de Cartagena huyéndole!

Santiago se encontraba redactando la última entrega de su reportaje “especial” sobre Carlos Daniel González, cuando escuchó la conmoción seguida de aplausos y carcajadas. Era la primera vez que él o cualquier ser humano en aquella oficina veía a Azucena enojada y eso era todo un evento y lo fue aún más cuando anunció que la reunión de la mesa editorial programada para aquella mañana quedaba cancelada, luego de que Juan Fernando Barrera, el editor en jefe de la revista, se reportara incapacitado a causa de un resfriado repentino.

Santiago Dajach, que tenía una memoria prodigiosa y una fantástica habilidad para atar cabos, no tardó en notar lo extraño del anuncio, teniendo en cuenta que Juan Fernando Barrera no se había reportado enfermo desde los tiempos de “el abrazo del pato” y que nunca, bajo ninguna circunstancia había cancelado una reunión con el equipo editorial. En una ocasión en que la Editora de Entretenimiento se encontraba en caso, por licencia de maternidad, insistió en que ella al menos presenciara la reunión mensual de contenidos, para que estuviera actualizada una vez regresara. La imagen de Barrera saliendo de la Fortaleza Rota, en el video que le había mostrado Katrina Wentz volvió con todo el furor a su cabeza, acompañada con la del cuerpo de su padre colgando de la rama de un fresno. Barrera era uno de los principales sospechosos. Quizás debería hacerle una visita para ver si era cierto lo que decía.

***

Intentado navegar en medio del tráfico de la hora valle en el norte de Bogotá, Mariana González nunca se imaginó que al igual como ella seguía de cerca al taxi en el que Jerôme Saint-Clair se había subido luego del funeral de su tía, otro automóvil, mucho más discreto, pero mucho mejor equipado la seguía a ella también.

Ramón Rativa había sido por casi veinte años investigador privado del cuerpo élite de investigación de la policía entre los años ochenta y noventa, mucho antes que la fiscalía y sus cuerpos asociados tomaran esa función, obligándolo al retiro anticipado y a iniciar una nueva carrera que resultó mucho más satisfactoria y en definitiva, mucho más lucrativa. A sus cincuenta y tres años, Ramón había servido de detective privado a lo más rancio de la élite bogotana, conociendo secretos e intimidades con los que las revistas de chismes hubiesen hecho su agosto por años. Sin embargo, el salario que percibía era tan generoso, que nunca sintió si quiera la tentación de revelar alguno de los secretos que había acumulado en años de trabajo.

Su última misión la había recibido hacía casi tres meses, nada más y nada menos que de Doña María Antonia Luján de Saint-Clair, una de las mujeres más poderosas del país. La misión era en apariencia, bastante sencilla. Se trataba únicamente de seguir a Mariana González, la huésped que la señora tenia en su casa, esa mansión memorable a la que llamaban La Fortaleza Rota.

Mariana había sido un trabajo bastante sencillo. Los días de semana siempre salía en la camioneta que le habían facilitado desde la embajada, y casi siempre pasaba a saludar, al ahora difunto Conrad Warren en su edificio en el Chicó. Otras veces tomaba el rumbo de la calle noventa y tres, para reunirse con el periodista Santiago Dajach, con quien la había visto intercambiando besos en un bar cubano de la carrera séptima. Había que estar ciego para no darse cuenta lo que sucedía entre aquellos dos individuos, y lo anotó muy claramente en el informe semanal que le pasaba a María Antonia.

La “gringita” como le decía Ramón, también visitaba un orfanato en el norte de la ciudad. Ramón dedujo, que como toda extranjera, la “gringita” estaría interesada en adoptar algún niño, pero luego, a punto de uno que otro soborno al conserje del sitio, logró saber que la muchacha servía de voluntaria en el lugar, haciendo talleres de dibujo y escultura, llevando ella misma los materiales. Fue entonces que Ramón, que tenía como regla de oro no involucrarse en ningún sentido con las personas que investigaba, pensó que aquella era la mujer más maravillosa del mundo y se preguntó como el mequetrefe ese de Santiago Dajach, por quien ella definitivamente botaba todas las babas, no había caído en la tentación de acostarse con ella.

La última novedad de la muchacha, había sido el automóvil color cereza que le habían entregado la noche anterior y que en definitiva le harían mucho más fácil el trabajo, con el chofer entrenado de la embajada fuera de la ecuación. Aquel día, estaba justo detrás de ella, y estaba cien por ciento seguro que la muchacha no lo había notado. De lo que sí se dio cuenta, era de que ella estaba haciendo su propia persecución.

Ramón se recriminaba no haber estado más pendiente, y no saber quien iba en el taxi que la muchacha se había dedicado a seguir aquella mañana, porque eran precisamente aquellos detalles los que más valoraban sus clientes y las que les aseguraban el siguiente contrato.

Pero cuando el taxi se detuvo, justo al frente de un edificio de oficinas en Chapinero, comprendió que muy pronto lo sabría.

***

Santiago había salido de las oficinas de La Gaceta con la excusa repetida de hacer unas investigaciones adicionales para su columna y se dirigía al lugar de residencia de su jefe para averiguar que tan cierta era la enfermedad por la que había cancelado la reunión. No lo veía desde el sábado, el mismo día que asesinaron a Conrad Warren y quizás algo había salido mal y no quería que nadie lo viera. Estaba intentando conectar hechos cuando recibió la llamada que había esperado todo el día.

-Mariana, mi amor… buenos días.

-Santi, buenos días… ¿cómo vas con tu misión?

-¿La de perseguir a mi jefe?

-Sí, claro, esa misma.

-Mmmmm… no fue hoy a la oficina, pero su excusa no me pareció convincente, voy a comprobar a ver que tan cierto es. ¿Cómo vas con la tuya?

-Estoy a punto de entrar a un edificio por Chapinero, estoy siguiendo a Jerôme.

-Mariana, puede ser peligroso… y tienes que cuidarte… recuerda que estás embarazada.

-Lo sé, sólo voy a entrar y ver a quien visita. Puede tener algo que ver con la muerte de mi papá.

-Dime donde estás y te acompaño.

-Por supuesto que no, yo puedo hacer esto sola.

Luego colgó.

***

Mariana colgó la llamada y se apresuró a entrar al edificio. Había alcanzado a ofenderse por las palabras de Santiago. Después de todo ¿como era posible que pensara que una mujer libre e independiente como ella, necesitara de un hombre que la salvara a cada rato como si fuera una inválida?; pero la rabia se le fue pasando, luego de comprender que era un gesto genuino de él y lo prefería mil veces a que se portara como el témpano de hielo de las últimas semanas. Pero aquello era algo que ella en definitiva podía y debía hacer.

***

“Noticias de la “gringita”… entró a un edificio con su hijo, por los lados de Chapinero”.
Enviado a las 11:05 a.m.

“Dame la dirección exacta, ya voy para allá”
Enviado a las 11:05 a.m.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s