Capítulo 24. Asesino

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

-¡Noooo! ¡Suéltame maldito, infeliz, suéltame!- gritaba Ana Victoria Luján con todas sus fuerza, mientras el Teniente José Gregorio Macias intentaba abrirle las delgadas piernas , mientras le desgarraba el vestido sencillo que había llevado todo el tiempo debajo de la túnica oscura.

-¿Te gusta, verdad? Zorra… – le decía aquel hombre, con el sudor y la sangre recorriéndole una de sus mejillas.

Oscar entró corriendo a toda velocidad hasta el punto del mausoleo donde aquel hombre estaba intentando abusar de la niña y con todas sus fuerzas le puso las manos en la espalda y se lo quitó de encima.

-Ana, sal de aquí y llévate al niño- le dijo Oscar a la niña, luego de levantarla del piso y tomando en la mano el cuchillo que ella no había podido alcanzar hacía un rato.

-No, no me voy a ir hasta ver a este hombre muerto ¡muerto!

-Doctor Dajach… está vivo… esta… esta niña está desquiciada, ella mató a su papá, a mi compadre y luego lo lanzó a usted al caño, ella me lo confesó- dijo el Teniente Macias intentando cerrarse la bragueta del pantalón.

-Sí, yo lo escuché todo, y puedo entender por qué ha hecho todo lo que ha hecho. ¿Cómo pudo hacer semejante monstruosidad con estas niñas? ¿Cómo pudo?

-Es mentira, yo no les hice nada.

-Sí, sí lo hizo… siempre que venía a la casa, a tomar trago con mi papá, decía que iba al baño y se metía en mi cuarto, o en el de María Antonia, o en el de Liesel… y nos hacía cosas… cosas horribles -dijo Ana Victoria llorando a lágrima viva.

-¡Ana, cálmate! Necesito que tomes al niño y te lo lleves, yo me voy a encargar del Teniente.

-¿Ah sí?- dijo Macias sacando su pistola de dotación de la funda al lado del pantalón y apuntando directamente al doctor Oscar Dajach – ¿Y exactamente cómo pretendes encargarte de mi, doctorcito Dajach?

***

Ignorante de la tragedia que estaba a punto de ocurrir, Margarita Pérez, viuda de Luján se había sentado cómodamente en la mecedora de su casa, intentando sobrellevar el calor mortal y el letargo tartáreo de las dos de la tarde. Nunca concebía el sueño a esa hora, pero le había encargado a Tomasa una jarra completa de limonada con hielo para poder pensar con claridad. Tenía pocos días para decidir su suerte y la de sus hijas y cualquier error que cometiera podría hacer fatal. Había terminado el segundo vaso, cuando sintió que no estaba sola en la sala.

-Doña Margarita, que pena molestarla, de verdad que si no fuera importante, no estaría acá- dijo Jerónimo Saint-Clair con su acento cachaco y sus ademanes de caballero de cuento.

-Claro que no me molestas Jerónimo… es más, sientate y me acompañas a tomarme esta jarra de limonada que tengo en la mesa.

-Con mucho gusto, doña Margarita- dijo el muchacho quitándose el sombrero de labores y tomando asiento en la mecedora contigua.

-¿En que te puedo colaborar?- dijo la viuda entregándole al muchacho un vaso a rebosar de zumo con hielo.

-Pues, los muchachos que vinimos contratados por don Laureano estamos preocupados porque no sabemos si usted nos va a pagar lo que va corriendo del mes… y también porque hemos escuchado que usted va a vender La Soledad y todas las otras tierra también.

-No te procupes, Jerónimo, tu sueldo y los de tus compañeros que vinieron de Bogotá están asegurado, sólo di orden de que no contrataran más personal del necesario para el sostenimiento de esta hacienda y de las otras tierras hasta que esté en firme la venta.

-Está bien, doña Margarita, de verdad que en nombre mio y de mis compañeros le estamos enormemente agradecidos- dijo el muchacho, que no debía pasar de los diecinueve años y aún así era un excelente administrador, a diferencia de su padre que estaba a punto de llevar un negocio familiar de casi cinco décadas a la quiebra absoluta, tanto así que a Jerónimo le había tocado aceptar la propuesta de Laureano, de trabajar en aquel rincón en medio de la nada con tal de poder girar dinero para la manutención de su casa en Bogotá.

Margarita conocía bien la historia y no sólo por lo que le había contado su difunto marido, sino por las indagaciones que ella misma había hecho hacía algunos días. Jerónimo puso el vaso vacío en la mesita de centro, tomó su sombrero y se levantó con gracia de la mecedora.

-Bueno, doña Margarita, en todo caso, siempre a la orden… usted nos dirá que día nos podemos ir.

-Yo te informaré, Jerónimo, no te preocupes- dijo Margarita sonriendo.

-¿Y el policía que vino hace un rato?

-Ya se fue… vi la camioneta largarse por donde vino.

-Pero en la camioneta sólo estaba la muchacha… el policía lo vi por el rumbo de la enramada, por la tumba de la abuela del patrón.

-¡Qué? Pero yo he dado ordenes estrictas de que nadie se acerque a ese lugar… -dijo Margarita levantándose intempestivamente de su mecedora, arrojando la limonada al piso.

-Pues, creo que el policía no sabía de esas ordenes, doña Margarita…

-¡Señora Margui! ¡Señora Margui!- Tomasa venía corriendo del pasillo de las habitaciones con ambas manos en el pecho.

-¿Qué te pasa mujer? ¡Habla!

-La niña Ana Victoria no está en su cuarto y yo no sé donde está…

-Yo creo tener una muy buena idea… Jerónimo, por favor, acompáñame… no creo tener las fuerzas para poder hacer esto sola- dijo la viuda de Luján sintiendo que toda la montaña de secretos y mentiras que había dicho en los últimos días para proteger el honor de su familia, estaban a punto de venirse abajo como un enorme y macabro castillo de naipes.

***

-¡Ah! Así no eres tan bravito ¿verdad doctorcito Dajach?- dijo el Teniente José Gregorio Macias mientras le apuntaba a Oscar directamente a la cabeza.

El bebé seguía llorando y Ana Victoria se había enroscado en una de las esquinas de la construcción, muerta del pánico. Lo único que tenía Oscar para defenderse era el cuchillo que había agarrado hacía un rato, pero un movimiento en falso y el teniente, un hombre entrenado para matar, le volaría los sesos en una fracción de segundo.

-Macias, recapacita… imagina lo que va a pasar cuando todo el mundo se entere de lo que has hecho… de lo que le hiciste a estas niñas.

-Pero si ni siquiera mi compadre Laureano, que Dios lo tenga en su gloria, les creyó a esta partida de zorras- dijo Macias moviéndose sin dejar de apuntarle- Lo único que van a decir es que una niña demente mató a su propio padre y su madre y sus hermanas la están encubriendo. Ya descubrí la tranca y las manchas de sangre… esta niña es una psicópata y no voy a descansar hasta verla a ella, a su madre y a sus hermanas completamente destruidas… Y voy empezar por llevarme a MI hijo de este mugrero ¿Tambien pensabas matarlo de hambre, maldita? ¿En qué mente retorcida cabe esconder a un bebe en una tumba?

Ana Victoria seguía llorando con la cara entre las piernas en un rincón de aquel habitáculo infernal.

-A propósito, todavía no sé si es un varoncito o si es una niña- dijo el Teniente acercándose a la canastilla de mimbre trenzado en una esquina de la tumba.

-¡ALÉJATE DE ELLA MALDITO!- exclamó Ana Victoria, gritando con todas sus fuerzas desde inmovil en el recoveco en el que había buscado refugio.

-¿Ella? Entonces es una niña- dijo Macias sonriendo- Anita, te prometo que a mi hija le voy a dar todo el amor y el cariño que se merece, incluso más que el que te di a ti y a tus hermanas.

-¡NO, POR FAVOR, NO!- siguió gritando la niña.

Oscar seguía empuñando el cuchillo, analizando cada una de las facetas de aquella trágica situación. Si Macias agarraba a la bebé, estaban perdidos, Oscar no tendría ninguna capacidad de maniobra sin hacerle daño al bebé y encima de eso, estaba seguro de que Macias los asesinaría a él y a Ana Victoria en el momento en que se aburriera de su discurso retorcido y decidiera salir de allí. Pero quizás tendría una oportunidad.

-A ver, nenita… ven con papi, nenita… ven con papi- dijo Macias, bajando la guardia por u segundo. Esa era la oportunidad que Oscar estaba esperando.

Con toda las fuerzas de las que disponía, Oscar soltó el cuchillo y se lanzó en ristre contra Macias antes de que tocara la canasta, ambos cayeron al suelo y el arma del Teniente rodó por el piso cerca del lugar donde se encontraba Ana Victoria.

Oscar intentó someter a Macías, golpeándolo directamente en el rostro, en la herida que le había hecho la niña hacía unos momento, pero el hombre se defendía de manera formidable, atrapando con sus atebrazos todos los golpes que el médico le lanzaba. Ana Victoria seguía inmóvil viendo el arma a pocos centímetros de ella.

Macías entonces calculó exactamente el punto débil de Oscar y fingiendo que había bajado sus defensas le propinó un golpe con el dorso de la mano en el chichón monumental que tenía en la base de la nuca. Oscar gritó de dolor, fue entonces que el policía se le fue encima, se apoyó sobre él golpeandolo sistemáticamente en la abdomen, la nariz y el pecho. Casi no podía respirar. Si seguía golpeándolo así lo iba a matar. Fue entonces que Ana Victoria se levantó del recoveco inmundo, agarró la pistola y la arrojó hacía la mano que Macías le había dejado libre a Oscar. Pero Macias la agarró primero.

-Bueno, creo que esto va a facilitar las cosas- dijo el policía quitándole el seguro al arma y apuntándole a Oscar directamente a los ojos- Hasta nunca, doctorcito Dajach.

No alcanzó a disparar. Oscar aprovechó el descuido del policía para atestarle un rodillazo en los testículos y luego, con las manos entrelazadas, darle un golpe en el antebrazo que lo hizo soltar la pistola con la que lo había amenazado. Luego todo pareció perder significado, los sonidos se hicieron murmullos y las luces se volvieron borrosas. Oscar veía como sus puños subían y bajaban sobre el rostro sangrante de Macias, una y otra vez, sin que el pudiera descifrar cuál había sido el primer golpe, y sin que pudiera calcular cual sería el último. Sólo veía la imagen de aquel hombre sosegando su lujuria con unas niñas que podría ser sus hijas y la sola idea de que hubiese alguien como él acechando a su hijo, a Santiago,  terminó de anestesiar sus sentidos, hasta que se vio completamente empapado de sangre sobre el cadáver deforme del que alguna vez había sido el Jefe de la policía local.

***

-Aléjese de él- dijo la mujer policía que había entrado en el mausoleo luego de que Oscar recobrara la cordura.

-Yo, yo no- intentó decir Oscar, sin entender completamente lo que había hecho. El llanto de la bebé seguía sonando en el ambiente.

-Aléjese de él, maldito asesino… no sabes lo que has hecho, el Teniente Macías era amigo personal de mi General Avellana en Bogotá, estás perdido. ¿Qué clase de monstruo eres? ¿Cómo pudiste hacer semejante monstruosidad?

-Lárgate de aquí- dijo entonces Ana Victoria sosteniendo con firmeza el arma con la que Macías había amenazado de muerte a Oscar en dos ocasiones.

-Mi amor, tú no entiendes lo que está pasando, este hombre es un asesino, estoy intentando protegerte- dijo la mujer policía sin un asomo de miedo en la voz, justo antes de que Ana Victoria lanzara el primer disparo.

-Eso fue sólo una advertencia, la próxima no voy a fallar- dijo la niña con una decisión y una fortaleza aterradoras, mientras el llanto de la bebé se repetía en ecos infinitos por todo el mausoleo.

-Niña, tú no estás bien… voy…voy a pedir ayuda…voy a traer refuerzos del pueblo… suelta esa…

Ana Victoria volvió a disparar esta vez la bala pasó se estalló en una pared a pocos centímetros de la cabeza de la mujer.

-Esto no se va a quedar así- dijo, saliendo como loca del mausleo sin fijarse en Margarita Pérez y en Jerónimo Saint-Clair que estaban viéndolo todo en una de las ventanas de la edificación, ni tampoco en Senaida que al escuchar los disparos se apresuró a llegar a la tumba del espanto a la que tanto le tenía miedo.

-¡Ana! ¡Ana, mijita! ¡Ana!- dijo Margarita corriendo hacia su hija que ya había arrojado el arma en el suelo.

-Mami, ese hombre, ese hombre quería tocarme otra vez… mami, perdóname… perdóname… yo no quería matar a mi papá, ni hacerle daño al doctor, mami, perdóname mami.

Jerónimo se quedó impactado con la imagen del cadáver del Teniente Macias, sin prestarle atención al doctor Oscar que seguía impávido sin creer lo que había hecho, ni a Margarita que seguía llorando aferrada como loca a su hija. Contra todo pronóstico fue Senaida la que impuso el toque de cordura.

-Señora Margarita, los trabajadores de la finca vienen corriendo a ver que fue lo que pasó… debieron escuchar los disparos que hizo la niña.

-¿Senaida? ¿Estabas aquí?

-Señora, tiene que hacer algo… sino va a tener a la mitad de los jornaleros aquí en menos de nada.

-Sí, tienes razón… Jerónimo, encargate de los trabajadores, invéntales una excusa, diles que fue un accidente, algo… – dijo Margarita sin dejar de abrazar a Ana Victoria.

-¿Y la mujer? ¿La policía que salió loca de aquí?- preguntó Jerónimo.

-Mami, no dejes que le pase nada malo al doctor, mami, él me salvó, mami, no como papi que nunca nos creyó nada. Nada, mami,nada.

-No te precupes por eso, yo me voy a encargar de eso más tarde. Primero encargate tu de los trabajadores, yo tengo que hablar muy seriamente con Senaida y con el doctor Dajach. Muy seriamente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s