Capítulo 1. 1989

Villeta_canoa

La noche era oscura y lluviosa, iluminada apenas por los relámpagos intermitentes que surcaban a esa hora el cielo inclemente de La Mojana. Sintiendo a cada instante el peso de la oscuridad, El Hombre corría desesperado, sin prestarle atención a la tormenta, salvo por la molestia que suponía avanzar con los zapatos ensopados en medio de la espesa hierba sin desmontar.

“Sólo un poco más” pensó.

Sólo necesitaba avanzar un poco más, sólo un poco y llegaría por fin a la orilla del caño, donde esperaba deshacerse para siempre de la vergüenza que cargaba en ese momento, arropada entre sus brazos por dos gruesas cobijas que él mismo se había encargado de doblar. El Hombre se detuvo un momento sin darse cuento de la grieta de espanto que se había abierto en el cielo por medio segundo y que cualquier hombre menos piadoso hubiese confundido como una señal de su infortunio. La criatura tenía los ojos cerrados, a pesar del aullido incesante de la lluvia y el rugido esporádico de los truenos.

“Lo mejor sería que te murieras” pensó, pero la voz que escuchó en su cabeza era apenas un susurro, casi inaudible, incluso para él.

Se aferró a ella con fuerza. Estaba tibia y despedía un olor suave y agradable que no encajaba con la vergüenza que debía representar su sola existencia. Por un momento quiso detenerse, dar la vuelta y cubrir a aquella personita indefensa con su protección de abuelo amoroso, pero al levantar la vista se dio cuenta que era muy tarde. Se encontraba de pie, en el borde del caño. Era hora de tomar una decisión.

El Hombre sostuvo la criatura entre sus brazos, calculando el movimiento final que lo condenaría a una eternidad en las llamas del infierno y pensó en la ironía que suponía cometer un crimen monstruoso para que su esposa y sus hijas pudiera asistir a misa, todos los domingos con la frente en alto, sin que la turba ignorante y pretenciosa de aquel pueblo perdido en el centro del olvido, se abalanzara sobre ellas, dispuesta a destruirlas.

Entonces miró al cielo, esperando que Dios, en su infinita misericordia, se apiadara de él y lo liberara de aquella tarea ingrata que él mismo se había impuesto, cegado por la ira y la soberbia. Pero en medio de aquella tormenta, sólo encontró el fulgor intenso de un relámpago monstruoso que surcó el cielo en aquel instante.

Nunca vio venir el primer golpe. Sólo sintió un hormigueo eléctrico que recorría toda su cabeza y le nublaba la poca visión que hubiese podido tener a aquella hora de la noche. Luego vio el segundo, justo en frente de sus ojos, antes de que la tranca de madera maciza tocara con fuerza su sien izquierda.

El hombre cayó de rodillas en medio del lodo y la hierba húmeda y montaraz. Sólo entonces se dio cuenta que ya no llevaba a la criatura en los brazos, porque escuchó como se alejaba el aullido agudo de su llanto, derrotando el rumor de la lluvia. Alcanzó a pedirle perdón a Dios y a suplicarle que no abandonara a su familia, a su esposa y a sus hijas, antes de sentir el tercer golpe que le fracturó el cráneo y lo obligó a arrojarse de bruces contra el barro.

***

El Viejo Arquímedes estaba soltando los nudos que anclaban a su pequeña canoa de madera a la orilla del caño, cuando escuchó un aullido agudo y lejano, cómo el llanto de un bebé. La lluvia empezaba a ceder, pero el cielo seguía rugiendo como un tigre hambriento con cada relámpago que surcaba las nubes.

-¡Papi! ¿Escuchaste eso?- preguntó Ramfis, el menor de los siete hijos que el Viejo Arquímedes tendría en su vida, y el único que aún vivía con él.
-No, no escuché nada- mintió el Viejo Arquímedes.
-Era como, como … cuando un bebe está llorando- dijo Ramfis, confirmándole al Viejo Arquímedes que no estaba loco.
-No, yo no escuché nada, muchacho y apurate, que vamos a llegar tarde.

Cincuenta y cinco años de vivir en las tierras agrestes de La Mojana le habían enseñado más a las malas que a las buenas, que no había peor idea que meterse en los asuntos de los demás y no tenía que ser un genio para imaginar lo que significaba el llanto de una criatura a las cuatro de la mañana a esas alturas del caño. Lo había visto muchas veces. Era el lugar favorito de lo lugareños y sus mujeres para deshacerse de sus criaturas no deseadas. El viejo Arquímedes lo entendía, hasta cierto punto. Hubiese sido mucho más sencillo que Fidelia, su mujer hacía más de cuatro décadas, hubiese arrojado al caño a su hija mayor, en lugar de obligarlo a él a tomar responsabilidades de adulto, cuando apenas tenía catorce años cumplidos.

Sin embargo, con el paso de los años, Arquímedes no sólo se había perdonado a sí mismo por haber elegido irresponsablemente aquella vida de carencias y sacrificios, sino que ahora, cuando ya sentía rondar a su alrededor el canto inconfundible de la muerte, hasta se sentía agradecido y feliz de haber vivido como vivió. Y quizás por eso se sentía culpable de no hacer nada, y peor aún de no permitir que su hijo hiciera nada, mintiéndole como le había mentido, pero ya no había vuelta atrás. Esa era una de aquellas ocasiones en las que había que elegir entre hacer lo correcto y arriesgar innecesariamente el pellejo. Para Arquímedes siempre ganaba la segunda opción.

Hubiese querido dilatar más el momento de la partida en el caño, pero ya había dejado de llover, y Asdrubal, el capataz del Tintal exigía que todos los jornaleros estuvieran en la entrada de la casona, antes de las cinco de la mañana, pero Ramfis ya estaba listo y empezar a actuar como un loco, tratando de quedarse cinco minutos más en la orilla, aumentaría más las sospechas de su hijo.

El Viejo Arquímedes se sento en un extremo de la canoa y vio como su hijo menos utilizaba el prolongado remo de roble macizo para impulsarse desde la orilla y entrar a la corriente del caño, justo en la dirección en que había escuchado el llanto de la criatura.

Ramfis movía el remo con la agilidad y destreza de sus dieciséis años, mirando cuidadosamente a las orillas, como si intentara confirmar que su padre le había mentido, pero no dijo una sola palabra. El Viejo Arquímedes se preguntó si aquella sería la gota que colmaría el vaso y si su hijo finalmente decidiera hacer su vida, dejando solo a su mentiroso padre hasta el día de su muerte, pero cuando Ramfis le preguntó sonriendo si se sentía bien, deshechó todos aquellos pensamientos pesimistas.

Estaba tan feliz que no vio la sombra negra que deambulaba por la orilla opuesta a la que Ramfis venía observando todo el viaje.

***

La Sombra, escondida detrás del tronco agrietado de un enorme campano a pocos metros de la orilla, observó como avanzaba la canoa en medio de la corriente. Un viejo, como de sesenta años y un muchacho como de quince iban en ella, pero no parecían haberlo visto.

El cuerpo sin vida de El Hombre estaba justo a su lado. Una masa sanguinolenta de sesos y hueso era lo quedaba de lo que alguna vez fue una de las cabezas más importantes no sólo del pueblo, sino de toda La Mojana.

La criatura había llorado. El muy estúpido la había dejado caer, luego del primer golpe, pero luego de revisarla y limpiarla con cuidado, se había quedado profundamente dormida. Ahora era cuestión de deshacerse de aquel cadáver que ya empezaba a apestar, no con la podredumbre propia de la muerte, sino con otra más asociada con la mala digestión.

Dejó a la criatura en la base del campano y agarró al hombre por sus dos manos, arrastrándolo en medio de la hierba mojada, que ofrecía poca resistencia. Con un poco de suerte, caería otro aguacero más tarde y el rastro de sangre que había dejado en la hierba montaraz desaparecería para siempre. A pocos metros de la orilla, cambió de estrategia, ya no arrastró el cadáver sino que empezó a rodarlo. No tuvo que esforzarse demasiado, por que pronto la pendiente del terreno arrastró el cuerpo que cayó al caño con un sonido profundo y gutural.

La sombra volvió por la criatura. Tenía muchos planes para ella y se le estaba haciendo tarde.

***

Eran más de las cinco de la tarde, cuando el Viejo Arquímedes y Ramfis terminaron de fumigar los lotes que Asdrubal, el capataz les había asignado. Al igual que los otros jornaleros, se acercaron al caño a sacarse de encima la peste del veneno, con agua y con jabón de monte.

Mientras que el Viejo Arquímedes apenas se había quitado la camisa y enjuagado vigorosamente los brazos y antebrazos, Ramfis se había desnudado por completo y se había arrojado a la corriente del caño con un chapuzón experto. Hubiese querido unirse a la juerga de los otros muchachos a unos metros de él, pero esta vez decidió apartarse, pensando en las razones que había tenido su padre para mentirle.

Ramfis sabía lo que había escuchado, y si le había preguntado a su padre, era más por buscar apoyo en un posible rescate, que en busca de confirmación. Pero su padre le había mentido y había permanecido callado todo el día. Sabía que algunas matronas y mujeres del común usaban el caño para deshacerse de los recién nacidos no deseados, pero nunca había escuchado el llanto de esas criaturas, ni estado tan cerca de poder hacer algo. Sin embargo su padre le había mentido, no sabía si por miedo o por cautela, pero de todo corazón había deseado que hubiese sido por lo último, la idea de que su padre fuera un cobarde no le hacía ninguna gracia.

El muchacho empezó a frotarse el oloroso jabón de monte por todo su cuerpo, reconociendo como las formas de su cuerpo empezaban a crecer cada vez más, pronto tendría lo suficiente como para acompañar a Ricar y a Ferna al prostíbulo de Marina y exhibirse completamente desnudo en medio de las mesas en el paroxismo de la borrachera. La sola idea lo hizo sonreír. Pero pronto la sonrisa se le borró de la cara al notar una caricia helada a la altura de la pantorrilla.

Ramfis pensó que había sido algún pez, o en el peor de los casos un reptil, pero en lugar de tocarlo y desparecer de inmediato, la caricia seguía allí, helada junto a su pierna izquierda. Con el agua a la altura del abdomen, le era imposible ver lo que estaba en el fondo de la corriente, así que sencillamente se agachó a tomarlo con las manos.

Arquímedes ya se había puesto la camisa, cuando escuchó la gritería proveniente del río. Los muchachos más jóvenes corrían despavoridos a la orilla, usando lo que estuviera a la mano para sacarse de encima el agua del caño, y fue entonces cuando vio a su hijo menor, completamente conturbado, con un cadáver sin cabeza, flotando en torno a él.

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