Capítulo 4. Homicidio

precita park

Mariana González llevaba dos horas despiertas, cuando recibió la llamada nefasta que cambiaría su vida para siempre. Como todos los días, se levantó a las cinco de la mañana, saltó de inmediato al baño donde tomó una ducha completa y prolongada intentaba con eso limpiarse por completo de la mugre de la noche. Una vez se sentía lo suficientemente limpia, vestía sus pantalones ajustados para hacer ejercicio y una camiseta sin mangas. Todos los días sin excepción hacía la misma rutina: cuatro series de abdominales, cuatro series de flexiones y cuatro series de sentadillas. Por supuesto, aquello era apenas el calentamiento.

A las seis de la mañana en punto, con el sol veraniego iluminando toda la ciudad, Mariana salía a recorrer sus cinco kilómetros diarios, corriendo en torno a Precita Park, donde a esa hora decenas de ciudadanos ya se encontraban paseando a sus mascotas y por supuesto, recogiendo sus heces.

Mariana llevaba dos meses en el vecindario y aún se sorprendía de la cantidad de perros que salían todas las mañanas a su lugar de ejercicio en compañía de sus dueños. Vivía en un pequeño estudio en Mirabel Avenue con una enorme ventana con vista a Twin Peaks y a los rascacielos del centro. Incluso, en los días con menos niebla podía ver claramente el brillo azulado de la Bahía. Era el lugar perfecto para realizar su trabajo, lejos de la sobreprotección de su padre.

Había adquirido todos sus muebles en una venta de garaje en Noe Valley, cerca a la esquina de Alvarado y Castro, donde una anciana con acento de Europa del Este le ofreció un precio de ganga por todas sus cosas. Según Mariana pudo entender en la corta conversación que tuvieron, la mujer necesitaba el dinero para pasar sus últimos días en una casa de retiro en Florida y que con el dinero que le había entregado Mariana pensaba comprar el boleto de avión.

En realidad había sido una ganga, los muebles estaban en perfecto estado, casi sin usar. Por supuesto, antes si quiera de subirlos a su estudio los mando a lavar y desinfectar. No podía darse el lujo de meter un mobiliario contaminado en su nuevo estudio.

La obsesión de Mariana con la limpieza era tal, que cuando Evan Schwarz, el chico con el que había salido en los últimos seis meses había decido ehcarle un ojo a su nuevo apartamento salió despavorido al ver que casi la mitad del armario de su novia estaba lleno de productos e implementos de limpieza.

A Mariana todavía le dolía la cara de horror que había mostrado Evan aquella tarde, esa cara de “debes estar demente” que tantas veces había visto antes y por la que había perdido no sólo novios y amigos, sino también a su padre.

Había hablado con él el fin de semana, habían tomado un café en la esquina de Pine y Steiner. Mariana recordaba claramente la conversación.

-¿Estás segura de lo que quieres hacer, hija?

-Completamente, papa. Ya estoy cansada de vivir con alguien, que no hace sino criticarme todo el día.

-Mary, tienes que perdonarme… perdí el control. Tú sabes como es mi trabajo, ese día yo…

-Ese día enloqueciste porque me atrevía a organizar la biblioteca.

-No es la biblioteca, es mi oficina.

-Lo que sea, pero eso no te daba NINGÚN derecho a gritarme como lo hiciste.

-Ya te pedí que me perdones ¿qué mas puedo hacer?

-Quizás respetarme… y dejarme en paz.
Su padre había hecho silencio con la mirada puesta en la calle, quizás fascinado con la forma en que la niebla se apoderaba de la ciudad.

-No quiero irme sin que me perdones.

-¿Te vas? ¿Para dónde?

-Colombia.

-¿Colombia? ¿Qué vas a hacer allá?

-Negocios, espero.

-¿No es peligroso hacer negocios allá?

-Creí que te había enseñado a no tener prejuicios, Mariana.

-No son prejuicios… es sólo que ….me preocupas.- había dicho ella bajando la mirada. Su padre le había tomado la mano de inmediato.

-No te preocupes, yo voy a estar bien. Sólo te pido que me perdones.

-Esta bien, papi, te perdono.

No se imaginaba que una semana después estaría recibiendo la noticia de su muerte.

***

Había llegado a su casa, exhausta, pero satisfecha por haber cumplido con su cuota diaria de ejercicios. Abrió la puerta comunal que daba a una escalera estrecha y oscura y finalmente a un pasillo con cinco puertas, donde su estudio estaba marcado con un brillante número 25. Lo primero que hizo al entrar y cerrar con llave el lugar que ahora consideraba su casa fue poner una jarra enorme en la cafetera. Aún tenía cinco diseños que terminar y enviar a Harriet & Lois, la firma distribuidora de muebles de lujo para la que trabajaba hacía ya casi un año. Harriet Stangard, la co-propietaria de la firma le había insistido en que trabajara en las oficinas de la distribuidora en Market Street, pero la sola perspectiva de compartir su impoluto espacio personal con un montón de desconocidos la había llenado de terror. Afortunadamente Harriet había quedado tan impresionada con el trabajo de Mariana que no sólo le permitió trabajar desde casa sino que le hizo un aumento sustancial al salario que le había prometido inicialmente.

Aún no eran las siete de la mañana cuando Mariana se sirvió una tasa de café sin azucar a rebosar, lista para terminar los diseños que tenía empezados en la mesa de dibujo. Fue en ese momento que sonó el teléfono celular. Se extrañó, era demasiado temprano para que alguien la llamara, el único que podía pensar en llamarla a esa hora era su padre, que por el cambio de horario quizás pensaba que en San Francisco también eran las diez de la mañana, como en Colombia, el número que apareció en la pantalla de su dispositivo, empezando con +57, confirmó sus sospechas. Pero en el momento en que abrió la llamada, no fue la voz de su padre la que escuchó.

-¿Aló?

-¿Hello? – contestó Mariana en inglés, como primera linea de defensa.

-Oh, disculpe, is that Miss Mariana González? This is Santiago Dajach calling from Colombia.

-Excuse me, but I don’t know any Santiago Dajach in Colombia, you must be mistaken.

-¿Miss González? ¿Señorita González? ¿Habla usted español? Yo sé que usted no me conoce, pero créame que es algo muy, muy importante, créame. Tiene que ver con su padre.

-¿Mi padre? ¿De qué rayos está hablando? ¿Dónde está mi papá?
Lo primero que se le pasó por la mente a Mariana era que a su padre lo había secuestrado y que el tal Santiago Dajach llamaba para empezar a cobrar el rescate.

-Qué bien que hable español, señorita González, tengo una muy mala noticia que darle.

-¿De qué rayos está hablando? ¿Quién es usted?

-Señorita González, me apena tener que decirle que su padre falleció anoche…

-¿Qué?- Mariana cubrió el minúsculo micrófono del teléfono para que el extraño interlocutor no escuchara sus sollozos y pensara que era una presa débil.

-¿Usted lo mató?

-¿Qué? ¡Claro que no! Su padre apareció muerto esta madrugada durante la celebración de un evento social en las afueras de Bogotá.

-¡¿Pero cómo? ¿Qué le pasó?!

-Tenga calma, señorita González, tenga calma.

-¡Por supuesto que no me voy a calmar hasta que me diga que fue lo que le pasó a mi padre!

-Su padre apareció colgado de un árbol cerca al lugar donde se celebraba el evento.

Mariana se puso la mano que tenía libre en la boca y apretó los ojos con tanta fuerza que empezaron le empezaron a doler.

-¿Mi papá se suicidó?

-De eso precisamente quería hablarle, señorita González. Estoy casi seguro que su padre fue asesinado.

-¿Qué? ¿Cómo lo sabe? ¿Tiene pruebas de eso?

-Señorita González…

-¡Mariana, dígame Mariana!

-Está bien, Mariana… los dueños de la casa donde se celebró el evento son muy poderosos aquí en Colombia y mucho me temo que en este momento están haciendo hasta lo imposible para ocultar evidencia de lo que en realidad le pasó a su padre. Yo le voy a enviar las fotos a su teléfono para que las mire. Es imposible que su padre se suicidara…. imposible… además está lo de la carta.

-¿Carta? ¿Cuál carta?

-Su padre, no sé por qué, sin conocerme me envió una carta, usted tiene que leerla Mariana, me dice que si algo le sucede, que me comunicara con usted, es por eso que tengo su número telefónico, es más le voy a enviar una foto de la carta también.

-Está bien, envíeme todo…

-Eh… Mariana, lea rápido la carta y la última instrucción de su padre. Y dese prisa, en este mismo momento pueden estar desapareciendo evidencia sobre la muerte de su padre.

Luego de colgar, Mariana leyó la carta que Santiago Dajach le había enviado. En efecto era una carta escrita del puño y letra de su padre y su firma era incofundible. Tal y como él lo había dicho, le pedía encarecidamente que se comunicara con su hija en caso de que algo le llegara a pasar.

Mariana tomó una ducha rápida, intentando contener las lágrimas. Se puso un vestido de trabajo. Quizás su padre había muerto y no podía hacer nada, pero él mismo le indicaba el camino a seguir para no dejar su muerte impune. Era hora de hacer algo al respecto.

***
Eran las once de la mañana cuando dos camionetas negras se estacionaron en la magnifica entrada principal de la Mansión Saint-Clair. De inmediato dos sujetos vestidos de traje impecable y con gafas oscuras se aproximaron al intercomunicador.

-Bu..buenos días ¿en que les puedo colaborar?- se escuchó una voz tímida del otro lado del teléfono.

-Mi nombre es Víctor García, soy de la fiscalía.

-Pero los de la fiscalía ya vinieron, se llevaron el cuerpo y dijeron que no venían más- dijo la voz en el intercomunicador.

-Será mejor que abran la puerta dijo Tomás Vergara, el compañero de Víctor- mostrando un papel ante la cámara de seguridad de la puerta- tenemos la orden del juez para realizar un requisa exhaustiva a la vivienda.

-Un momento.

Habían pasado unos cinco minutos, cuando la puerta empezó a abrirse. Una mujer de mediana estatura, cabellos negros y unos ojos de un color azul intenso, vestida completamente de blanco se aproximaba a la puerta. Sonreía.

-Disculpen ¿en qué les puedo ayudar?- dijo María Antonia Luján de Saint-Clair.

-Tenemos orden de revisar su propiedad, señora- dijo Víctor sin quitarse los lentes- por el posible homicidio de Carlos Daniel González.

-Eso es absurdo… ¿Homicidio? Los forenses estuvieron aquí anoche y claramente establecieron que se trataba de un suicidio… aquí no hay nada que investigar.

Fue en ese momento que una mujer, muy delgada, de la misma edad de la mujer de blanco salió de uno de los vehículo y con los lentes puestos se aproximó al lugar donde se encontraban Víctor, Tomás y María Antonia.

-Señora María Antonia Luján de Saint-Clair- dijo la mujer en un acento claramente norteamericano- mi nombre es Katrina Wentz, soy funcionaria de la embajada de Estados Unidos en Colombia.

-Disculpe, señora Wentz, pero me parece que su presencia en esta casa sobra… al igual que la de sus amigos, ya les dije que el forense decretó que se trataba de un suicidio.

-Mucho me temo que mi presencia en esta casa NO sobra, como usted dice señora Luján. El señor Carlos Daniel González Castillo era ciudadano estadounidense y hemos solicitado ante el gobierno colombiano un permiso especial para investigar las causas de su muerte, en vista de las múltiples irregularidades que se presentaron aquí anoche. Por supuesto hemos elegido un cuerpo de élite de la Fiscalía para que nos apoye en esta labor…

Katrina hizo una señal con la cabeza a sus compañeros y todos salieron de la camioneta y entraron a la propiedad, para empezar su trabajo.

Desde la distancia, encerrado en su automóvil, Santiago Dajach observaba con satisfacción la ira dibujada en la cara de María Antonia Lujan, era evidente que la señorita González se había movido con rapidez con el contacto de su padre en Estados Unidos, ahora para él, sólo era cuestión de esperar.

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