Capítulo 14. Sangre

tejido

“Hola”
Enviado a las 7:45 a.m.

“¿Hiciste lo que te pedí?”
Enviado a las 7:47 a.m.

“Estoy en eso”
Enviado a las 7:47 a.m.

“¿Piensas tardarte demasiado? Quizás deba buscar a otra persona…”
Enviado a las 7:47 a.m

“No, ya te dije que estoy en eso, no te preocupes, esto lo tengo en mis manos”
Enviado a las 7:47 a.m.

“Eso espero”
Enviado a las 7:48 a.m

***

El baño estaba desolado. Santiago Dajach se lavó la cara con fuerza, como intentando despertarse de la pesadilla que apenas estaba empezando a vivir. Se miró en el espejo; estaba pálido y ojeroso y sabía que aquel aspecto siniestro no sólo era consecuencia de el retraso de cuatro horas en el vuelo de Bogotá a Montería, ni al insomnio en los cuarenta interminables minutos que había demorado el vuelo. No, estaba aterrado por lo que había encontrado en aquel sobre de manila que había metido en el fondo de la maleta para no tener la tentación de verlo ni por accidente, al menos no hasta que llegara a Sincelejo.

El aeropuerto de Montería estaba desierto. Luego de salir del avión, Santiago pensó que podría tomar un taxi expreso a Sincelejo, o al menos uno municipal hasta Montería donde pudiera conseguir transporte, pero se equivocó. Los cinco pasajeros que lo habían acompañado en aquel retrasado vuelo nocturno, se embarcaron todos en una van que los estaba esperando en la bahía de entrada. Del resto, salvo por los dos guardias, no quedaba nadie en esa parte del edificio. Santiago se secó las manos, pasándoselas rápidamente por el cabello lacio y seco. Una parte de él quería quedarse ahí, en ese lugar, detenido para siempre, disfrutando de las mieles de las verdades ocultas y de los secretos enterrados; olvidando para siempre los fantasmas del pasado que ahora parecían susurrarle a los oídos a cada segundo y donde la sombra de la muerte ya no sólo no parecía aterradora, sino hasta deseable.

Se miró nuevamente al espejo y luego a la maleta tirada de cualquier modo en el piso brillante del baño. Sabía que tenía que tomar la maleta, salir de allí, preguntarle al guardia de seguridad por el número de una compañía de taxis, ir a Montería a conseguir un transporte para Sincelejo al precio que fuera. Pero le fallaban las ganas, como si una fuerza sobrenatural lo tuviera anclado al piso y no lo dejara moverse. El niño malcriado que tenía dentro y que había reprimido por completo durante su infancia por consideración al sufrimiento de su madre, rompió el cascarón y reventó por completo.

Santiago golpeó la mesa del lavabo con el dorso de sus puños cerrados, en un esfuerzo desesperado por cambiar el dolor incorpóreo que lo estaba consumiendo por dentro por el dolor físico de sus manos reventándose en pedazos. Se llevó las manos adoloridas a las manos, tirándose del cabello, con los ojos rojos y la garganta a punto de reventar por el llanto y los gritos reprimidos.

-NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!- gritó con todas sus fuerzas, con los puños cerrados presionando sus pómulos, sudando de frío y temblando del dolor y la rabia, justo antes de sentir que una explosión de un líquido cálido y espeso en su cabeza, que le quitaba lentamente la luz y lo terminaba de hundir en la más negra de las oscuridades.

***

Eran las cinco de la mañana cuando despertó. Esta tirado en una colchoneta sucia a ras de piso, en una especia de habitación para guardar los corotos viejos del aeropuerto. Había conos, luces reflectivas, sillas múltiples oxidadas, vidrios estampados con logotipos de aerolíneas y bocinas tan viejas y polvorientas que que empezaban a parecer caracoles fosilizados. Pero ni aún así era el lugar más aterrador en el que había despertado Santiago. En alguna ocasión que no lograba ubicar bien en el tiempo, había despertado en medio de la total oscuridad. Todo estaba negro y no podía ver ni siquiera el contorno de su mano. Gritó tan fuerte que su madre, que en ese momento estaba lavando los platos del almuerzo en la cocina, casi se parte una pierna subiendo las escaleras para ver lo que pasaba.

Santiago recordaba el episodio, no tanto como un accidente del juego de las escondidas, en la que se había quedado dormido en el improvisado escondite, sino por la furia que desplegó su madre luego de encontrarlo. Fue la primera y la última vez que lo golpeó. La lección había quedado tan bien aprendida, que Santiago nunca más entró a la habitación de su madre, aunque siempre le quedó la duda de por qué después del episodio su madre siempre dejaba el enorme armario bajo llave y cargaba la llave engarzada en la cadena de plata que su padre, el doctor Oscar, le había regalado en el último aniversario que celebraron juntos, antes de perderse para siempre en la soledad de La Mojana.

Pero la oscuridad de aquella habitación no era implacable, una luz incipiente proveniente de los calados en las paredes proporcionaba suficiente luz, como para ver los enseres y la maleta puesta de cualquier manera, otra vez, sobre el piso polvoriento del lugar. Le dolía la cabeza y sentía un ardor persistente en la base de la nuca, pero nada que una aspirina y un buen descanso no le quitaran.

Estaba mucho más tranquilo que la noche anterior. En una fracción de segundo recapituló los hechos y a la luz de la madrugada incompleta las cosas no se veían tan mal. Incluso había una probabilidad remota de que todo fuera una equivocación o una broma, aunque ni el mismo se creyera semejante estupidez, luego de ver las evidencias. Ahora sólo necesitaba la confirmación final, la prueba reina que le demostraba que su deducción inicial era correcto y sabía el lugar preciso donde podía encontrarla.

***

Salió del cuarto de enseres viejos. El aeropuerto estaba mucho más activo a esa hora. Había personas haciendo fila frente a los cubículos de las aerolíneas, donde los empleados con caras de modelos de catalogo de ropa barata, esbozaban una sonrisa congelada que distaba mucho de parecer natural. Llevaba la maleta en la mano y ya se encontraba a unos veinte pasos de la puerta de salida cuando los guardias lo vieron. Ambos venían corriendo.

Lo primero que se le pasó por la mente a Santiago era que la noche anterior, en medio del clímax de la desesperación, había cometido algún tipo de salvajada que no recordaba y lo había encerrado en la habitación polvorienta a espera de mandarlo al manicomio o a la cárcel, así que también se echó a correr.

-¡Oiga, señor, espere que no es pa’ eso!

“Sí, claro” pensó Santiago que, con maleta en mano, saltó con habilidad de atleta profesional el muro donde un grupo minúsculo de personas ya esperaban a los familiares que debían estar a punto de aterrizar.

-¡Disculpen!- alcanzó a decir Santiago medio segundo antes de escuchar a un hombre de bigotes y barriga prominente decir las palabras mágicas.

-¡Sincelejo, Sincelejo!

***

-¿Sincelejo?- preguntó Santiago tratando de parecer lo menos desesperado posible.

-Venga le colaboro- dijo el conductor, cargando la maleta.

-¿Nos podemos ir de una?- preguntó Santiago viendo como se aproximaban los guardias.

-¿Qué? ¡Faltan todos los pasajeros!

-Dele … yo le pago lo que sea.

-Pero es que… – era demasiado tarde los guardias ya estaban afuera, Santiago le quitó la maleta al conductor dispuesto a correr hasta la troncal, pero terminó en el piso. El conductor, pensando exactamente lo mismo que había pensado Santiago, le puso el pie, con el que se fue de bruces contra el piso.

***

-Oiga ¿Usted está loco o qué?- preguntó el guardia número uno, que lo ayudó a levantarse. Era un hombre de unos cuarenta años, pero en muy buena forma. La etiqueta en su uniforme decía Dajer.

-¿Lo dice por lo de anoche?- preguntó Santiago- Le juro que no sé que me pasó…

-No, por eso no- dijo el guardia número dos, un muchacho de unos veintidos año, muy alto y fornido, su etiqueta decía Bastidas- ¿Por qué salió corriendo así? ¡Estamos esperando al médico!

-¿Médico? ¿Por qué? ¿Le hice daño a alguien o qué?

-No- dijo Dajer- mi compañero y yo lo escuchamos gritar anoche y lo vimos en el baño. Le estabamos hablando, pero usted seguía gritando, así que la mejor idea que se le ocurrió a mi compañero fue usar el taser para controlarlo. No se preocupe, aquí hemos visto cosas más locas que un tonto gritando en un baño.

-¿En serio?- preguntó Santiago.

-En serio- dijo Bastidas- de verdad, discúlpeme señor, no fue mi intención lastimarlo.

-No se preocupe, no ha pasado nada.

***

La van tardó tanto en llenarse, que a Santiago le dio tiempo de ser evaluado por el médico que habían llamado los guardias, tomar un desayuno energizante y hasta de leer el periódico. El primer vuelo de la mañana, que debía aterrizar a las cinco y quince se había retrasado otra vez, según las pantallas, dizque por mal tiempo, aunque conociendo bien la fama de ciertas aerolíneas, lo más seguro era que estuvieran esperando pasajeros de última hora para mandar el vuelo con todo el cupo que pudieran.

Cuando llegaron los dos pasajeros faltantes, casi a las siete de la mañana. Santiago iba dormido en el puesto del copiloto. Hacía un día espectacular. Una brisa fresca y templada proveniente del océano se sintió por todo el camino a Sincelejo, tanto que el conductor dejó las ventanas abiertas para que circulara el viento, en lugar de encender el aire acondionado.

Santiago despertó justo llegando a Sincelejo, en el momento en que los pasajeros le indicaban al conductor las direcciones de destino. El descanso le había hecho bien. Veía las cosas de otra manera, pero en la medida que se sentía más tranquilo, más se convencía de que sus sospechas eran ciertas.

La van dejó dos pasajeros en la terminal y luego se dirigió al destino marcado por Santiago, la casa del rosal del frente en la esquina del segundo parque de Las Margaritas.

Todo seguía igual que antes. Luego de pagar y tomar la maleta, abrió la reja de la casa. El aroma era el mismo, rosas y miel, como cuando era pequeño. Y tal y como lo esperaba, su madre se encontraba en la mecedera de la sala, con una bola de hilo en el piso, tejiendo más por placer que por interés. Santi se quedó observándola por un momento y comprendió por primera vez cuanto la quería y que nada de lo que estaba a punto de desenterrar, iban a cambiar eso.

Amalia, seguía contando, moviendo los labios en silencio cuando vio a Santi.

-¡Ay! ¡Ay mijo! ¿Qué haces aquí?- dijo ella olvidándose del tejido para abrirle la puerta a su hijo, abrazándolo con tanto cariño y tanto amor, que fue imposible para ambos que no se le salieran las lágrimas de la emoción.

-¡Ay ma! Quiero salir de esto… me está matando- dijo él, mientras se sentaba en la butaca justo frente a la mecedora de su madre.

-¿Qué pasa Santiago? ¿Ya desayunaste?- dijo ella con intención de ir a la cocina.

-No, ma… mami, sientate, que lo que tengo que hablar contigo es importante.

Amalia se sentó en la mecedora, más intrigada que nerviosa.

-¿Qué pasó hijo?

-Mami, es sobre mi papá.

-Pero, Santi, tu papá… tú sabes lo que le pasó … en La Mojana ¿Recuerdas? ¿Por qué hablas de él ahora?

-Mami, ya no es necesario que mientas más… ya lo sé todo. Y te juro por mi vida que te entiendo y no te juzgo y tú eres y seguirás siendo la persona más importante del mundo para mi.

-Santi, no te entiendo.

-Mami, no me mientas más. Ya lo sé todo. Él me lo escribió- dijo Santiago- abriendo la maleta y sacando el diario que había encontrado en la caja de seguridad del Hotel Transpacific.

-¿Quién te escribió?

-Mami ¿Qué es lo que hay en el armario que guardabas tan celosamente? ¿Ah? ¿Eran sus cartas verdad? Yo siempre tuve la duda de que guardabas allí y ahora todo tiene sentido… ahora entiendo como pudiste sostener esta casa, darme mis estudios… y no era con tejidos ¿verdad?

-¡Ay Santi, mijo!

-Mi papá no se murió en un río en La Mojana, como me hiciste creer mami. Mi papá se murió hace tres días, mami… hace tres días- dijo Santiago con la cara completamente empapada de lágrimas- mami, a mi papá lo matarón, mami… lo colgaron de un árbol en Bogotá hace tres días. ¡Lo mataron, mami, lo mataron!

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