Capítulo 41. Muerte

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“La Duquesa, había acompañado la cena, como todas las noche, con vino exquisito, traído por encargo desde Francia ¿Puedes creerlo? Y justo cuando terminó la primera copa, Maurice tomó la palabra. Con la peor frialdad del mundo le confesó que la copa de vino que había tomado estaba envenenada.

La Duquesa, que en efecto se había empezado a sentir mal, sólo le preguntó ‘¿Por qué?’. Maurice, sólo le contestó, que ese era el destino que sufrían todas las zorras. Le dijo que no se iría a Europa a sufrir el rechazo de la elite cortesana por ser hijo de una prostituta con un título de nobleza y que luego que muriera, él se encargaría, por supuesto, del dinero, para ser un príncipe en aquellas tierras y no un descastado en aquel continente decadente.

La Duquesa, herida de muerte, no tanto por el veneno, como por la cruel traición de su hijo bastardo, con los últimos alientos que le quedaban tomó una de las lamparas que iluminaban el recién estrenado salón y la arrojó con todas sus fuerzas a los cortinajes de lujo, traídos desde las mismísimas fábricas de Manchester. Dicen que el incendio se vio hasta en Honda. Nunca encontraron el cuerpo de la Duquesa y de la enorme fortaleza, sólo quedo una de sus alas, rota y llena de hollín, pero aún en pie.

Maurice, que apenas si pudo escapar de las llamas, mandó a reconstruir lo que quedó de la magnifica fortaleza, la acondicionó y la usó como centro principal de su criollo imperio de negocios. Fue desde entonces que los remanentes del castillo de la Duquesa de Saint-Clair, fueron conocidos por todos en la región como La Fortaleza Rota”.

***

-Muy interesante la historia- dijo Mariana.

-¿Cierto que sí?- dijo María Antonia sonriendo.

-¿Y por qué me la cuenta hasta ahora?

-Porque tú, al igual que la Duquesa Angelique Marie de Saint-Clair van a sufrir el destino que se merecen… ¡por zorras!

***

-Señora ¡le exijo que me respete!- dijo Mariana en voz alta, abriendo los ojos con furia.

-No hay respeto que una prostituta de tu calaña, no merezca- contestó María Antonia- ¿Creías que no me iba a enterar de todas tus porquerías en Estados Unidos? ¿De tus días como drogadicta promiscua? Y yo que creía que ya era bastante que estuvieras embarazada de quien sabe quien y que te estuvieras metiendo con el periodista de quinta ese. ¿A este hijo también lo vas a abortar? ¡PROSTITUTA!

Mariana se quedó sin aliento ¿Cómo era posible que aquella víbora se hubiese enterado de aquellos detalles tan íntimos de su vida? ¿Cómo?

-Mi pasada y mi vida privada sólo son de mi incumbencia, señora, no se meta en lo que no le importa.

María Antonia se acercó a Mariana y le dio una sonora cachetada que dejó con la boca abierta al anciano y al fortachón y no conformándose con eso, le dio de regreso con el revés.

-¡NO TE ATREVAS A PEDIR RESPETO EN MI CASA, PROSTITUTA!- María Antonia parecía un demonio con aquellos ojos incandescentes, dispuestos a acabar con Mariana- Fue por tu mala influencia que mi hijo, MI hijo huyo de esta casa, fuiste tú quien le metió todas esas ideas pecaminosas en la cabeza, tú tuviste la culpa. Desgraciada, pero ahora misma te vas a ir de MI casa. No voy a permitir que sigas haciéndole daño a mi familia, tú y tu padre fueron las que alteraron a mi hermana, ustedes la mataron, maldita. MALDITA.

Mariana aún no salía del asombro de los golpes que le había propinado aquella mujer. La cara le ardía y la llenaron unas inmensas ganas de llorar.

-Abogado Rivera, los papeles, por favor.

-Eh, bueno, señorita… o señora González, me temo que el poder que le concedió su padre a través del abogado Conrad Warren fue revocado esta mañana. El juez Rodolfo Anaya Quintero aceptó la solicitud de revocatoria, luego que se interpusiera un recurso, por parte de la señora María Antonia Luján de Saint-Clair, donde se comprobaba que la identidad de Carlos Daniel González corresponde en realidad a la del ciudadano colombiano Oscar Dajach. En ese caso, al no existir la persona de Carlos Daniel González usted no tiene ningún derecho sobre la inversión en el grupo Saint-Clair, o sobre esta casa. Aquí está la copia.

Mariana recibió el documento, había empezado a temblar.

-¿Te sorprende?- dijo María Antonia- Tu padre era un completo y rotundo fraude, un hombre que no existe. Y lo peor de todo es que te metiste con tu propio hermano. ¡Eso te pasa por zorra!

-No- dijo Mariana leyendo la copia y sosteniendo con firmeza su bolso – ¿Cómo pudo hacer esto?

-Por que no me gustan los estorbos, y tú desde que llegaste a esta casa, sólo has sido el peor de los estorbos. Ahora, Romero, saca a esta … prostituta, de mi casa. Ya le mandaremos sus asquerosas porquerías cuando sepamos donde va a ir a vivir.

El fortachón agarró a Mariana con un brazo y abrió la puerta con el otro .

-¡No! ¡Por favor! ¿A donde voy a ir con este clima? ¡Por Dios!

-¡Sácala de una vez!- gritó María Antonia.

Romero, agarró con la otra mano a Mariana y la lanzó con fuerza hacia la tempestad. Mariana cayó boca abajo sobre el piso blanco, por la densidad del granizo y sólo pudo pensar en su hijo. Pudo ver la sonrisa maquiavélica de María Antonia, antes de cerrar la puerta. Mariana se levantó completamente destrozada, recibiendo los golpes sucesivos del granizo que no terminaba de caer.

Se levantó y se dirigió en medio del agotamiento nervioso, hasta el lugar donde estacionaba su auto color cereza. Buscó las llaves en su bolso y cuando se encontró por fin a salvo, lloró hasta que el corazón se le apagó por completo.

***

Santiago Dajach no escuchó ninguna de las diecisiete llamadas que Mariana González le hizo aquella tarde. Había dejado el teléfono el silencio, para concentrarse en lo que los muchachos de “La Oruga” le estaban explicando. Más tarde se arrepentiría de eso.

***

Mariana tomó el viejo camino hacia Bogotá, el mismo donde había sido víctima de la primera agresión en aquel país. Un tipo había disparado sobre el vehículo diplomático donde Conrad Warren la llevaba por primera vez a La Fortaleza Rota. La primera, pero no la última; en medio de aquella tempestad, con el parabrisas a punto de nublarse por completo, bajo la presión del agua y el granizo, Mariana recordó uno a uno todos los ataques que había sufrido en aquella casa: Ana Victoria intentando estrangularla, la cachetada en público que le había propinado Liesel y por último todos lo insultos y desplantes por parte de María Antonia, que tuvieron su clímax aquella tarde.

No sabía que debía hacer a continuación. Había llamado a Santiago tantas veces que había perdido la cuenta, pero no contestó. No tenía ningún lugar a donde ir, quizás tal vez a orfanato donde trabajaba de voluntaria, pero no podía permitir que aquellos niños inocentes la vieran sufrir de aquella manera. Entonces decidió poner rumbo hacia la iglesia desconocida donde había dejado los restos de su padre. Tenía que sacarlos de allí. Era su deber.

Salió del camino secundario y tomó el acceso a la autopista. No podía ver bien el camino, y los frenos del auto no frenaban con precisión. Quizás, pensó, tenía que detenerse y esperar que se terminara la tempestad, pero estaba justo en el carril central de la autopista y dos tracto-camiones le bloqueaban el paso hacia el carril de salida.

Tardó varios minutos, conduciendo a baja velocidad para poder tomar ese carril, mientras se adelantaban los vehículos, pero justo cuando había avistado un buen lugar para estacionar y volver a llorar hasta el cansancio, sintió un agudo dolor en el vientre. Mariana reaccionó instintivamente, agarrándose el vientre con las dos manos. El vehículo se salió del carril, invadiendo nuevamente el central, donde un camión chocó el auto por detrás, lanzándolo a toda velocidad contra la baranda de protección.

El auto color cereza golpeó la barrera y dio un giro de ciento ochenta grados.

Cuando llegaron los primeros curiosos, cubriéndose la cabeza con cartones para que el granizo no los descalabrara, las llantas del auto aún estaban girando en el aire.

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