Capítulo 2. 2014

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La noticia del cadáver se regó como pólvora después de la medianoche. Nunca se supo a ciencia cierta quien lo vio primero. De lo único que todos estaban seguros era que después de las palabras de agradecimiento de la anfitriona, se escucharon gritos provenientes de todas las direcciones y la conmoción fue tanta, que los asistentes a aquella fiesta nefasta se levantaron despavoridos de sus mesas sin coincidir en la dirección a la cuál debía correr.

De todos los invitados, Santiago Dajach fue el único que había conservado la calma. Había asistido a aquella fiesta ridícula más por insistencia de su jefe, amigo personal de la anfitriona, que por tener algún interés particular en la presentación de Ariadne Saint-Clair ante la sucia y corrupta sociedad bogotana. Según alcanzó a entender Santiago, en medio de los entremeses y las copas de vino espumoso francés, Ariadne había culminado por fin sus estudios universitarios y había regresado al país a tomar el mando del Grupo Saint-Clair, un emporio económico que incluía varias empresas en el sector de alimentos y bebidas, transporte y por supuesto, medios de comunicación.

Santiago, había visto a la homenajeada por unos minutos, mientras la anfitriona, su madre, doña María Antonia Luján de Saint-Clair daba un emotivo discurso sobre el amor que los padres deben tenerle a sus hijos, a pesar de cualquier cosa. Santiago no pudo no asociar aquel discurso patético con el asesinato de Luis Andrés Colmenares, condenado a la impunidad gracias a que una madre, mucho menos poderosa y rica que la señora de Saint-Clair había movido todo su dinero e influencia en cubrir el rastro asesino de su hijo. Así mismo, tampoco pudo ignorar el talante avasallador de la anfitriona y la pobreza de carácter de Ariadne Saint-Clair, que parecía una pobre niña llorona detrás de las enaguas de su madre, en medio del discurso.

La fiesta había pasado con más pena que gloria para Santiago, más preocupado por los artículos que tendría que revisar la mañana siguiente desde su puesto de Editor Judicial de La Gaceta, quizás la última revista en Colombia que había sobrevivido con éxito al ataque a mansalva de los contenidos en Internet y a las compras masivas de los grupos económicos. El Grupo Saint-Clair ya había hecho una oferta generosa para adquirir la revista, pero el socio mayoritario, un tal Miguel Ángel Mansur había declinado la oferta en tantas ocasiones que ya nadie se emocionaba cuando el director anunciaba que tenía cita con Jerónimo Saint-Clair, para discutir la adquisición de la revista.

La Gazeta había comenzado en los años setenta como una revista quincenal con temas que iban desde la cocina tradicional colombiana, hasta la astrología milenaria china. Estaba a punto de desaparecer cuando Miguel Ángel Mansur la compró a precio de remate. Fue Miguel Ángel Mansur el que cambió el enfoque editorial de la revista a contenidos más serios, enfoque que permitió la contratación de Santiago en la Sección Judicial y la consolidación de La Gazeta como una de las revistas más importantes del país.

Santiago se encontraba analizando mentalmente la posibilidad de solicitar en los próximos días una reunión secreta con Miguel Ángel Mansur, para solicitar el puesto de director general de La Gazeta, cuando escuchó los primeros gritos, que se extendieron por todo el jardín de la Mansión Saint-Clair, a medida que los invitados corrían despavoridos en todas las direcciones. El periodista, acostumbrado a mantener la sangre fría, incluso ante los eventos más escalofriantes, se mantuvo en su impávido en su puesto, tomando fotografías con la cámara de su teléfono celular. Hubiese dado el dedo meñique del pie por tener una cámara de alta gama y poder capturar en alta definición a la cobarde élite bogotana huyendo horrorizada.

***

El cadáver colgaba lívido de una rama desnuda del árbol más descomunal que Santiago hubiese visto. Había conseguido ubicar el lugar luego de encontrar a una de las meseras llorando inconsolables en una de las escaleras de la mansión, que le indicó con señas la dirección en la que debía caminar, ante la imposibilidad de articular palabra alguna en semejante estado de conmoción.

Santiago sacó de inmediato su teléfono celular y empezó a tomar fotografías. Incluso con la luz del flash, resultaba imposible verle la cara al cadáver. Estaba demasiado alto, a pesar de estar colgado de una de las ramas inferiores. No había silla, ni escalera, ni ningún rastro adicional en el césped. De lo único que estaba seguro, luego de calcular la altura, y tocar la superficie del tronco de aquel árbol monstruoso era que aquel desconocido no se había quitado la vida él solo; alguien lo había asesinado.

***

Ariadne Saint-Clair fue la primera en llegar. Santiago había escuchado los pasos y había calculado ya una ruta de escape, pensando en que el asesino había vuelto a la escena del crimen, cuando vio a la insípida muchachita pálida que había sido homenajeada en la fiesta.

-¡Dios Mio!-exclamó mirando el cadáver sin parpadear- ¿Está muerto?

“No estúpida, está vivo, sólo le gusta columpiarse con una soga amarrada en el cuello” pensó Santiago poniendo los ojos en blanco por medio segundo sin que la estúpida se diera cuenta.

-Sino lo está, creo que va a tener muchos problemas intentando bajar de allí- dijo finalmente, intentando atenuar la crudeza de su intención.

La niña Saint-Clair lo observó por una fracción de segundo. No pudo contener la risa. Santiago estuvo a punto de soltar la carcajada también, pero sólo tuvo que ver la ubicación anormal de la cabeza del cadáver respecto al resto de su cuerpo para calmar el impulso.

-No deberías reírte ¿Sabes quién es? No recuerdo haber visto a alguien vestido en la fiesta.

-Yo… creo que yo… no, yo tampoco recuerdo.

-¿Sabes que tipo de árbol es este? Necesitaré el nombre para escribir el artículo en la revista.

-Eso, señor Dajach, es un fresno- dijo una voz proveniente de la oscuridad.

María Antonia de Saint-Clair caminaba a paso lento hacia el lugar donde Santiago permanecía de pie junto a su hija.

-Y me temo mucho que usted no va a escribir ninguna nota acerca de lo que acaba de ver… – dijo la mujer, vestida completamente de blanco, con el cabello negro azabache y los ojos azules y fríos como el hielo.

-¿Disculpe? ¿Por qué no escribiría yo acerca del cadáver que acaba de aparecer en su propiedad, señor Saint-Clair?

-Luján de Saint-Clair, para la próxima, señor Dajach, y como le dije, usted no va a escribir nada sobre …. esto- dijo la mujer mirando al cadáver colgando del fresno en medio de la arboleda. – Al ingresar a esta reunión, usted firmó un libro…

-Un libro de invitados…

-Un libro donde usted se compromete a mantener en privado cualquier cosa que vea, escuche, huela, deguste o palpe mientras este dentro de mi propiedad. ¿Quiere ir a revisar? Me parece que no está usted muy acostumbrado a este tipo de reuniones ¿O me equivoco?

-¿Usted cree que va a poder ocultar esto, señora Luján de Saint-Clair? ¿Cree que puede ocultar un asesinato?

-¿Asesinato? Que gran imaginación tiene, señor Dajach, hasta donde alcanzo a ver, este hombre se suicidó… y no pienso ocultar nada, la policía ya viene en camino.
-Excelente, quizás por una vez la policía haga algo bien y encuentren algo que conduzca al paradero del asesino.

-Aquí no hay ningún asesino.

-¿Cómo está tan segura? ¿Acaso vio cuando este hombre se colgó el mismo? Porque yo no veo ninguna silla, ni ninguna escalera, y tendría que haber sido Supermán para subirse a este arbol él solo, con un traje de etiqueta y una soga.

-Quizás usted escondió la silla o la escalera, para poder inventar una historia y vender más morbo en esa revista donde usted trabaja.

-Mamá, el no escondió nada- dijo Ariadne tímidamente- él sólo estaba tomando fotografías con su celular.

-¡CÁLLATE! – vociferó María Antonio ante la respuesta de su hija, justo en el momento en que los invitados más atrevidos empezaban a acercarse al lugar, cubriéndose la boca con las manos, intentando fingir un estupor que para Santiago probablemente no sentían.

-Vamos, Ariadne, es hora de que descanses… – dijo María Antonia agarrando a su hijo por su codo izquierdo.

-Pero mamá, yo no quiero descansar, yo… ¡Mamá!

-¡Señora Luján de Saint-Clair!- exclamó Santiago acercándose al lugar donde la anfitriona se aferraba como un halcón al brazo de su hija- Parece que usted me conoce muy bien, sabe mi nombre, donde trabajo…

-Señor Dajach, yo soy la anfitriona, tengo que saber quien entra y quien sale de MI casa.

-Entonces supongo que no tiene problema alguno en identificar a la persona que está colgada en ese árbol de allá. ¿O sí?

-Por supuesto que no. De todas las personas que dejé entrar a MI casa el día de hoy, sólo una llevaba unos zapatos John Lobb esta noche… el que está colgado en ese fresno no es otro que Carlos Daniel González.

-¿Y quién es ese?- preguntó Santiago de inmediato, casi sin pensar.

-El nuevo socio mayoritario del Grupo Saint-Clair, señor Dajach, y no “es”, creo que ya ese tiempo verbal no le sienta muy bien que digamos.

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