Capítulo 18. Sombras

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Luego del golpe, el doctor Oscar Dajach empezó a hundirse lentamente en las aguas fangosas y pestilentes del Caño Mojana. No podía moverse. El golpe en la base de la nuca le había adormecido todo el cuerpo con un calambre tenaz. Lo único que podía sentir, además del dolor, era la sensación de las burbujas estallando en cada centímetro de su piel.

Había sido una locura ir a La Soledad aquel día. Había sido un error ofrecerse a llevar a la niña anónima hasta ese lugar, en medio de la nada, en lugar de insistir en tratarle en el hospital. Había sido una locura meterse en aquel lío en el que él no tenía nada que ver. Había sido una locura dejar a Amalia y a Santiago en Sincelejo, para irse a aventurar en aquel rincón del mundo, donde el aire del atardecer se pervierte con la sombra ponzoñosa de los zancudos. Y ahora estaba allí, cayendo hacia la nada, hacia la muerte, deseando haber tenido un momento más para acompañar a su esposa mientras le hacía la comida de la tarde. O haber jugando un partido más con su hijo, que cumpliría seis años el próximo Junio. Cuánto había dejado por ofrecérles una buena vida y ahora estaba allí cayendo al fondo de la oscuridad sin salvación aparente y sólo quería dejarse ir.

***

-¡Papi! ¡Papi! ¡No te vayas Papi!- dijo Santiago entre lágrimas mientras se aferraba con fuerza a las piernas de su padre.

-¡Ay Papi! No me hagas esto ¿Sí?- le dijo Oscar a su hijo, agachándose para verlo a los ojos, sin que tuviera que levantar la cabeza.

-¿Por qué te tienes que ir?

-Por qué tengo que trabajar, papá… para que ni a ti, ni a tu mamá les falte nada- le dijo él, limpiandole las lágrimas a su hijo.

-Pero yo no quiero que te vayas- dijo Santi, sin llorar pero con una tristeza infinita reflejada en el rostro.

-Yo tampoco me quiero ir, pero tengo que hacerlo, bebé… no te me pongas así, que me partes el alma.

-Si te tienes que ir, entonces yo me voy contigo.

-No papi, eso por allá es muy peligroso, hay mucha guerrilla, muchas enfermedades, muchos mosquitos ¿Te gusta que te piquen los mosquitos?

Santi negó con la cabeza.

-Bueno ¿Y entonces? Vamos, campeón, no llores, tienes que ser muy fuerte, porque Mami se va a quedar solita y si tu no la acompañas se va a sentir mal, tienes que ser fuerte por los dos.

-¿Fuerte?

-Sí, fuerte, tienes que ayudarle en lo que te pida, queriéndola mucho, haciéndole los mandados, comiéndote todo lo que te sirven y sin hacer tantas pataletas y tantos berrinches.

-Yo no hago berrinche- dijo Santiago, logrando que su papá soltara la carcajada de inmediato.

-Claro que no, porque tú eres… – dijo Oscar arreglando la camiseta y el pantalón de su hijo-…un muchacho muy, muy fuerte ¿Me prometes que vas a hacer fuerte?

-Te lo prometo. ¿Me puedes prometer algo tú a mi?

-Sí, claro, lo que quieras, campeón.

-Prométeme que te voy a volver a ver pronto.

-No sé que tan pronto, pero te prometo que nos vamos a volver a ver.

Luego le dio un beso a su hijo en la frente.

***

Abrió los ojos, en medio de la oscuridad del río turbulento, dispuesto a luchar. Cómo pudo, se quitó las pesadas botas que había llevado durante todo el día, así como los pesados jeans que luego de absorber el agua, parecían pesar una tonelada. La corriente era mucho más fuerte, sin duda lo estaba arrastrando lejos de donde había recibido el golpe. Quizás en dirección hacia el lugar donde vivían Arquímedes y Ramfis. Si tan sólo Dios se apiadara de él y permitiera que alguno de ellos dos lo encontrara. Pero pronto se dio cuenta que pedir por que lo encontraran, no era lo que debía estar en la cima de sus prioridades para sus oraciones al Señor de los Cielos en esos momentos. Sentía que le faltaba el aire y no podía respirar. Estaba a punto de ahogarse.

Oscar pataleó con todas sus fuerzas, buscando el espejismo de luz provocado por las estrellas refractadas en la superficie del caño, pero cada centímetro que ascendía le exigía cada vez más aire, más oxígeno, más combustible para quemar y él ya había agotado todas su reservas. Extendió la mano intentando alcanzar el halo de luz refractada que danzaba sobre él en una orgía de colores ficticios. Y justo cuando creía que estaba a punto de ceder y a permitir que la presión del agua entrara a sus pulmones, sintió con su rostro la caricia delicada del aire frío de la madrugada.

Con las últimas fuerzas que tenía nadó hasta la pendiente lodosa del caño, arrastrándose entre las piedras y la maleza, hasta estar seguro de que no volvería a caer en el agua. Cuando calculó que había suficiente distancia entre él y la corriente, se puso de pie, respiraba alteradamente, dándose cuenta que le quedaba pocos segundos de conciencia, por causa de la hiperventilación.

***

Despertó por cuenta de los rayos de sol matutino que se filtraban a través del techo de palma. Estaba tendido sobre un catre, cubierto con una manta de lona, completamente desnudo. Quería creer que todo no había sido más que una horrible pesadilla, pero el chichón de espanto que tenía en la parte baja de la cabeza, justo donde había recibido el golpe, le confirmaron lo contrario.

Estaba tan aturdido y a la vez tan ocupado agradeciéndole al cielo el maravilloso privilegio de seguir respirando, que tardó en darse cuenta que ya había estado en ese lugar. Ya estaba buscando con la mirada cualquier trapo para ponerse, cuando vio entrar a alguien. No era ninguna de las personas que esperaba.

-¿Doctor? Disculpe ¿se siente bien?- dijo una mujer de cabellos lacios, piel tostada y ojos un tanto rasgados; recordaba haberla visto el día anterior y era mucho más hermosa de cerca.

-Sí, creo que sí estoy bien… ¿qué haces aquí? ¿cómo llegue aquí?

Fue entonces que aparecieron las dos personas que esperaba.

-Docto, virgen santísima, menos mal que despertó, ya estábamos que lo llevábamos al hospital- dijo el viejo Arquímedes, que había aparecido con su sombrero, sus abarcas y su ropa holgada. Parecía contento.

-¿Alguien sabe que estoy aquí?- preguntó Oscar con cara de preocupación.

-No docto, nadie sabe que está aquí… Senaida lo encontró por la orilla cuando iba para La Soledad y nos pidió que lo trajéramos hasta acá, estaba todo mojado y con ese golpe en la cabeza.

-En la Soledad lo están buscando… no le he dicho a nadie que usted está aquí, docto, me da miedo que la sombra le haga algo- dijo la muchacha con su cara de niña inocente en medio de la maldad.

-¿La sombra? ¿De qué estás hablando?- dijo Oscar, todavía desnudo, cubriendo su intimidad con la manta de lona manchada del moho seco que algunos llamaban viraguas.

-¿De que sombra estás hablando, Senaida?- preguntó Ramfis, sinceramente asustado

-La sombra que mató al patrón, yo la vi el día del aguacero… Yo la vi, esa noche la patrona nos obligó a quedarnos, para ayudar con el parto de la niña, y cuando nació, en medio de semejante tempestad, el patrón envolvió a la criatura en una manta y salió para tirarla en el caño, pero no iba sólo, detrás de él iba la sombra y ni el patrón, ni la criaturita que nació ese día volvieron a la casa.

-¿Tú estabas el día del parto?- preguntó Santiago.

-Sí, docto, la patrona Margarita obligó a la niña a parir con ese toldo encima, para que no le viéramos la cara.

-¿Entonces no sabes quien dio a luz?

-No, la patrona encerró a las niñas en el cuarto grande de la casona, antes de que a alguna se le notara. La patrona está obsesionada con eso, a veces hasta creo que ella es la sombra, la sombra que se fue atrás del patrón y la sombra que lo atacó a usted anoche.

-¿Acaso tu viste a alguien seguirme?

-Yo no, pero Pedro Julián, el que saca los perros a cuidar en la noche, sí la vio, nos los dijo a nosotras esta mañana, cuando se estaba tomando el tinto. Docto, no se le ocurra volver a esa casa, es peligroso.

-Yo escuché a un bebé llorando antes de que me golpearan- dijo Oscar.

-Yo también lo he escuchado, lo oí el día que mataron al patrón- dijo Ramfis.

-Yo también lo oí, docto- dijo el viejo Arquímedes entre lágrimas- No vuelva por allá, docto, esa gente es peligrosa y le gusta hacer daño. No son buenos.

-Yo sé, Arquímedes, tranquilizate…no voy a arriesgar el pellejo como un pendejo nuevamente. Pero esa sombra que tú dices, Senaida… ¿Sabes quien puede ser?

-No, docto… ya Segu, la cocinera dice que debe ser el fantasma de la vieja Ana Joaquina, la abuela del patrón, que se murió en ese mismo cuarto que la niña dio a luz.

-Pero los fantasmas no matan personas, Senaida ¿Entonces no tiene idea cual de las niñas fue la que dio a luz?

Senaida negó con la cabeza.

-¿Y sabes si alguna de ellas tenía un novio o un pretendiente? Margarita me dijo que uno de los jornaleros de la finca había violado a una de sus hijas, y que el difunto Laureano lo había mandado a matar.

-No, docto, en la finca nadie se atreve ni siquiera a mirar a la patrona o a sus hijas. La última vez que uno de los trabajadores se quedó mirando a la patrona, el patrón lo mandó a azotar, hasta que le quedó la espalda toda abierta y llena de sangre. ¡Imagínese usted si alguno de ellos hubiese hecho lo que usted dice!

-¿Entonces como explicaron que una de ellas estaba embarazada?- preguntó Ramfis, que había estado de pie escuchando la conversación.

-Una vez escuché que la señora intentó explicarle, pero el patrón se puso furioso… lo único que dijo era que no podía creer que una de sus hijas hubiese manchado el honor de su familia.

La historia de Senaida tenía mucho más sentido. Las piezas de ese perturbador rompecabezas empezaban a caer en su sitio y Oscar volvió a tener la tentación de armarlo, pero esta vez tendría que ser mucho más inteligente.

-Docto, le digo todo esto para que no vuelva a esa casa… y a Arquímedes y a Ramfis porque confío en que no van a andar de chismosos regando el cuento. Esto es muy delicado… y si la patrona sabe que yo ando diciendo estas cosas…

-No te preocupes, Senaida, no voy a ser tan estúpido de volver a esa casa, a propósito ¿Qué horas son? ¿Hace cuanto que estaba en esa cama?

-Es la una de la tarde, docto- dijo el viejo Arquímides mirando el reloj metálico que lucía en su muñeca- es la hora del almuerzo, por eso Senaida se pudo escapar para venir a ver como estaba.

-Gracias Senaida, de verdad, no tengo como agradecerte- dijo el médico con toda la sinceridad del mundo.

-No, docto, de nada- dijo la muchacha sonrojándose y apartándole la mirada a Oscar.

-Ahora, Ramfis, señor Arquímedes ¿Sería mucha molestia que me prestaran algo para ponerme? No me gusta estar hablando de cosas serias, con las pelotas al aire y creo que esto es lo más serio en lo que me he metido en mi vida.

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