Capítulo 3. Autopsia.

Woman_smoking_marijauana

El doctor Oscar Dajach fumaba plácidamente a orillas del Caño Mojana cuando una enfermera enloquecida llegó con la noticia del muerto. Al doctor apenas le dio tiempo de arrojar a la corriente el hediondo cigarrillo de marihuana y echarse un montón de Menticol en todas partes para que la enfermera no notara el olor. Era, por supuesto, un mecanismo de escape ante aquella realidad a la que él mismo se había condenado.

Luego de verificar que no despidiera el olor típico del humo vegetal, se acomodó la bata lo mejor que pudo y entró de nuevo al hospital. “Hospital, sí claro” pensó Oscar, contrastando la magnitud de la palabra con la construcción de lástima donde él atendía a sus pacientes, en aquel pueblo perdido en medio de la nada. La construcción era en realidad una enorme bodega construida por alguno de los inmigrantes turcos para almacenar la mercancía, antes de vendarla al triple de precio a cualquiera que tuviera el poco sentido común de comprársela. Por supuesto, luego de hacer fortuna, todos aquellos turcos se habían ido esfumando uno por uno de la Región de la Mojana, dejando apenas su huella genética en el montón de bastardos que dejaron sin reconocer.

El padre de Oscar había sido uno de ellos. Habiendo pasado toda su vida entre Sincelejo y Cartagena, hasta bien entrada la adolescencia, nunca se había preguntado de donde salía la plata para todos lo lujos y fiestas, para su educación y la de sus siete hermanos legítimos y encima para mantener a la amante y a los otros siete hijos ilegítimos que su madre le reclamaba cada vez que el viejo se atrevía a pisar la casa de Sincelejo. Oscar nunca supo si aquella historia era cierta, o eran apenas inventos de su madre para amargarle la vida a su papá, pero cuando el viejo murió de un infarto al miocardio, justo un año antes de su grado, decidió que lo mejor era no volver a hablar del tema.

Muchas veces, cuando no estaba de turno y le alcanzaba el tiempo para salir a recorrer las encharcadas calles del pueblo y tomarse una cerveza con cualquier que estuviera de humor, se sorprendía al ver el parecido que tenía con algunos de los vecinos de la población, aquello no lo hubiese afectado tanto de no ser por la perspectiva aterradora de que alguna de sus amantes de turno, desde que había puesto un pie en la Mojana, pudieran ser sus sobrinas o sus hermanas.

No era que le hiciera falta la compañía de una mujer como tal. Amaba a su esposa, la madre de sus dos hijos, pero en medio de aquella soledad y aquel aislamiento que lo obligaban a permanecer lejos de su familia hasta por tres meses, la urgencia del sexo se hacía cada vez mayor y sólo se acordaba de su olvidada parentela cuando ya había satisfecho su necesidad inmediata. Trataba de preguntarle informalmente al que estuviera disponible sobre la identidad de algunas de sus amantes, y al parecer hasta ahora ninguna de ellas era hija legítima o ilegítima de algún turco, pero conociendo el talante de los locales, bien podría estarlo engañando para condenarlo a las mieles del incesto.

Lo único que lo aliviaba de sus preocupaciones sexuales, de la falta que le hacía su familia y de la carga de atender pacientes en un entorno tan precario, eran los cigarros de marihuana que se hacía en cada viaje a Sincelejo, en una casa escondida en el barrio Mochila. Procuraba esconderlos bien, en el fondo de su maletín de mano, pero era una medida innecesaria, puesto que la policía nunca requisaba nada, a pesar de que todo el mundo sabía que por la zona de los ríos era la favorita de los narcotraficantes para sacar drogas hasta el Caribe.

El cigarro que se estaba fumando cuando llegó la noticia del cadáver era el último, y apenas lo llevaba por la mitad cuando le tocó arrojarlo al caño. “Infelices ¿por qué tienen que venir a morirse precisamente ahora?¿No podían esperar un poco más” iba pensando Oscar, cuando la enfermera le aclaró lo sucedido mientras respiraba agitadamente.

-No es sólo el muerto, docto, trajeron a un muchacho también, tiene la mirado como pérdida.

“Sí, que exactitud… tiene la mirada como perdida ¿dónde obtienen los títulos estas mujeres?” pensó Oscar caminando al paso de la mujer, en dirección al … “hospital”.
-¿Por qué no me dijste primero que habia un vivo? ¿No te pareció mejor idea?

-¡Ay docto! ¡Es que si usted lo hubiese visto!

-Creo que ya lo voy a ver no, pero voy a atender primero al vivo. Los muertos se pueden dar el lujo de esperar.

***

Cuando llegó a las camillas asignadas a la urgencia encontró al muchacho. Iba con el fornido torso desnudo, un pantalón húmedo que dejaba en evidencia que no tenía calzoncillo y una correa puesta al revés. Un séquito de jóvenes igual que él y otro tanto de ancianos rodeaba al muchacho.

-¡Por favor! ¡Todos los que no sean familiares esperen afuera!- dijo Oscar intentando no gritar- ¡Y abran las ventanas por Dios! ¡Aquí no se ve nada!

La enfermera y las auxiliares corrieron a abrir las ventanas, mientras la turba de acompañantes salía de la sala de urgencia, refunfuñando porque “el médico antipático ese no los dejaba ver”. Sólo quedó uno de los ancianos, que manifestó ser el padre del muchacho, aunque por la edad parecía más bien el bisabuelo. Oscar agarró la cara del paciente y la colocó frente a la luz cegadora que entraba por las ventanas. No parecía haber nada anormal con sus pupilas y su pulso aunque estaba un poco acelerado, no estaba por fuera de lo normal.

-¿Qué le pasó? – le preguntó Oscar al anciano, intentando entender la situación.

-El se estaba bañando en el caño, luego de trabajar en la finca, con el veneno, y fue entonces cuando apareció el muerto- dijo el anciano al borde de las lágrimas.

-Tranquilícese.

-¡Ay docto! Dígame que mi pela’o va a estar bien.

-¿Cómo se llama?

-¿Yo? Arquímedes José Vega Piñeres.

-Me refería al muchacho, don Arquímedes.

-Ramfis, Ramfis Manuel Vega Rodelo.

Oscar tomó nuevamente a Ramfis por la barbillo y analizó la posición de sus ojos. Normal.

-A ver, Ramfis ¿Me escuchas? ¿Ramfis?

No reaccionaba. El muchacho evidentemente estaba en crisis y aunque le hubiese encantado echarle la culpa al veneno que había manipulado el muchacho, era evidente que se trataba de otra cosa. Era peligroso dejarlo en ese estado, si se iba a dormir así, podía haber secuelas. Tenía que hacer algo y ya.

-A ver, tu niña ¿Cómo es que es tu nombre?

-Dalia, doctor- respondió la más joven de las auxiliares que estaba allí.

-Tú vives cerca ¿No?

-Sí, doctor ¿por qué?

-Necesito que vayas a tu casa y traigas una cuchara metálica y una olla de esas de hervir agua, de aluminio, no de peltre.

-¿Y eso para…?

-Tráelas y ya.
***

Oscar se acercó sigilosamente hacia Ramfis. Había sacado a todo el mundo de la sala de urgencias, incluyendo al viejo Arquímedes que parecía haber entrado en un trance religioso pidiéndole por igual a Santa María, Siempre Virgen, al Espíritu Santo, a Santa Lucía, al Divino Niño y hasta a las ánimas del purgatorio para que sacaran a su hijo de tan delicado estado.

Había colocado la camilla de tal manera que el muchacho le diera la espalda a la puerta. Oscar colocó la enorme olla justo en unos cuantos milímetros de el pabellón auditivo del muchacho y con la mano derecha levantó la cuchara arrocera. Golpeó la olla con tanta fuerza, que los curiosos que había llevado al muerto y al enfermo se habían asustado.

Ramfis saltó de la cama y empezó a aullar como un desquiciado por toda la sala de urgencias. Oscar se apresuró a arrojar la olla y la cuchara al piso y en un movimiento de deportista extremo agarró al muchacho por detrás con ambos brazos.

-¡Está muerto! ¡Está muerto! ¡Papi! ¡Está muerto!

-Ramfis, Ramfis, cálmate, cálmate, ya él no está aquí.

-El muerto no está aquí, cálmate, cálmate.

La respiración del muchacho empezó a relajarse lentamente.

-Yo lo vi, yo lo vi.

-Yo sé que lo viste, tú papá está allá fuera esperandote. Tienes que calmarte para que puedas verlo ¿Está bien?

El muchacho asintió con la cabeza.

-Te voy a soltar, te vas a quedar quieto y te vas a sentar en la cama ¿Vale?

-Vale, está bien.

***

-¿Qué era lo que tenía mi muchacho, docto? -preguntó el viejo Arquímedes luego de hablar con su hijo que ya parecía haber vuelto a este mundo.

-Estaba en crisis. Si le vuelve a pasar en los próximos días, tiene que traerlo acá de inmediato, aunque en realidad, de todo corazón, espero que no se repita. ¿De verdad el muerto apareció así de la nada?

El viejo Arquímedes asintió con la cabeza.

-Bueno, discúlpeme, creo que es hora de atender a los muertos.

El cuarto destinado a la morgue del hospital consistía en cuatro paredes, pintadas con cal, una camilla y dos baúles metálicos. El muerto reposaba en uno de ellos, cubierto por completo en agua con abundante hielo, era el procedimiento que Oscar había establecido cada vez que trajeran a un difunto. Sabía que sumergir un cuerpo en agua borraba cualquier evidencia en caso de asesinato, pero teniendo en cuenta la eficacia nula de las autoridades en aquellas latitudes, le importaba más que el muerto no se empezara pudrir en el hospital y empezara a apestar todo el lugar.

Oscar tomó una pequeña butaca de madera y se sentó justo al lado del baúl metálico donde reposaba el muerto. Abrió la llave del drenaje y pronto el cadáver dejó de flotar rodeado por cubos de hielo que empezaban poco a poco a derretirse. A diferencia de lo que se hubiese podido pensar, Oscar no sólo realizaba las autopsias el mismo, sino que lo hacía sin ningún tipo de ayuda. Extrañamente, era el procedimiento que más le gustaba. Al menos allí no había posibilidad de matar a alguien.

Lo primero era la observación. Tomó una hoja de papel y un bolígrafo. Era hora de anotar los detalles. Lo más evidente del cuerpo era la cabeza, o bueno, la ausencia de buena parte de ella. El cuerpo parecía haber sufrido una serie descomunal de traumatismos que dejaron el cráneo y la parte superior de la cara convertidas en una papillas que la corriente del caño seguramente había arrastrado río abajo, para hacer las delicias de todos los niños y adultos que se bañaban en él. Llevaba puesta una camisa de mangas larga, muy fina, eso sí, pero no llevaba cadenas, ni escapularios, aunque quizás alguno de los humanitarios personajes que lo trajeron pensó que podía quedarse con eso, como partede pago.

Oscar le quitó la camisa al difunto y la echó en una bolsa plástica. El torso y los brazos eran fuertes, con muy poca grasa abdominal para un hombre de su edad, que debía estar entre los 50 y los 60 años. No tenía cicatrices, ni tatuajes visibles.

Luego siguió con el pantalón. Había hecho el procedimiento tantas veces, que ya ni siquiera se esforzaba. Pero justo cuando iba a arrojar el pantalón en la bolsa, escuchó el tintineo de un objeto golpeando el piso. Oscar recogió el anillo del piso y lo examinó con cuidado. No tuvo que seguir observando el cadáver para darse cuenta de quien se trataba. La enorme “LL” grabada en el anillo de oro puro, y la contextura del cuerpo eran pruebas más que suficientes. Se encontraba ante el cadáver de Laureano Luján, el terrateniente más poderoso de toda la Región de la Mojana.

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