Capítulo 8. Choque

Mumbai_Airport

Mariana González escribía en la libretita que usaba de diario, cuando escuchó el llamado para abordar el avión que la llevaría por primera vez a Colombia. Había permanecido casi tres horas en el terminal dos del Aeropuerto Internacional de Los Ángeles esperando la conexión que la sacaría de los Estados Unidos para ver por última vez a su padre, aunque fuera en forma de cadáver.

No era la primera vez que permanecía tanto tiempo en el LAX, de hecho una vez había tenido que dormir allí, en el suelo frío y pelado, porque el vuelo que la conectaría a Tailandia sufrió un desperfecto en medio de la pista y habían obligado a todos los pasajeros a bajar y a esperar en una de las terminales hasta que se solucionara el problema. Pero esta vez era diferente.

Vestida con unos jeans ajustados, una camiseta blanca sin mangas, una chaqueta roja, zapatos deportivos y una capucha de lana negra, Mariana había recorrido el camino de la terminal siete hasta la terminal dos, llevando su morral de viaje con los dos o tres mudas de ropa que podría necesitar para realizar todos los trámites necesarios para llevar las cenizas de su padre de vuelta a San Francisco. Esperaba que a su llegada a Colombia, la investigación sobre la muerte de su padre estuviera resuelta y estuvieran castigando al culpable con todo el peso de la ley. Obviamente Mariana ignoraba como funcionaban las cosas en Colombia, y menos con una familia tan poderosa como los Saint-Clair, obstaculizándolo todo.

Eran las ocho de la noche cuando esuchó el llamado a abordar. Había dejado su vida en pausa en San Francisco, sus diseños, su pequeño estudio, las caminatas diarias en Precita Park y las salidas ocasionales a Dolores Park o a El Rio a tomar unas copas con Mandy, la única persona en el mundo que Mariana podía considerar una amiga.

Mariana se subió al avión. Estaba practicamente vacío, por lo que escogió una silla cerca a los baños, junto a la ventana. Le parecía increíble como había cambiado su vido en menos de doce horas. Luego de hablar que Santiago Dajach le enviara la fotografía con la carta que su padre le había enviado, Mariana había salido de su casa, bajado la colina de Bernal Heights y avanzado por Mission Street hasta la estación del BART de la Calle 24, rumbo hacia el centro de la ciudad. La carta especificaba que en caso de que le sucediera algo, Mariana debía contactar de inmediato al Senador Oliver Bruce, que estaría en San Francisco durante quince días en trabajo regional en sus oficinas del edificio Transamerica, en el centro de la ciudad.

Se bajó en la estación de la calle Montgomery y caminó la seis cuadra que la separaban de la emblemática estructura, que aparecía en todas las postales y fotografías de turistas, junto al puente Golden Gate.

Las oficinas del Senador Bruce se encontraban en el décimo piso. El recepcionista le había indicado que el Senador tenía una agenda de trabajo y que no atendería a nadie sin previa cita, pero cuando Mariana le dijo que era la hija de Carlos Daniel González, el recepcionista se comunicó de inmediato con el senador, que la hizo pasar de una vez. El Senador era un hombre delgado, de ojos azules vivaces y una risa fácil, entendía porque su padre, un hombre extrovertido y risueño haría tan buena amistad con alguien así. Claro, la sonrisa se le borró del rostro en el momento en que Mariana le informó que su padre había sido asesinado en Colombia.

Mariana fue testigo de como el Senador Bruce había movido todas sus influencias y en menos de veinte minutos le informó que una fuerza conjunta de la embajada y de la fiscalía colombiana estaría investigando la muerte de Carlos Daniel.

-¿Los colombianos permiten eso?

-Tienen que hacerlo … nos están pidiendo mucho dinero ahora, creo que estarán más que felices de que puedan hacer algo para irnos pagando por adelantado. Tu padre era un ciudadano estadounidense y no voy a permitir que su muerte quede impune en ese país.

Las luces de la enorme ciudad de Los Ángeles habían desaparecido por completo cuando la azafata pasó por su puesto preguntando si necesitaba una almohada o una cobija. Mariana rechazó ambas ofertas. Si bien su obsesión de limpieza y control disminuía exponencialmente a medida que se alejaba del lugar donde residía, a sola idea de cubrirse con un trapo que seguramente otra persona había llenado de sudor la inquietaba, así que para dormir bien, sacó de su morral un pequeño cojín sobre el que apoyo la cabeza, esperando que el vuelo hacia Bogotá no fuera tan largo como esperaba.

***

Eran las cinco de la mañana cuando las pantallas del Aeropuerto El Dorado indicaban que el vuelo 550 de Transpacific Airlines estaba aterrizando. Santiago Dajach, que había estado en el aeropuerto desde las tres de la mañana, se compuso la cara de insomne, se arregló la camisa y se abrochó la chaqueta que lo separaban de un choque hipotérmico en medio del frío bogotano. Sacó del bolsillo derecho de su pantalón un marcador y una hoja de cuaderno que le había prestado a un niño que iba rumbo a Disneyland y marcó el nombre de la persona que estaba esperando.

Se encontraba ya en la fila de espera, junto a un montón de gente de dudosa procedencia ofreciendo hoteles y habitaciones, cuando empezaron a salir los primeros pasajeros. Estaba intentando levantar la hoja de papel, cuando dos de los sujetos que ofrecían habitaciones empezaron a empujarse y a decirse palabras soeces. La trifulca que se armó fue tal que los guardias del aeropuerto tuvieron que intervenir y llevarse a los dos sujetos. Cuando todo volvió a la normalidad, Santiago se dio cuenta que ya no tenía la hoja.

-Maldita sea- dijo.

-¿A quién le dijo maldita?- le dijo una mujer blanca y pecosa con un sueter de lana enrollando su rollizo cuerpo.

-Pues creo que a usted no, señora, se me perdió la hoja con el nombre de la pasajera…
-Pues, apúrese, que ya están saliendo…

Santiago tuvo que pensar rápido. Tomó el marcador que tenía en su bolsillo y escribió el nombre de la pasajera que esperaba en la palma de su mano y levantó la misma tratando de que fuera visible en caso de que saliera. Habían pasado varios minutos desde que salieron los primeros pasajeros y ya estaba pensando que la chica probablemente había salido del aeropuerto, cuando vio a una chica vestida de jeans, camiseta y una chaqueta roja, con zapatos deportivos blanco y una capucha negra en la cabeza. Tenía el cabello negro lacio, la nariz fina y delicada, que hacía juego con sus pómulos sobresalientes y unos ojos negros y brillantes. Santiago sólo había visto a una mujer así en cine o en televisión. O quizás en los eventos de modelos que había ido a cubrir en su calidad de periodista… pero nunca en la vida real.

Estaba tan ensimismado viendo a la chica, que no se le ocurrió pensar que ella era la pasajera que estaba esperando, cuando empezó a caminar hacia él Santiago se asombraba de lo vulnerable que era cuando le atraía una mujer. Cuando la chica empezó a acercarse, Santiago empezaba a creer que existía el amor a primer vista, el destino y todo eso, hasta que estando los dos frente a frente ella habló.

-Hola.

-Hola- dijo Santiago, mientras sonreía como bobo.

-¿Quién es usted?

-Ah… bueno, yo soy Santiago Dajach… estoy esperando a alguien….

-Creo que es a mi a quien está esperando, señor Dajach…

Entonces todo tuvo sentido.

-Oh, mierda… ¿Usted es Mariana González?
-Hasta donde sé, sí soy Mariana González.- dijo la chica divertida con la reacción extraña de Santiago.

-Oh, perdón… la estaba esperando.

-¿No le alcanzó para una hoja de papel que le tocó escribir mi nombre en su mano?

-Es que yo tenía la hoja, pero bueno, hubo una pelea y mejor dicho…

-Señor Dajach…

-Dígame…

-Estoy cansada y aquí hace mucho frío… ¿Nos podemos ir?

-Oh, sí… claro, tengo el carro en el parqueadero.

Santiago llevó el morral que servía de equipaje a Mariana hasta el automovil y le abrió la puerta para que se subiera. Ya iban en camino por la Calle 26, cuando ella rompió el silencio de hielo.

-No sabía que usted venía a esperarme al aeropuerto.

-El señor Warren me pidió que me encargara de usted.

-¿Quién es el señor Warren?

-De la embajada, amigo del Senador Bruce.

-Ah ok ¿El hotel Lux queda muy lejos?

-¿Hotel Lux?
-Sí, es el hotel donde me voy a quedar.

-Por supuesto que no… usted se queda hoy en mi apartamento, el señor Warren también me recomendó eso.

-Creo que yo estoy lo suficientemente grande como para tomar esa decisión.

-Usted no entiende lo que sucede… estamos en Colombia… y su padre fue asesinado, no es buena idea que esté en un hotel, donde no hay que ser un mago para entrar y salir sin estar registrado.

-Bueno, creo que en eso puede tener razón.

-No se preocupe, usted estará a salvo en mi casa.

Viendo a Santiago Dajach con su cabello arreglado, su barba incipiente y sus ojos verde oscuro, Mariana González sintió que una parte de ella, muy instintiva y básica no quería estar a salvo con aquel hombre tan cerca de ella. Ni mucho menos.

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