Capítulo 9. Funeral

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Las honras fúnebres con las que la familia Luján Pérez y el resto del pueblo despedirían para siempre a Laureano Luján empezaron a las ocho de la mañana. El Padre Antonio María Restrepo, que por cuestiones de salud había dejado de celebrar las misas matinales, salvo los domingos y días de fiesta se vio obligado a levantarse a las tres de la mañana para supervisar que la iglesia estuviera impecable para un evento de tal magnitud. Él, al igual que muchos de los lugareños se extrañaron que la Viuda de Lujan tuviera tanta prisa en enterrar a su marido. Por lo general, el muerto era velado un par de días en su casa antes de ponerlo a disposición de la humedad y los gusanos, siete metros bajo tierra, pero en el caso de Laureano Luján las cosas estaban resultando muy diferentes a como se esperaban.

Los floristas, encargados de hacer las opulentas coronas de flores naturales y artificiales, literalmente no dieron abasto y la mayoría quedó sin terminar. Las modistas tampoco pudieron terminar el encargo de banderas, vestidos y camisas negras que se le encargaron, pensando que tenían al menos setenta y dos horas para terminarlas y no menos de veinticuatro que era lo que estaba sucediendo. Era una situación extraña, pero de la que nadie se atrevía a hablar, no tanto por consideración a la familia doliente, como por el miedo de que Margarita Pérez Viuda de Luján tomara represalias. Era bien sabido que el carácter de la doña era muy diferente al del difunto marido, conocido por ser flexible y compasivo cuando las circunstancias apremiaban. Margarita tenía fama de déspota y cruel, hasta el punto que una vez se corrió el rumor que había azotado con el azote de los perros a una empleada por haber dejado la sopa demasiado salada. El hecho de que casi todos los habitantes del pueblo estuviera, si bien no trabajando directamente en las tierras o los negocios de los Luján, sino tan sólo emparentado con alguien esa situación, blindaba a esa familia de cualquier crítica impertinente.

Luego de haber sacado el cadáver del hospital donnde el doctor Oscar Dajach le había realizado la autopsia de rutina, la viuda había llevado el cuerpo a casa de una prima segunda suya en San Roque, según ella para no exponerlo a la travesía hasta La Soledad, aunque más de uno sospechaba que era para mantener el cadáver lo más lejos posible del pueblo, sin que al día siguiente se volviera una odisea enterrarlo. Incluso así, casi trescientas personas llegaron a la casa para acompañar a la familia, que era precisamente la que brillaba por su ausencia. Ni Margarita ni sus hijas se aparecieron por allí en toda la noche. Eso sí, habían dejado orden de ofrecer cerdo guisado, yuca y café hervido a todo aquel que lo quisiera, así mismo, también se habilitó una mesa para jugar dominó y otra para jugar cartas. La idea tampoco era que el fugaz velorio pasara desapercibido.

El doctor Oscar Dajach se había ido enterando de todos aquellos detalles desde las seis de la mañana, luego de que el viejo Arquímedes lo trajera de vuelta al pueblo, después de pasar una noche sin novedad en Santa Rita, salvo por los tétricos detalles que le había dado Ramfis sobre la madrugada del día en que apareció el difunto casi sin cabeza a la orilla del caño.

A Oscar apenas le había dado tiempo de bañarse, vestirse, ir al hospital para verificar que nadie se hubiera muerto en su ausencia y tomar su desayuno caliente en la fonda de la Señora Jazmín, antes de que tocaran las campanas que indicaban el inicio de la misa. El cadáver que había hecho el camino del pueblo a San Roque arropado con tres capas de lona en la parte de atrás de un campero oxidado, había regresado envuelto en un ataúd de roble fino, amarrado un coche fúnebre que había alguien había conseguido a las volandas en Magangué y había enviado en una lancha expresa hasta San Roque.

Un caballo peludo y de color negro azabache tiraba del coche bajo el comando de uno de los administradores expertos que había traído Laureano Luján para que le hicieran la contabilidad y administrara sus impuestos e inversiones, administrador que curiosamente también había sido un jinete de equitación en los torneos más elitistas de Bogotá. Se trataba nada más y nada menos que de Jerónimo Saint-Clair.

Oscar todavía esta a una cuadra de la iglesia, cuando se dio cuenta de que no podría entrar. La puerta estaba copada de gente, lo cuál indicaba que toda la nave centra estaba repleta también, así que se quedó de pie, con su conjunto de camisa, pantalón y zapatos blancos, esperando que arribara el féretro. Fue desde aquella posición que vio venir a la viuda de Luján, completamente vestida de negro, acompañada de tres figuras fantasmagóricas, completamente vestidas de blanco. Eran sus hijas.

No solamente a Oscar le pareció extraño que las hijas del difunto atendieran al sepelio de su padre vestidas de blanco, como si fuera para una primera comunión (o a casarse) sino que tuvieran la cara y la cabeza cubierta de tal modo que era imposible distinguir quien era quien. Oscar sabía que Laureano Luján tenía tres hijas: Liesel, la mayor que recién había cumplido los quince años en diciembre, María Antonia, que debía estar en los trece o catorce años y Ana Victoria que debía tener once o doce año. Se hubiese podido pensar que se podían distinguir por la estatura, pero las tres figuras fantasmagóricas parecían tener todas la misma estatura.

Oscar se arrepintió de no haber llegado más temprano y haber apartado un puesto dentro de la iglesia donde pudiera ver todo con más claridad. La información que le había dado Ramfis le había permitido ver la figura del rompecabezas, pero todavía le faltaban muchas fichas para armarlo y no era que tuviera algún complejo de héroes salvador de la justicia, sino que era tal el aburrimiento y el desdén que le provocaba aquel pueblo, que aquella cruzada personal no era más que una muy buena opción de entretenimiento. Después de todo ¿Qué es más entretenido que buscar a un asesino y meterse en las vidas privadas de otros? Fue tal la intensidad de su picardía que estuvo a punto de reírse, justo en el momento en que se acababa la misa y las gente empezaba su procesión hacia el cementerio y esta vez Oscar pensaba tener una posición de privilegio.

A empujones, el doctor logró abrirse paso en medio de la muchedumbre y logró ubicarse justo detrás de la Viuda de Negro y las Huerfanas de Blanco. Dos de ellas caminaban a la par de su madre, pero una de ellas, la que iba en el centro parecía estar arrastrando los pies, sobrellevando la velocidad agarrada de los brazos de dos sus hermanas. Oscar no tenía que ser muy brillante para deducir que era lo que le sucedía. Observó el brillante sol de Junio y pensó que con el calor húmedo y fastidioso de la muchedumbre apretujada primero en la calle y luego en el cementerio, sólo era cuestión de tiempo para tener a aquella familia justo donde quería.

La procesión fúnebre tardo menos de diez minutos en llegar a la puerta del cementerio, donde instantáneamente empezaron a escucharse aullidos y lamentos de dolor, provenientes de todas partes, pero ninguno de la Viuda de Luján que estaba absorta y petrificada. Las niñas fantasmales se sacudían violentamente, por lo que Oscar dedujo que también estaban llorando, aunque con la bulla infernal habiéndose sentado en el lugar era imposible darlo por seguro.

El Padre Antonio María, que parecía haber recorrido los siete círculos del infierno, dio las bendiciones de compromiso y de una vez, el cajón de roble fue arrojado al hoyo recién excavado. Los lamentos y aullidos se hicieron más aterradores y Oscar ya se estaba preguntando como saldría de allí, cuando el acto que estaba esperando sucedió, con mucho más espectáculo del que él hubiese anticipado.

Una de las niñas fantasmales había perdido el conocimiento y ya iba en dirección al suelo negro del cementerio cuando un empujón se extendió como una ola entre la muchedumbre y la niña cayó en el hueco donde estaban enterrando a su padre.

-¡Dios Mio, sáquenla de ahí!- gritó Margarita Pérez en el momento en que vio el impecable atuendo blanco de su hija cubierto por una palada de tierra tras otra- ¡Deténganse, estúpidos! ¡LA VAN A ENTERRAR VIVA!

Oscar de inmediato, no sólo apartó a los encargados de cubrir la tumba, sino que él mismo se metió en el hoyo, se acaballó a la niña en la espalda y con ayuda de los asistentes volvió a salir.

-Denle aire a la niña, por Dios… ¡Aire!- gritó Oscar con todas sus fuerzas, con el atuendo blanco también contaminado por el sucio de la tierra de cementerio.

Margarita se sorprendió por la actitud de Oscar y de inmediato ordenó con un susurró a su capataz de que diera la orden de evacuar el cementerio, orden que cumplieron con el mayor de los gustos todos los empleados, en especial Jerónimo Saint-Clair, el conductor del coche fúnebre, que con su acento de cachaco amargado les gritaba a los lugareños que ya no había nada que ver, que ya era hora de retirarse a sus casas.

Oscar llevó a la niña en brazos hasta la capilla del cementerio y la acostó en una de sus bancas, rodeado de Margarita y las otras dos niñas. Estaba a punto de quitarle la mantilla a la enferma, cuando la viuda lo detuvo.

-Cualquier cosa, menos eso, doctor.

La mujer habló con tanta convicción que Oscar alcanzó a asustarse sinceramente y a preguntarse si todo aquel juego macabro en el que se había metido era buena idea. Sin poder mirarle los ojos, ni la boca, se conformó con tomarle el pulso y escuchar su respiración. Estaba en eso cuando una de las niñas gritó.

-¡Mami, mira! ¿Eso es sangre?- dijo una de las figuras fantasmagóricas apuntando a su hermana.

Oscar miró la parte del vestido blanco de la niña desmayada y en efecto estaba empapado de una sangre espesa y pastosa. El doctor levantó el vestido y vio que la hemorragia provenía de las partes íntimas de la niña. Tal y como lo había sospechado, una de las hijas de Laureano Luján había tenido un hijo, aunque él aún no sabía quien era.

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