Capítulo 31. Despedida

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La serie de eventos que conduciría a revelar la identidad del asesino de Carlos Daniel González, conocido alguna vez como el doctor Oscar Dajach, empezaron a desatarse finalmente el día en que los restos mortales de Ana Victoria Luján Pérez fueron puestos a disposición de los gusanos, por parte de sus familiares más cercanos en un exclusivo cementerio al norte de Bogotá. Fue una contravención directa de la última voluntad de la difunta, expresada sin titubeos durante más de diez años y a la que nadie prestó la debida atención como consecuencia del comportamiento errático de la mujer, ocasionado por un tumor cerebral benigno que no fue descubierto sino hasta pocas horas antes de su muerte.

La causa de muerte, de la que quedó constancia en el acta de defunción firmada por el neurocirujano Juan Gabriel Oesterheld, fue paro cardio-respiratorio, ocasionado por una hemorragia masiva durante la cirugía cráneo-encefálica que le fue practicada para controlar una hemorragia mucho más pequeña causada por el estrangulamiento de un vaso sanguíneo por parte del tumor, que le había provocado su endeble estado mental en los últimos años.

Ni Liesel, Ni María Antonia, ni mucho menos la difunta Margarita Pérez habían imaginado jamás que la condición de Ana Victoria se debiera a otra cosa que no fueran sus traumas infantiles.

Cuando sufrió el primer ataque, dos años después que la familia completa se trasladara a Bogotá, estaban tan seguras de que su comportamiento era debido al estrés que le ocasionaba la sola remembranza de su pasado, que lograron convencer al psiquiatra que la trataba, que su condición era mental, y no física, condenándola así, sin saber, a una muerte segura veintitrés años después.

María Antonia nunca se le perdonó. Los habitantes de la Fortaleza Rota la vieron deambular por la casa, vestida unicamente con un jubón de seda color avellana, con el cabello desordenado y sin una gota de maquillaje. No faltó quien creyera que aquel era el fin de la María Antonia Luján cruel, altiva y arrogante que todos habían conocido, pero cuarenta y ocho horas después de la noticia de la muerte de su hermana, justo a la hora que el destino y los empleados de la funeraria habían dispuesto para la despedida final de Ana Victoria, de lo que no cabía duda era de que no había tragedia lo suficientemente grande como para destruir el espíritu de aquella mujer, templado por años de sufrimientos furtivos.

Mariana, que por ironías del destino le había tocado encargarse durante aquellos dos días de los asuntos cotidianos de la Fortaleza Rota, la vio descender por la escalera de doble hélice como toda una reina. Llevaba puesto un provocativo traje negro, a la altura de las rodillas y completamente ceñido al cuerpo. Debajo de las medias veladas, útiles para protegerse del frío agreste de la sabana bogotana, unos zapatos de tacón alto de cuero italiano legítimo, contrastando con el tono níveo de su piel. Y un elegante sombrero de fieltro que combinaba con su atuendo y resaltaba aún más el color verde intenso de sus ojos.

Jerónimo le dio un fuerte abrazo a su mujer, aliviado que no se hubiese echado a la pena eterna por el fallecimiento de su hermana, pero aliviado también porque estaba seguro que con Ana Victoria, se irían a la tumba la lista de secretos que podrían destruir la relación de amor y confianza que tenía con su mujer desde hacía más de veinticinco años.

Jerôme y Ariadne, se había vestido también apropiadamente para el evento. Mariana se había sorprendido al ver a Jerôme con el cabello aplacado con algún producto capilar, lo que lo hacía ver mucho más adulto y en definitiva mucho más guapo. Ariadne se recogió el cabello rubio oscuro en una sencilla cola de caballo y se puso un traje negro de algodón y unas zapatillas sencillas. A ella no parecía preocuparle el frío.

Pero la más sorprendente del conjunto, contra todo pronóstico, era Liesel. Había esperado con su marido, al pie de la escalera que descendiera su hermana para ir al cementerio. Se había teñido el cabello de negro y lo tenía lacio y distribuido de tal forma sobre el rostro que cubría casi por completo los desastres de sus intensos tratamientos cosméticos. Se había maquillado con un tono que le favorecía y los lentes sobre sus ojos hacían que pareciera por primera vez en mucho tiempo, un ser humano y no una muñeca de plástico luego de sufrir el embate del fuego.

Para sorpresa de todos, luego de abrazar a todos los miembros de su familia, María Antonia se acercó a Mariana y tomándole de las manos le agradeció el haberse echado encima la responsabilidad de la casa durante aquellos dos días.

No era una tarea tan sencilla como parecía. Mariana se había encargado no sólo de coordinar la limpieza del jardín, luego de la fiesta de recaudación de fondos, sino que también se había encargado de recibir las condolencias de parte de la familia, e incluso de atender la visita de dos ministros que se acercaron con ese mismo propósito, llenando el papel que debía llenar María Antonia o, en su defecto, Ariadne. Pero María Antonia no pronunció una palabra en esos días y Ariadne se encerraba todo el día en su habitación. Mariana también se encargo de que hubiese flores frescas en toda la casa, de organizar el menú de las comidas y de sentar a la mesa a los miembros de la familia, que sin María Antonia parecían las piezas dispersas de un rompecabezas.

María Antonia, a pesar de su estado, había sido testigo de los esfuerzos de la muchacha, que hasta entonces había considerado un estorbo y se contagió de su entusiasmo. Así que fue gracias a Mariana que su anfitriona había decidido resignarse y enfrentarse de nuevo al mundo la mañana del funeral de su hermana, tanto así que consideró seriamente la posibilidad de echar para atrás los planes que tenía para ella, luego de la muerte de Conrad Warren.

Luego de darle las gracias sinceras a Mariana, María Antonia entró a la camioneta de su esposo, en el puesto del copiloto, acompañada de sus dos hijos. Liesel hizo lo propio en el vehículo de Juan Pablo y Mariana condujo su propio vehículo, mismo que le habían entregado con todos sus papeles la noche anterior luego de hacer todos los trámites vía Internet. Por primera vez no se sentía una extraña en aquella familia.

Hubiese querido que Santiago la acompañara, pero no quería tentar demasiado a su suerte, teniendo en cuenta el desprecio declarado que María Antonia sentía por él.

El funeral transcurrió sin novedad. Se notaba la clase y la educación de los familiares de la difunta, al considerar aquel compromiso con la muerte mucho menos importante que la memoria de la fallecida. Había, por supuesto, muchos invitados. Los dos ministros que Mariana había atendido en la casa, tuvieron puestos de honor al lado de la familia y aunque una hilera de sillas ofrecida por la funeraria, nadie tuvo el mal gusto de sentarse.

A Mariana, que se había quedado detrás de los convidados para no llamar la atención, aquel evento le pareció un familiar directo de la fiesta de recaudación de fondos: una excusa para saludar amigos, afianzar contactos y fortalecer relaciones. Aún así, era mucho mejor que lo que había visto en San Francisco. Cuando una amiga suya de la escuela preparatoria perdió trágicamente a su madre en un accidente de auto, sólo Mariana y su padre asistieron para acompañarla, a pesar de que la muchacha tenía cinco mil amigos en facebook y había creado un evento en su muro para que todos lo vieran. Al menos en el funeral de Ana Victoria había interacción.

Hacía una mañana preciosa, el cielo se había quedado sin nubes dando paso a un sol tibio que iluminaba todo alrededor con tonos maravillosos, pero que irónicamente no parecía calentar nada. Cándida, la encargada de la cocina de la Fortaleza Rota le había explicado que en Bogotá los días más fríos eran los días de lluvia y los días en los que no había nubes en el cielo, siendo estos últimos los más peligrosos, porque eran el preludio de heladas, granizadas y otro sinfín de tragedias.

Los invitados al funeral, al igual que los Saint-Clair ya se empezaba a retirar del cementerio, cuando Mariana notó algo que le llamó fuertemente la atención. Justo al lado de la recién cubierta tumba de Ana Victoria Luján estaba la portentosa tumba de su madre. Mariana leyó con atención la placa conmemorativa.

Margarita Isabel Pérez de Luján
15 de Enero de 1947 – 17 de Mayo de 2014
Madre y Abuela.
Tu familia te recordará por siempre.

Y justo debajo debajo del epitafio, una flor amarilla de cinco pétalos puntiagudos que Mariana había visto en la grabación que le había mostrado Katrina Wentz, grabada en el cofre que había llevado su padre el día que lo habían asesinado. No le cabía duda que aquel cofre pertenecía a aquella mujer. Se hubiese quedado por mucho tiempo frente a la tumba, intentando atar todos los cabos en su cabeza, de no ser por otro hecho que llamó poderosamente su atención y requería que se moviera de inmediato.

Jerôme Saint-Clair no se había subido al vehículo con su padre, sino que se había quedado en un anden junto al cementerio; luego había tomado un taxi. Mariana había considerado a Jerôme su único amigo dentro de la Fortaleza Rota desde que había llegado como huésped en esa casa hacía más de dos meses, pero Santiago se lo había advertido, cualquiera podría ser el asesino y no podía descartar a aquel muchacho, con apariencia de cantante de banda de adolescentes. Sabía lo que tenía que hacer, quizás de ella dependía revelar la verdadera identidad del asesino. Era hora de actuar.

Mariana corrió a su automóvil, estacionado en un costado de los jardines del cementerio, y se dio a la cacería furtiva del taxi en el que se había subido el muchacho,que hasta ese momento había considerado su amigo .

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