Capítulo 12. Obsesión

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Aún no era mediodía cuando la oscuridad se apoderó de la ciudad. El día había amanecido con un sol tan cálido y deslumbrante que nadie en su sano juicio hubiese pronosticado el aguacero que caería sobre la ciudad justo en el momento en que empezaba la tarde. El cielo que había permanecido limpio y azul durante toda la mañana, empezó a colmarse de unos nubarrones oscuros que sólo presagiaban tragedias en una ciudad como aquella.

Sentado en una de las sillas del fondo del bus articulado, Marcos vio como la ciudad veraniega que había dejado cuando salió de su casa en Quinta Paredes, se transformaba en aquel hueco frío e invernal que tanto le había gustado de niño. A diferencia de la mayoría de los habitantes de la ciudad, a Marcos le encantaba el frío. Incluso a sus veintisiete años, tenía una figura tan esbelta que podía ponerse capas y capas de ropa sin el menor temor de parecer ridículo. Llevaba el cabello lacio inmóvil por el efecto del gel, sus gafas de uso permanente que le permitían reconocer las formas de las letras a la distancia, la barba de tres días y la chaqueta de lana negra que le daba un toque informal al pantalón y zapatos clásicos con que la acompañaba. Llevaba un sobre de manila en la mano.

El bus llegó al Portal de la 80 justo a las doce en punto. Marcos recorrió los túneles subterráneos mientras se metía el sobre de manila en uno de los bolsillos interiores de la chaqueta. Aunque le encantaba la lluvia no podía permitir que aquel aguacero imprudente dañaran todo el trabajo que había hecho el día anterior. Salió del Portal y con toda la velocidad que pudo, recorrió los cien metros que lo separaban del centro comercial, donde su clienta ya lo estaba esperando.

Luego de verificar que el sobre estuviera en perfecto estado, subió las escaleras eléctricas hasta el tercer piso, donde en una mesa solitaria junto a los ventanales lo esperaba Ariadne Saint-Clair.

Era mucho más joven de lo que esperaba. Cuando recibió su llamada el sábado a pocos minutos de la medianoche, requiriendo todos los datos personales del periodista Santiago Dajach, pensó que era alguna cuarentona, loca, obsesionada con algún hombre joven, lo que parecía confirmar luego de investigar al individuo. Incluso se había formado una imagen de ella en su cabeza, siguiendo el patrón chillón de su voz y las muletillas que alcanzaba a percibir por teléfono.

Pero la mujer que lo esperaba en la plaza de comidas del Centro Comercial no tenía nada que ver con aquella horrorosa imagen que se había hecho en la cabeza. Ariadne Saint-Clair no sólo no era vieja, sino que además de ser increíblemente hermosa, despedía un aire de inocencia y clase que sencillamente no podía pasar desapercibidos. Marcos se aproximó rapidamente y tomó la silla justo frente a ella.

-¿Marcos? – dijo ella sin asomo de picardía o cinismo en su rostro.

-¿Señorita Ariadne?

-Llámeme Ariadne no más ¿Le sucede algo? ¿Por qué me mira así?

-Bueno, es que no pensé que fuera usted tan joven y… hermosa.

A diferencia de lo que Marcos hubiese esperado, la muchacha se rió.

-Disculpe, fue un atrevimiento de mi parte.

-No se preocupe ¿Tiene lo que le pedí?

-Eh sí, claro- dijo Marcos sacando sacando del sobre de manila, las hojas con el informe que había preparado para ella.
-Tal como usted lo solicitó, aún se encuentran todos los datos personales del señor Dajach, su número de identificación, su dirección, sus número de teléfono fijo, sus dos números de teléfono celular, la dirección de su madre en Sincelejo y otros datos adicionales que espero le sean de utilidad.

-Está bien, muchas gracias, Marcos… disculpa ¿Cuál es tu apellido?

– Ramírez. Marcos Ramírez para servirle.

-Marcos, ya hice la transferencia de tus honorarios a tu cuenta, si quieres lo puedes verificar.

-¿Me pagó sin ver la calidad del trabajo?

-La persona que me recomendó me dijo que eras el mejor en estos asuntos, que eras una especie de genio de la informática o algo así.

-Sí, algo así. Pero, ¿Por qué me hizo venir hasta aquí si no era para pagarme? Yo podía enviarle todo esto a su correo electrónico.

-¡Ay Marcos! Si supieras lo aburrida que vivo en mi casa, entenderías porque a veces quiero salir despavorida de mi casa.

-¿Ah sí?

-Sí, Marcos, ya tengo que irme, si me disculpas…

-Pero está lloviendo a cántaros, el tráfico debe estar horrible.

-Sí, creo que tienes razón.

-Me dejaría invitarla a un helado. Igual, ya me pagó ¿o no?

-Bueno, creo que no tengo ninguna objeción ante eso.

***

La oscuridad se apoderó de la oficina de Conrad Warren justo en el momento en que terminaba de leer la última voluntad de Carlos Daniel González Castilla. Pero el silencio que se había apoderado de los presentes no tenía nada que ver con los nubarrones de espanto que se podía ver a través de los enormes ventanales, ni por los relámpagos que intermitentemente iluminaban el lugar. Parecía como si el tiempo se hubiese detenido. Fue el mismo Conrad Warren el que rompió el encanto, aunque mucho temía que se iba a arrepentir después.

-Bueno ¿tienen alguna pregunta?

-Pero ¿Qué clase de broma absurda es esta?- dijo María Antonia Luján levantándose de la silla, justo en el momento en que las luces de la oficina se encendieron automáticamente ante la oscuridad.

-No es ninguna broma, señora- dijo Mariana González sin levantarse de su asiento- es la voluntad de mi padre.

-Pues estás muy equivocada si crees que voy a permitir que una… desconocida entre a MI casa.

-¿Por qué? ¿A qué le tiene miedo, señora?- preguntó Mariana mirando fijamentea María Antonia.

-¿Miedo? ¡Aquí la única que deberías tener miedo eres tú!
-¡María Antonia!- exclamó Jerónimo Saint-Clair levantándose de la silla para sostener a su mujer.

-¿Es que acaso me está amenazando, señora?- preguntó Mariana, aún sin levantarse, con una tranquilidad que dejó pasmados a Conrad Warren y a Santiago Dajach.

-¡Ya basta, por favor! – dijo Jerónimo Saint-Clair intentando calmar los ánimos- Necesito hablar con mi esposa en privado, señor Warren.

-Señor Saint-Clair mucho me temo que no tenemos tiempo para que usted discuta el asunto con su esposa, el testamento es muy claro en que se debe dar efecto inmediato al mismo. Necesito tanto su respuesta como representante legal del Grupo Saint-Clair, como la de la señorita González, aquí presente. Así que es hora de tomar decisiones. En caso de que ustedes decidan hacer caso omiso de las instrucciones del testamento, hoy mismo emprendo las acciones legales para desmantelar el Grupo Económico Saint-Clair, pero aún sí ustedes deciden aceptar, está a discreción de la señorita Mariana si acepta o no. El documento que legaliza la acción está ya redactado y el notario aquí presente dará fe de autenticidad. ¿Señor Saint-Clair?

Santiago no pudo ocultar la sonrisa de satisfacción, en el momento en que Conrad Warren colocó el documento en la mesa y le entregó la pluma a Jerónimo Saint-Clair para que firmara. Pero lo que más placer le causaba era la cara de humillación que lucía en aquel momento la gran y altiva María Antonia Luján. Ver a aquella gente entre la espada y la pared no era algo que se viera todos los días.

-Necesitaría leer esto muy bien con mis abogados- dijo Jerónimo Saint-Clair sin levantar la vista del documento.

-Señor Saint-Clair el documento como puede ver, contiene los mismos puntos que usted firmó hace un par de semanas con el señor González Castilla, por lo que no puedo permitir que este procedimiento tarde más de lo necesario, o lo firma o no. Es así de sencillo.

María Antonia Luján Pérez de Saint-Clair no se había sentido tan humillada en su vida, como en el momento en que su esposo tomó la pluma de Conrad Warren y firmó el documento que cambiaría sus vidas para siempre.

-Muy bien- dijo el abogado- Señorita Mariana González ¿Su turno?

Mariana se levantó de su silla y levantó el documento del escritorio. Jerónimo Saint-Clair respiraba agitádamente y María Antonia Luján tenía la mano derecha puesta sobre sobre su boca en un gesto de consternación total. ¿Cómo le había pasado todo eso a su familia? ¿A su poder? ¿A su prestigio? Fue entonces que Mariana González dio el golpe final.

-Es decir, si yo no firmo, el grupo Saint-Clair desaparece ¿es cierto?- preguntó ella.

-Así es- confirmó el abogado.

-Entonces, creo que esto es mucho más conveniente para ellos que para mi. Yo tengo mi vida en los Estados Unidos y no tengo intenciones de mudarme a la casa de la señora… a menos, que sea ella misma quien me pida, aquí frente a todos ustedes, el favor de firmar este documento y entrar como huésped de honor a su casa.

Ni el mismo Santiago Dajach hubiese fabricado un golpe como aquel. Era la derrota final de María Antonia Luján.

-Mariana, yo…- empezó a hablar Jerónimo Saint-Clair.

-Señor Saint-Clair, creo que ahora todo depende de su esposa- dijo Mariano colocando la pluma del abogado nuevamente sobre su escritorio.

La sonrisa desapareció del rostro de Santiago esperando el siguiente movimiento, el balón había quedado en el terreno de María Antonia, era ella quien debía seguir el juego.

Un relámpago aún más intenso que los anteriores iluminó la oficina y por una fracción de segundo, las luces empezaron a titilar, mientras las gotas caían furiosas sobre la ventana a prueba de ruidos, como en una película muda, pero a todo color.

María Antonia Lujan se dio la vuelta, dándole la espalda a todos los presentes. Se llevó las manos al rostro y respiró profundamente. La mujer que volteó no tenía ni un solo rastro de humillación en su cara y se dirigió justo al frente de Mariana González. Tomó la pluma del escritorio y la puso frente a su cara. Jerónimo Saint-Clair se veía tan angustiado que Santiago empezó a tocar el teléfono celular en su bolsillo, en caso de que fuera necesario llamar a una ambulancia.

-Señorita Mariana González- dijo María Antonia- primero que todo, permítame pedirle disculpas por mi comportamiento hace un rato, creame que he estado bajo mucho estrés estos días, espero que me entienda. Así mismo le doy mis condolencias por la muerte de su padre, que en paz descanse. Y no sólo le pido por favor que firme este documento y salve el patrimonio de mi familia, sino también le pido que nos de el honor de atenderla en nuestra casa. Por favor.

-Creame que para mi será un enorme gusto, señora- dijo Mariana tomando la pluma y firmando el documento que la estaba amarrando, quizás para siempre, a aquella familia de buitres, tal y como lo había dicho el abogado Warren.

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