Capítulo 46. Cadáver

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Eran las dos de la madrugada, cuando un juez de garantías, despertado a las volandas por las autoridades de Colombia y Estados Unidos, legalizó la captura de Ariadne Saint-Clair. Dos fornidos agentes, que estaban de guardia en el Comando de Policía de Chía, la esposaron, le leyeron sus derechos y la metieron con cuidado a la patrulla que salió sin ninguna discreción. Era el fin.

Luego del interrogatorio y el enfrentamiento que siguió a la revelación de las pruebas, Ariadne se había cerrado por completo. No respondió a las palabras de apoyo de sus padres, ni a las miradas de recriminación de sus tíos, ni a las sonrisas de felicidad de Santiago Dajach y el montón de gente que había ido hasta a su casa a revelar la verdad. Sólo tenía que dejarse ir. Lo único que dijo antes de salir era que no quería que nadie de su familia la fuera a ver y fue específica en solicitar un abogado de oficio. Prefería podrirse en la cárcel, antes que volver a tener que ver con aquella familia, que según como ella veía las cosas, la había entregado a las garras de la ley.

Estaba vestida con un sencillo traje color negro, el color del luto por la muerte de su tía, uno más de sus esfuerzos por parecer la niña perfecta que María Antonia con la complicidad de Jerónimo, había querido desde que llegó a aquella casa.

Desde el puesto trasero de la patrulla, vio como los vehículos de sus acusadores tomaban rumbo a Bogotá, mientras ella era conducida a Chía. A partir de allí, sólo pensó en cómo su miserable vida había terminado así.

Los recuerdos más antiguos de Ariadne nunca fueron de muñecas, ni dibujos, ni juegos de mesa. Ya desde muy niña, María Antonia le había contratado niñeras que pasaban horas enteras hablándole de modales y etiqueta, de como se debe vestir una niña, de que palabras debe utilizar, de como debe usar una cuchara, un trinche o un cuchillo en la mesa. Era sesiones eternas que la obligaban a mantenerse erguida e inmóvil por horas.

Creyó que cuando ingresara al colegio, todo mejoraría. Se equivocó. Además de la disciplina militar impartida en aquel colegio de monjas, donde en más de una ocasión la golpearon por no prestar la debida atención, una vez regresaba del colegio, María Antonia la esperaba para proseguir su educación en casa. Hasta que cumplió sus diecisiete años, Ariadne, siempre después de la escuela, debía dedicar tres horas diarias a algún aprendizaje extracurricular. Primero fueron los idiomas. Antes de los diez años Ariadne había aprendido a la fuerza, inglés, francés, mandarín, alemán y latín. Pero ahí no acabaron sus suplicios.

Luego de entrar a la secundaria, empezaron las clases de instrumentos musicales. Aún recordaba el dolor en los dedos por las extensas sesiones de piano, que por cuatro años le amargaron la existencia, sólo para que al terminar, el violín ocupara su lugar y remplazara los moretones en las yemas de los dedos por cortes alarmantes.

En las pocas ocasiones que sintió que literalmente no aguantaba más y se lo expresó a María Antonia, esta le contestó, que en lugar de estarse quejando como una malagradecida, debía valorar todos aquellos esfuerzos que la harían una mujer de bien, y que ella de niña, nunca tuvo la oportunidad de tenerlos.

Al terminar la secundaria, Ariadne sabía que no era el fin. En efecto, por cuenta de sus notas casi perfectas, Jerónimo le consiguió un cupo en la Universitè des Francs, donde cursó sus estudios de Administración de Empresas con la promesa de vincularla al Grupo Saint-Clair cuando se graduara. María Antonia no sólo le exigió las mejores notas, sino que contrató una pensión administrada por religiosas y le asignó un conductor personal que la llevaba y la traía a horas fijas, de acuerdo con el horario de clases que ella solicitaba cada vez que cancelaba el valor de la matrícula.

A los veinticinco años, con un título universitario y una maestría, Ariadne Saint-Clair nunca había tenido un momento de libertad. Pero ya se había resignado, era el pago por acceder a la enorme fortuna de sus padres, que ya desde entonces había decidido no compartir con nadie, mucho menos con su hermano menor.

No bien regresó de París, a principios de aquel año, descubrió muy fácilmente las pistas que su hermano dejaba por todas partes. No sólo en su forma de hablar y de vestirse, sino también en sus misteriosas llamadas telefónicas y sus numerosas ausencias inexplicables. Una noche, libre del yugo de sus padres, al haber cumplido su condena, se dedicó a seguirlo, luego que anunciara que iba a quedarse a dormir en casa de un amigo.

No fue difícil para ella tomarle fotos, besándose con otro tipo, mismas que pensaba utilizar en el momento más propicio. Pensó que ese sería su único obstáculo, hasta que se enteró de la existencia de Mariana.

En una de sus caminatas por el segundo piso de la mansión, escuchó a su abuela hablando con un desconocido, donde le indicaba que estaba lista para decir la verdad, que la única y verdadera hija de María Antonia estaba viva. El mundo se le vino encima, la sola idea de que alguien, con más derechos que ella viniera a arrebatarle todo lo que ella había conseguido con veinticinco años de sufrimientos indecibles, la mortificó a tal punto, que no volvió a ser la misma.

Intentó convencer a su abuela de que dejara en el pasada aquellos fantasmas inútiles, primero con palabras dulces y tiernos, y luego con arranques violentos e insultos. La negativa constante de aquella anciana, la obligó a tomar medidas drásticas. Un día tomó unos venenos que había mandado a traer directamente desde Bruselas y se los echó al jugo de naranja sin azúcar que tomaba su abuela todas las mañanas. Tomó el diario donde confesaba todas las intimidades de su familia y luego de leerlo, lo incineró con un fósforo en lo más profundo de la arboleda de la mansión.

No lamentó su muerte hasta el día de la lectura del testamento, cuando se supo que había dejado parte de su herencia, y el derecho a habitar la casa, a un tal Carlos Daniel González.

Ariadne siempre sospecho que aquel hombre tenía que ver con la sórdida historia de la hija que María Antonia daba por muerta, pero hasta el día de la fiesta de su presentación en sociedad, mismo que se había retrasado por la muerte de su abuela, ella no pudo poner todas las fichas del rompecabezas en su puesto.

Lo vio entrar a la casa con toda la confianza del mundo, subió las escaleras y como si fuera el dueño de aquellos aposentos, entró en la habitación de la difunta Margarita. Lo vio salir con el cofre de la flor de cinco pétalos amarillos. Ariadne lo esperó al final de las escaleras y le preguntó que pretendía hacer. “Voy a decir toda la verdad” respondió él “Ya es hora que se sea toda la verdad, María Antonia va a saber que tiene una hija que vive y que yo he cuidado todos estos años”. Ariadne intentó convencerlo con las mismas palabras que había utilizado con su abuela pero fue inútil. Fue entonces que se le ocurrió su plan.

Salió rápidamente por la puerta principal y le prestó el teléfono celular a María Antonia, mientras González daba la vuelta para salir por la puerta de servicio. Lo llamó y fingiendo la voz de su madre, le pidió que lo viera nuevamente en la habitación de Margarita. Allí lo esperó.

Le exigió que le entregara el cofre y que se largara para siempre de la vida de aquella familia. Él, haciendo gala de su sonrisa, le dijo que nunca lo iba a tener, descolgó el cuadro, abrió la caja fuerte, metió el cofre y dijo que tarde o temprano se revelaría la verdad. Ella le exigió que abriera la caja fuerte, que le entregara el cofre. Él, por supuesto, se negó.

Cuando ya se disponía a salir, Ariadne lo detuvo y empezaron a forcejear, ella le exigía la clave de la caja, pero él, intentando no hacerle daño, sencillamente se apartaba. No pudo prever, que Ariadne, presa de la furia como estaba tuviera la fuerza suficiente para lanzarlo contra la caja fuerte.

El golpe lo dejó inconsciente. Y Ariadne, asustada como estaba y aprovechando que no había nadie en la casa, lo arrastró por los pasillos del segundo piso, bajó las escaleras con él, y atravesó el invernadero, que era la única puerta que no daba directamente a la fiesta. Fue allí que encontró la cuerda.

Arrastrando el cadáver por entre los arbustos, se subió al fresno e hizo un nudo marinero, que había aprendido de las monjas del colegio, en las clases de manualidades, un nudo perfecto para fijar la cuerda en el árbol y servir a modo de polea para levantarlo. Lo demás fue sencillo. Amarro el otro extremo de la cuerda al cuello de aquel estúpido individuo y empezó a halar. Luego con la cuerda sobrante se volvió a subir al árbol y amarró el resto de la cuerda. Era perfecto.

Los gritos de las meseras que avistaron el cadáver de lejos y de los curiosos que se asomaron a ver que era lo que sucedía no se hicieron esperar, Ariadne se escondió en uno de los arbustos, hasta que apareció Santiago Dajach, el primero que se atrevió a ver el cadáver de cerca, sin saber que se trataba de su propio padre.

***

La patrulla había ingresado ya al municipio de Chía, cuando de repente se detuvo con violencia. Ariadne vio desde la parte trasera del vehículo, una motocicleta a lo largo de la calle de acceso y un hombre tirado, con un charco de sangre debajo de él. Los policías que la custodiaban, reportaron el hecho por radio teléfono, pidiendo una ambulancia. Uno de ellos se bajó con la intención de socorrer al herido. Fue allí que sucedió.

Ariadne vio como el policía que se había bajado caía al piso, mientras el tipo del charco de sangre se levantaba como una aparición venciendo a la muerte. Luego, desde allí disparó un total de siete veces en dirección hacía el segundo custodio que tenía el lugar del copiloto, sólo se escuchó el sonido del vidrio resquebrajándose.

El hombre se acercó a la patrulla, abrió la puerta del copiloto y sacó las llaves. Luego abrió la puerta del asiento trasero y dejó ver su sonrisa diabólica a Ariadne.

-Hola, Ariadne, es hora de irnos.

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