Capítulo 23. Caída

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Cinco semanas después del pavoroso ataque que había sufrido en el invernadero subterráneo de la Fortaleza Rota, Mariana González no había vuelto a ver a la extraña mujer que casi acaba con su vida. Siempre que pasaba por casualidad por el pasillo que daba acceso a su habitación, la puerta permanecía cerrada con llave. Las únicas personas que entraban y salían de la habitación eran Cándida, para llevarle los alimentos tres veces al día y María Antonia que por lo general sólo le hacía una visita por las noches antes de acostarse.

Si bien a Mariana no le quedaba ningún bonito recuerdo del suceso en el invernadero, al menos le había servido para comprender que María Antonia Luján no era una mujer de hierro como aparentaba ser, o al menos no por completo. Era evidente que sentía un cariño especial por Ana Victoria a la que le dedicaba más tiempo que a sus propios hijos. Y no sólo era el cariño por su hermana. En más de una ocasión había escuchado los aullidos y jadeos de la pasión provenientes del despacho de Jerónimo Saint-Clair, en las ocasiones en que se encerraba con él, o en la habitación, cuando creían que nadie más estaba en el segundo piso. La pasión que sentían aquellos dos individuos debía ser abrasadora para amarase así después de veinticinco años de matrimonio. Pero aún, con todas aquellas cualidades que recién le había descubierto, María Antonia seguía siendo seca y hostil con ella, limitándose al saludo y a las indirectas en las pocas ocasiones en que la invitaron a compartir la mesa, lo cuál era de por sí un evento raro, teniendo en cuenta los locos horarios de todos los miembros de la familia.

De todos los habitantes de la casa, con el que mejor se la había llevado era con Jérôme Saint-Clair. El muchacho parecía tener una visión del mundo muy alejada de la del hijo rico de un multimillonario. Decía que quería viajar, conocer el mundo, experimentar nuevas culturas y hacerlo no con las comodidades de los hoteles de cinco estrellas a los que estaba acostumbrado en los paseos familiares, sino con una mochila al hombro en compañía de cualquiera que aceptara medírsele a la aventura. Casi siempre hablaban en la terraza del patio.

El muchacho le preguntaba por San Francisco, sobre la vida bohemia de aquella ciudad de la que tantos libros y tantas películas solían hablar, de la época de los hippies y hasta de las protestas contra la guerra de Vietnam. Mariana por supuesto, tenía poca información al respecto, salvo la que había adquirido casi que por instinto al vivir veinticinco años en aquella ciudad que parecía tener la historia escrita en sus calles, pero aún así trataba de precisar detalles para mantener la conversación animada. Lo único que le sorprendía, luego de más de un mes conversando con Jérôme era que no le hubiese hablado de ninguna chica.

Mariana también había logrado establecer una relación de cordialidad con Jerónimo Saint-Clair, que siempre la saludaba con una sonrisa y hasta le entregó un presente el día que cumplió un mes de estar en la casa. Se notaba que era un hombre extraordinario y podía entender claramente por qué María Antonia era tan “animada” con él, cuando se trataba de hacer el amor.

Otro con el que se había empezado a llevar bien, era el doctor Juan Pablo Axelsson, había algo en su manera de tratarla que le recordaba mucho a su padre, sobre todo en el par de ocasiones que había estado en su clínica para hacerse chequeos, la primera para verificar que Ana Victoria no le hubiese roto nada luego de la noche en el invernadora y la segunda para hacerse unos estudios de rutina luego que ella le mencionara de manera muy informal que se había sentido con algo de temperatura al despertar, estudios cuyos resultados el doctor le prometió entregar una vez estuvieran listos.

A pesar de todo, las conversaciones con el doctor Axelsson eran esporádicas y se limitaban al intercambio formal de frases, nada como las conversaciones largas que sostenía con Jérôme, con la clara diferencia de que el muchacho no tenía una esposa loca e insegura que le reclamaba cada vez que se le acercaba a otra mujer. Mariana no entendía como un hombre con la pinta y el corazón de Juan Pablo Axelsson seguía soportando a una mujer descuidada y odiosa como Liesel Luján que cada día aparecía con la cara más y más deforme. Hasta María Antonia, su propia hermana, evitaba verla directamente para disimular mejor el desagrado que le causaba sus facciones desfiguradas.

Pero por más que buscaba razones para que aquel hombre encantador siguiera con aquella mujer, la única que aparecía luego de cualquier análisis concienzudo se podía definir con una simple palabra: amor. Y ella misma era la prueba que el amor no era como una lámina de aluminio que se podía doblar y darle forma a voluntad, sino una fiera indomable con voluntad propia que seguía su propio instinto y así como mantenía a Juan Pablo Axelsson enamorado de su esposa, la mantenía a ella enamorada de Santiago Dajach. Ni siquiera con Evan, el único novio que había tenido en los últimos años y con el que había terminado apenas semanas antes de partir a Colombia, había logrado sentir algo así.

Desde el día que lo había visto en la cafetería del Edificio CV, en el norte de la ciudad, se habían visto dos veces por semana con la excusa de hablar de su padre. Santiago había empezado una serie de artículos sobre la vida y obra de su padre y que mejor fuente que ella para darle los detalles que necesitaba, además que le servía a ella misma de terapia para exorcizar los demonios que habían quedado por años de rechazarlo en busca de una vida independiente.

Fue así como Santiago se enteró que Carlos Daniel González había nacido en Montería, Córdoba, hijo de campesinos dedicados al cultivo del arroz, que había sido un estudiante brillante en la escuela, pero que por la situación económica de familia, nunca le pudieron dar los estudios de administración de empresas con los que había soñado y que luego de casarse con Senaida Campos, con la ayuda incondicional de una amiga, se había ido a buscar fortuna a los Estados Unidos.

En esa parte de la vida de su padre, Santiago solía hacer muchas preguntas, pidiendo detalles que Mariana desconocía, como la fecha de matrimonio de sus padres, el nombre de aquella amiga incondicional que su padre tanto mencionaba o la fuente del dinero para hacer el viaje a Estados Unidos, en un tono de incredulidad extraño, que empezaba a hacerla sentir incomoda.

Pero justo cuando empezó a hablar de la vida de su padre en San Francisco, la disposición de Santiago cambió; pasó de quisquilloso y suspicaz a tener la mirada triste y el humor decaído, tanto así que a Mariana le pareció que estaba mejor cuando hacía preguntas que ella no podía responder.

Mariana le contó de sus primeros empleos, como conserje en un sauna de encuentros sexuales en Folsom Street, de vendedor de helados en Golden Gate Park y hasta de payaso en una feria apostada en un parque de remolques en Daly City. Santiago escuchaba aquellas historias con tanta emoción que incluso en una ocasión no pudo contener las lágrimas.

Aquella nueva faceta de Santiago no hacía otra cosa que hacerla enamorarse cada vez más de él. Pero él seguía lejano y esquivo, como si todo aquella sensibilidad y ferocidad que tenía por dentro se la reservara sólo para él, poniendo una barrera infranqueable que ella no pudiera cruzar. Siempre se vieron en público, en un café de música cubana en la Carrera Séptima, o en punto de helados en Chapinero o en un restaurante elegante del Norte, siempre amable y formal, pero temeroso de mostrarse tal cuál era. Mariana se hubiese resignado por completo a olvidarse de él, de no ser por los instantes en que aquel ángel que él quería reprimir salía a la superficie y ella podía verlo tal y como lo vio el día en que lo conoció, como la vez en que se toparon con un mimo en la calle cuando él estaba a punto de despedirse y este le entregó a Santiago una flor para que se la entregara a ella. Santiago le dio aquella flor con tanto amor y tanto cariño que hasta el mimo se sintió tocado por el gesto, antes de que él se cerrara nuevamente.

O como en la ocasión en el café cubano, hacía tan solo un par de días, en que ella le pidió que la enseñara a bailar, se habían divertido tanto a pesar de las burlas que al final, abrazados al son de la música y del único trago cargado que se habían tomado, se dieron un beso puro y prolongado, sólo para que él sacara una excusa inverosímil para irse, acabando con la magia del momento.

Mariana había estado tan distraída pensando en ese beso, que apenas si se dio cuenta que La Fortaleza Rota se preparaba para una fiesta. Se enteró una tarde en la terraza en la que Jérôme por pura casualidad le había preguntado que pensaba ponerse para el evento de caridad que había preparado su madre para el día siguiente en la noche. Mariana, que solamente había comprado ropa confortable para el clima bogotano, se vio ante la necesidad de comprar un traje de gale, que ni en sus mejores días en San Francisco había necesitado. Jérôme, por supuesto se ofreció a acompañarla.

Mariana ya había subido al segundo piso, para buscar algo que ponerse y salir con el menor de los Saint-Clair, cuando alguien tocó a su puerta.

-Un momento, Jérôme ¡ya casi estoy lista!

-Mariana, no es Jérôme, soy Juan Pablo, me dijeron que estabas acá, necesito hablar contigo.

-Un momento doctor- dijo ella tomando rápidamente su bolso de salir y abriendo la puerta.

-Hola, doctor, si quiere vamos conversando mientras bajo con Jérôme, yo…

-Mariana, lo que tengo que decir es muy serio y creo que debo decírtelo en privado.

-¿De qué se trata, doctor?

-Es sobre los exámenes que te hiciste hace unos días… por lo de la fiebre que me dijiste que te sentías en la mañana… si quieres bajamos al despacho.

-No, doctor, entre en la habitación, no hay necesidad de darle la vuelta a la casa para que me diga lo que me tiene que decir.

Luego de que Juan Pablo tomara asiento en el sofá frente a la cama de cuatro columnas, Mariana cerró la puerta.

-¿Qué sucede, doctor? ¿Es alguna infección o algo?

-Me temo que es algo mucho más importante que una infección , Mariana.

-Doctor, por favor… sin rodeos, dígame lo que me tenga que decir- dijo ella pensando en todas las personas que ella había conocido en sus veinticinco años de vida, algunas de ellas muy jóvenes que había muerto por causa de una enfermedad terminal.

-Mariana, los resultados muestran que…

-Doctor, por favor… sin rodeos, se lo suplico, sólo dígame lo que tengo y ya.

-Mariana, no sé como lo vayas a tomar, pero tengo que informarte que…

-¿Qué qué doctor?- preguntó Mariana desesperada por los titubeos del doctor.

-Mariana, Estás embarazada.

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