Capítulo 19. Demencia

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Las tijeras quedaron clavadas en el piso de madera del invernadero con tal fuerza que a la sombra le costó tiempo y esfuerzo volverlas a sacar. Mariana yacía inmóvil e indefensa llorando en el piso debajo del peso de aquel ser amorfo y oscuro que se había posado sobre ella, con el lóbulo de la oreja izquierda cubierto de sangre por el corte ocasionado por el filo de las podaderas.

-Por favor, no me haga daño- dijo con los ojos llenos de lágrimas- déjeme vivir, me voy a ir de esta casa y no voy a regresar nunca más… se lo prometo.

-No, vas a ir a ningún lado… prostituta… todo fue tu culpa, por provocadora… te mereces todo lo que te está pasando- decía la voz ronca y rasposa de aquella sombra siniestra posada sobre ella- te mereces la muerte, vas a arder como la prostituta que eres, y como debió arder tu madre y toda su familia.

La sombra volvió a alzar las tijeras; le temblaba el pulso, pero esta vez Mariana no estaba segura de que fuera a fallar; ni siquiera podía imaginarse el horror que sería tener aquellas herramientas sucias y oxidadas cercenando su carnes, sus ojos, su piel. Era más de lo que podía soportar.

-¡Alguien ayúdeme por favor!- dijo sin ganas y sin esfuerzo, ya dejándose llevar por la fatalidad del destino y por el signo fatal de la muerte, que parecía sonreírle en el horizonte más allá de la realidad.

***

-Hermano, ni siquiera sé que decirte- dijo Joaquín Vitola recibiéndole el vaso de whisky en las rocas que le había preparado su amigo Santiago hacía un instante- ¿Has hablado con ella últimamente?
-La llame desde el aeropuerto- dijo Santiago sosteniendo en su mano derecha una dosis de licor, igual a la que le había entregado a Joaquín- y me da miedo que ella esté sintiendo lo mismo que yo… la noté tan triste, como si estuviera esperando algo de mí, como si esperara que le dijera algo.

-Bueno, si ayer pasaste todo el día pelándole el diente y jugando al galán seductor con ella ¿Qué más esperabas? La dejaste loca… igual que a todas las que te propones- dijo Joaquín muerto de la risa.

-Esto es serio, Joaquín, ni siquiera sé como voy a reaccionar cuando la vuelva a tener al frente, no sé si voy a ser capaz de mantener la distancia entre los dos, Joaco, no sé si pueda…

-Mi hermanito ¿Me permites que te de un consejo? ¿Sabes lo difícil que es encontrar a alguien que te provoque todo eso que me estás describiendo? ¿Sabes lo difícil que es encontrar a alguien que te provoque todo eso y que encima tu se lo provoques también? Según lo que me dices… ustedes se flecharon desde que se vieron y eso no es algo que puedas sólo tirar a la basura. Creo que tienes dos opciones: la primera, decirle la verdad a Mariana y destruir todo eso de una vez, que estoy seguro que los va a terminar alejando para siempre… o escuchar a tu corazón, no decirle nada y luchar por ella. Ustedes no se criaron como hermanos, de hecho son sólo medio-hermanos… y pues tú tendrás que decidir si es más importante la posibilidad del amor o ese tabú que tenemos implantado en la cabeza. Es tu decisión, hermanito. Es tu decisión.

***

-¡NO!- gritó el mayordomo, sosteniendo el brazo que sostenía las tijeras podadoras que ya le había provocado una herida en la oreja a Mariana. -¡Cándida! ¡Cándida! ¡Llama a la señora María Antonia, por el amor de Dios!

La mujer que había entrado con él al invernadero justo en el momento en que la sombra siniestra se disponía a a asesinar a Mariana, subió corriendo por las escaleras de acceso, gritando como loca. El mayordomo, un hombre alto y fornido a pesar de su edad, desarmó fácilmente a la sombra, sosteniéndola con fuerza por la cintura, mientras Mariana se escabullía buscando un recoveco seguro, donde se pudiera sentir a salvo.

-Suéltame, maldito gusano, pecador… Dios te va a castigar por todos tus pecados, vas a arder en las llamas mismas del infierno ¡Suéltame, suéltame!- decía la figura, que bajo la luz ya no se veía tan amenazadora como cuando sostenía las tijeras de podar.

Sólo en ese momento, Mariana se dio cuenta que era una mujer, vestida de un traje enterizo de color negro. Tenía el cabello deshilachado y por el aspecto que tenía, parecía haber estado arrancándoselo a pedazos por mucho tiempo. De no ser por los ojos desorbitados y el cabello en piltrafas, hubiese parecido mucho más joven. No tenía arrugas y tenía el cutis fresco y lozano, a pesar de las marcas de lo que parecían ser cicatrices. Mariana se dio cuenta entonces que aquella mujer no merecía un castigo, sino ayuda.

-¿Qué carajos es lo que está pasando aquí?- preguntó Jerónimo Saint-Clair bajando las escaleras de acceso al invernadero en bata de dormir, seguido de cerca por su esposa María Antonia.

-¿Ana? ¡Anita!- dijo María Victoria con un tono de preocupación y debilidad que Mariana nunca hubiese sospechado de una mujer como ella. Ni siquiera cuando había aceptado a regañadientes el testamento de su padre, en el que la forzaba a recibir a una extraña en su casa por seis meses, María Antonia había demostrado tal nivel de vulnerabilidad como ahora.

-Suéltala Pedro, suéltala- suplicó María Antonia, casi cediendo a las lágrimas.

-Mary, María Antonia… Toñita ¿Dónde estoy? ¿Por qué este hombre malo me estaba haciendo daño?- dijo la mujer de negro aferrándose tiernamente a la señora de Saint-Clair.

-Todo esta bien, Anita… te vamos a llevar a tu habitación para que estés bien ¿Sí?- dijo María Antonia en un susurro casi inaudible.

-No, a esa habitación no, Toñita… a esa habitación no… quiero jugar, correr, nadar en el caño, como haciamos antes ¿recuerdas?

-Sí, claro que recuerdo Anita- dijo María Antonia en el momento en que Cándida bajaba las escaleras con una jeringa en la mano.

Cándida le entregó la jeringa con mucho cuidado a María Antonia que seguía consolando a la mujer.

-Esta bien, no te vamos a llevar a la habitación- dijo María Antonia mientras aplicaba la inyección sobre uno de los muslos de la mujer demente, con tanta pericia que a Mariana no le quedó duda que no era la primera vez que lo hacía.

-¿No? No, Mary, No Toñita- empezó a decir la mujer demente, con la voz apagada, con los párpados cerrados.

-Ya, todo va a estar bien, vas a dormir, ya te vas a dormir, ya te vas a dormir.

La mujer demente ya se encontraba completamente noqueada, cuando María Antonia Luján de Saint-Clair volvió a ser la misma de antes.

-Pedro- suba a mi hermana a su habitación y asegurese de que la puerta permanezca con llave.

-Sí, señora- dijo el mayordomo cargando a la mujer de negro, subiendo con ella hasta la habitación.

Mariana seguía enrollada sobre sí misma en un rincón de las jardineras, viendo todo lo que sucedía, llorando a lágrima viva, no tanto de miedo sino de felicidad por haber sobrevivido a semejante locura.

-Mariana ¡Mariana! ¿Estás bien?- preguntó Jerónimo Saint-Clair ofreciéndole la mano para que se levantara.

-No… no sé… – respondió ella aturdida.

-Tu oreja, estás sangrando- dijo Jerónimo señalando el punto exacto donde la habían rozado las tijeras de podar.

Mariana se llevó los dedos al lóbulo de su oreja izquierda y al verlos empapados de una sangre roja, espesa y caliente, empezó a perder el sentido de la realidad… las caras de Jerónimo Saint-Clair y María Antonia Lujan empezaron a deformarse y sus voces sonaban con un tono grave y fantasmal.

-¿Mariana? ¿Mariana? ¿Qué te sucede Mariana?

-Creo que, se va a desmayar.

Fue lo último que escuchó, antes de perder el conocimiento.

***

-Joaco, por favor, cambiemos de tema… ya no quiero seguir pensando en eso… más bien ¿conseguiste algo de lo que te pedí?

-Bueno- dijo Joaquín Vitola poniendo su vaso de whisky con hielo sobre la mesa de centro y abriendo su portafolios de trabajo. Sacó una carpeta color negro y se la arrojó a Santiago- Esto es todo lo que pude sacar hoy.

-Es bastante- dijo Santiago obsevando el grosor de la carpeta.

-Te sorprendería la cantidad de información que hay almacenada sobre cada persona en este país, mi hermanito. Pero abre… abre… Primero que todo están los básicos, es decir… registro de nacimiento, cedula de ciudadanía, información de donde estudió, en qué colegio, en que universidad… no sé si eso te sirva, pero igual telo voy a dejar, creeme que algunas veces esa información que das por sentada es la más valiosa.

-Este es el reporte de su desaparición- dijo Santiago fijando la mirada en uno de los papeles.

-Sí, ese es. Está fechado el trece de mayo de mil novecientos ochenta y nueve. Lo curioso es que… en el reporte que hizo el centro de salud del pueblo donde estaba trabajando en esos momentos y que puedes ver detrás… dice que el doctor Oscar Dajach, es decir tu papá… y el de Mariana… no se presentó a trabajar en el turno del día once.

-O sea que no se reportó su desaparición sino hasta un par de días después.

-Exacto ¿Por qué? Te tocará averiguarlo a ti, mi hermanito… Ah y al denuncia de desaparición la hizo una tal… Margarita Pérez… ¿Sabes quien es? ¿Tú mamá te habló de ella?

-No, ya te dije que mi Mamá sólo recibió una llamada de mi papá, diciendo que se iba y que se iba a encargar de mi… bueno, esas cosas. Mi mamá ni siquiera sabe que mi papá tuvo una hija.

-¿Y no se lo piensas decir?

-Mi mamá quedó muy afectada con la conversación que tuvimos esta mañana… de hecho se fue en mitad de la conversación y me pidió que le diera tiempo para pensar en todo lo que había pasado. Ni siquiera me vio a los ojos cuando se despidió de mi… ni siquiera puede con la culpa.
-Trata de comunicarte con ella todos los días… no vaya a ser que se vaya a poner mal.

-No te preocupes, ya se la encargué a mi tía Asunción, ella me va a mantener informado ¿Qué este papel? ¿Por qué está todo tachado?

-Ese, mi hermanito, es lo más extraño que encontré en esta búsqueda… es una denuncia que fue levantada en contra de tu padre, el día once de junio de mil novecientos ochenta y nueve, la levantó una tal Ángela Sinisterra… todavía no sé quien es… pero sea lo que sea que esa mujer haya dicho, lo censuraron completamente. Es decir, alguien con mucho poder, sencillamente hundió la denuncia y la archivo… me sorprende que hubiese encontrado esto.

-Bueno, creo que ya sabemos cuál es el siguiente paso si queremos saber exactamente que fue lo que pasó… tenemos que encontrar a Ángela Sinisterra.

***

La improvisada reunión tuvo lugar en el salón descomunal, destinado al despacho de Jerónimo Saint-Clair.

-¿Pero Mariana está bien?- preguntó Jérôme, con el cabello revuelto y unos pantalones de dormir en forma de cuadros ajedrezados. No llevaba nada en la parte de arriba.

-A Mariana ya la está atendiendo Juan Pablo en su habitación, esperemos que no le haya pasado nada. Es bueno tener un médico siempre a la mano, así sea Juan Pablo… – apuntó Jerónimo, respondiendo a la pregunta de su hijo

-Aquí lo realmente importante es…- dijo María Antonia tomando la palabra- ¿Quién carajos dejó que Ana Victoria saliera de la habitación?

-La habitación estaba cerrada, como siempre, Mami- dijo Ariadne que se protegía del frío de la noche con una manta de lana color avellana.
-Pues alguien la dejó salir…

-Pudo ser alguien del servicio- apuntó Jérôme- con tantas cosas que hay que hacer en esta casa, a veces me sorprende que no se les olvide donde dejan la cabeza.

-No, no hay ninguna excusa para lo que sucedió está noche… Ana Victoria es una mujer enferma, se puede hacer daño a sí misma…

-Sin contar el que le puede hacer a los demás- dijo Ariadne cerrándose aún más la manta de lana.

-Ana Victoria sólo es violenta cuando la provocan… estoy segura que esa… estúpida hizo algo para hostigarla y por eso se puso así.

-¡Ay mami! ¿No crees que estás exagerando?- dijo Jérôme sorprendido con las palabras de su madre- Ya estás como el presidente… echándole la culpa a las víctimas.

Ariadne no soportó la risa, que fue secundada de inmediato por Jerónimo.

-Con ustedes no se puede definitivamente… voy a ver como sigue mi hermana- dijo María Antonia dejando el estudio.

***

Cuando María Antonia subió al segundo piso, a la primera que encontró fue a su hermana Liesel, que sin la máscara de maquillaje y abalorios que usaba a plena luz, se veía mucho menos humana. ¿Qué se había hecho su hermana para parecer semejante caricatura a esa edad?

-Liesel, pero ¿qué haces aquí?

-Estoy esperando a mi esposo… creo que ya se está tardando demasiado con esa mujer. ¿Cuándo la vas a sacar de esta casa? No me gustó para nada como miró a mi marido esta mañana.

-Liesel, escúchame… te voy a dar este consejo completamente gratis… dejá de acosar a tu marido… si sigues así, todos tus temores se van a volver realidad y se va a conseguir a otra… y consigue una cita urgente con un dermatologo o algo.

-¿Por qué ? ¿Qué tengo, hermanita? ¿Qué tengo? ¿Es algo en el rostro?- dijo Liesel tocándose el rostro inexpresivo con la punta de los dedos.

María Antonia no pudo contestarle, porque en ese instante Juan Pablo abrió la puerta.

-¿Cómo está?- preguntó María Antonia en un tono seco e indiferente.

-Sólo necesitó un par de puntos en la oreja, ya me encargué de eso… pero para descartar cualquier cosa, le pedí que mañana fuera a la clínica a hacerse unos estudios… de rutina nada más. Me preocupa un poco lo del desmayo…

-¿Y se los vas a hacer tú?- preguntó Liesel.

-Mejor nos vamos querida… ya es tarde y mañana tengo que madrugar. Hasta mañana María Antonia, hasta mañana Juan Pa.

Los reclamos mascullados por Liesel había desaparecido de la escalera, cuando María Antonia abrió la puerta del cuarto de Mariana.

-¿Puedo pasar?- preguntó.

-Esta es su casa, señora.

-Quiero pedirte disculpas en nombre de mi hermana. Como te pudiste dar cuenta, no está bien de la cabeza… no actuó intencionalmente.

-¿Por qué la tiene aquí? ¿Con sus hijos?

-Yo tengo normas estrictas referentes a ella, nunca le había hecho nada a nadie… esa habitación siempre permanece cerrada… estoy segura que alguien la dejó abierta. Y no voy a descansar hasta saber quien fue.

-Pues eso mismo le digo yo, señora, tampoco voy a descansar hasta saber quien dejó salir a su hermana, porque estoy segura que quien lo hizo tenía toda la intención de hacerme daño. Estoy completamente segura.

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