Capítulo 13. Trauma

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-Eres increíble… de verdad- dijo Santiago Dajach mientras manejaba su automóvil verde oliva del año, en medio del peor aguacero que había sufrido Bogotá en meses- ¿Le viste la cara a esa víbora?

-No estoy segura de haber hecho lo correcto- dijo Mariana que no se veía tan emocionada de la situación como lo estaba Santiago- tengo veinticuatro horas para cumplir el contrato e irme a vivir a casa de esa mujer, y la forma en que se doblegó… esa mujer no se va a quedar con esto.

-¿Por qué lo hiciste entonces?- dijo Santiago esquivando un charco para no mojar a un grupo de colegialas que avanzaban por el anden.

-Quizás porque podía- dijo ella, mirando a punto inexistente fuera del parabrisas del carro.

-Yo creo que hiciste lo correcto. Esa mujer se cree la dueña de esta ciudad, ya era hora de alguien le diera una lección. Y tú lo hiciste bien…- dijo él, ya sin sonreír viendo la gravedad de la situación.

-Quizás sí es la dueña de la ciudad ¿viste como lograron detener la investigación por la muerte de mi padre?

-Sí, pero ya escuchaste lo que dijo Warren, la agente encargada nos va mostrar todas las evidencias mañana, y con tu presencia en la casa, será mucho más fácil descubrir quien asesinó a tu papá, además, yo voy a estar cerca.

-¿Cómo?
-Aún no sé, pero así tenga que saltar las verjas de la Fortaleza Rota, o vestirme de mujer y trabajar de mucama… te prometo que no te voy a dejar sola ¿Vale?

-Vale- dijo Mariana tomando la mano que Santiago había dejado libre para confortarla- ¿Crees que fue ella?

-¿María Antonia? No lo sé… sería muy extraño que asesinara a alguien en esa casa que para ella es como sagrada… me parece más verosímil que esté encubriendo a alguien.

-¿Pero a quién?

-No lo sé, tú mañana vas a conocer a la familia “monster”… allá te darás cuenta.

***

Santiago siguió conduciendo su automóvil al norte de la ciudad por varios minutos más hasta que llegó al frente de un enorme edificio. Intentando buscar el parqueadero que siempre utilizaba cuando estaba por esa zona de la ciudad. Tocó el claxon y de inmediato uno de los vigilantes corrió hasta la ventana del auto, que él abrió timidamente.

-Amigo ¿Para parquear?

-No, mono… ese parqueadero se está llenando de agua, más bien estamos es llamando a los dueños para que venga a sacarlos de acá. Pero si puede parquear por la acera del parque. Yo le echo un ojito.

-Vale, amigo.

Santiago siguió las instrucciones del vigilante y ubicó su carro en la acera del parque justo frente a la sede local del Banco Transpacific.

-Wow- dijo Mariana observando el enorme cartel que titulaba al edificio- Parece que tienes prisa por reclamar tu herencia… ¡Y yo que pensaba que me ibas a llevar a Monserrate!

-Ah, pero te acuerdas- dijo él sonriendo.

-Claro que sí, tú me lo prometiste.

-Créeme que con esta lluvia, este no es el mejor día para hacer planes al aire libre.

-Lo sé, sólo estaba molestando.

-¿Quieres entrar conmigo?

-Creo que prefiero estar seca aquí, además creo que es algo privado.

-Es algo que tu papá te dejó, quiero compartirlo contigo.

-¿De verdad?

-De verdad. Sé lo que tú papá te quería y créeme eso no es algo que debas dar por sentado.

-¿Por qué lo dices? ¿Tienes alguna especie de conflicto con tu papá?

-Por favor, Mariana, no hablemos de eso.

-¿Otra vez el miedo a sentirte vulnerable?

-Sí, otra vez… no me gusta hablar de esto.

-Pero dime- dijo ella tomando la mano derecha de Santiago con sus dos manos- confía en mi.

-Mi papá desapareció cuando yo tenía cinco años. Trabajaba en un pueblo de la Mojana, una zona muy inhóspita… según lo que me dijo mi mamá, al parecer salió a atender a una niña que se había desmayado en un cementerio o algo así, él se fue en la lancha hasta la finca… y pues lo único que se sabe a ciencia cierta es que nunca regresó.

-Lo lamento mucho de verdad.

-Que bonito cumpleaños ¿Ah?-dijo él, cabizbajo, intentando contener las lágrimas.

-Tranquilo, todo va estar bien- dijo Mariana tocando la mejilla derecha de Santiago con el dorso de su mano, justo antes de aproximarse lo suficiente para tocar sus labios con los suyos.

Fue un beso suave y prolongado, sin asomo de lujuria y para ambos fue la conclusión natural de la tensión que había surgido entre los dos desde hacía menos de doce horas, en el momento en que se vieron en el aeropuerto.

-Bueno, Feliz Cumpleaños- dijo Mariana al culminar aquel roce romántico. Luego ambos empezaron a reírse como locos.

***

El recepcionista, un hombre rubio de mediana edad, los hizo seguir por un pasillo resguardado por dos puertas de seguridad. Para abrir las puertas, el recepcionista, debía pasar su carnet, introducir un código de seguridad en un teclado y colocar su mano en un sensor sobre la pared, y aún así debía esperar que el vigilante que lo acompañaba hiciera el mismo procedimiento. Mariana se sintió como entrando en una cárcel.

Santiago y ella había recorrido el trayecto desde la acera del parque hasta la recepción del edificio en medio de la lluvia, pero a pesar del frío y de la situación con el testamento y los buitres, como los había llamado Warren, ambos estaban felices. Cada uno por su lado creía haber encontrado algo único y especial en el otro y ninguno de los dos estaba dispuesto a dejarlo ir. Cuando entraron al pasillo iban tomados de las manos.

El pasillo era angosto y bien iluminado con paredes cubiertas por bandas metálicas que le daba un toque futurista al lugar. Finalmente el recepcionista llegó a una puerta doble marcada con los número 1051 y 1101.

-Por aquí por favor- dijo el individuo luego de abrir la puerta con una de sus llaves.

La habitación estaba llena de lo que parecían ser casilleros, todos pegados a las paredes y con una mesa metálica en el centro. El recepcionista se ubico sobre el casillero que tenía los números 1071, 1072 y 1073.

-Por aquí, señor, puede utilizar su llave aquí… los dejo solos. Cualquier cosa estaré afuera.

-Muchas gracias- dijo Santiago con la llave que le había entregado Warren hacía un par de horas.

-¿Qué pasa?- pregunto Mariana al ver que él no se animaba a usar la llave.

-Creo que tenías razón, es demasiado pronto.

-¿Todos los colombianos son así?

-¿Así como?

-¿Primero hacen las cosas y después las piensan?

-Bueno, creo que esa sería una excelente definición.

-Ya estamos aquí, no podemos echarnos para atrás.

-Sí, podríamos. Podríamos ir a dar un paseo un museo. Pasar el resto de la tarde juntos.

-O… podríamos hacer lo que ya tenías planeado y abrir la caja.

-Parece que estás más interesada en abrirla que yo.

-Bueno… tú me convenciste.

-Sí, claro, como siempre yo y mi bocota.

-Tienes una linda bocota.

-¡Qué ternura!- dijo él sonriendo.

Aquel toque de humor relajó a Santiago lo suficiente como para introducir la llave en la hendidura del casillero correspondiente. De inmediato una caja rectangular de metal apareció frente a ellos. Santiago la sacó del casillero y la dispuso sobre la mesa. Pesaba mucho menos de lo que creía.

-¿Lista?- preguntó él antes de abrir la tapa de la caja.

-Lista.

Adentro había un enorme sobre de manila y era evidente que dentro tenía un libro o algo parecido. El sobre estaba asegurado por bandas de caucho que lo unian con una fotografía del tamaño de una tarjeta de crédito.

-¿Quién es ese niño de la foto?

-Soy yo- dijo Santiago- soy yo cuando tomé la primera comunión.
***

-¿Puedo ser indiscreto?- preguntó Marcos a Ariadne mientras veían como caía la lluvia en la calle a través de los ventanales.

-¿Estás pidiendo permiso para meterte en mi vida privada?

-Bueno, creo que sí.

-Pues, puedes preguntar… lo que no te garantizo es que vaya a responder.

-Está bien, asumo las condiciones.

-¿Y?

-¿Y qué?

-¿Cuál es la pregunta?

-¿Por qué quieres saber esas cosas de Santiago Dajach?

-Bueno eso es personal. Tengo mis motivos.

-¿Te gusta?

-Eso es personal.

-OK, OK, no pregunto más.

-Sabes cuando te vi pensé que eras muy joven para ser detective, investigador o lo que sea. Siempre pensé que eran un montón de viejos calvos con sobrepeso. Tú eres bastante atractivo.

-¿En serio?

-En serio.

-Yo ya te había dicho que pensaba que eras mayor y bueno… menos bonita. ¿Qué edad tienes?

-¿Cuantos me pones?

-Mmmm…. Veintitrés o veinticuatro, quizás.

-Voy a cumplir veinticinco.

-Ah que bien.

-Bueno, parece que ya dejó de llover. Creo que ya es hora de irme, Marcos.

-Bueno, fue un placer quedarme atrapado en la lluvia contigo.

-Para mi también, creo que podemos ser buenos amigos.

-Ah… bueno, sí… claro… tú me llamas, supongo.

-Correcto, ya tengo tu número.

Marcos vio como Ariadne Saint-Clair bajaba en las escaleras eléctricas volteando para darle una sonrisa de despedida. Pensaba que había hecho una buena conexión con aquella chica, pero había quedado ya en la “zona de amigos” y de ahí era más dificil salir que de una cárcel china.

***

Santiago no habló en todo el camino a casa. Había dejado de llover y el cielo empezaba a parecer menos triste, pero era como si toda la oscuridad que se iba disipando de las nubes se estuviera transfiriendo al alma del periodista. Mariana no entendía por qué aquella foto lo había afectado tanto, desde el momento en que la vio, había cambiado por completo. Le pidió que lo esperara afuera mientras abría el sobre y una vez fuera, con los ojos enrojecidos parecía más un alma en pena que el hombre encantador que había conocido durante todo el día.

-¿Está todo bien?- preguntó Mariana preocupada por el estado de Santiago.

-No, no creo que esté bien- dijo él sinceramente consternado.

-¿Qué era lo que había en el sobre? ¿Qué te dejó mi papá allí?

-Creo que allí están todas las respuestas que había buscado desde niño.

-¿Sobre tu papá?

Santiago asintió con la cabeza.

-Puedo hacer algo por ti.

-Mariana, te voy a dejar en mi apartamento, puedes hacer uso de él como quieras, quiero que te sientas como en casa ¿está bien? Yo voy a tener que tomar un vuelo esta noche.

-¿Un vuelo? ¿Para donde vas? Pensé que me acompañarías mañana a ir a la Fortaleza Rota, a la casa de los Saint-Clair…

-No se me ha olvidado la promesa que te hice, Mariana… créeme que si no fuera importante no me iría de esta manera.

-¿Cuando vuelves?

-Espero regresar mañana por la noche o pasado mañana, como mucho.

-¿Y para dónde vas?

-Para mi casa… en Sincelejo.

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