Capítulo 36. Ruptura

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En casi veintiún años que Cándida Arango llevaba trabajando como cocinera auxiliar en La Fortaleza Rota, jamás había escuchado una gresca familiar de las proporciones de la que se tomó aquellos señoriales terrenos, pocas horas después de que la familia en pleno, dejara la casa para darle el último adiós a la difunta Ana Victoria Luján Pérez en un exclusivo cementerio en el norte de Bogotá.

Cándida había sido testigo de discusiones acaloradas y situaciones incómodas, como la del evento de caridad de María Antonia, cuando Liesel Luján le había propinado una cacheta bestial a Mariana Gónzalez, jurando que este pretendía quitarle al marido; y también de situaciones estremecedoras y escalofriantes como cuando la difunta Ana Victoria, que en paz descanse, había intentado ahorcar a la misma Mariana en el invernadero y, por supuesto, la noche en que el padre de aquella muchacha había aparecido muerto en uno de los fresnos de la arboleda que rodeaba la propiedad; pero nunca de un espectáculo tan decadente como el que se tomó la casa aquel fatídico día, poco después de las dos de la tarde.

Lo primero que se escuchó fueron los chirridos agudos de unos neumáticos, seguidos de un estruendo tan espeluznante, que todos los empleados de la casa, incluyendo a Cándida se dirigieron a la entrada, pensando con justa razón, que alguien había chocado el vehículo contra el portón de la casa. No estaban tan errados.

El viejo Sprint que había sobrevivido entero sus casi dieciséis años de existencia y los casos más peligrosos y peliagudos de la carrera de Ramón Rátiva, terminó sumergido en la fuente colonial que servían de centro geométrico a los impolutos jardines que rodeaban la Fortaleza Rota. A Cándida, al igual que al resto de los empleados, ni siquiera les dio tiempo de reaccionar.

María Antonia salió del vehículo empotrado en la fuente, que ahora empezaba a desbordar toda el agua hacia los jardines. Cándida notó que algo había diferente en aquella mujer, y no era precisamente el hecho de que ella, una de las damas más refinadas del país, estuviese completamente empapada dentro de la fuente primaveral de la casa.

-¡RAMÓN! ¡Sácalo de inmediato y traelo a la casa!- gritó María Antonia con una mirada de odio tan intensa dibujada en su rostro, que Cándida tardó en percatarse de los otros dos personajes de la escena: un hombre alto y fornido, salió con rabia del vehículo, se quitó el saco mojado y luego de abrir la puerta trasera del vehículo chocado, sacó a su ocupante con tal fuerza, que parecía que estuviera cargando a una marioneta de trapo y no a un ser humano.

Jerôme Saint-Clair opuso toda la resistencia que pudo. Apenas salió del vehículo emitió un grito tan estremecedor, que casi todos los empleados dieron un paso hacia adelante para ponerle fin a la situación, pero María Antonia no se los permitió.

-¡LÁRGUENSE DE AQUÍ! ¡TODO EL MUNDO A TRABAJAR! ¡YA!

Cándida conocía tan bien el carácter de la señora de la Fortaleza Rota, que no dudo un instante en regresar corriendo a la cocina, eso sí, dejando bien abierta la puerta doble que daba acceso al interior de la casa, porque en el estado en que se encontraba María Antonia la creía capaz de derribarla con sus propias manos si la encontraba cerrada.

Jerôme gritaba como un demente; intentó agarrarse de la carrocería del vehículo, pero Ramón solo tuvo que presionar un poco las delicadas manos del muchacho para que este la soltara.

-¡SUÉLTAME! ¡DÉJENME IR! ¡NO QUIERO ESTAR AQUÍ! ¡QUÉ ALGUIEN ME AYUDE!- gritaba el muchacho, mientras intentaba oponerse a la fuerza bestial de Ramón, que lo tenía sujeto de uno de sus hombros. Jerôme hizo lo que pudo para escapar. Trenzó sus piernas para que la fricción lo hiciera más pesado, golpeó con ambos puños la mano solitaria con la que Rativa lo tenía sujeto, incluso le hincó sus afilados dientes, pero todo fue inútil. Sus gritos se perdieron en la inmensidad de los jardines y las arboledas y aquel gigante de mediana edad que lo llevaba inexorablemente hacia el interior de la casa seguía impávido, como si no sintiera los golpes y los mordiscos que él le propinaba.

En realidad, Ramón estuvo a punto de soltarlo cuando sintió los incisivos del muchacho en el dorso de la mano, pero viendo el estado en que se encontraba María Antonia, no quería ni imaginar lo que aquella mujer le podría hacer si dejaba escapar al muchacho y, aunque llegó a sentir una profunda lástima por él, oyendo sus gritos y admirando la forma en que se resistía a su destino, en aquella vil circunstancia tenía que decidir.

“Es él o soy yo”.

***
Mariana llegó quince minutos después. A pesar de que había salido con pocos segundos de diferencia, con respecto al vehículo en el que Ramón Rátiva había llevado a María Antonia y a Jerôme, este le llevaba años luz en conducir como bestia en las atribuladas calles de Bogotá.

Intentó seguirlo, pero entre los taxistas, los peatones que cruzaban la calle, la gente que circulaba en bicicletas y los vendedores ambulantes, tuvo que reducir la velocidad y perder de vista el viejo Sprint negro del detective.

Cuando llegó a la Fortaleza Rota y vio el carro empotrado en la fuente, temió lo peor. Pero cuando se bajó de su carro color cereza, luego de estacionarlo de cualquier modo frente a la casa y escuchó los gritos, se percató que lo peor estaba aún por ocurrir.

No tuvo que preguntar donde estaban. La puerta doble estaba abierta de par en par y a partir de allí, los gritos que escuchaba y una serie de huellas húmedas que atravesaban el recibidor, subían por las escaleras de doble hélice y se adentraban por el pasillo, le indicó el lugar donde debía ir.

***

-¡Por aquí!- dijo María Antonia, dirigiéndose a su habitación. Jerôme no tenía ni idea de lo que su madre sería capaz de hacerle, pero tampoco quería averiguarlo. Había gritado tanto, que pronto la garganta no le dio para más y tuvo que conformarse con oponer resistencia, aunque para el gigante que lo tenía agarrado su resistencia y nada, eran prácticamente lo mismo.

Pero circulando por el pasillo principal del segundo piso, supo que no lo tenía todo perdido. Puso el cuerpo lo más rígido que pudo, para generar la mayor dificultad a Ramón y justo cuando el detective estaba a centímetros de meterlo a la habitación nupcial, a la que por cierto, nunca había entrado, ni siquiera de niño, se incorporó con agilidad y con sus dos manos libres, tomó el florero que adornaba la entrada a la habitación y lo estrelló contra la cabeza de su captor, que lo liberó más por la sorpresa que por el dolor del golpe.

***

-¡No lo dejes ir! ¡Atrápalo!

Mariana escuchó a María Antonia, como si hubiese lanzado el grito justo al lado de su oreja. “¿Qué rayos le pasa a esta mujer? ¿Está loca o qué?”. Luego escuchó los pasos desesperados. Alguien corría.

***

Jerôme corrió por el pasillo occidental de la casa, por donde, a esa hora se podía observar la belleza de la sabana de Bogotá, bañada por el sol de la tarde, por unos enormes ventanales donde su abuela Margarita solía sacar una vieja mecedora de su habitación y ponerse a tejer. Fue entonces que, pensando en su abuela, se percató que aquel pasillo no tenía salida, porque la última habitación de la casa siempre fue la de ella.

No tenía tiempo de pensar, Ramón Rátiva era más lento que él, pero la ventaja que le llevaba no era tan grande. De lo único que estaba seguro era de que no iba a dejarse atrapar, no de nuevo. Tenía que buscar la forma de salir de allí y buscar a Juan. Lo amaba tanto, y había perdido tanto tiempo en indecisiones, dudas y temores, que se arrepintió de no haberle tomado la palabra cuando le propuso que se fueran juntos del país, pero no era hora de pensar en los “quizás” era hora de actuar. En ese punto le quedaban solamente dos opciones: una arrojarse contra los ventanales y caer sobre el techo del invernadero, donde le esperaría una muerte segura y otra echar abajo la puerta de su abuela, que siempre permanecía con llave después de su muerte.
***
Los encontró en el “pasillo de los atardeceres”, como ella misma lo había bautizado y que según le contó Jerôme alguna vez, era el lugar favorito de su abuela difunta. Los gritos de María Antonia se seguían escuchando en alguna parte, pero Mariana no la podía ver. Fue entonces que vio al fondo a Jerôme, frente a una puerta. Ramón corría hacía allí con velocidad. Estaban a unos segundos de encontrarse.

Mariana alcanzó a preguntarse lo que haría para detener al detective privado, cuando vio la cara de sorpresa en Jerôme, girando el picaporte. La puerta se había abierto y el muchacho la arrojó con tanta fuerza que Ramón Rátiva cayó desplomado en el piso del pasillo con la nariz rota.

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