Capítulo 21. Lluvia

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Como si se tratara de un presagio funesto, el miércoles amaneció frío y oscuro. Una lluvia fina y menuda se apoderó de la ciudad desde la madrugada y no cesó hasta bien entrada la tarde, cuando el sol implacable de las dos de la tarde terminó por apoderarse de la ciudad. Había hecho tanto frío en algunos sectores, que en su rutina diaria rumbo al trabajo o al estudio, muchos se tropezaron con una capa blanca de granizo derretido, que por espacio de unos minutos convirtió a Bogotá en la definición de una ciudad invernal.

-¡Y eso que supuestamente estamos en calentamiento global!- fue lo primero que exclamó Juan Fernando Barrera, el editor jefe de La Gaceta, cuando entró muerto de frío a la redacción de la revista.

A pesar de la lluvia, el frío y el granizo, Santiago Dajach había sido uno de los primeros en llegar a las oficinas del séptimo piso del edificio de la trece con noventa y tres, desde donde había funcionado La Gaceta desde que recibió la inversión de Miguel Ángel Mansur, hacía casi dos años. Sin proponérselo había faltado durante dos días a su puesto de Editor Judicial en la revista, en momentos en que el país se había convertido en un hervidero de demandas y acusaciones por cuenta de los resultados de la elección presidencial.

Estaba justo revisando una de las editoriales para la edición de la semana, que saldría el domingo siguiente, cuando Barrera citó a reunión urgente con todos los editores. No era por supuesto, una reunión urgente, era la típica reunión que su jefe hacía todos las semanas para indicarles que podían hacer, que debían hacer, lo que no le importaba si se hacía o no, lo que no podían hacer y lo que no debían hacer. Barrera por lo general la citaba los lunes, pero evidentemente algo había entorpecido su rutina ya que la estaba citando un miércoles en mitad de semana.

Santiago ocupó rápidamente su lugar en la mesa de juntas, esperando que su Jefe se dedicara a dar las pautas necesarias para el próximo número y no a extender el discurso pseudo-revolucionario que ahora tanto le encantaba, pero que curiosamente no había tenido efecto alguno en la linea editorial de la revista, quizás, sospechaba Santiago, por las ordenes de los socios mayoritarios, es decir de Miguel Ángel Mansur.

Barrera empezó con los lineamientos sobre política: dedicaría el treinta por ciento del número a las repercusiones inmediatas de la elección, veinte por ciento para cubrir al candidato vencedor, es decir el presidente y el otro diez por ciento para cubrir a la oposición. En deportes, expectativas pesimistas y optimistas para la selección en el mundial de fútbol. Farándula, resultados de la investigación sobre el sexo como herramienta para llegar al estrellato. Vida Social, la filántropa María Antonia Luján de Saint-Clair abre las puertas de su fundación que apoya a las víctimas de violencia sexual.

Santiago ya se preguntaba por qué lo estaban dejando de último a él, cuando Barrera le dio rápidamente sus pautas.

-Judicial, Santiaguito… tú que habías estado de permiso… vas a investigar la vida y obra de Carlos Daniel González Castilla, el hombre que apareció muerto en La Fortaleza Rota, el día del recibimiento de Ariadne Saint-Clair.

-Pero había una restricción sobre ese asunto, la agente Katrina Wentz…

-Como te habrás enterado, la agente Katrina Wentz ya no está a cargo de la investigación y la fiscalía colombiana no ha vetado el acceso periodístico al asunto, así que espero un borrador sobre la vida y obra del señor para este viernes. Eso es todo, a trabajar muchachos, tenemos menos de noventa y seis horas para cerrar edición ¡a trabajar señores a trabajar!

***

Santiago salió de la sala de juntas con la cabeza hecha un infierno de preguntas y lo peor era que no todas tenían respuesta. ¿Qué clase de interés morboso podría tener su jefe en investigar la muerte de Carlos Daniel González? ¿Era un interés de él o era acaso una directriz del socio mayoritario, el tal Miguel Ángel Mansur? ¿Qué clase de información iba a revelar sobre su padre en el número del próximo domingo? ¿Acaso iba a revelar que Carlos Daniel González era solamente la identidad que su padre, el médico Sincelejo Oscar Dajach había asumido para largarse de Colombia dejando atrás a su familia? Y sobre todo ¿Qué iba a pensar Mariana de él, si el próximo domingo viera una revista donde él hablara de su padre? ¿Se enojaría o se alegraría? ¿Lo juzgaría o lo alabaría? A razón de los hechos, no podía empezar a imaginarse cual de las dos era peor, lo único cierto era que tenía que empezar por algun lado.

Se había sentado en su silla ergonómica, dando vueltas en su cubículo tratando de aclarar su mente, cuando llegó el mensaje.

“Te espero en la cafetería en cinco minutos, no me quedes mal”

***

La cafetería estaba completamente vacía. A diferencia de la mayoría de los edificios de oficina en el norte de la ciudad, la cafetería del Edificio CV, donde funcionaban las oficinas de la Revista La Gaceta, no quedaba en el primer piso, sino en el último. Era un hermoso salón de toque minimalista contemporáneo, con un enorme ventanal del piso a la pared con una vista hermosa hacia el centro de la ciudad, pero aquella mañana con la presión de la lluvia, parecía una pintura post-impresionista con el fantasma de la urbe oculto en el lienzo.

La única presente en una de las mesas junto al ventanal era Mariana. Estaba de espaldas. Santiago al mismo tiempo el impulso de correr hacia a ella y abrazarla con todas sus fuerzas y otro mucho más aterrador, que era el de correr hacia la calle y reprimir aquel sentimiento lanzándose al primer camión que pasara a suficiente velocidad para matarlo.

El terror se le debió notar intacto en el rostro, porque la única empleada de la cafetería, que en aquel momento se encontraba organizando las almohabanas y los pan de bonos en la vitrina, se quedó mirándolo como si se hubiese aterrado al ver su expresión. Tenía que dar cada paso, uno a la vez y así quedaría en el centro mortal de aquellos dos impulsos que empezaban a destrozarlo por dentro.

-Hola- le dijo él, muerto de miedo, cuando estuvo a la suficiente distancia.

-¡Hola! ¡Santiago!- dijo ella levantándose de la silla y dándole un abrazo tan fuerte y calido que a él no le quedó otro remedio que corresponderlo. Estaba tan anesteciado por la sensación de su piel y la suavidad de su aroma que tardó en notar la herida que tenía en el lóbulo de la oreja.

-¿Qué te pasó?- preguntó Santiago alarmado, tomándola de los brazos con ambas manos – ¿Quién te hizo daño en esa casa? ¿Quién?

***

“¿Tuviste éxito?
Enviado a las 8:45 a.m.

“No, aún no… no salió como yo esperaba, además esa perra carga un arma, va a ser más difícil de lo que creía”
Enviado a las 8:46 a.m.

“Dímelo a mi…”
Enviado a las 8:46 a.m.

“¿Cómo sigues de tu brazo?”
Enviado a las 8:46 a.m.

“Mejor, la bala apenas me rozó, sólo tenía que tratar la infección, ya hoy salí a hacer la otra vuelta de la que estamos pendientes”
Enviado a las 8:46 a.m.

“¿Y?”
Enviado a las 8:46 a.m.

“Ya estoy llevándole el rastro al otro objetivo, cuando tu me digas, estoy listo para encargarme de él”
Enviado a las 8:46 a.m.

“No, aún no… el golpe tiene que ser contundente, además creo que podemos buscar otras formas de destruirla y tú me vas a ayudar con eso”
Enviado a las 8:47 a.m.

***

Santiago estaba mucho más calmado cuando Mariana logró que lo escuchara. Había algo en su mirada, como si estuviera luchando en medio de un océano de ansiedad y
tristeza. Estaba ausente y esquivo y sólo se decidió a mirarla a los ojos cuando le dio el nombre de la persona que la había atacado la noche anterior en el invernadero de La Fortaleza Rota.

-¿Ana Victoria Luján?

-¿La conoces?

-No, nunca la he visto, pero si he escuchado muchos rumores sobre ella… según lo que he escuchado está mal de la cabeza y la tienen encerrada en un cuarto en La Fortaleza Rota.

-Bueno, en eso tienen razón- dijo Mariana tomando un sorbo del capuchino que tenía servido en la mesa, casi sin tocar- Lo que no entiendo es por qué no la han metido en un manicomio.

-En esa casa sólo se hace lo que María Antonia Luján dispone, debe ser ella la que la mantiene ahí.

-Si la hubieses visto… el cabello y esa ropa… parecía un demonio…

-¿Pero tú estás bien?- dijo Santiago extendiendo la mano para alcanzar la de Mariana, pero arrepintiéndose a medio camino.

-Sí, estoy bien- dijo ella atrapando la mano de él, antes de que la lograra retirar de la mesa por completo.

-Mariana, yo…

-Si tan solo te decidieras a ser honesto y decirme la verdad… parece como si te estuvieras conteniendo ¿Qué es lo que pasa, Santiago? ¿Dónde dejaste a ese muchacho encantador que conocí hace dos días y que me hizo pasar un día maravilloso? Lo cuál es mucho teniendo en cuenta hacía menos de cuarenta y ocho horas había muerto mi padre.

-Es complicado, Mariana- dijo Santiago sintiendo que cielo se le venía encima con el toque de la piel de la ahora sabía que era su hermana.

-Entonces, explícamelo…

-Necesito un poco de tiempo ¿sí? Te juro por Dios Santísimo que te voy a explicar todo… pero por ahora necesito que me des ese tiempo. – dijo Santiago provocando una sonrisa triste en la mujer que tenía al frente.

-No lo puedo creer… es la primera vez que me piden tiempo, sin siquiera tener una relación.

-Mariana- dijo Santiago poniendo su otra mano, sobre la que Mariana usaba para sostenerlo- Es todo esto sobre mi padre, tú papa… el me entregó un diario de mi papá… estuvo vivo todo este tiempo… y ayer fui a decirle a mi madre… y ella ya sabía todo… y ahora estoy tratando de saber más sobre eso.

-¿Mi papá como consiguió ese diario?

“Por qué el mismo lo escribió” estuvo a punto de decir Santiago, pero por ahora no era necesario decir nada de eso… Mariana estaba sufriendo, pero si se enteraba de eso, la iba a destruir.

-Eso es parte de lo que estoy averiguando… lógicamente ya no le puedo preguntar a tu papá- dijo Santiago retirando sus manos y llevándoselas a la boca, fingiendo que las tenía heladas, cuando en realidad estaban hirviendo del contacto con Mariana González.

-Pues, si quieres… yo te puedo ayudar… quizás esa sería una muy buena excusa para verte.

-Creo que sí, sería una buena idea…

-Y sobre tu papá… ¿sabes dónde está?

-Sí- dijo Santiago- al parecer murió hace algún tiempo.

-¿Eso es lo que te tiene así?

-En parte.

-Entonces, comparte ese dolor conmigo… Yo sé lo que es perder a alguien tan importante para en tu vida. Yo perdí a mi mamá cuando tenía tres años, a veces cuando llevo mucho tiempo sin ver sus fotos, ya no puedo recordar su rostro- dijo ella observando un punto inexistente del otro lado de la imagen irreal de la ventana- Y ahora a mi papá, pero sé que el dolor cede… mucho más si no estás solo.

-Gracias Mariana, créeme que me hace mucho bien… No sabía que tu mamá había muerto estando tu tan joven, mi… el señor Carlos Daniel nunca me mencionó eso cuando lo conocí…

-S, fue algo estúpido… Iba en el coche de segunda que había comprado mi padre hacía unos días, bajaba una colina en Golden Gate Heights y perdió el control… según dijeron en el reporte, los frenos no funcionaron… y ella apenas estaba aprendiendo a manejar. Creo que en realidad nunca se adaptó a la ciudad y San Francisco terminó matándola.

-¿Cómo era su nombre?

-Senaida, Senaida Campos.

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