Capítulo 20. Armas

Fakahatchee_Strand_Preserve

El rumor de las pisadas de las botas de reglamento se escucharon por toda la casa en el momento en que el Teniente José Gregorio Macias hizo su aparición en el umbral de la puerta. Como amigo personal del difunto Laureano Luján, había estado muchas veces en la casona de La Soledad, casi siempre de civil, disfrutando de los beneficios de la amistad de uno de los hombres más ricos de la región de La Mojana; pero las cosas habían cambiado, su amigo y compadre Laureano Luján estaba muerto y enterrado y las razones de su visita distaban mucho de las de pasar un buen momento, como había sido su costumbre en ese lugar.

No venía solo. Había llegado a la finca atravesando el lodo gelatinoso que había encontrado en la vía en compañía de la subteniente Ángela Sinisterra, sobrina política del mismísimo general Blandón, uno de los hombres fuertes de la policía en Bogotá, y que había enviado a la muchacha a aquel pueblo perdido en la mitad de la nada para que realizara su entrenamiento de campo. Por supuesto, aquello no correspondía a un acto desinteresado; toda el área del municipio había sido declarado zona roja y allí el tiempo de entrenamiento se reducía a la mitad, a la vez que adornaba su hoja de vida en un medio castrense que no veía con buenos ojos que una mujer hiciera parte de sus filas.

Lo que sí era evidente era que Ángela no correspondía a la imagen de la damisela en apuros. Llevaba el cabello corto, amarrado en una cola minúscula en la base de la nuca. Tenía complexión fuerte, de deportista y rara vez se le veía sonreír. Tenía un alto sentido del honor y el deber, y tanto respeto por el uniforme que en lugar de inspirar desconsideración por parte sus compañeros del comando, generaba una admiración casi sin reservas. Pero a la Viuda de Luján, la nueva patrona de La Soledad, no le pareció así.

Había aparecido en la sala con un sastre ligero, de color azul marino, que le permitía estar elegante para recibir la visita, al igual que para soportar el calor infernal que se apoderaba de la casa como la presencia de un alma en pena.

-Teniente Macias, que gusto verlo por acá- dijo Margarita manteniendo la distancia y sin ofrecerle la mano.

-Margarita, que gusto, esta es la subteniente Macias, me está acompañando el día de hoy.

-Una mujer policía – dijo la viuda con una mueca de disgusto, mientras se sentaba en una de las mecedoras – ¿Hasta dónde iremos a llegar?

Ángela estuvo a punto de contestar la grosería, pero Macias la detuvo con un gesto de “no la vayas a embarrar” dibujado en el rostro.

-Margarita, me imagino que sabes el motivo de mi visita- dijo el Teniente Macias, aún de pie. Margarita no les había ofrecido asiento.

-Me imagino que tiene noticias de la muerte de mi marido ¿estoy en lo correcto?

-De hecho estoy aquí por otra cosa, Margarita. Desde ayer nadie sabe nada del doctorcito Dajach y hay testigos en el pueblo que dicen que lo vieron subirse con un usted y sus hijas en una lancha con rumbo desconocido. Y hay mucha gente preocupada, sobre todo en el hospital, tenia turno en la mañana de hoy y no se presentó

-No sea dramático teniente, ningún rumbo desconocido, veníamos para aquí, para la finca , usted lo vio… una de mis hijas se sintió mal durante el entierro de mi marido y el doctor Dajach se ofreció muy amablemente a acompañarnos hasta acá, para verificar que no fuera nada grave.

-¿Y por qué no la atendió en el hospital?

-Mis hijas son muy susceptibles, Teniente. No iba a exponerlas a llevarlas a un lugar donde podían enfermarse de otra cosa, de algo mucho peor.

-Supongo que por eso las llevo cubiertas con un velo… y luego espantó a la gente cuando la niña se sintió mal y terminó en ese resquicio, con el cajón del difunto ¿no?

-Yo no lo habría podido describir mejor, Teniente- dijo Margarita con una sonrisa en la cara, cambiando de posición en la mecedora.

-¿Podemos hablar con el doctor Dajach, señora? – preguntó esta vez Ángela, haciendo un énfasis provocador en la última palabra de la frase.

-De hecho, en estos momentos me disponía a ir al pueblo, a informarle a usted, Teniente, sobre lo que sucedió en la noche de ayer, aquí en la finca.

-¿Le pasó algo al doctorcito Dajach?

-Bueno, eso no lo sabemos, anoche él se quedó a dormir aquí- empezó Margarita, mientras una de las empleadas llegaba a la sala con una bandeja con tres vasos de limonada a rebosar, lista para repartir- Y pues según lo que me contó Pedro Julián, el que se encarga de cuidar la casa por la noche, lo vio salir en la madrugada y no regresó.

-¿Salió a caminar en la madrugada solo? Pero ¿Cómo así? ¿Había alguien detrás de él? ¿Alguien que lo siguiera?- preguntó el Teniente Macias, mientras le daba un sorbo al vaso de limonada que recién le habían traído.

Margarita tardó en contestar.

-No, ninguno, teniente.

Pero a pesar de la respuesta tranquilizadora de la Viuda de Luján, Ángela se percató que algo andaba mal. La empleada, con la bandeja en la mano, esperando que todos terminaran su vaso de limonada se había puesto pálida y ella no había sido la única en darse cuenta.

-Tomasa, por favor retirate, yo me encargo de recibirle a los señores- dijo Margarita en una actitud claramente defensiva.

El Teniente Macias empezó a discutir con Margarita sobre la ubicación del cuidador y sobre la posible ruta para una inspección de la finca, cuando Ángela logró ver a la niña asomada en la puerta de una de las habitaciones; tenía el cabello revuelto, los ojos destrozados por lo que no podía ser otra cosa más que horror, y un hilo brillante de agua corriendo cuesta abajo, a través de sus muslos y pantorrillas.

Ángela creyó estar viendo un fantasma, hasta que la mujer que la viuda había llamado Tomasa apareció de la nada, agarró a la niña del brazo y se encerró con ella en la habitación, como si estuviese intentado esconderla. Pero el charco que seguía sobre el piso de la puerta, ese no se podía esconder.

***

Vestido con unas abarcas viejas, un sombrero de hoja de palma y unos pantalones y una camisa demasiado anchos para su gusto, se disponía a hacer el último intento para resolver el rompecabezas macabro que había terminado con la vida de Laureano Luján y que a él mismo le cuesta la vida cuando una sombra desconocida le propinó un golpe que lo arrojó casi inconsciente en la corriente del caño.

La hora del almuerzo había terminado y Senaida se disponía a acompañarlo hasta el lugar donde lo habían atacado la noche anterior. Una vez allí, si no encontraba nada que lo ayudara a esclarecer los hechos, llegaría hasta la carretera y pediría un aventón al primero que pasara. No sería muy difícil que alguien lo ayudara. Después de todo, aún con abarcas y sombrero, seguía siendo el doctor Oscar Dajach, el médico del pueblo y esperaba seguirlo siendo por mucho tiempo más.

***

Luego de obtener a regañadientes el permiso de Margarita, el teniente José Gregorio Macias se dedicó a hacer una inspección rápida por la zona. Le pidió a Ángela que usara la camioneta para hacer un recorrido por los asentamientos cercanos, en caso de que alguien por casualidad hubiese visto al doctorcito. Pedro Julián, el hombre monumental que se encargaba de los perros y las vigilancia de la casa por las noches, le indicó con señas el lugar donde había visto por última vez al médico antes de desaparecer por completo.

El lugar estaba a poco metros de la orilla del caño, en una curva donde la corriente se transformaba en unos remolinos de espanto capaces de tragarse hasta los remordimientos de conciencia. La maleza estaba alta y el suelo aún estaba fangoso, pero no lo suficiente para no poder caminar con confianza. Fue entonces que el teniente avistó la tranca ensangrentada, escondida entre la vegetación. Era un garrote de madera maciza, pero lo suficiente liviano para que alguien de contextura media pudiera maniobrarlo sin mucho esfuerzo. No tardó en darse cuenta que la tranca no era lo único que estaba manchado de sangre. Todo en derredor, las hojas de la maleza estaban salpicadas de pequeñas manchas marrones y ahora el Teniente estaba seguro que aquellas manchas no eran más que sangre seca. Siguió caminando, aproximándose al caño hasta llegar a un punto en el que las hojas estaban completamente cubiertas de aquella coloración tenebrosa. No tuvo que pensar mucho en los detalles de la autopsia que había hecho el doctorcito Dajach, para descifrar que aquel había sido el punto exacto en el que habían asesinado a su compadre Laureano Luján.

Asqueado por el hedor imperceptible de la sangre descompuesta, salió corriendo de allí, buscando un lugar seguro para comunicarse con la subteniente Sinisterra para que acudiera de inmediato al lugar. Necesitaría refuerzos para acordonar la zona. Ángela ya le había contestado y en camino hacia La Soledad, sin novedad alguna sobre el doctorcito Dajach, cuando el Teniente Macias escuchó el llanto de un bebé.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s