Capítulo 11. Motivo

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El golpe se escuchó en toda la calle principal. Jerónimo Saint-Clair, usando apenas sus manos y un peñón de tamaño tenebroso que había encontrado a un lado del cementerio, había desenganchado el recargado carruaje en el que Laureano Luján había recorrido el rumbo que habría de entregarlo finalmente a los gusanos.

Los asistentes al sepelio, que aún se encontraban en las calles aledañas al campo santo cuchicheando animadamente sobre el desmayo de una de las hijas del difunto, tuvieron más razones para hablar cuando el cachaco amargado que los había echado casi a patadas del cementerio luego del desmayo de la niña anónima se subió en el corcel de color oscuro intenso y salió a todo galope con dirección desconocida, como todo un príncipe de cuento.

De lo que nadie se dio cuenta, por estar centrados en el chisme y no en los hechos, fue de la entrega perfectamente visible que le había hecho un niño descalzo unos segundos antes. Jerónimo avanzó por las destartaladas calles del pueblo a una velocidad asombrosa. El pueblo nunca había visto ni vería jamás un jinete de tal habilidad. Los que alcanzaron a verlo pasar a toda prisa, como alma acosada por el diablo, sospecharon que iba camino a La Soledad, luego de ver como Margarita Pérez y el doctor Oscar Dajach había sacado a las tres hijas del difunto Laureano Luján, una de ellas desmayada, de acuerdo al consenso popular, por el intenso calor que hacía el cementerio y al disfraz de fantasma que su madre le había puesto a la fuerza aquella mañana.

Nadie, por supuesto, había alcanzado a notar la sangre que llevaba la niña en el vestido cuando la subieron a las volandas en la lancha que estaba esperando a la familia en la orilla. Nadie, tampoco, había notado el papel que le había entregado Oscar a Jerónimo justo antes de subirse en la lancha, ni mucho menos escucharon las instrucciones precisas que María Antonio Luján le había susurrado al oído al conductor de la embarcación, antes de que el cachaco administrador encargara al niño el papel y un montón de dinero por guardar la mayor discreción posible.

Jerónimo avanzó a todo galope, bajo el sol inclemente del mediodía hasta llegar al cruce del Caño Mojana, pero no lo cruzó. En lugar de eso siguió el angosto camino de herradura que corría paralelo a la corriente, tan veloz que en menos de diez minutos había alcanzado el puerto viejo, unas enormes escaleras abandonadas a la orilla del caño que en los últimos tiempos sólo servían a los niños para jugar en el agua los fines de semana. Tal y como lo habían planeado, la lancha los estaba esperando allí.

Jerónimo se bajó del caballo y bajó las escaleras a toda prisa, entregándole al doctor las medicinas y los implementos médicos que le había encargado el doctor Oscar Dajach. El jinete expertó vio como el médico destapó una de las jeringas y la insertó en un frasquito con un líquido blanco hueso en su interior luego de llenarlo con agua destilada. Las niñas sostenían los brazos de su hermana, todas sin quitarse la mantilla de la cara. El médico, en frente de todos, levantó la falda ensangrentada de la niña y la inyectó en una de las piernas. Jerónimo hubiese esperado que la niña reaccionara del dolor, pero no lo hizo, lo cuál sólo significaba que estaba muy mal.
-Creo que es mejor que arranquemos- dijo el médico mirando fijamente la bolsa con algodones, esparadrapos y apósitos que estaba a punto de abrir.

-¡Vámonos ya!- gritó Margarita Pérez viuda de Luján.

Jerónimo, sólo y con el infierno metido en el cuerpo por cuenta del sol inmisericorde y aquel traje ridículo, vio como se alejaba la lancha en medio de la vegetación anfibia de la región. Nadie le había dado las gracias.

***

La lancha llegó a La Soledad en menos de quince minutos. Oscar Dajach había envuelto a la paciente en el plástico caliente que servía de cortinilla para que los pasajeros de la embarcación no se tostaran con el sol. No era que Margarita se lo hubiese ordenado, o siquiera insinuado, sólo que le pareció que si se habían tomado tantas molestias pendejas en no revelar lo que había sucedido, no la iban a cagar ahora, mostrandole la sangre a todos los jornaleros que trabajaban en la finca.

Margarita se bajó de la lancha con una habilidad pasmosa y con ayuda de las niñas fantasmales bajaron a la enferma cubierta con un plástico de payaso. Oscar cargó a la niña y siguió a la nueva patrona de aquellas tierras rumbo a la casona. Incluso con el traje fantasmal y el plástico, la niña pesaba muy poco. Quizás era sencillamente la contextura de una niña menor, pero también cabía la posibilidad de que la niña no se hubiese alimentado bien durante el embarazo, quizás con la macabra intención de que no se le notara, pero si aquello era cierto era muy mala idea. Una mujer en embarazo, mal alimentada podía conducir a una anemia crónica, que en cualquier caso, al terminar el embarazo, podría generar precisamente lo que estaba sucediendo, una hemorragia abundante y difícil de controlar.

Margarita abrió la habitación principal que era la más grande y dio ordenes estrictas de que nadie entrara de no ser con su autorización. Despachó a los dos niñas a sus habitaciones y se quedó a colaborar con el doctor Dajach, que ya le había quitado la primera ronda de esparadrapos y apósitos a la niña.

-Necesitamos toallas lo más limpia que tenga y agua caliente, pero urgente.

-No se preocupe por eso doctor, yo me encargo de eso.

En menos de diez minutos, Oscar tuvo a su disposición una montaña de toallas de un blanco tan prístino que parecían brillar con luz propia, así como una palangana enorme repleta de agua hirviendo. Lo primero que hizo fue limpiar toda la zona genital de la niña, y luego ejercer presión sobre ella, para ayudar a que la sangre escandalosa reaccionara y empezara a coagular. Oscar quería ver si el cuerpo reaccionaba antes de propinarle una segunda dosis de oxitocina.

-¿La niña expulsó la placenta?
-¿Qué?

-¿Que si la niña expulsó la placenta?

-No sé de que me hablar- dijo Margarita sin mirarlo.

-Margarita, por Dios… tengo que saber si la niña no ha expulsado la placenta. Aquí estamos solos, nadie nos va a oir.

-Es que no sé, no sé… ella lo tuvo sola, no sé, no sé.

-¿Nadie la vio?

-Su papá.

-¿Usted sabía que estaba así de mal?

-No, yo no sé nada.

-Pues es mejor que lo sepa, porque si no le doy el tratamiento adecuado, la puedo matar ¿me entiende? Y usted va a tener la culpa.

-Creo que… bueno que una de sus hermanas la vio.

-¿Qué espera? ¡Vaya a preguntarle!

-Claro que no ¿Cree que lo voy a dejar aquí solo para que le levante la mantilla? Solo deme un momento.

Margarita de una vez llamó a una de sus empleados que trajo a las dos niñas, aún con las mantillas puestas. Las tres empezaron una conversación secreta que Oscar no pudo descifrar por más que forzó a sus sentidos a hacerlo.

Luego de unos minutos la viuda regresó. Le confirmó que en efecto, la niña había expulsado la placenta después del parto. A Oscar no le quedó más remedio que canalizar a la niña para tratar de reponer fluidos en su cuerpo, Jerónimo había conseguido dos bolsas de solución salina, pero aquello no iba a ser suficiente. Así que le pidió a Margarita que encargara más aditamentos.

A las tres de la tarde, llegó una bolsa enorme con las cosas que Oscar había encargado. Para entonces, ya le había administrado la segunda dosis de oxitocina y el sangrado había cesado casi por completo. La niña seguía con la piel pálida y el pulso debilitado, pero al menos no estaba peor, y eso era buena señal.

A las cinco de la tarde, la empleado le entregó a Margarita dos platos con yuca, queso y ajonjolí para recargar energías. Oscar, que en medio de la locura del cementerio, la lancha y la sangre no había almorzado, comió con ansias.

-Tenía hambre ¿verdad?- preguntó Margarita.

-La mentira da hambre, señora- dijo Oscar sin levantar los ojos del plato.

-No se atreva a juzgarme, médico, usted no sabe lo que pasó aquí.

-¿Por qué no me cuenta a ver si dejo de juzgarla?

-Un infeliz, uno de los sucios jornaleros que vienen aquí, abusó de mi hija. Ella es… sólo una niña, una niña, no entiendo como pudo suceder algo así. Yo no supe nada hasta ayer. Mis hijas me lo contaron todo. Mi marido lo supo hasta el día del parto.

-¿Cuando fue el parto?
-La madrugada del día que lo encontraron muerto.

-Anteayer.

-Sí, supongo que . Han pasado tantas cosas que parece que hubiese sido hace meses.

-¿Entonces su marido lo sabía todo?

-Sabía del infeliz que se atrevió a dañar a mi niña- dijo la viuda observando la figura fantasmal de su hija- se encargó de él, mando a unos peones a matarlo y cuando empezó la lluvia, salió con la niña en sus brazos. Solo Dios sabe para qué. No regresó.

-¿Y el violador? ¿Lo mataron?

-Creo que ya he hablado demasiado, doctor Dajach.

-A veces vale la pena desahogarse señora Luján.

-Sí, pero no con extraños.

***

Eran las ocho de la noche, cuando Oscar removió la séptima ronda de toallas y por primera vez no vio manchas de sangre. La hemorragia se había detenido. La niña respiraba mucho mejor y el pulso se había mejorado. Sin embargo no había reaccionado. Oscar revisó que no tuviera contusiones en la cabeza, después de todo se había caído en el hoyo funeral de su padre, pero no había nada visible. Habría que esperar hasta el día siguiente a ver como reaccionaba.

Margarita le ordenó a una de las empleadas que le asignara un cuarto al médico, para que pasara la noche, no sin antes entregarle un juego de sabanas y dos mudas de ropa limpia, que pertenecían al difunto.

-Le van a quedar grandes, pero al menos le servirán.

-Eso espero, mañana tengo que trabajar.

-Ya veremos, doctor.

-Sí, supongo que ya veremos.

La empleado le asignó uno de los cuartos externos. Le indicó que si quería hacer del cuerpo tenía que salir a la orilla del caño, para lo cuál le entregó una linterna de mano con pilas frescas. Estaba tan cansado, que se despertó para orinar después de las tres de la mañana. Encendió el bombillo y trazó la ruta más corta al caño. Puso la linterna en el piso para tener las dos manos libres y orinar a gusto. Había escuchado el golpe del chorro en el agua, cuando cerró los ojos casi instintivamente, sin saber que alguien, una sombra se hallaba detrás de él. Lo había seguido silenciosamente, a espera del momento propicio. Oscar siguió orinando cuando vio la sombra proyectada en el halo de luz de la linterna.

Sintió el golpe contundente en la espalda justo antes de caer de bruces contra la corriente del caño.

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