Capítulo 6. Sospechosos

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Jerónimo Saint-Clair se encontraba en una importantísima reunión con un grupo de inversionistas franceses, explicando los alcances de su nuevo proyecto en la zona del Departamento de Sucre, cuando se abrió la puerta de la sala de juntas y una mano flaca y sin anillos depositó una tarjeta en la urna de mensajes destinada para casos extremos.

Sandra Aguilar, su secretaria privada, tenía terminantemente prohibido, bajo cualquier circunstancia interrumpir una reunión en la sala de juntas en las oficinas generales del Grupo Saint-Clair, menos cuando el propósito de dicha reunión era la de convencer a extranjeros de que invirtieran en cualquiera de sus múltiples empresas. Sin embargo, el método del hermetismo total había probado tener una falla peligrosa, cuando luego de una reunión extensa con inversionistas japoneses en 2004, salió al mundo exterior con la noticia de que su hijo menor, Lucas Saint-Clair, llevaba cinco horas en el hospital por cuenta de una peritonitis que amenazaba con quitarle la vida. Jerónima era un hombre que vivía por su trabajo y eso lo tenía muy claro, no se engañaba diciendo que era un hombre de familia, que pensaba todo el día en su esposa y sus hijos, pero la perspectiva de no despedirse de alguno de sus hijos mientras le sonreía a un montón de viejos codiciosos le parecía tétrica. Por eso había diseñado la técnica de la urna. Sandra, que llevaba trabajando con él casi el mismo tiempo que llevaba de casado con María Antonia, tenía entonces la opción de hacer un pequeño mensaje escrito y depositarlo en la urna transparente a un lado de la puerta en caso de una emergencia. Aquella era la primera vez que la utilizaban.

Jerónimo siguió con su exposición las ventajas de cultivar alimentos en la Región de la Mojana, y sacarlos a través del Golfo de Morrosquillo mediante una línea ferrea que podría incluso ser construida por el propio gobierno nacional, bajo los incentivos adecuados, pero justo antes de la sección de preguntas, le dio el mando de la reunión a su socio y concuñado Juan Pablo Axelsson.
Juan Pablo, con su cabello rubio y su sonrisa reluciente de cuarentón bien conservado estaba contestando con muy buen tacto las preguntas asesinas de los potenciales inversionistas franceses, cuando Jerónimo se acercó a la urna y leyó el mensaje. En efecto, estaba en problemas. Jerónimo le hizo una señal de “prosigue” a Juan Pablo y salió de la iluminada sala de juntas rumbo a su oficina.

Cuando abrió la puerta, ella estaba ahí, de pie, mirando el horizonte de la ciudad a través de los enormes ventanales que iluminaban el enorme espacio destinado para la oficina del fundador y socio mayoritario, bueno segundo socio mayoritario del grupo Saint-Clair.

Veinticuatro años de matrimonio había marcado huella en la relación entre Jerónimo Saint-Clair y su esposa. Se había casado con ella en mil novecientos noventa y desde entonces sus negocios no había parado de crecer, por lo que la había considerado su amuleto de la suerte, claro, hasta la adquisición hostil que Carlos González había hecho hacía un par de semanas y que lo había dejado en la cuerda floja en el mando sobre su propia creación.

María Antonia dio la vuelta. Llevaba un sobrio vestido negro, que combinaba a la perfección con su cabello negro brillante, perfectamente lacio y arreglado. Sus ojos azul cielo eran hermosos e inquietantes al mismo tiempo, como si pudiera ver más allá de lo evidente y sondear el alma de aquellos que se atrevieran a interferir en su camino. Fue entonces que se dio cuenta cuanto la amaba, ya no con el amor lujurioso de la juventud, ni con la codicia supersticiosa de sus años mejores, sino con el amor calmado y sincero de la rutina diaria de saberse suyo en cualquier circunstancia, dentro de la cama y fuera de ella. De sólo pensar en el asunto tuvo una erección. María Antonia podía ser una gran dama de sociedad frente al público, pero en la intimidad era fuego puro, tanto así que nunca se le había ocurrido la estúpida idea de abandonarla por ir detrás de otra que seguramente le diría que lo quería para sacarle dinero, sin darle a cambio lo que su esposa le proporcionaba de muy buena gana.

A la luz de los ventanales, María Antonia sacó de su bolso de diseñador, un papel blanco doblado y se lo extendió a su marido. Luego de leerlo confirmó que no sólo él estaba en problemas, sino toda su familia.

-¿Sabes que significa eso, Jerónimo?- dijo María Antonia en un tono despectivo que no le gustaba en nada a su marido.

-¿Se atrevieron a ir a mi casa?

-Claro que sí, estuvieron allá hasta hace un rato. Lo revisaron TODO, Jerónimo, todo. Se llevaron las cintas de seguridad de anoche, tomaron muestras del arbol donde el trastornado ese se colgó, entraron a las habitaciones, a la cocina, todo… peinaron el lugar. ¿Puedes si quiera imaginar la humillación, la indignación que yo sentí?

-Créeme que no eres la única humillada aquí, querida.

-Tú me dijiste que te habías encargado de todo, que nadie iba a hacer preguntas, que todo estaba solucionado…

-Lo estaba…yo me encargué de todo.

-Entonces ¡¿Por qué carajos pasó esto?! – era la primera vez que Jerónimo veía a María Antonia gritar en una circunstancia que no fuera sexual.

-Alguien en Estados Unidos, alguien muy poderoso está detrás de todo esto… el presidente no autorizaría algo así, si no hubiese presión de por medio. Quizás tiene que ver con el fondo que piensan solicitar para el tal pos-conflicto con la guerrilla.

-¡Ay por favor!- dijo María Antonia dándole la espalda a su marido para ver nuevamente a través de los ventanales de la oficina- no va a haber ningún pos-conflicto, a ese estúpido pronto le estallará todo en las manos y no sólo no habrá podido concretar nada, sino que va a recrudecer la guerra, el muy imbécil.

-Te prometo que voy a investigar esto, mi amor- dijo Jerónimo abrazando a su mujer por detrás- no te preocupes, que no voy a permitir que esto nos pase a nosotros.

Fue entonces que escuchó los sollozos de su mujer, en definitiva aquel era un día cargado de sorpresas. Se hubiese maravillado menos viendo al presidente haciendo de carne de cañón en una película porno europea que a la altiva y soberbia María Antonia Lujan de Saint-Clair llorando como una magdalena.

-Mi hermana, Jerónimo, mi hermana… cuando esos tipos pusieron sus asquerosos pies en mi casa, mi hermana se asustó, entró en crisis… no la había visto así desde hacía tanto años Jerónimo, tantos años. Me partió el alma verla en ese estado nuevamente.

María Antonia Luján tenía dos hermanas y Jerónimo no tuvo que preguntar a quien se refería su mujer cuando utilizó la palabra crisis. Ana Victoria era su hermana menor, “La Loca” como Ariadne y Lucas solían llamarla cuando era niños. Era una mujer enferma. No salía nunca de su cuarto y cuando lo hacía no pronunciaba una sola palabra, llevando el pelo cortado a dentelladas, una feo camisón de encajes, que hasta una monja en un convento encontraría demasiado tapado. Pero lo que más le chocaba a Jerónimo era que siempre estaba descalza. Nunca se había sentado a la mesa con los otros miembros de la familia, ni nunca los había acompañado a sus viajes familiares, y nunca hablaba con nadie, salvo con sus hermanas. En algún momento, cuando sus hijos tenían unos 9 y 7 años respectivamente, Jerónimo le había sugerido a su mujer la posibilidad de recluir a su trastornada hermana en un manicomio, pero María Antonia se había negado en redondo y le dijo muy claramente que si pensaba enviar a su hermana a un sitio de esos, que de una vez le pusiera la camisa de fuerza a ella y la enviara también.

Liesel, la hermana mayor de María, era el polo completamente opuesto… demasiado opuesto para su gusto quizás. Liesel era la esposa de su socio Juan Pablo Axelsson y fue precisamente a través de ellos que Jerónimo había conocido a su mujer. Liesel era una mujer despampanante. Vivía al día con las últimas tendencias de la moda en lo referente al cabello, los accesorios, la ropa, los zapatos, los autos… todo. Vivían en la misma zona residencial donde se asentaba La Fortaleza Rota, el otro nombre con el que conocían a la Mansión Saint-Clair, pero de acuerdo con lo que le informaban a Jerónimo su esposa y los empleados, Liesel pasaba más tiempo en su casa, que en la de su marido. Liesel era espontanea, risueña y extrovertida. Incluso se rumoraba que tenía una especie de relación pervertida con su marido, participando en intercambio de parejas, orgías, sesiones de sado-masoquismo y tantas cosas que Jerónimo se escandalizaba tan solo con escucharlas, pero claro eso no pasaba de ser un rumor.

Lo único que le faltaba a Liesel para ser feliz, al menos ante los ojos criticos de Jerónimo Saint-Clair eran los hijos. Liesel era mayor que su esposa y Jerónimo dudaba mucho que a esas alturas del partido llegara a salir embarazada, pero también se extrañaba que no hubiesen hecho lo mismo que muchos de aquel lado de la ciudad: adoptar un niño extranjero luego de fingir los nueve meses de embarazo con una barriga de trapo. Jerónimo lo había visto, embarazos extraños donde la madre tomaba licor, caminaba sin dificultad sin hinchazón y que al octavo mes de “gestación” salía de viaje a algún lugar del mundo y traían a un bebe demasiado caucásico para ser hijo de ella. Jerónimo había investigado al respecto. Muchos de esos niños los traían de Rusia, dentro de una red de traficantes de menores que había estado al mando de un tal Demyan Fedorov, que curiosamente había sido encontrado muerto bajo extrañas circunstancias cerca al balneario de Coveñas. Le había pasado la información a su concuñado, quien pareció estar interesado, pero luego de dos años, las cosas seguían iguales en esa rama de su loca familia.

Jerónimo estaba consolando a su mujer, levantando la falda de su vestido, tocando suavemente sus muslos, buscando su entrepierna. Ella respondía generosamente y ya era demasiado evidente lo que iba a ocurrir allí cuando entró una llamada.

-¿No vas a contestar?- preguntó María Antonia ladeando la cabeza para que su marida la besara en su pálido cuello.

-No, no debe ser nada importante.

En realidad si era algo importante, pero en ese momento Jerónimo sólo existía para sus instintos más bajos. Subió por completo la falda de su mujer, mientras se abría la correa, el botón y la cremallera del pantalón; le puso la mano en la espalda a su mujer, forzándola a inclinarse, allí en su oficina con los ventanales abiertos, a la vista de toda la ciudad. No había nada más excitante.

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