Capítulo 7. Testigos

mango-trees

Mientras el pueblo se preparaba para los funerales magníficos de Laureano Luján, el doctor Oscar Dajach por primera vez dormía placida y profundamente en la hamaca que había colgado entre los dos árboles de mango que dominaban el patio de la casa que tenía alquilada desde la primera vez que había llegado al pueblo. Por primera vez en meses, si era que no en todo el tiempo que llevaba trabajando en aquel rincón del mundo, había tenido una tarde tan tranquila en el hospital, que a media tarde se atrevió a pedirle a Lily, la enfermera en turno que se encargara de los asuntos del hospital, mientras él tomaba una siesta y que en caso de cualquier emergencia, lo mandara a buscar a su casa. Era increíble como la gente dejaba de enfermarse, de pelearse, de cortarse y hasta de traer hijos al mundo cuando una noticia de aquellas dimensiones rondaba la calle.

No bien Margarita Pérez había identificado el cuerpo del difunto y el anillo de oro macizo que había encontrado Oscar en los preliminares de la autopsia, se terminaron de efectuar todos los trámites para sacar al occiso del hospital, tan rápida y tan eficientemente que Oscar volvió a su oficina a terminar su almuerzo con el mismo apetito con el que había iniciado.

Si había algo agradable en el pueblo y en toda la región eran las tardes, justo entre el sopor insoportable del mediodía y la nube de mosquitos del ocaso. Una brisa templada y constante llenaba las calles, las casa y los patios, como reponiendo las energías drenadas por el sol inclemente. Oscar tuvo cuidad de ubicar la hamaca de tal manera que recibiera sombra toda la tarde, pero alejado de los racimos de fruta que, de caer, podían reventarle la cabeza de un solo golpe.

Había dormido tan profundamente, que cuando despertó sofocado por la presión de los mosquitos, ni siquiera recordaba lo que había soñado. Se sintió tan bien y tan descansado, que ni siquiera le importó.

Se dio una ducha larga y prolongada, auspiciada por el tanque elevado que tenía la casa y uno de los pocos que se contaban dentro del pueblo. Se puso un par de jeans a la moda y una camisa limpia y salió a buscar algo que comer.

El pueblo estaba desolado. En lugar de los montoncitos de gente que había observado el día anterior, lo único que se veían era puertas cerradas por doquier. Incluso la fonda de doña Jazmín había cerrado temprano. El único lugar abierto y eso porque no cerraba nunca, era la cantina de Tibursia, en la plaza central, justo al frente del caño. Había mucha más gente de la que Oscar hubiese esperado. Tibursia por lo general sólo vendía licores a esa hora, pero en vista de que todas las fondas y negocios estaban cerrados había encargado un sancocho de bagre salado y plátano verde para todo aquel que quisiera consumir aquella noche.

-Nunca había visto a este pueblo tan solo- le dijo Tibursia a Oscar, mientras trataba de buscar el volumen perfecto para mantener a los clientes contentos, pero no al pueblo escandalizado.

Oscar se sentó en una mesa con vista al caño, la brisa vespertina había cesado, pero aún así la vista de la luna reflejada en la corriente era lo suficientemente agradable como para soportar el vaho tibio y pestilente que salía de las aguas a aquella hora. Tibursia le sirvió una cerveza helada, mientras esperaba el sancocho y mientras terminaba de saludar informalmente a todos los presentes, ninguno con algún vínculo obvio con la familia Luján.

Iba por la segunda cerveza cuando vio pasar por el frente de la cantina a alguien que había conocido el día anterior.

-¡Señor Arquímedes! ¡Señor Arquímedes!- gritó Oscar levantándose un poco de la silla para hacerse escuchar mejor.

El anciano volteó de inmediato y parecía estar esforzándose demasiado en reconocerlo, pero al final lo hizo y sonrió acercándose a la mesa.

-Homb’e docto ¿Se las está pegando?- preguntó el viejo Arquímedes de pie junto a la mesa de Oscar.

-Siéntese más bien y me acompaña a “pegármelas”- dijo Oscar sonriendo- Tibu, traeme otra acá para el amigo.

El viejo Arquímedes ya había limpiado la boca de la botella y tomado el primer sorbo cuando Oscar lanzó la primera pregunta.

-¿Y cómo sigue el paciente?

-Mejor docto, hoy estuvo bien todo el día.

-¿No ha tenido pesadillas?

-No, lo único fuera de lo normal es que ahora pasa con un escapulario amarrado en la pierna. Pero hoy en la tarde jugó una media con los pelao’s de la vereda.

-¿Y dónde vive usted pues?

-En Santa Rita, docto, ahí tengo la canoita, ya iba para allá precisamente.

-¿Y qué hacía por acá?

-Pues viendo donde me consigo otro trabajo.

-¿Por qué otra trabajo? ¿Usted no trabaja con en una de las fincas de los Luján?

-Sí, pero ¿Es que usted no sabe, docto?

-¿No sé que?
-La señora Margarita piensa vender todo, nos dijo que pasaramos la otra semana, después del novenario, por una liquidación.

-¿Tan rápido?

-Para que vea usted, docto.

-¿Y usted por qué cree?

-¿Por qué creo qué?

-Que la señora tiene tanta prisa de irse…

Oscar notó que Arquímedes apartó la mirada y cambió la expresión de picardía por una preocupación.

-Supongo que no le gusta vivir aquí, se querrá ir para Sincelejo o para Barranquilla.

-Pero ¿Ella no es de aquí, pues?

-No, no sé, docto.

-Pues hasta donde tengo entendido ella es de aquí… y pues, sería la primera persona que viviendo aquí tanto tiempo se quiera ir así de rápido ¿No le parece raro?

-De pronto es por las niñas.

-¿Por las hijas?

-Seguro quiere mandarlas a estudiar lejos, usted sabe, ya todas son unas señoritas y pues no es lo mismo mandarlas solas, que estar pendiente de ellas.

-Pues sí, supongo que tiene razón.

La llegada del sancocho de pescado con plátano verde a la mesa, suspendió la conversación. Arquímides estaba a punto de irse, pero Oscar no le permitió irse sino lo acompañaba y le pidió a Tibursia un plato de sancocho para el anciano.

-Bueno, docto, muchas gracias por todo- dijo el viejo Arquímedes, levantándose de la mesa con demasiada prisa, como para que Oscar no lo notara.

-Espéreme don Arquímides

-¿Cómo así docto? ¿Que lo espere para qué?

-Para ir a visitar a mi paciente… deje le pago la cuenta a Tibu y lo acompaño.

***

Oscar no tenía idea de lo aterrador que resultaba viajar en una canoa estreche en medio del caño, a aquella hora de la noche. La luna estaba en todo su furor cuando habían salido de la orilla, en el pueblo, pero a medida que avanzaban con rumbo a Santa Rita, un nubarrón denso y espeso se había apoderado del cielo, dejando todo sumido en las tinieblas.

El viejo Arquímedes sacó de una mochila maloliente una linterna oxidada que parecía haber sido utilizada por última vez por la época en que la gente todavía se bañaba con jabón de monte. Oscar pensó en lo estúpido que había sido al montarse en esa canoa. A aquella hora podía estar plácidamente dormido en su casa alquilada, o podía estar sentado en la terraza del hospital, esperando que a alguien se le olvidara la muerte de Laureano Luján para poder recordar que estaba enfermo.

No sólo era la oscuridad y el continuo movimiento del agua, era la nubes de mosquitos que salían por todas partes y que Oscar no podía matar en cuanto se posaban sobre su piel, sin el peligro de volcar la canoa ante un movimiento brusco. Pero había notado algo en la voz y en la expresión del viejo Arquímedes que le indicaban que aquel anciano sabía algo de la muerte de Laureano Luján.

Había quedado sentado en el acta de defunción que su muerte había sido un paro cardio-respiratorio provocado por una falla sistema en sus órganos ante una hemorragia masiva originada en los constantes golpes que destrozaron la cabeza. Oscar había anotado que el estado del cuerpo indicaba que el difunto había sido sometido a una serie de golpes violentos, por lo que concluía que aquella muerte había sido provocada. Un asesinato. Y si el viejo Arquímedes sabía algo, Oscar quería saberlo, aunque tuviera que soportar la proliferación de mosquitos, la oscuridad y la inminencia del peligro del agua.

La linterna, contra todo pronóstico, encendió y en las manos de Arquímedes empezó a iluminar todo alrededor de la canoa. Era increíble como un poco de luz podía ser tan fuerte en semejante oscuridad.

-Tome docto- dijo el viejo Arquímedes ofreciéndole la linterna a Oscar para que se encargara de iluminar el paso, mientras él se encargaba de los remos.

En la embarcación propulsada que salía todos los viernes, domingos y lunes del puerto en la orilla del caño, Santa Rita quedaba a menos de cinco minutos, pero en la canoa del viejo Arquímedes quedaba a más de media hora. Oscar sintió un alivio enorme cuando vio los bombillos amarillos rodeados de insectos voladores a un lado de la corriente, mucho más cuando vio que la canoa se dirigía inexorablemente a la orilla.

-Listo docto, llegamos.

Oscar salió de la canoa y con un salto preciso, puso pie en tierra firme. Ramfis salió inmediatamente de la casa de ladrillos de arcilla sin repellar y techo de zinc que llamaba hogar.

-¿Doctor Dajach? ¿Y usted que hace aquí? ¿Viene a dormir aquí?
Oscar no sabía que responder, había estado tan empeñado en llegar a Santa Rita que no se le había ocurrido pensar como se iba a devolver al pueblo.

-Bueno, creo que sí ¿no? Ya está muy tarde para regresar ¿no?

-Pues sí, docto… acá tenemos una hamaca que le sirve… lo malo es que no tenemos abanico. Mi papá y yo dormimos en el rancho de atrás, ahí los mosquitos no se meten.

-Ah bueno, yo duermo donde sea- mintió Oscar tratando de emular una sonrisa.

-Bueno docto, yo voy a arreglarle la hamaca dijo el viejo Arquímedes, dejando a su hijo en compañía de Oscar, bajo la luz fantasmagórica del bombillo amarillo.

-Ven, acercate a la luz- dijo Oscar. Ramfis se acerco y miró a la luz, con la cabeza sostenida por el médico.

-Todo bien, Ramfis ¿Has tenido pesadillas?

-No, el Señor y la Virgen me protegen.

-Que bien, ojalá te protejan de encontrar otro muerto en el caño- dijo Oscar fingiendo interés en tomarle el pulso al muchacho.

-No, ni Dios lo quiera, docto.

-¿Qué crees que le pasó?

-¿A quien?

-Al muerto… a Laureano Lujan.

Oscar vio como Ramfis hacía la misma mueca que su padre. Sabía algo y no lo quería decir.

-No sé, de pronto se cayó por la orilla.

-A menos que la orilla del caño tenga brazos y manos para sostener un garrote y destruirle el cráneo, no creo que eso haya sido lo que haya pasado.

-Tiene razón, eso es lo más estúpido que se me ha podido pasar por la cabeza.

-Relájate, cuando uno dice mentiras, siempre termina cagándola.

Ramfis se apartó y le dio la espalda. Oscar creía que el muchacho se había enojado, pero luego se dio cuenta que en realidad estaba verificando que su padre siguiera en el rancho de atrás.

-¿Qué pasa Ramfis? ¿Sabes algo?

-Yo lo escuché, en la madrugada…

-¿Qué escuchaste, Ramfis?

-Era un bebe- dijo él susurrando- un bebé que lloraba, lo oí clarito, venía de la curva del diablo, allá adelante.

-¿Y que tiene que ver un bebé con la muerte de Laureano Luján?

-Cuando iba con mi papa, lo vi… al principio no sabía que era… pero era la misma ropa, estaba oscuro y pensé que era basura, pero cuando lo vi en el caño, docto, era la misma figura…

-¿Crees que Laureano Luján estaba con un bebé? Pero ¿Por qué lo traería al caño?

-Docto, usted es un man inteligente ¿No se lo imagina?

Un grito de una mujer pasó por la cabeza de Oscar mientras intentaba armar el rompecabezas.

-¿Y que más viste?

-La sombra docto, la sombra que asesinó al patrón, la sombra que asesinó a Laureano Luján.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s