Capítulo 35. Prejuicios

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-¡Mariana!- gritó Jerôme Saint-Clair, saltando de la silla de inmediato- ¿Qué haces aquí?

-Aquí estoy descubriendo la clase de monstruos que son… son repugnantes, repulsivos… ¿cómo pudieron?

-A ver, Mariana… no pensé que fueras tan prejuiciosa y cerrada de mente, primero que todo nos respetas.

-¿Qué? No puedo creer tanto cinismo ¿Cómo puedo respetar a unos tipos como ustedes? ¿Cuánto tiempo iban a ocultar lo que hicieron? ¿Cuánto?

-Tú no entiendes, Mariana- dijo Jerôme, quien de repente se puso pálido como un papel- ¿sabes lo que nos puede pasar si se enteran?

-¡Claro que sí! ¡Los dos irán a la cárcel!

-¿Qué? Yo sé que eres extranjera… pero aquí nadie va a la cárcel por eso.

-Sí, yo sé que este país está lleno de corruptos, pero aún así… ¡yo voy a encontrar la manera de que los dos se hundan en la cárcel!- Mariana había levantado tanto la voz que los dos meseros y el administrador se alarmaron, pero habían visto escenas parecidas tantas veces en aquel lugar que por experiencia sabían que era mejor no meterse.

-Mariana por favor- dijo Jerôme en un tono profundamente triste, como si estuviera a punto de llorar- pensé que eras mi amiga… y pensé que tú entenderías.

-¿Cómo crees que voy a entender que asesinaron a mi padre a sangre fría?… Que intentaron asesinarme a mí…que asesinaron a Conrad Warren… ¿Cómo? ¡¿Cómo?!

***

Para Harrison Vidal, el vigilante del Edificio Residencial San Francisco, pocos días habían sido tan productivos en su vida laboral. Los domingos eran, por lo general, días bastante lentos y lograba tomarse una o dos siestas, con el poco trabajo que había. Pero aquel domingo debía tener algo de especial, porque en menos de treinta minutos se había ganado ciento cincuenta mil pesos, sólo por decir hacía donde se había dirigido las dos últimas personas que entraron, el muchacho con pinta de participante del Factor X y la belleza de cabello lacio y negro, dientes perfectos y acento extraño, que le siguió después.

El hombre que preguntó por ellos tenía tan poca cara de buenos amigos, que Harrison dudó si era buena idea decirle, pero los cincuenta mil pesos terminaron de ablandarlo. Pero el hombre no subió de inmediato, se quedó parado frente al ascensor mirando de vez en cuando a su celular. Fue entonces que Harrison se temió lo peor. Pensó que la belleza de dientes perfectos era la amante o la novia, o quizás la esposa del atarván bigotudo y que estaba esperando a alguien para darle una lección al muchacho con pinta de cantante adolescente, aunque no creía que aquel tipo necesitara de nadie para dar alguna lección a alguien.

Harrison esperaba que apareciera un tipo igual de fornido que el bigotudo, o quizás un flacuchento con cara de sicario, en una moto… pero contra todo pronóstico, la que llegó fue una mujer de cabello oscuro y unos ojos azules que parecía iluminar todo lo que veía. Debía estar cerca de los cuarenta años, pero el traje negro ceñido al cuerpo la hacía tan deseable como una quinceañera. Ahora las cosas estaban mucho más enredadas ¿Quién era aquella mujer y por qué entró al ascensor con el bigotudo? El vigilante imaginó que podía ser la madre de la belleza de dientes perfectos, pero era demasiado joven, quizás era su hermana mayor… quizás estaba allí para hacer una intervención de esas que le hacían a los alcohólicos y a los drogadictos. Quizás la belleza de dientes perfectos era una ninfómana en recuperación. De lo que sí estaba seguro era de que en la azotea se iba a formar la grande y bien grande.

***

-Pero ¿De qué rayos está hablando esta mujer?- preguntó Juan Fernando Barrera frente a las acusasiones de Mariana.

-Mariana, creo que estás confundida… ¿Por qué dices semejante barbaridad?- dijo Jerôme completamente pálido.

-Yo los acabo de escuchar… tienen miedo de que alguien sepa la verdad, lo que hicieron en la Fortaleza Rota el día de la fiesta, que ustedes mataron a mi papá, lo han ocultado todo el tiempo y ahora también piensan en huir… pero no lo voy a permitir, no lo voy a permitir… ya mismo voy a llamar a la policía.

Mariana sacó el teléfono celular de su bolso y estaba a punto de marcar el número cuando Jerôme le tomó la mano.

-¡Suéltame, asesino! No sé como pude confiar en tí…

-Mariana, estás actuando como una loca… ya estás como la tía Liesel, viendo cosas que no son.

-Suéltame… ¡asesino, asesino!- Mariana dijo intentando luchar con Jerôme, que la obligó a arrojar el celular y luego la abrazó por detrás. Al verse inmovilizada, Mariana dejó de luchar y empezó a llorar sin ningún control.

-Suéltame- dijo- déjame, por favor.

-Mariana, estás confundida, nosotros no hablábamos de ningún asesinato, mucho menos del de tu padre… Mariana, Juan Fernando es mi pareja. Nosotros estamos juntos… y lo que hicimos en la casa fue… que tuvimos sexo en mi cuarto. Teníamos miedo, Mariana ¿Si me entiendes?

Mariana dejó de llorar al instante. No podía creer que hubiese sido tan tonta. Todo encajaba. Los gustos de Jerôme, las imágenes en el video, la conversación que acababa de escuchar, TODO; sintió una vergüenza tan grande que hubiese preferido que se la tragara la tierra. Tal y como lo había dicho Jerôme, había actuado igual que Liesel Luján, como una completa demente.

Mariana, ahora completamente calmada, pero aún con las lágrimas en los ojos se separó de Jerôme. Los meseros se había acercado para intentar calmar la situación, pero se retiraron al ver que detrás de las cortinas de cuentas todo se había calmado. Vio a Jerôme que parecía avergonzado y temeroso y a Juan Fernando, un hombre de unos cuarenta y cinco años, más bien ofendido.

-Disculpen, de verdad… hice suposiciones que no debí hacer… no sé cómo voy a reparar esto que acabo de hacer.

-Puedes empezar no diciendo nada- dijo Barrera- No queremos que la familia de Jerôme se entere… no sé cómo van a reaccionar, cuando se enteren que él es homosexual y más cuando se enteren que yo soy su pareja.

Fue entonces que la cortina de cuentas se abrió. Un hombre bigotudo con cara de pocos amigos la mantuvo abierta, mientras detrás de él, surgió como una aparición la figura de María Antonia Luján de Saint-Clair, rodeando la mesa hasta quedar frente a Mariana, Jerôme y Juan Fernando.

-¿Qué es lo que acabas de decir?- susurró la mujer.

La vergüenza que había sentido Mariana hasta hacía unos segundo se había convertido en estupor.

-¡Mamá! ¿Cómo llegaste hasta aquí? ¿Quién es este tipo?

-Jerôme, dime que lo que dijo este … “señor” es una mentira- dijo María Antonia apuntando sus ojos azules cargados de rabia a Juan Fernando Barrera.

-¡Mamá! ¡Por favor!… Tenemos que hablar en privado.

-Me vas a decir la verdad ahora mismo, Jerôme… ¡¿QUÉ CARAJOS ES LO QUE TIENES TÚ CON ESTE TIPO?!

-Mami…- dijo Jerôme poniéndose las manos en el rostro, secándose las lágrimas, pero luego se las quitó y miró de frente a María Antonia- es la verdad, yo soy gay… Juan Fernando es mi pareja, es mi novio.

María Antonia enloqueció. Se dirigió directo a Jerôme y empezó a golpearlo con las manos abiertas.

-¿Cómo puedes hacerme esto? ¿Cómo?- decía mientras su hijo se enroscaba como un gato intentando evadir los golpes.

Juan Fernando intentó intervenir, pero Ramón lo detuvo con una llave militar sobre el cuello que lo dejó inmóvil.

-¡Jerry! ¡Déjelo, señora! ¡No lo golpee!

María Antonia dejó a Jerôme en paz y le dirigió una cachetada bestial a Juan Fernando.

-Esto no se va a quedar así, pervertido… pedófilo, vas a pagar con sangre en lo que convertiste a mi hijo.

-Jerry es mayor de edad, y yo no soy ningún pedófilo… sólo estoy enamorado de su hijo.

Juan Fernando empezó a llorar desconsolado, secundado por Jerôme que seguía enroscado en el piso. Los meseros que hasta hacía unos segundos pensaron que todo estaba bien, quedaron petrificados de la impresión.

-Ahora, “Jerry”… vamos a aclarar las cosas tú y yo… -dijo María Antonia tomando del pelo a su hijo, haciéndolo gritar y obligándolo a levantarse de inmediato.

-Señora, por favor, no trate así a su hijo, no sabe el daño que le está haciendo- dijo Mariana que hasta entonces se había mantenido al margen.

-Pero claro- dijo María Antonia, sosteniendo a Jerôme del cabello- ya sé de donde se origina todo esto.

-¿Qué?

-Tú eres la que le has llenado la cabeza de perversiones a mi hijo… por eso estás aquí, para servirle de celestina a este par de maricones.

-Está equivocada, señora… yo estaba aquí porque…

Mariana no pudo decir la verdad. Estaba allí porque creyó que era sospechoso del asesinato de su padre, pero María Antonia también lo era, si bien no por acción, quizás sí por omisión y encubrimiento. No podía poner las cartas sobre la mesa, con aquella arpía, que ahora sabía que era capaz de todo.

-¿Lo ves? Ni siquiera tienes una buena mentira. Pero esto me lo vas a pagar muy caro… vas a pagar lo que has hecho, al igual que este pervertido. Ramón, suéltalo, ya me encargaré de él… agarra a “Jerry”- dijo ella arrojando a Jerôme al piso- y lo metes en tu carro, en la Fortaleza Rota, vamos a arreglar cuentas. De esta no te salvas “Jerry”.

Ramón levantó a Jerôme del piso y se lo llevó a rastras por las escaleras.

-No, ¡Jerry!- intentó gritar Juan Fernando, pero la llave que le había hecho Ramón lo había dejado sin aliento y sin fuerzas.

Mariana ayudó a levantarlo y a sentarlo en una de las sillas. Se encargó de la cuenta, pidió disculpas por el escándalo y por propia sugerencia de Juan Fernando, salió corriendo hasta el primer piso. Se encontró con Harrison que estaba de pie sobre el andén. Mariana escuchó que dijo algo como “pobre chino, ala”… pero no estaba segura. Corrió a su carro y puso rumbo hacia el norte. Tenía que hacer algo antes que María Antonia le hiciera algo a su hijo, algo de lo que se pudiera arrepentir para siempre.

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