Capítulo 40. Pecados

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En casi veinticinco años que tenía trabajando en Bogotá, Cándida Arango había aprendido a identificar los días de tormenta. Empezaban así, como aquel día, despejado, brillante y soleado, como si las nubes quisiera tomarse unas vacaciones y de paso le dieran permiso al sol de tocar el verde intenso de los pastos de la sabana. Pero tal y como Cándida, y muchos otros viejos habitantes de la ciudad lo predijeron sin decirlo, aquél clima de ensueño era sólo el preludio de la más terrible de las tormentas.

Encerrada con llave en el cuarto de la difunta Margarita Pérez, observando fijamente la mancha de sangre seca sobre la caja fuerte empotrada en la pared, Mariana González no se percató de las negras nubes que se perfilaron en el horizonte de los cerros orientales. Su mano derecha cubría por completo la figura sensual de sus labios y los ojos se le habían llenado de lágrimas.

Del otro lado de la ciudad, encerrado en la oscuridad del taller de informática de “La Oruga”, Santiago Dajach tampoco se percató de la llegada de la tormenta, atento como estaba de todo lo que le decían aquellos muchachos de aspecto tan extraño, y que a cada segundo parecían estar más cerca de la pista del asesino de su padre.

Sólo Jerónimo Saint-Clair, contemplando desde la majestuosidad de su oficina la sombra negra que empezaba a cubrir la ciudad, comprendió completamente la magnitud de la amenaza, no tanto por qué su madre le enseñara a leer las señales dibujadas en el cielo, como si lo hizo la madre de Cándida, sino porque asociaba la zozobra del clima, con la angustia creciente que seguía galopando en su pecho.

No era sólo que hubiese tenido que enterrar a su cuñada y que hubiese perdido a su hijo menor, por cuenta del errático comportamiento de su mujer; estaba literalmente entre la espada y la pared. El presidente le había dado un ultimátum: tenía hasta la medianoche para entregar al asesino de Carlos Daniel González. Era el plazo máximo que le habían dado las autoridades de los Estados Unidos para retomar la investigación, bajo la garantía del tratado de cooperación. En ese momento, él y su familia, no solo estarían bajo la lupa magnificada de los servicios de inteligencia gringos, sino que perderían cualquier ventaja que les diera las leyes colombianas y se enfrentarían directamente a la implacable justicia norteamericana.

Había pasado toda la tarde con la tentación de abrir la eterna botella de escocés, guardada en lo más selecto de sus estantes, pero tenía que analizar aquella situación sobrio. Pero entre más rutas y alternativas imaginaba para salir de aquel embrollo de mierda, más estúpidas e irracionales le parecían. Quizás, pensó, era el precio justo que tenía que pagar por todos sus pecados, un mecanismo que había encontrado la vida para purgar toda la suciedad que había empezado a mancillar su alma desde la tarde en que él y Margarita encontraran a Ana Victoria y al doctor Oscar Dajach en aquel tétrico lugar, junto al cadáver de aquel monstruo vestido de policía.

Fue entonces que comprendió que no había fortuna lo suficientemente grande para sobornar a la justicia de la conciencia.

Volvió a mirar al cielo. Había empezado la tempestad, pero no era agua lo que caía. Tuvo que retirarse de la ventana por el físico miedo de que un bloque de granizo lograra romper el cristal y terminara matándolo de una contusión en la cabeza. Aunque quizás, pensó, aquello no sería lo peor que le podría pasar.

***

Mariana no escuchó el primer golpe del granizo contra el cristal de la ventana. Estaba tan descompuesta que cubrirse la boca con las dos manos para que nadie pudiera escuchar sus sollozos desde afuera. Nadie se lo había dicho, ni mucho menos confirmada, pero estaba segura que fue en aquella habitación que alguna de las sombras que rodeaban aquella desgraciada familia, había tomado la decisión de asesinar al hombre que por tanto tiempo pretendió no querer.

De repente, todo el dolor, toda la culpa y toda la frustración que no sintió cuando supo de la muerte de su padre, se apoderó de ella. Se arrepintió de haber dado la orden de cremar a su padre, luego de la autopsia y más aún, de haber dejado sus cenizas en la primera iglesia católica que encontró, en lugar de llevarlas consigo y darles la bendición apropiada. ¿Qué clase de hija era aquella que ni siquiera tenía respeto por los despojos mortales de su padre? ¿Qué clase de mujer era?

Se le vino el mundo encima. Recordó sus años de rebelde en Pacific Heights, su adicción temprana a la cocaína, su vida disoluta justo antes de graduarse de la preparatoria, y el hecho más vergonzoso de su vida, el día de la graduación, cuando, completamente borracha y drogada había sido víctima de una violación múltiple por parte de varios de sus compañeros de clase. Y fue su padre quien la rescató del fango. Respetó su decisión de no denunciarlos y la de deshacerse del feto que crecía en su vientre. La cuidó en su proceso de rehabilitación y de reconstrucción psicológica, que dicho sea de paso, debió costar una fortuna. ¿Y qué hizo ella? Alejarse de él, y obsesionarse con la pulcritud y la limpieza, como si removiendo la suciedad y evitando a su padre, pudiera limpiar la suciedad de su pasado.

Creía que hacía mucho quedándose en aquella casa, intentando descubrir quién había sido el asesino, pero se percató que también se quedaba para no perder su patrimonio, empeñado en el capital invertido por su padre en el Grupo Saint-Clair, y que se perdería si ella decidiera marcharse. Quería creer que era buena, pero ya no podía negar toda la oscuridad que había en ella.

Se limpió las lágrimas de sus ojos y se enfrentó a su destino. Volvió a subirse a la cama y suavemente pulsó los números.

266723.

La caja fuerte se abrió.

***
Mariana bajaba la escalera de doble hélice con su bolso firmemente sujeto a su cuerpo, tenía la firme intención de salir de la casa, pero al ver la tempestad que se había desatado afuera, lo pensó mejor. Así que se quedó de pie, quieta como una estatua, en el recibidor frente a la puerta.

-¿Te da miedo la tormenta?- escuchó Mariana una voz que provenía del pasillo del despacho. María Antonia llevaba un vestido gris sencillo, pero el intenso color verde-azulado en sus ojos rompía por completo el efecto del luto en la mujer. No venía sola. La acompañaba un anciano medio calvo con un portafolios en su mano derecha y un fortachón de casi dos metros con un tatuaje recorriendole el cuello. Aquello no pintaba nada bien.

-No es que me de miedo, sólo que el clima no está para salir.

-¿Sabes para qué sí está el clima, Mariana?

-¿De qué habla, señora?

-Historias, este es el clima perfecto para contar historias.

-¿Usted quiere contarme una historia a mí?

-¿Por qué no? Eres una huésped en esta casa ¿no? ¿Acaso no te has preguntado alguna vez por qué a esta casa le dicen la Fortaleza Rota?

Mariana negó con la cabeza.

-¿Lo ves? Tienes casi tres meses aquí y no sabes por qué la casa tiene ese nombre tan particular- María Antonia no sólo había captado la atención de Mariana, los dos hombre que la acompañaban también parecían atentos- Hace mucho tiempo, todos los terrenos que se ven desde aquí, pertenecían a la Duquesa Angelique Marie de Saint-Clair ¿te suena el apellido? Era una aristócrata muy poderosa, en Europa la respetaban mucho, era toda una figura en los Países Bajos donde adquirió su título, pero pronto la Duquesa tuvo que salir huyendo de su país.

-¿Por qué? ¿Qué le pasó?- preguntó Mariana, mientras María Antonia caminaba por el recibidor como si quisiera rodearla.

-Quedó embarazada, lo cuál fue muy grave, ya que el Duque de Saint-Clair llevaba muertos algunos años. ¿Te imaginas el escándalo? ¿Y sabes que es lo peor?

Mariana negó con la cabeza.

-Que ni siquiera la misma Duquesa sabía quien era el padre. Según decían los rumores en aquella época, la Duquesa se acostaba con todos sus sirvientes, o bueno, con todos los sirvientes que le parecían atractivos, los cuáles no eran pocos. ¿Te imaginas? ¿Una mujer que no sabe quien es el padre de su hijo?

***

“Cuando se supo la noticia, la corte de su país la vetó. Le permitieron conservar el título, siempre y cuando no volviera a poner un pie en los terrenos de los Países Bajos. La Duquesa aceptó, aunque a decir verdad, no le quedaba de otra, la muy zorra. Hizo el viaje en barco desde Amsterdam hasta Cartagena, casi cinco meses de travesía. Haciendo uso de sus influencias, había comprado unos terrenos muy valiosos en la salvaje Sabana de Bogotá, donde pensó quedarse poco tiempo, mientras compraba suficientes conciencias en la corte de su país, como para poder regresar. Hizo el viaje por el Canal del Dique y luego por el Magdalena, hasta llegar a Honda, de donde la subieron a lomo de negro, embarazada como estaba, por los desfiladeros de Los Andes.

Habían llegado apenas al borde de la Sabana, cuando la Duquesa tuvo su primera contracción. Y fue allí, atendido por un negro de manazas grandes y bajo el cielo nublado de la sabana, que nació el primer Saint-Clair, un bastardo.

La Duquesa quedó tan aferrada a aquel lugar, que mandó a construir un castillo que no tuviera nada que envidiarle a los de su tierra natal. Contó con la fortuna de que en el Virreinato, la mano de obra de los indios era muy barata. Hizo un Castillo magnífico. Una torre dominando dos alas en diagonal.

Su hijo, Maurice Rainier Saint-Clair, tenía diecisiete años cuando terminaron el castillo. Su madre decidió hacer una celebración a lo grande, primero para celebrar la construcción de su monumento y segundo para despedir a su hijo que se iría a estudiar a España. Sin embargo, un día antes de la fecha destinada para la fiesta, en el transcurso de la cena, algo terrible pasó.”

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