Capítulo 10. Testamento

testamento

El resto de la madrugada pasó sin novedad. Mariana había logrado dormir un par de horas en el sofá de la sala de su anfitrión y al despertar se sintió tan descansada que de inmediato empezó a preparar el desayuno. Apenas llegaron al apartamento, Santiago Dajach le había ofrecido su cama para que pasara la noche, pero ella se había opuesto en redondo. O la dejaba dormir en el sofá o la dejaba salir a buscar un hotel. Santiago optó por lo segundo, no sin antes rellenar de cobijas, cojines, almohadas y una pijama el mueble donde la huésped intentaría descansar antes de enfrentarse a la apretada agenda que tendría en unas horas.

Cuando Santiago despertó casi a las nueve de la mañana, encontró a Mariana completamente vestida y arreglada terminando de servir las tasas de café para el desayuno.

-Buenos días- dijo él- wow, ¿si alcanzaste a dormir algo?

-Sí, claro ¿y tú?- dijo Mariana que ocultó una risa incipiente llevándose una de las tazas de café a la boca.

-No sé ¿Qué hora es?

-Nueve y cinco- dijo ella mirando el reloj colgado en la pared de la cocina.

-Mierda, tenemos cita con Warren a las 11:00 ¿será que desayunamos de una vez? Yo me bañó en un dos por tres.

-Sí, claro, desayunemos… pero…

-¿Pero qué?- preguntó Santiago con el lacio cabello castaño oscuro completamente revuelto y con la sombra de una barba montaraz cubriendo su anguloso rostro.

-Creo que deberías vestirte primero- dijo Mariana apuntando las partes íntimas del anfitrión, que estaban completamente descubiertas.

-¡Jueputa! – gritó Santiago tratando de cubrirse con las manos y disculpándose de todas las formas posibles antes de emprender la huída a su habitación, ambientada por las carcajadas de su huesped.

***

-Así que duermes desnudo ¿ah?- preguntó Mariana mientras le untaba mermelada a la pieza de pan tostado que tenía en la mano.

-Uy, Mariana, de verdad, que pena… de verdad que se me cae la cara de la vergüenza- dijo Santiago, ya completamente vestido con un traje formal, perfectamente peinado, afeitado y perfumado.

-¿Vergüenza? ¿Acaso te avergüenza tu cuerpo?

-Bueno, mi cuerpo no me avergüenza… me avergüenza mostrárselo a una mujer que conocí hace dos horas.

-No te creo.

-¿No me crees?

-Claro que no… y te lo puedo probar.

-Adelante, señora vidente- dijo Santiago justo antes de tomar un sorbo largo de café caliente.
-¿Sueles ir a bares? Quiero decir, discotecas, pubs y ese tipo de sitios…

-¿Tú dices que si suelo “salir de rumba”?

-¿Así le dicen acá? Bueno, eso.

-Pues sí, de vez en cuando me gusta.

-¿Y conoces mujeres en esos lugares?

-Pues… sí, claro lo normal…

-Y traes esas mujeres que tienes dos horas de conocerlas a tener sexo contigo aquí ¿o me equivoco?

-No es lo mismo.

-Claro que lo es, te avergüenza que yo te haya visto desnudo porque me conoces hace unas horas, pero a una mujer que conoces en un bar y la traes aquí luego de dos horas de bailar con ella, no te da ni un céntimo de vergüenza, sino todo lo contrario.

-No es lo mismo.

-Claro que lo es… esas saben a lo que vienen, saben lo que van a ver, tú no esperabas que yo de idiota saliera esta mañana desnudo a preguntar si podíamos desayunar. Podías pensar que era una especie de pervertido o algo.

-Entonces lo que te da pena no es tu cuerpo, ni que lo muestres a una mujer que apenas conoces… te da miedo sentirte vulnerable.

-Bueno… creo que sí, creo que podría ser eso.

-Es eso.

-OK, OK, si hay algo que he aprendido en mis treinta años de vida es a no discutir con mujeres, siempre tienen la razón.

-¿Tienes treinta años?

-Sí

-¿Cuándo es tu cumpleaños?

-Hoy.

***

Iban ya de camino a la oficina de Conrad Warren, en el Chicó, cuando Mariana se sintió con ganas de molestar un poco a Santiago, con una pregunta que ya le había hecho.

-Entonces ¿Duermes desnudo?

-¿Otra vez?- dijo Santiago sonriendo mientras conducía su automóvil en medio del tráfico matutino de Bogotá.

-¿Otra vez el miedo a sentirte vulnerable?

-Sí.

-Tienes miedo de sentirte vulnerable.

-Sí duermo desnudo.

-¿Hace mucho calor acá o qué?
-No, así me acostumbré

-Que interesante- dijo Mariana intentando suprimir la risa.

Había algo en Santiago Dajach que la hacía olvidarse de sus compromisos en San Francisco, de la tristeza por la muerte de su padre y hasta descansaba de la tortura de las obsesiones que pululaban en su mente. No era algo completamente físico. Habiendo nacido y crecido en San Francisco, Mariana había estado expuesta a una comunidad de hombre que sabían sacarse el máximo provecho de su físico y Santiago Dajach no llegaba a ese nivel. Lo había visto completamente desnudo y era obvio que no se ejercitaba mucho, tenía una barriga incipiente y el cuerpo cubierto de una sombra de vello montaras, semejante a la que tenía en su cara antes de afeitarse. Sin embargo había algo en él, una facilidad de comunicación, una especie de inocencia divertida que la hacía sentirse atraída por él. Y eso era algo que ella nunca había sentido.

-Es Monserrate- dijo Santiago

-Disculpa ¿Qué?

-Eso que te quedaste viendo tan fijamente, es el cerro de Monserrate.

-¿De verdad? Parece una iglesia o algo así ¿no?

-Algo así ¿Quieres ir ahora que salgamos de la oficina de Warren?

-¿No tienes que trabajar?

-Bueno, de hecho pedí el día libre.

-¡Qué bien!

-¿Entonces?
-¿Entonces qué?

-¿Vamos a Monserrate?

-Mira, Santiago… la verdad es que, yo sólo vine a recoger las cenizas de mi papá y llevarlas a California. De hecho no sé que es lo que dice ese testamento y tampoco me interesa. Yo soy independiente y tengo mi vida en San Francisco.

Santiago sólo le respondió con una sonrisa forzada.

***

La oficina de Conrad Warren quedaba ubicada en el quinto piso de un lujoso edificio en el Chicó. Santiago y Mariana subieron el elevador sin decirse una palabra. Mariana lamentaba haber sido tan directa con él, pero era más cruel y peligroso seguir la corriente en un juego que no iba para ninguna parte; ella no tenía ninguna intención de quedarse en Bogotá, como le había dicho a su anfitrión, ella tenía su vida en San Francisco.

Al llegar a la oficina de Warren, su secretaria, una mujer joven y estilizada, los hizo pasar de inmediato a un enorme espacio con ventanas del piso al techo, con una hermosa vista al centro de la ciudad. Hasta el momento eran sólo los tres.

-Mister Warren, it’s a pleasure to meet you, Mariana González- dijo Mariana adelantandose a presentarse y a saludar al abogado.

-En español está bien, señorita González- dijo Warren indicándoles que tomaran asiento- necesito que el señor Dajach entienda muy bien lo que le voy a decir, y es mejor que lo haga rápido antes que lleguen los buitres.

-¿De qué está hablando, doctor Warren?- preguntó Santiago.

-La comisión investigadora que había sido autorizada ayer, acaba de ser suspendida.
-¿Qué? Pero el Senador Bruce me dijo que todo estaba listo…

-Lamentablemente las cosas no funcionan así en este país, el mismo presidente dio orden de suspender la investigación, dice él que por cuestiones de soberanía… bullshit, estoy seguro que Jerónimo Saint-Clair tiene la mano metida en esto, seguramente le ofreció algún tipo de incentivo económico, hay elecciones el otro año.

-Pero no lo puedo creer- dijo Mariana a punto de llorar- el crimen de mi papá no se puede quedar impune, señor Warren…

-Afortunadamente su padre también pensó en eso, señorita González, y creo que en esto necesitaré de toda su cooperación y la del señor Dajach también ¿Están dispuestos a hacer exactamente lo que yo les pida?

-Con tal de que la muerte de mi papá no quede impune, lo que sea.

-Cuente conmigo, Warren.

***

Los buitres, como les había llamado Conrad Warren llegaron a las once y treinta en punto. Jerónimo Saint-Clair iba impecablemente vestido en un traje de corte italiano con una corbata de sede en color dorado, María Antonia Luján de Saint-Clair vestía un sencillo sastre de color gris que resaltaban aún más el azul de sus ojos. La mujer exhibía una especie de sonrisa de satisfacción en los labios hasta que vio que habían dos personas más en la habitación.

-Doctor Warren- dijo Maria Antonia casi en un susurro mientras tomaba asiento al lado de su esposo- No sabía que vendría más… personal a esta reunión.

-Así es, señora Luján de Saint-Clair, tengo el gusto de presentarle a Mariana Gonzáles, la hija única del señor Carlos Daniel Gonzáles…
-Mucho gusto- dijo María Antonia observando a Mariana como si fuera una especie de cucaracha que estaba a punto de pisar.

-Mucho gusto, señora.

-¿Y qué hace este… señor, aquí? ¿No me diga que él también es hijo del difunto?

-Claro que no, pero el señor González lo incluyó también en su testamento.

-¿En serio? – dijo María Antonia emanando una sonrisa suspicaz – ¿No sabía que ustedes dos fuera tan cercanos, señor Dajach?

-Claro que eramos cercanos señora, pero no me sorprenda que usted no entiende, supongo que la amistad no es un concepto que usted conozca muy bien.

-¿Cómo se…?- empezó a decir María Antonia, pero Jerónimo en un gestó sin palabras la detuvo de inmediato.

-Por favor, señor Warren ¿Será que podemos empezar?

-Sólo estamos esperando al notario.

***

El notario llegó con media hora de retraso. Mariana y Santiago se había reitrado a una de las esquinas a hablar en voz baja, mientras que María Antonia y Jerónimo permanecían en un silencio glacial. Finalmente a las doce y cinco empezó la lectura del testamento.

-Con la presencia de la señorita Mariana González, el señor Santiago José Dajach Paternina, el señor Jerónimo Augusto Saint-Clair Aragón y la señora María Antonia Luján Pérez de Saint-Clair, damos inicio a la lectura de la última voluntad del finado Carlos Daniel González Castilla, ciudadano colombiano y estadounidense, ante la presencia de Notario Público.

Conrad Warren sacó un sobre y con la ayuda de un afilado abrecartas rompió los tres sellos que cubrían las lengüetas del sobre. Luego empezó a hablar.

Bogotá, Colombia.
15 de Junio de 2014

Por medio de la presente, yo, Carlos Daniel González Castilla, ciudadano de la República de Colombia y de los Estados Unidos de América, en pleno uso de mis facultades físicas y mentales manifiesto ante ustedes mi última voluntad. En primer lugar dejó al señor Santiago José Dajach Paternina la llave a la caja de seguridad marcada con el número 1072 del Banco Transpacific en la ciudad de Bogotá. En segundo lugar dejó a mi hija, Mariana González, mi casa en Pacific Hill en San Francisco, California, misma que se encuentra bajo un contrato de arrendamiento por cinco años, tiempo después del cual, ella podrá disponer de la propiedad a su gusto. Así mismo dejó a su nombre todas mis cuentas bancarias, mismas que enumero en los anexos del presente testamento. De igual forma, y ante la presencia de los señores Jerónimo Augusto Saint-Clair Aragón y María Antonia Luján Pérez de Saint-Clair hago sucesión de mis intereses en el Grupo Saint-Clair que equivalen al 52% del grupo económico, con la condición que se aplique de manera estricta parragrafo 2c del contrato de sociedad que firmé en conjunto con Jerónimo Saint-Clair como representante legal del Grupo Saint-Clair y que estipula el libre acceso de mi parte, y ahora de parte de Mariana González como mi sucesora, a la propiedad de la familia Saint-Clair en el norte de Bogotá, misma que se inscribe ante Instrumentos Público como Patrimonio Arquitectónico de la Nación con el nombre de “La Fortaleza Rota”. En caso de que mi hija tome la decisión de aceptar esta clausula, tendrá que vivir en esa casa por un periodo de seis meses, de lo contrario dejo instrucciones a mi abogado para que use el poder de veto en el consejo directivo del Grupo Saint-Clair para que venda a diferentes intereses todas las empresas que hacen parte del grupo, dejando un 90% de las ganancias a obras de caridad en el norte del país y el otro 10% a mi hija Mariana. Como medida de seguridad, si dentro de los seis meses que mi hija deba pasar en esa casa, en caso que decidiera hacerlo, sufre algún tipo de daño intencional por parte de cualquier persona, incluyendo, pero no limitándose a ataques físicos, desaparición o muerte sea esta natural, accidental o provocada, el abogado tiene las mismas instrucciones de fracturar el Grupo Saint-Clair de manera inmediata.

No siendo más el motivo de la presente, se despide muy atentamente de ustedes.

Carlos Daniel González Castilla

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