Capítulo 16. Buitres

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-Entonces no queda ninguna duda- dijo Mariana González, sentada en la parte trasera del automóvil que la llevaría hasta la casa donde sellaría su destino.

-Me temo que no, señorita González- dijo la agente Katrina Wentz sacando una carpeta de su portafolios negro, del mismo color de su atuendo, que en conjunto la hacía parecer la villana de un cuento de terror- las marcas que encontramos en el cuello de su padre, indican que alguien ejerció fuerza en momentos diferentes, cuando lo intentaba colgar. Si hubiese sido un suicidio,sólo habría una marca, mucho más profunda quizás, pero sólo una.

-¿Encontró algo más?- preguntó Mariana intentando reunir todos los datos posibles sobre la muerte de su padre. La única razón por la que había aceptado ir a vivir a la casa de los buitres, era para descubrir quien había asesinado a su padre y para eso necesitaría toda la información con la que pudiera contar.

-Hay dos cosas más; el reporte del perito con las muestras de la ropa, la piel y las uñas de su padre y el informe de las cámaras de seguridad de la fortaleza rota el día de la fiesta.

-¿Que dicen esos informes? ¿Acaso usted ya sabe quién mató a mi papá?- preguntó Mariana exaltada.

-Desafortunádamente esos informes quedaron archivados luego de que el presidente suspendiera el acuerdo de cooperación que había presionado el senador Bruce. Pero si usted me da autorización, yo podría recuperar esos papeles, pero sólo en el caso de que usted esté cien por ciento comprometida en resolver el crimen de su padre.

-Agente Wentz, créame que yo soy la primera interesada en saber quien se atrevió a hacerle daño a mi papá y voy a llegar a las últimas consecuencias.

-Me alegra escuchar eso, porque en últimas será usted la que deba enfrentar a esa gente y lograr que ellos mismos validen las pruebas ¿Sí sabe a lo que me refiero?

-Sí, claro que lo entiendo… ¿y cómo obtendría usted esos papeles?- preguntó Mariana.

-Créame, yo tengo mis métodos y sé como utilizarlos sin que nadie se de cuenta.

***

El automóvil ya había salido de la ciudad, cuando la agente Katrina Wentz se dio cuenta que los seguían.

Oh shit– dijo la agente Wentz sacando un arma automática de su portafolios.

-¿Sucede algo? – preguntó Mariana nerviosa.

-¿Lo viste, conductor?

-Sí,señora- dijo el conductor, aumentando la velocidad con los ojos fijos en el camino- esa camioneta nos viene siguiendo.

-No te detengas- dijo la agente Wentz- si nos quedamos quietos vamos a terminar en el fondo de ese abismo.

Mariana había estado tan absorta en la conversación con la agente Wentz que no se había dado cuenta que iban en un camino polvoriento sobre la falda de la montaña, con un risco casi vertical de un lado y abismo de espanto del otro.

-Se está acercando- dijo la agente Wentz, mientras empuñada el arma con una mano y abría la ventana con la otra.

Mariana alcanzó a ver la camioneta negra, sin placas que los acechaba, justo antes de sentir el primer golpe.

-Maldita sea- dijo la agente Wentz- ¡Deja que nos alcance, le dijo al conductor!

-¿Está loca? Si nos detenemos, así como usted dijo nos van a lanzar al abismo.

-No, si yo les meto un tiro primero.

La camioneta entonces avanzó justo al lado del automóvil,y se lanzó en ristre. El conductor tuvo que hacer una maniobra maestra para no salir despedidos por el abismo, en el momento exacto que la agente Wentz sacó su Smith & Wesson nueve milímetros y realizó un único disparo que penetró la ventana delantera de la camioneta que se detuvo al instante.

Desde la ventana trasera del automóvil, Mariana vio llena de pánico como la camioneta daba una vuelta en T y emprendía la huida.

-¿Están bien?- preguntó la Agente Wentz luego de que el conductor detuviera el automóvil?

Pero Mariana no estaba bien, salió desesperada del auto y por segunda vez aquel día se dispuso a vomitar. Aún no se había secado las lágrimas cuando escuchó el corto y agudo de su celular. Mariana sacó el aparato del bolsillo de sus pantalones jean. Era un mensaje de texto con una única palabra que le quitó el aliento.

“Bienvenida”

***

-¿Está segura de que quiere ir a esa casa?- dijo la Agente Wentz luego de ver el mensaje de texto que le habían enviado a Mariana de un número sin identificar.

-Más segura que nunca, si alguien hizo esto, es porque no quiere que sepa que fue lo que pasó con mi papá. Además no creo que se arriesguen a hacerme algo dentro de la casa, sería demasiado sospechoso.

-Sí, podría tener razón- dijo la agente.

-¿Alguien más sabía el número de este teléfono?- le preguntó Mariana al conductor que estaba tan pálido como ella, luego de haber visto la boca del infierno con sus propios ojos.

-La SIM Card me la entregó el mensajero del señor Warren esta mañana, tal y como se lo había solicitado, una SIM Card a nombre suyo, señorita. La tarjeta estaba sellada, no se veía ningún número en la parte de afuera.

Era cierto, cuando el conductor le había entregado la tarjeta SIM en la puerta del edificio de Santiago, estaba sellada y sólo era visibe el logo de la compañía y la figura de la tarjeta.

-Alguien pudo acceder a la base de datos de la compañía, no hay que ser ningún genio para eso- sólo espero que le haya dado a ese maldito- Mariana ¿te encuentras bien? ¡Estás muy pálida!

-Estoy bien- dijo Mariana intentando ignorar el nudo que se le había formado en las tripas luego de su encuentro cercano con la muerte, pero más decidida que nunca a vengar la muerte de su padre y ahora etsaba segura que el asesino estaba en esa maldita casa a la que llamaban la Fortaleza Rota.

***

-La señorita Mariana González- dijo el conductor aproximándose al comunicador en el enorme portón de entrada que daba acceso a la Fortaleza Rota, los suntuosos aposentos de la familia Saint-Clair, justo en las afueras del norte de Bogotá. La puerta se abrió de inmediato.

Mariana quedó asombrada al ver el camino tapizado de lozas rectangulares, rodeados de arbustos con copas perfectamente cónicos. Las lozas lucían varias tonalidades de gris, lo que permitía que formaran esquemas geométricos, figuras de animales y hasta rostros de seres humanos sobre el sendero. El camino era mucho más largo de lo que ella o alguno de sus acompañantes esperaba.

-Esta propiedad es enorme- se limitó a decir la agente Wentz.

Pero luego de casi cinco minutos a buena velocidad, apareció la fortaleza de piedra encerrada en jardines magníficos, que servían de asiento a la familia Saint-Clair. Aquello más que una casa, se asemejaba a un castillo sin terminar. Mariana había visto el diseño de edificaciones antiguas en la Universidad y se dio cuenta que la Fortaleza Rota era apenas el edificio interior de lo que se debió planificar como una estructura mucho más compleja, como hacía notable la ausencia de almenas y parapetos en la parte de arriba. Hacía falta a muralla.

El automóvil se detuvo justo frente a la entrada principal donde el abogado Conrad Warren y Jerónimo Saint-Clair ya la estaba esperando. A Mariana no le gustó para nada la palabra que ambos utilizaron para recibirla.

-Bienvenida- dijeron casi al unísono.

***

Si la Fortaleza Rota era impresionante desde afuera, con sus ínfulas de palacio medieval a medio construir, por dentro era sencillamente alucinante. A diferencia de lo que hubiese esperado no había columnas arqueadas, ni paredes deterioradas, ni puertas antiguas. La puerta doble por donde los había guiado Jerónimo Saint-Clair daba a un recibidor de la altura de la casa con un tragaluz que nada tendría que envidiarle a la más modernas de las catedrales europeas y que servían de antesala a una escalera de madera en forma de hélice doble que se giraba en torno así misma antes de alcanzar el segundo piso de la edificación.

-Es impresionante- dijo Mariana, que ni en lo más afectado y flemático de Marin Headlands había visto semejante opulencia.

-Me alegra que te guste, Mariana, recuerda que a partir de hoy, esta es tu casa.

Mariana estaba tan embelesada por el lujo del interior de la casa, que no se había dado cuenta que justo en la base de la escalera magnífica la estaban esperando.

-Te voy a presentar a mi familia- dijo Jerónimo Saint-Clair acercándose al grupo de personas apostadas justo debajo de la luz éterea y abstracta que se filtraba por el tragaluz a aquella hora de la mañana.

-Ya conoces a mi esposa, María Antonia Luján Pérez de Saint-Clair…- la mujer llevaba el cabello negro, suelto sobre sus hombros, luciendo un sastre azul marino que combinaba a la perfección con sus ojos azul intenso, que parecían darle el poder hasta de leer los pensamientos.

-Bienvenida, Mariana- dijo María Antonia luciendo una sonrisa luciferina, que no le gustó para nada.

-…Mi hija mayor, Ariadne…- continuó Jerónimo con la presentación, mostrando a una mujer rubia de aproximadamente la misma edad de Mariana, luciendo un vestido sencillo color avellano, quizás demasiado infantil para una mujer de esa edad.

-Hola, bienvenida a tu casa- dijo Ariadne ofreciéndole la mano en un saludo cordial. Mariana observó detenidamente a Ariadne y a María Antonia. No parecían madre e hija. María Antonia podía ser todo lo desgraciada que se pudiese querer, pero no era una mujer tan mayor como para ser la madre de una mujer de la edad de Ariadne, a menos que la hubiese tenido cuando era una niña.
-…mi hijo menor Jérôme… -siguió Jerónimo apuntando a un muchacho de unos diecisiete o dieciocho años, mucho menor que Ariadne, llevaba el cabello castaño revuelto, una bufanda de cuadros blancos y negros, una chaqueta de cuero marrón y unos pantalones gastados, acompañados de botines del mismo color de la chaqueta. A Mariana le pareció la versión colombo-francesa de un integrante de One Direction.

-Mucho, gusto Mariana… – dijo él esbozando una sonrisa encantadora, no cabía duda, que igual que los muchachos de One Direction, Jérôme Saint-Clair tendría su grupo personal de fanáticas adolescentes enloquecidas.

-…mi cuñada Liesel… – dijo Jerónimo señalando a la mujer parada al lado del muchacho. Era la mujer más corriente que Mariana hubiese visto jamás. Tenía el cabello pintado de un color indescifrable, la ropa escogida sin ningún gusto ni proporción, los zapatos de tacón alto rellenos de un montón de piedras estridentes, y encima la cara estirada y un tanto deforme, quizás por el uso excesivo del botox. Ni siquiera podía sonreír.

-Mucho gusto- dijo con una expresión que podía ser de alegría, tristeza o asco, daba exactamente igual.

-…Y mi concuñado, Juan Pablo Axelsson.- dijo Jerónimo señalando al hombre rubio al lado de Liesel, con una presencia y un porte extraordinarios.

-Mucho gusto Mariana, Juan Pablo- dijo Juan Pablo mostrando una risa aún más encantadora que la de Jérôme Saint-Clair.

-Mucho gusto- dijo Mariana- Entonces ¿Usted es el esposo de la señora Liesel?

-Puedes quitarle el “señora” -dijo la desagradable mujer, aferrándose como perra en celo al brazo de su marido- Y sí, Juan Pablo es mi marido ¿Por qué la pregunta?

-¿Entonces usted es hermana de la señora María Antonia?- preguntó Mariana.

-Claro, en efecto ¿No ve lo mucho que nos parecemos?

-La verdad, no- dijo Mariana con la mayor sinceridad posible, pero al parecer a Liesel no le había agradado el comentario.

-Bueno, Mariana, podemos pasar al comedor, y por supuesto tus invitados pueden acompañarnos- preparamos un desayuno especial para ti.

-Gracias, señor Saint-Clair – dijo Mariana sinceramente aliviada- Ya ni recuerdo la última comida que tuve.

Mariana no pasó por alto la mirada de desprecio profundo que le lanzó María Antonia Luján a la agente Wentz, ni tampoco la mirada insegura de Liesel Luján viéndola seguir a Jerónimo Saint-Clair, rumbo al comedor. Pero Mariana sólo se dedicó a sonreír, tenía que parece lo más indefensa posible, alguno de los miembros de aquella familia había acabado con la vida de su padre y había intentado mandarla por un abismo hacía unos minutos. Ahora corría de su cuenta saber de quien se trataba.

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