Capítulo 26. Estallido

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-¿Y quién es este joven tan elegante que vino con usted, señor Vitola?- preguntó la mujer que abrió la puerta y cuya gordura ya empezaba a mostrar signos de morbidez.

-Es el amigo del que le hablé, Santiago Dajach, Santiago ella es la señora Ángela Sinisterra- dijo Joaquín haciendo las presentaciones de rigor.

-¿Dajach?- preguntó la mujer con una cara de fastidio en su cara- Supongo entonces que usted es familiar de Oscar Dajach.

-Sí, señora, soy su hijo- dijo Santiago sentado en una deteriorada silla de comedor que debió pasar de moda desde los tiempos de Amparo Grisales.

La mujer sonrió amargamente.

-Supongo que vienes aquí a saber que le pasó a tu papito ¿no es así?

A Santiago no le estaba gustando el tono que la mujer utilizaba para referirse a su padre y estaba a punto de hacérselo saber cuando Joaquín intervino.

-Sí, señora… lo que sucede es lo siguiente. Mi amigo y yo estamos investigando lo que le pasó a su padre y hay un reporte de desaparición fechado el 13 de junio de 1989… pero también encontramos una denuncia interpuesta por usted en su contra dos días antes, el once de junio, pero por alguna razón la denuncia está censurada ¿Nos puede contar que fue lo que pasó? ¿Lo recuerda?

-Claro que lo recuerdo, fue el momento en que mi vida empezó a convertirse en una mierda.

***
El cadáver de Conrad Warren y el de su conductor yacían inmóviles en el asiento trasero del carro. La sombra, vestida de negro tomó la manta negra con la que se había estado protegiendo del frío toda la noche y se las arrojó encima. Se subió en el asiento del conductor y sacó de inmediato su teléfono celular.

“Todo salió como esperábamos”
Enviado a las 7:15 p.m.

“Ya, está muerto y me voy a encargar de que no aparezca nunca más”
Enviado a las 7:15 p.m.

“Esto te lo voy a compensar muy bien”
Enviado a las 7:16 p.m.”

“Eso espero”
Enviado a las 7:16 p.m.

***

-Hice la denuncia pensando que hacía lo correcto- dijo Ángela Sinisterra contando aquella historia macabra que había dejado a Santiago anonadado.

-No lo puedo creer… mi papá no…

-Cálmate galán… que no he terminado… la denuncia, por supuesto, no prosperó… y en el momento en que empecé a preguntar porque no habían enviado gente al lugar, recibí una llamada del comando central, donde me transferían a otra población. Me mandaron al Guaviare… eso sí es el fin del mundo por allá y las cosas que vi ahí… todo fue tan espantoso. Pero bueno… el asunto es que por alguna extraña razón, todos se hicieron los de los oídos sordos, años más tarde, cuando por fin me dejaron regresar aquí a Bogotá, para llenarme de pastillas para curar las pesadillas que tenía todos los santos días… me enteré de todo. Me enteré casi por casualidad, uno de mis compañeros de tratamiento había estado en una unidad con él en la Guajira. Me lo contó todo. Entonces todo lo que vi esa tarde en ese lugar espantoso tuvo sentido. La niña con la ropa rota, el bebé que lloraba en la esquina de la tumba y el doctor Oscar Dajach con las manos manchadas de sangre, Dios es testigo que yo hubiese cogido a ese maldito hombre y le hubiese cortado las pelotas si hubiese sabido la clase de monstruosidades que le hacía a las niñas. Fue entonces que comprendí también por qué la madre las había cubierto con un velo el día del velorio y por qué una de ellas se había caído desmayada en la fosa donde iban a enterrar a su padre. Todo estaba ahí, sólo que estaba demasiado ciega para verlo. El maldito Teniente Macias había dejado embarazada a una de las hijas del difunto. Ese maldito enfermo.

-¿Cuál era la niña a la que usted vio esa tarde ahí? ¿La que amenazó con dispararle?- preguntó Joaquín viendo que Santiago aparecía incapaz de pronunciar una palabra.

-No sé, yo estaba recién llegada al pueblo, no las conocía… se veía muy joven… no sé, lo único que no se me va a olvidar nunca eran esos ojos llenos de odio con los que me miró cuando amenacé a su padre, galán. Ahora- dijo la mujer monumental levantándose de su silla- si me disculpan, tengo que tomarme mis pastillas para dormir. Estoy muy cansada.

***

-¿Qué te parece lo que dijo esa mujer?- Le preguntó Joaquín a Santiago tomando la salida de la autopista que daba acceso al sendero de la Fortaleza Rota.

-Tengo dudas… Por la fecha, estoy seguro de que ese bebé del que hablaba no es otra que Ariadne Saint-Clair, pero de lo que no estoy seguro es de que María Antonia sea su madre. Seguro cuando mi papá se enteró confrontó a alguien de esa familia y por eso lo mataron, para proteger ese maldito secreto.

-Aquí hay algo que no me cuadra- dijo Joaquín con la mirada fija en el camino, mientras conducía- ¿Por qué tu papá terminó huyendo con esa mujer? ¿Por qué no lo hizo solo? Es mucho más fácil huir solo, que en compañía…a menos que.

-¿A menos que qué?

-¿Qué es exactamente lo que escribió tu papá en ese diario que te dejó en la caja fuerte del banco?

-Son cartas, en las que me escribía … diciéndome que me extrañaba, que me quería… felicitándome por mi primera comunión, por mi grado… cosas así… nada personal, ninguna explicación… nada.

-¿Hablaba sobre tu madre?

-Sí, decía que la extrañaba… que la amaba mucho, igual que en las cartas que me mostró mi mamá en Sincelejo.

-Entonces me parece que tu papá no estaba engañando a tu mamá con esa mujer que Mariana dice que es su madre… además según lo que leí en el reporte de desaparición, era la primera vez que tu papá iba a esas tierras…

-¿Qué es lo que piensas, Joaquín?

-Que la única razón que se me ocurre para que tu papá huyera con una mujer, con una denuncia por asesinato respirándole en el hombro, era porque no iba solo. Tu padre llevaba a la bebé con él, una pareja con un bebé es mucho menos llamativa que un hombre solo con un bebé ¿no te parece?

-Entonces eso significaría que…

-Eso significaría que tú no eres hermano de Mariana.

***

El evento de recaudación dio inicio a las ocho de la noche en punto, con la intervención de María Antonia Luján, que con su traje negro escotado, con finos brillantes en el busto y el abdomen, parecía investida de una autoridad real legítima y no sólo de la que las conveniencias sociales le asignaban.

Al contrario de lo que se hubiese esperado, a Mariana le asignaron un puesto de honor, en una de las mesas principales junto a Jérôme y Ariadne. Jérôme había llevada a una muchacha de su edad, con rasgos y ademanes de princesa Disney, pero el muchacho parecía estar mas interesado en los atuendos de las damas que hacían su ingreso triunfal al sitio del evento, que en prestarle atención a ella. El sitio al lado de Ariadne permanecía vacío, según le había dicho a Mariana se trataba de un hombre maravilloso al que estaba conociendo hacía unos días.

-Le envié una invitación a facebook y me la aceptó de inmediato- le dijo Ariadne a la princesa Disney, con los ojos fijos en su teléfono celular, ignorando por completo a Mariana, que para entretenerse le siguió la corriente a Jérôme y empezó a criticar los vestidos de las invitadas. No dejaron títere con cabeza.

El evento se realizó en el patio de La Fortaleza Rota, pero en caso de que empezara a llover, el salón de eventos dentro de la casa estaba preparado para recibir a los invitados.

María Antonia empezó con los agradecimientos formales a cada uno de los miembros de su familia, con la notable excepción de Ana Victoria y a cada una de las empresas que habían tenido la voluntad de colaborar con la causa de las niñas y los niños víctimas del abuso infantil. Había cámaras por doquier, sin duda la señora de Saint-Clair sabía como hacerse notar.

El discurso no había terminado cuando en la mesa apareció la persona que Mariana menos esperaba.

-¡Santiago, llegaste!- dijo Ariadne Saint-Clair levantándose de la mesa para abrazar al recién llegado. Hizo tanto escándalo que varios de los invitados voltearon a mirar y la misma María Antonia no parecía muy feliz con la llegada del periodista.

Mariana no lo podía creer. El hombre maravilloso del que Ariadne había estado hablando toda la noche era Santiago.

-Eh sí, discúlpame Ariadne, gracias por la invitación, de verdad que fue un detallazo, pero necesito hablar urgentemente con Mariana- dijo Santiago completamente agitado.

-¿Cómo así que vas a hablar con Mariana? Esta es la fiesta de mi madre y YO te invité, tienes que estar aquí conmigo… mira la silla está vacía.

-Ariadne lo siento, pero… Mariana por favor, tienes un minuto, necesito hablar urgentemente contigo.

-Lo siento, Santiago… pero creo que no tengo nada de que hablar contigo, más bien quédate con Ariadne, ella tiene toda la razón, tu obligación es estar con ella, para eso te invitó… -dijo Mariana en voz baja levantándose con elegancia de la mesa.

-¡Mariana, espera!- dijo Santiago, a quien Ariadne se había aferrado del brazo para no dejarlo ir.

Mariana no había dado un paso lejos de la mesa cuando Liesel Luján se le atravesó en el camino y le asestó una cachetada bestial que arrojó a la muchacha al piso y desvió la atención de los invitados de la tarima donde María Antonia intentaba terminar su discurso.

-Lo supe desde el momento en que vi… no eres más que una zorra ¡una prostituta!- gritó Liesel que parecía estar sudando el botox que tenía inyectado en toda la cara.

Santiago intentaba llegar hasta donde estaba Mariana para ofrecerle su ayuda, pero Ariadne no se lo permitía.

-¿De qué rayos estás hablando?- preguntó Mariana tirada en el césped del jardín sinceramente asustada.

Fue entonces que Liesel sacó un teléfono de su bolsillo y empezó a mostrárselo a todo el que lo quiso ver.

-Quiero que todo el mundo sepa, que esta maldita intrusa, que entró como invitada a la casa de mi hermana, no es más que una zorra roba maridos… aquí está ella invitando a MI MARIDO a entrar su habitación.

-Liesel, por Dios, no es lo que usted, cree- dijo Mariana levantándose del césped y guardando la compostura

-¡Cállate, maldita zorra!- dijo Liesel completamente enloquecida agarrando a Mariana del cabello con una mano mientras intentaba golpearla con la otra.

Los susurrros de conmoción de los invitados no se hicieron escuchar, cuando Juan Pablo Axelsson que había estado del otro lado del jardín buscando algo fuerte para tomar llegó a detener la locura que había iniciado su mujer.

-Liesel ¡Por Dios! ¿Qué estás haciendo?- dijo el doctor apartando a su mujer de Mariana, cuyo peinado lucía ahora completamente arruinado.

Santiago se sacudió con fuerza del brazo de Ariadne, no iba a permitir que nadie le hiciera daño a Mariana.

-¿Mariana estás bien?- le preguntó él cuando estuvo justo a su lado, pero ella no le contestó.

-Déjame, Juan Pablo, ¡que voy a poner a esta maldita en su lugar!- gritó Liesel con la voz ronca y gastada. María Antonia había quedado inmóvil, al igual que Jerónimo que estaba en una mesa adjunta con un grupo de inversores.

-¡No seas estúpida! ¡Por supuesto que yo no tengo nada con Mariana!

-¡Mentira, Mentira! ¡Aquí está la foto que lo prueba todo! ¡Todo!

-Escúchame, Liesel, escúchame… ese día le estaba entregando unos resultados a Mariana, de la clínica ¡Por Dios!- decía Juan Pablo mientras sostenía a Liesel agarrándola por la cintura desde atrás.

-¿Resultados de qué? A ver ¿De qué?

-De que estoy esperando un hijo, señora- dijo Mariana con calma- tengo dos meses de embarazo.

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