Capítulo 5. Dolientes.

Viuda

No había pasado ni media hora desde que el doctor Oscar Dajach había confirmado la identidad del cadáver encontrado en el Caño Mojana, cuando ya hasta las hermanitas Salas, que no hablaban sino entre ellas cuando era puramente estricto y necesario, se habían enterado hasta de los más mínimos y privados detalles, ficticios o reales de la muerte de Laureano Luján.

El pueblo se había convertido en un hervidero de chismes, a pesar de que empezaba a entrar la noche en todo su furor, con un cielo forrado de nubes, amenazando con desatar la tormenta en cualquier momento. Por todas las calles se veían montoncitos de personas hablando y cuchicheando en voz baja, analizando punto por punto los detalles de la trágica noticia. Las motos y las bicicletas circulaban por las calles como glóbulos rojos, que en vez de oxígeno, llevaban esa preciosa información que les permitía a los lugareños entretenerse con algo más que el noticiero de las siete, la novela de las ocho o las tristes cantinas de siempre.

No fue sino hasta las diez de la noche, cuando ya todo el mundo se preparaba para comentar la noticia desde la comodidad de sus camas y hamacas, que alguien se preguntó si alguien se había tomado la molestia de avisar a la familia del muerto.

El doctor Oscar Dajach había terminado la autopsia y había registrado los hallazgos más notorios en el acta de defunción, a la que sólo le faltaba el nombre del difunto, puesto que alguien de la familia debía reconocer el cadáver antes de llenar el requisito. Habiendo vivido en el pueblo por tanto tiempo, le parecía inconcebible que la familia de Laureano Luján no estuviera enterada, así que no vio problema en colgar la hamaca en su sala de consulta y dormir un poco antes de que alguien de la familia doliente viniera a reclamar el cuerpo sin saber que en la Finca de los Lujan nadie sabría de la noticia sino hasta el día siguiente en la madrugada, cuando los jornaleros encargados de ordeñar la leche empezaron a comentarlo.

A nadie en esa finca de ingratos se le ocurrió pensar que la ausencia tan prolongada de su patrón obedecía a tan trágicos eventos. Incluso a su esposa, Doña Margarita Pérez de Luján, no le pareció extraño que su marido se ausentara toda la noche, pensando que quizás se había quedado a dormir con alguna de las zorras de turno que tenía en el pueblo. Margarita, por supuesto, ignoraba las oprobiosas circunstancias que obligaron a su marido a salir en la madrugada con una criatura recién nacida en brazos.

La Soledad, las finca más extensa de Laureano Luján y donde había construido la enorme Casona donde había llevado a vivir a su familia, había recibido el nombre del sentimiento que la señora producía en el dueño, luego de haberle parido tres hijas y no haberlo tocado nunca más por la única infidelidad que llegó a oídos de Margarita sin haber sido cierta.

Cuando las empleadas del servicio le informaron a la señora, cuando bajó a tomar el café de la mañana, que estaban diciendo que su habían encontrado a su esposo desde el día anterior, con la cabeza apachurrada en medio del Caño Mojana, Margarita no se tomó ninguna prisa. Se aseguró de cerrar las cortinas para que sus hijas durmieran hasta tarde y dio orden estricta de no molestarlas. Se arregló con un traje negro de compromiso, un sombrero, unos lentes de sol finísimos y se dispuso a recorre los quince kilómetros que la separaban del cadáver de su esposo, que con la temporada de lluvia se convertían en una interesante aventura de más de dos horas de viaje.

La casona de los Luján se encontraba en un alto desde donde se podía divisar el camino de herradura que unía a los desperdigados pueblos de La Mojana con el pueblo de San Marcos, y también el brazo de la ciénaga que conectaba con el Río San Jorge y con el Caño de la Mojana, y que era la vía que más se utilizaba cuando empezaban las lluvias. Margarita, por supuesto, eligió la vía de agua.

***

Eran las once de la mañana, cuando sentada cómodamente en la canoa metálica que la había sacado de La Soledad, Margarita Pérez empezó a divisar las estructuras más altas del pueblo. Vio, por supuesto, la enorme torre metálica que servían de soporte para las enormes antenas en forma de platos que servían tanto para brindarle a los lugareños el tan necesario servicio telefónico, como para capturar la señal de las canales peruanos que se reproducían sin ninguna contraprestación en todas las viviendas del casco urbano. También desde esa distancia eran visibles las dos torres de la iglesia, recién remodeladas y pintadas gracias a una generosa donación que Margarita había hecho hacía menos de un año, con la condición de que el Padre Antonio pidiera al señor todos los días por la felicidad y tranquilidad de todos los miembros de su familia. Al parecer aquello no había funcionado tan bien como esperaba.

La canoa de Margarita estaba aún a quince minutos de arribar en la orilla del pueblo, cuando ya se había regado la noticia de que la Viuda de Luján se aproximaba con su séquito de sirvientes para reclamar el cadáver de su esposo. A pesar de que nadie sabía con exactitud quien había empezado a circular el rumor, lo cierto era que a las once y diez de la mañana, medio pueblo estaba esperando en el puerto para sentirse partícipes de aquella tragedia que no era de su incumbencia.

Margarita, acompañada de dos empleadas domésticas y de uno de los capataces de La Soledad, no se sorprendió del recibimiento, era lo mínimo que podían hacer los lugareños para empezar a honrar la memoria de su esposo. Una cosa era que ella se sintiera satisfecha y libre por la ausencia final de su marida y otra muy diferente que su familia perdiera la prominencia y el poder que tenían en la región.

La Viuda de Luján caminó con una seguridad y una confianza de reina la tabla que servía de plataforma entre la canoa metálica y las escaleras del puerto. Tal y como lo esperaba, el jefe de la policía se encontraba allí. No era que esperase una investigación exhaustiva de la autoridad raquítica enviada por el gobierno de turno al pueblo, con cinco muchachos flacuchos y mal alimentados bajo el mando de un gordo corrupto que hacía las veces de jefe.

Margarita aceptó los saludos afectados de algunos conocidos, pero no tardó más de lo necesario en llegar hasta el jefe de policía y requerir una reunión privada, de inmediato.

***

-Me imagino que sabe por qué estoy aquí, Teniente ¿No es así?- dijo la Viuda de Luján cómodamente sentada, con un vaso de limonada con hielo en su mano izquierda.

-Por supuesto que sí, Margarita- dijo el teniente sin decidirse a sentarse. El calor en la sala de recibo del edificio del comando era infernal a aquella hora y la única corriente de aire provenía de la ventana del patio, lejos de las sillas habilitadas para los visitantes.

-Es apenas obvio que necesitamos saber quién hizo esto, cualquiera que se haya atrevido a atentar contra un miembro de mi familia, merece que le caiga todo el peso de la ley.

-Le aseguro que eso haremos, Margarita, pero no podemos hacer nada, ni siquiera llamar al juez y a medicina legal en Sincelejo, sin que usted reconozca el cadáver y el doctorcito Dajach firme el acta de defunción… y le sugiero que se de prisa, los muertos mientras más tiempo los dejan sin enterrar, más apestan y más si los sacan de ese caño asqueroso.

-Le sugiero que mida sus palabras, Teniente, le recuerdo que está usted hablando de mi marido.

-Por favor, Margarita, yo era amigo cercano de Laureano, tomábamos juntos cada vez que venía acá… era demasiado obvio que no sentía el más mínimo respeto por usted… además que no veo ninguna señal de que haya llorado el día de hoy.

-Son asuntos familiares, que sólo nos conciernen a nosotros.
-Sin duda alguna, sólo que me gusta que la gente sea transparente, no hay necesidad de fingir, Margarita… Al menos no aquí conmigo.

-Quizás debería motivarme un poco más a hacerlo, Teniente Macias ¿Por qué dice que mi marido no me respetaba?

-Creo que ser uno de los mejores clientes del burdel de Elsa califica como falta de respeto ¿no? Eso sin contar con la niñita esa que tenía de amante, en la calle del cementerio.

Margarita no se inmutó, terminó la limonada, dejó el vaso en la mesa de centro y miró al Teniente Macias directamente a los ojos.

-¿Cómo es el nombre de esa niñita?

-Es mejor que no lo sepa, Margarita.

-Es mejor que lo sepa, Teniente, no quiero que en unos meses, una zorra aparecida salga embarazada sabrá Dios de quien, afirmando que su bastardo tiene algún derecho sobre lo que sólo le pertenece a mis hijas.

-No se preocupe, Margarita… si usted me motiva los suficiente, yo puedo encargarme de ese problema desde ya, sólo por si las moscas.

-¿Cuánto?

***

El doctor Oscar Dajach se disponía a abrir el portacomidas donde le habían traido el suculento almuerzo del día, cuando Miguel Elías, el celador del hospital, le informó que “la Doña” venía en camino al hospital. Oscar sabía a quien se refería el conserje cuando hablaba de “la Doña”. Cerró de nuevo el portacomidas, que dejó sobre su escueto escritorio oxidado y se dispuso a sellar aquel ciclo de locura lo más pronto posible.

La mujer no venía sola. En medio del sol mortal del mediodía mojanero, doña Margarita Pérez Viuda de Luján veía impecable con su atuendo de vestido, zapatos, sombrero y cartera, con los colores oscuros de la muerte. No era bonita, y las canas y las arrugas prematuras la hacían ver mucho mayor de o que en realidad era, pero llevaba un porte y una distinción que la hacían fascinante a la vista de cualquier que desconociera el significado de aquella palabras. Dentro de su séquito de acompañantes se encontraban dos mujeres y un hombre que evidentemente trabajaban con ella. El Teniente Macias, el jefe de la policía del pueblo; Berna Romero, la secretaria del colegio que no se perdía ningún acontecimiento que tuviera lugar en el pueblo, mucho menos si involucraba un muerto, dos señoras más que Oscar siempre veía caminando a misa los domingos y arrastrando los pasos y evidentemente ofuscado por el calor, el Padre Antonio María Restrepo.

La Viuda había traído al padre para que le diera la última bendición al difunto, pero Oscar temía que con el grave estado del cura, al finalizar el día el número de muertos no se fuera a incrementar. Sin embargo, apenas la mujer estuvo a la distancia apropiada para realizar los saludos, el doctor se dibujó su sonrisa de compromiso en el rostro.

-Señora Margarita, la estaba esperando.

-Gracias, doctor. Por favor, muéstreme el cadáver. Quiero salir de esto hoy mismo.

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